Fede Ortiz: a su memoria

A Federico Ortiz Arias, llamado entre sus amigos y conocidos como “El Fede”, lo conocí en el Taller Escuela de Artes Plásticas Manuel Pérez Coronado (MaPeCo). Varias tardes lo llegué a encontrar en las instalaciones de la escuela hablando con el director, con los profesores y con quien le regalara unos minutos mientras terminaban de pintar una lona que había para llevar al Congreso Nacional Indígena de Nurio en la Meseta Purépecha.

Años más tarde me reencontré con Fede cuando por mera casualidad asistí a un taller literario realizado en la propiedad marcada con el número 22 de la calle Venustiano Carranza, a unos pasos del centro de Uruapan. En este lugar, a largo de muchos años, asistió todo tipo de personajes: escritores, músicos, pintores, escultores, filósofos y charlatanes, exiliados extranjeros, locos, nómadas y amigos, así sin más. Este fue el espíritu que a través de décadas impregno a la Vecindad marcada con el número 22. Y en La Vecidad siempre estuvo Fede.

Es incompleto e inapropiado decir que La Vecindad era Fede o que la vida de Fede solo fue La Vecindad. Pero quienes llegamos un día y no nos fuimos, quienes permanecimos como invitados, como vecinos y como visitantes nos contagiamos del espíritu colectivo que Fede emanaba. A unos días de su partida todos los autodenominados “vecinos” pensamos a Federico como el casero de buena voluntad que jamás nos hubiera echado a la calle, aunque debiéramos meses de renta.

Federico Ortiz Arias fue un incansable ser humano que luchó por las causas justas de este país maltratado y que no se cansó por buscar mejores condiciones para ejercer la libertad. Fede, como todos, cometió errores, se dejó llevar por su temperamento y dejó sin resolver muchos asuntos. Proyectos inconclusos, deseos personales y planes para La Vecindad. Pero también dejó un gran legado a su paso. Cientos de personas que recordarán anécdotas con él, grupos de artistas que compartieron una noche, un trago de mezcal o un pulque, las interminables pláticas de todo y nada y lo más valioso: descendencia y familia que lo recordarán como el hermano, esposo y padre que fue.

Mi historia con Federido es particular, aunque no extraordinaria tratándose de un lugar como Uruapan (donde cuando los intereses son similares, las personas convergen inevitablemente). Fede fue amigo de mis dos únicos tíos paternos, quienes (ambos) murieron de forma inesperada. También fue uno de los pocos amigos sinceros y desinteresados que tuvo mi abuelo Don Joaquín Mendoza Ruíz, a quien muchos recordarán por su excepcional talento en el arte el maque pero también por su mal humor y falta de empatía social. Federico y mi abuelo tuvieron una amistad singular, pesada, desigual pero siempre de sinceridad mutua y colaboración artística. Cuando mi abuelo murió, Fede me expresó sus deseos de realizar un homenaje póstumo como muestra de su admiración. De no haber fallecido seguramente lo habríamos llevado a cabo en algún momento, aunque ya sea inútil planearlo así.

Su tercer encuentro con un Mendoza fue más corto y de menos admiración; tan solo soy una persona que lo conoció los últimos 6 años de su vida y que intenta rendirle un tributo escrito a su memoria. Compartimos la pasión por los libros, los extraños encuentros entre generaciones, los misterios de la escritura y los eternos debates filosóficos. Federico nunca me trato como un alumno o como un aprendiz, ante él sus amigos, los vecinos y todo aquel que asistiera a los talleres, eventos e intervenciones era su igual. Si no habías leído algo que él sí; te lo prestaba. Si no habías escuchado una canción, te la recomendaba. Si le mostrabas un artículo, lo leía porque Fede siempre confío y creyó en las posibilidades y el talento de todos. Jamás juzgo, nunca se burló y ninguna vez lo vi menospreciar a nadie; era ante todo un cordial y amable vecino que si tenía quejas las guardaba para sí mismo.

Durante los años en que frecuenté La Vecindad ocurrió un poco de todo. Idas y regresos entre manifestaciones públicas, repudios a la fallida guerra contra el narco, intervenciones en solidaridad con Atenco y un largo etcétera. Por Federico nos enterábamos del movimiento de resistencia en Ostula o del saqueo a la tierra del peyote en Wirikuta. Con él asistimos al movimiento en Cherán e incluso fue contacto entre resistencias internacionales como el movimiento de las Ocupa en Milán o el movimiento de apoyo francés en el bloqueo en la Franja de Gaza. Y así un largo camino entre resistencias indígenas, causas sociales y luchas de izquierda que involucran poner en riesgo todo, incluso la vida misma.

Fede siempre invitó a todos a colaborar en la lucha haciendo una manta, pintando un cuadro, escribiendo para algo o alguien o cantando en la plaza. Desde la insurgencia zapatista y su caravana nacional hasta la solidaridad con los padres de los normalistas de Ayotzinapa. Está claro que un hombre solo no puede llevar esas luchas solo, por lo que Fede siempre busco hermanamiento entre sus amigos y compañeros y quienes siempre respondieron. Porque así era su convicción; tan fuerte que convencía a otros de seguir y perseguir un ideal aunque pareciera lejano.

La pérdida de Federico Ortiz Arias es un hueco que no podrá llenarse. En Uruapan, donde también participó activamente en causas sociales y contra culturales, sus vecinos y familia le dan el último adiós. En la Meseta Purépecha el “hermano grandote” dejó grandes lazos y en todo el estado sus amigos y vecinos lo recordamos con cariño. Estudiantes que lo conocimos, escritores que se acercaron a su consejo, aunque fuera solo la lectura, una revista de la cual imprimimos solo dos ejemplares, cientos de canciones escuchadas por él, pintores y cineastas que retrataron a la Vecindad. Todos esos legados son las fotografías en las que Federico aparece; instantáneas en las que su testimonio será imborrable.

Pienso que como que como yo, muchos hubiésemos deseado despedirnos de Fede. Pero la vida pocas veces brinda esa oportunidad. Ahora las lecturas comentadas se quedarán pendientes. El poder leer a su hermano Luis (fallecido escritor a quien Federico y su hermana Agustina le realizaron un justo homenaje) también será en el próximo encuentro. Y así muchos casos; charlas, tragos, cigarros, encuentros, cafés, proyectos, talleres, publicaciones, cursos, desencuentros y un sinfín de cuestiones aplazadas. Así era Fede, cuando no había terminado algo ya estaba planeando su siguiente paso. Te invitaba, te presentaba a otros colaboradores y en la mayoría de las veces se arriesgaba saliendo bien librado.

Federico ha fallecido. Había sufrido ya un ataque al corazón. Aquella vez lo visitamos en compañía de algunos de sus amigos y había prometido ser más cuidadoso con su salud y sus hábitos. Quizá lo hizo o quizá no, saber algo más ya es algo que sobrepasa nuestra comprensión individual. Federico se fue y dejó un legado. De su familia, sus amigos y sus vecinos depende conservarlo y difundirlo o guardarlo con respeto y mesura. Federico ya no podrá protestar, escribir pancartas, expresarse con un poema o gritarle al mal gobierno pero nosotros, los que sobrevivimos todavía, los que sentimos su partida podemos. Podemos gritar, escribir, pintar, tocar y marchar porque él aunque hubiera llegado a más edad no hubiera parado. No se habría dejado intimidar por el miedo. No se habría dejado comprar por un sueldo o una pensión cuantiosa. Federido no hubiera permitido que si un amigo suyo muriera, el silencio y el olvido sepultaran su memoria.

Hoy hago lo mínimo por su recuerdo. Escribo a nombre de su amistad con mi familia, con los lazos que permanecerán con la suya y en honor a su enseñanza. Federico fue un hombre de fuerte presencia, alto, de sonrisa contagiosa, de interminable plática, ideales firmes y que siempre compartió algo, aunque fuera el maltratado techo de la Vecindad o un café acompañado de un cigarro. Pero nada de eso basta para definirlo y ninguna columna o semblanza podrán reflejar la experiencia de haberlo conocido ni aliviar la tristeza de su muerte, aunque queramos disfrazarla de ironía e interminables anécdotas.

Hasta la próxima tertulia Federico Ortiz Arias, ojalá que encuentres en el otro lado una Vecindad para que tus nuevos vecinos sean igual de afortunados.

Escrito a la memoria de Federico Ortiz Arias.
Publicado originalmente en el diario "La Opinión de Michoacán"Enero, Uruapan; Michoacán.

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