La gente se droga- Rafa Saavedra

La gente se droga (por supuesto)

los-fanzines-del-cronista-snobground-de-tijuana-rafa-saavedra-1413293323292

A escondidas de sus padres, encerrado en el garaje, con ellos en la sala de una casa de interés social, reconstruyéndose frente a la foto familiar, en la fiesta de un aniversario o en la noche de graduación, en la boda de un gran amigo que se perdió en el camino, en el entierro de un familiar lejano, en el estacionamiento de la escuela, con el sueldo de otros, en el concierto que recomienda con cuatro estrellitas la guía del ocio, en un bar de rompe y rasga, para disimular el hastío, para amarrar la triste novedad justificada en el «I don’t care» ramoniano, para desmarcarse de lo que está de moda, relegando un pensamiento burlesco que apunta con el dedo, por una inundación contenida de encanto pasajero, al confrontar dos generaciones supuestamente incompatibles, para desafiar eso que llaman voluntad única, por una cuestión básica de aprendizaje, por simple elección, para romper de golpe una bendita seguridad clasemediera, empujando el sentido de diversión, camino a casa, viendo pasar a la patrulla que vigila los actos ciudadanos, temblando de emoción.

La gente se droga.

droga1

Sola, en público, sin complejo ni pudor, en la recámara escuchando a todo volumen a gospel o el bleep arrastrado de los click’n’cuts, para sentirse into the groove, para perderse, en la esquina del barrio, en el cuarto frío de un bar alternativo, sentado en una oficina del Palacio Municipal, dormitando en un cine de sesión continua, en la escalinata de la vieja catedral, con cierto miedo en un callejón oscuro, en medio de un compromiso adquirido sin saberlo, al pagar una mala apuesta, en pleno colapso, para sentirse mejor o peor (aunque no sea así), para estropearlo todo y después corregir el rumbo, leyendo los manuales de un transitar ordinario, al seguir los doce pasos de auto ayuda, tomándose fotos, con un remordimiento espiritual que implora el perdón, con una tarjeta bancaria con saldo en ceros, con los nuevos billetes, por capricho, viendo el promocional de una campaña condenada al fracaso, cuando todo termina y el dolor duele, para evitar sentirse solo y por no poder hacer nada, para adentrarse en uno mismo, para desafiar a la autoridad, cuando el poli no ve, para regresar a verificar aquello que nunca ocurrió, por recordar la primera vez, por los viejos tiempos y lo que ya nunca estará, revisando recibos por pagar, en el penthouse de luxe, teniendo de fondo una hermosa puesta de sol, mirando como se difumina una línea blanca llamada esperanza.

La gente se droga.

gallo

Por que es «lo más», con la tonta ilusión de que no se note tanto, por las cosas que se perdieron en el fuego, al asomarse por la ventana y sonreír al ver que es demasiado tarde para comprender lo evidente, frente a la velvet rope de un bar de postín, víctima de la euforia en el dance floor, porque no se tiene ni puta idea de cuál es el mejor momento de las cosas, a bordo del taxi, en las colonias perdidas de la periferia, para accidentarse en el silencio y mirar más allá de los cielos, escuchando los mp3’s recién bajados, para seguirle el juego a una inercia consumista que nos atora con múltiples anzuelos, para tener un pretexto por el cual escribir la mañana siguiente, para sentirse incluido en un discurso mediático que asusta a la Asociación Nacional de Padres de Familia, en un juego mecánico, cuando la cabeza da vueltas, en el mero corazón de la city esquivando carteristas, aspirando el humo en una calle mojada por los orines de cientos de homeless, en un dirty picadero o en un antro con permisos cuasi legales, en cualquier lugar, a toda hora, por diversos motivos.

La gente se droga.

godss

A la salida del gym, escuchando la histeria magnificada de un born again christian, por desatino, para no sufrir más, antes de hacer algo que (no) importa, para tratar de abatir la opresión, en la exposición de arte conceptual, en el bufete de las 10 de la mañana, dando el rol a bordo de una limusina, en la fila para cruzar la frontera, para ocupar en algo los tiempos muertos, por subversión, por un vano intento de entrar en trance, para aclarar dudas y formularse nuevas preguntas, en una suite de Oceánica, bailando soul norteño y haciendo el ridículo en un karaoke un martes de 2 x 1, ante el temor de no encajar, por razones de corte académico, por un complejo de rockstar, en el edificio —ya vacío— del partido, al tener las otras puertas cerradas, por creer en algo, para dejarse caer, sin prisa ante tanta estafa, para reventar estereotipos y reinventarlos, para fotografiar al corazón porque no sabe decir «No», por angustia y desencanto, por culpa de Timothy Leary, por visitar la sala de emergencias y para disimular el peso de una semana atroz, para expresar luego archifeliz las cuitas de una desintoxicación en los tv shows.

La gente se droga.teletubisAl recuperarse de un face-lift, impaciente mientras se espera un transplante, para conservar la figura, para estropearla de una puta vez, para soportar la maldita soledad, para conseguir un nuevo cuerpo, para tripear otras cosas, leyendo un recetario de cocina, viendo un capítulo repetido de los Simpsons, para esquivar el desamor y desatar ese fingido sentido de diversión, para celebrar el cierre de un trato excepcional, al iniciar una relación de complicidad, para ligar chicas delirantes, por no tener nada mejor que hacer, para (des)conectarse en un canal de acceso restringido, como expresión de una reckless youth, acatando las instrucciones de un email, por extender el instante de sensualidad, escuchando jazz trasnochado o viendo en vivo a «the next big thing», por el sonido alterado del dúa-dúa y el repetitivo chispun-chis-pun, haciendo un searching en alltheweb, leyendo los archivos de liberadamaria.blogspot.com, en la cabina del teléfono con la nariz sangrante, por la influencia de la moda y la permisividad social, por el humor de Ren & Stimpy, para contrarrestar el influjo de la hipocresía, para reflexionar sobre el entorno, por la alegría de vivir como si siempre fuera un irrepetible hoy.

La gente se droga.

cannabiss

Por una religión y el poder y el dinero que se tiene o no se tiene, para sobrevivir los domingos aburridos y una existencia de segunda o para extender el éxito que llega de repente, porque «No one lives forever», alucinando con el post-rock de última generación, al cumplir una promesa, cuando quiere enterrar el pasado y avizorar el futuro, por culpa de Lou Reed y su caminar en el lado salvaje, debido a Burroughs y sus cientos de anécdotas pachecas, por el sentimiento de culpa impuesto por 2000 años de cultura occidental, por seguir la tradición, por la falta de algo que no se sabe qué demonios es, como reacción ante tanto infomercial, para cambiar de roles, para aguantar el tipo en la junta de negocios, ante la presencia de micrófonos y cámaras televisivas, para no deprimirse cuando se deja de escuchar los aplausos, por llevarse el gato al agua, por pura y franca rebelión, por saber que no hay nada que temer, para comprobar lo que otros han dicho ya, por fallar ante unos caducos valores familiares y por aspirar el sabor del fracaso o de la gloria al hacerse daño, para endosar un bucle de apatía, para intentar marcar la diferencia.

La gente se droga.

robotss

Para decir «lo siento» , para exclamar «lo hice y ya», con el poder de las palabras, por encontrar divertido el riesgo, probando las bocinas del estereo con un banda mix, para no cagarse de miedo ante una big adventure, para arrepentirse después, por el peer pleasure del contingente IN, en aras de un hedonismo aplicado, por abandonar la cobardía en una larga caminata sin destino y por encontrar cierto valor de los excesos, ante la (des)información cotidiana, por una resolución práctica, porque es cool y por una situación de lenguaje, por estar en el mero borde de las cosas, por curiosidad de eso que otros pregonan por la televisión, para sentir el frenesí de la creación, para (de)construir la realidad, para que alguien tenga trabajo, para indagar la veracidad de los llamados paraísos artificiales, por saldar una cuenta pendiente, por compartir con alguien un instante que —a menos de que aparezca en un recuadro de la página policíaca— será inolvidable.

La gente se droga.

drugss

Mientras se prepara para una blind date, en la cancha deportiva, opinando en cadena nacional, en el intermedio de la película y en el fulgor de los días, porque se ha dicho que la ruta de destrucción y el camino a la sabiduría es el mismo, en los afterhours y en las horas de trabajo, entre café y café, en los últimos minutos del break, por depresión crónica, al fundirse en otra alma, en el cuarto de hotel justo antes de coger, al llegar a casa, por aburrimiento, con la fe puesta en ello, para discutir un desarrollo no sustentable, cuando se queda sin empleo, por la herencia de los malditos hippies, durante los comerciales del último reality show, cuando recibe visitas inesperadas o finge demencia, tras leer una reseña que no es favorable y enterarse del adiós que golpea el corazón, en el transcurso de un rave, para sentir el colocón en el coletazo del weekend, antes de que tomen la foto que aparecerá en la sección de Sociales, aspirando ser los reyes del cosmos, conjurando ese falso propósito de búsqueda existencial, para aguantar el sermón en la misa dominical, para intentar olvidar todo aquello que no se puede dejar atrás, buscando una forma de vincular y registrar lo cotidiano, por atenuar el hambre y por simple deseo de estimulación, para participar activamente en el declive de una civilización, por emular al ángel exterminador y prolongar la suerte en una noche que irremediablemente se muere.

La gente se droga.

spray

Para refutar las falsas concepciones, para controlar una hiperactividad perniciosa, por eso que Lerner llama «mobilidad multiplicadora», para anular un proyecto de vida, para conocer al supuesto enemigo, por culpa del punk, el hip hop y el acid house, por el rush, por el despertar de los sentidos, porque el deseo es algo impuesto, cuando recuerda lo vivido, producto de una decisión previamente deliberada, porque si se queda atrás se muere, por que nunca es hoy, por tener algo que contar, para reírse hasta el infinito, para encontrar un dejo de emoción y escapar de una vida periférica, después del ensayo sabatino, para mantenerse despierto en un solitario freeway, pisando el acelerador del auto mientras se escucha como soundtrack la furia del death metal o esos maratones del rock de los ochenta, para llegar hasta el final y pelear la última caída, para no enamorarse de un sueño que se desmorona frente a todos, como desahogo de responsabilidad, porque Candy says y los cómics lo afirman, para (di)vagar y sentir el verano, entre la desolación y las enseñanzas de Ciorán, ante un reto difícil, como quien toma Coca Cola, para tener una promesa que cumplir, para no tener que leer el último libro de Gabriel, para besar a la muerte y desviar la atención, porque así se quiere y así se desea, aquí y ahora, haciendo caso omiso al «Just say no», con la aprobación de Escohotado, como todos, sin saberlo, porque al final todo es sensaciones y eso es la felicidad, porque no pasa nada, porque la vida es corta y se acaba y porque ¡qué más da!

La gente se droga.

Rafa Saavedra, Dios me persigue, MOHO, 2014.

Tomado a partir de la versión electrónica publicada por ediciones Crunch! en el 2004.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s