Cada miércoles Violeta- Naief Yehya

Publicado originalmente en Historias de mujeres malas, 2001.

Mamá estaba en la cárcel desde hacía mucho tiempo. Nunca supe de cuántos años era su condena. Lo único que me decía el abogado era que necesitaba más dinero para poderla sacar. Pero yo no tenía más dinero para seguirle pagando y aparte de todo mamá no estaba tan mal en el reclusorio. No era un mal lugar para recibir la menopausia. Mamá se mantenía ocupada, además de que cada semana tenía algo nuevo que contar, aunque sus historias a menudo rayaban en lo macabro y lo inverosímil.
—Hijo, le cortaron la lengua a la señora que le dicen la Pelotes. La agarraron entre cinco en las regaderas, le dieron de patadas y luego una mujer, a la que llaman la Rata, le sacó la lengua con unas pinzas y se la cortó con una navajita de rasurar, mientras le decía: «Mira, perra desgraciada, lo que les pasa a las que se les va la lengua. A ver qué dices ahora». Sácame de aquí, hijo, sácame.
—Ay, mamá, por favor. No es para tanto. Seguro te lo imaginaste. Ya no veas tanta tele.
—Pero hijo, es verdad. Te juro que son unas bestias. ¡Sácame, por piedad!
Tal vez se estaba poniendo un poco senil, pero la vida de interna la mantenía saludable y alerta. Hacía bastante ejercicio y llevaba una dieta baja en calorías.
Además, alguien me comentó que los servicios médicos del reclusorio estaban a la altura de los mejores hospitales del país.
Cada miércoles la visitaba y ahí fue donde conocí a Violeta. Nos vimos varias veces en la cola para entrar. Una vez llegué después de ella. La espera fue muy larga en esa ocasión. Así que tuve tiempo de armarme de valor y hablarle. Me contó que visitaba a su hermana.
—Le clavó una aguja de tejer a un tipo que se estaba restregando contra ella en el Metro.
A muchos de los visitantes les gusta contar por qué sus familiares cayeron presos, luego invariablemente explicaban que se trata de un error o una gran injusticia.
—Pero eso no es un crimen, es simple defensa propia —dije sabiendo que eso era lo que ella quería oír.
—Exacto. Eso es lo que estamos tratando de probarle al juez.
A mí me daba igual contar mis razones para estar ahí, pero ella me preguntó por qué mamá había venido a dar a la penitenciaría. Le conté con desgano que, en un ataque de desesperación, mamá le había desgarrado la cara a la vecina usurera.
—La vieja le había prestado 50 mil pesos de los de entonces, y aunque mi mamá ya se los había pagado como tres veces, supuestamente seguía debiéndole mucho dinero por los intereses —fue la primera historia que se me ocurrió.
—No sí; así son estos usureros desgraciados —dijo ella—. Qué lástima que no la mató y le dio de comer sus tetas a los perros.
—Sí, eso digo yo —comenté.
Violeta era empleada de la salchichonería de un supermercado. Le conté que yo también trabajaba en el departamento de carnes frías de otro supermercado. Fue estúpido, lo sé, pero ni modo de decirle la verdad. Se alegró y comenzó a contarme que su jefe era un verdadero cabrón y que sus compañeros de trabajo eran muy envidiosos, pero que el sueldo y las prestaciones no estaban nada mal. Yo le inventé que no me podía quejar. A partir de aquel día ella me apartaba lugar en la fila cada miércoles ya que siempre llegaba antes que yo.
—La semana entrante yo llego temprano y te aparto lugar —le aseguraba, pero nunca podía cumplir.
Violeta tenía unas nalgas descomunales. Me imaginaba que debían medir el doble de las mías. Luego supe que eran mucho más grandes que eso. Cada vez que iba al cine me imaginaba que ella tendría problemas para sentarse en las butacas. La idea me excitaba tanto que ya no podía poner atención en la película y me la pasaba pensando en esas nalgas. Violeta usaba pantalones de mezclilla muy entallados. También tenía unas tetas grandes y gordas. El resto de la semana esperaba con ansiedad que llegara el miércoles. Deseaba desnudarla, sobarle los muslos y apretujarla contra mí. Mientras esperábamos en la fila fingía que la rozaba accidentalmente y ella no parecía molestarse. No obstante, cada vez que lo hacía recordaba a su hermana y las agujas que le había clavado al señor del Metro. Un día, sin que yo se lo preguntara, me dio la dirección de su trabajo y me dijo:
—Por si algún día andas por ahí, para que me pases a visitar.
Un viernes no soporté la idea de esperar hasta el miércoles siguiente y decidí visitarla en su supermercado. Desde lejos la vi detrás del mostrador de las carnes frías, llevaba guantes de plástico transparente, un delantal y una cosa prendida del cabello. Me quedé un rato observándola sin acercarme. Daba probadas de jamón y salami a los clientes, sonreía a todo el mundo, rebanaba mortadela y tocino con una vitalidad impresionante. Tuve una erección. Busqué un baño. Un policía me dijo que el baño era únicamente para empleados. Le expliqué que era una emergencia, que estaba enfermo y no aguantaba más. De mala gana me acompañó hasta el baño y me dijo que me apurara. Me encerré en un excusado y me masturbé. Pensé que la fiebre se me bajaría de esa manera. Regresé y saludé a Violeta. Olvidé lavarme las manos antes. Me había equivocado, seguía muy caliente. Me dijo que tomara un número y esperara mi turno. Me tocó el 33. Platicamos un poco mientras atendía al 30, al 31 y al 32. Me dijo que estaba prohibido recibir visitas en horas de trabajo. Le pedí un cuarto de jamón de oferta y me lo puso en una bolsa. Me dijo que salía a las ocho y me preguntó si quería esperarla. Me guiñó el ojo y llamó al cliente que tenía el número 34. Fui a sentarme con mi jamón al parque cercano donde ella quedó de alcanzarme. Estaba muy inquieto. Abrí el paquete de jamón y me lo comí todo. Las horas pasaron lentamente.
Me estaba quedando dormido cuando la vi acercarse. Me puse de pie de un salto. No traía puestos los guantes ni la bata ni la cosa prendida del cabello. Hubiera preferido que los trajera. Sin más me lancé sobre ella y la besé. No pareció sorprendida. Era una mujer muy fuerte, me apretó contra su cuerpo y logró sacarme el aire mientras me chupaba los labios como nadie me lo había hecho antes. Estuvimos un rato frotando nuestros cuerpos entre las sombras del parque, que aún estaba muy transitado. Me agarró las nalgas y metió una de sus manos por mi bolsillo para acariciarme el miembro. De pronto me dijo que fuéramos a su casa. No era la primera mujer que besaba y que tocaba, también lo había hecho con Rosaura, pero ella nunca había respondido a mis caricias, tan sólo se dejaba hacer lo que yo quería. Nadie me había manoseado así, salvo mi primo mayor Jorge, que me había agarrado a la mala varias veces, pero ése no cuenta. Tomamos dos autobuses para llegar hasta su casa que estaba en una vecindad muy chiquita. En la sala había un tipo tirado que roncaba y emitía sonidos por todas partes del cuerpo. Me dijo que era su marido, que era carnicero y seguido se emborrachaba por semanas enteras.
—Él también trabajaba en la salchichonería, pero lo corrieron por borracho. Era el mejor —añadió con cierta tristeza.
Yo me puse muy nervioso, pero me aseguró que ya había hecho esto varias veces y no había problema.
—No me dijiste que estuvieras casada.
—No me lo preguntaste.
—Pero entonces deberíamos irnos a otro lado. Esto no está bien.
—No lo despiertas ni poniéndole cuetes en el culo —dijo—. Ya lo he hecho.
Nos metimos a la habitación. Me desvistió y me estuvo lamiendo por todos lados. Olía a sudor, embutidos y carnes frías. Se quitó los calzones y se sentó sobre mí. Pesaba mucho pero me aguanté. Me decía que qué rico y quién sabe qué más cosas. Le pedí que se pusiera el delantal y los guantes de plástico.
—¿Y quieres que te rebane la salchicha?
No respondí, pero la idea me pareció muy estimulante.
Siguió frotándose con más fuerza mientras me apretaba los pezones y me metía los dedos en la boca.
—¡Qué rico, cabrón, papito, dale duro, dale, quiero sentirte bien adentro!
Hablaba entre gemidos y gruñidos. De pronto se puso de pie. Pensé que iba a buscar sus guantes y delantal. En vez de eso sacó una cuerda muy larga del armario y me la mostró con una sonrisa.
—Amárrame, papacito.
Se puso boca abajo sobre el colchón y le amarré las manos a las patas del box spring. Me subí a ella y la penetré por detrás. Ahí fue donde me di cuenta que era más ancha de lo que yo pensaba. En realidad tenía un trasero gigantesco. Yo estaba a punto de venirme cuando se soltó. No había apretado suficiente los nudos para no hacerle daño. Le dije:
—Oh, espérate.
Pero no se esperó. Me dijo que volviera a amarrarla. Apreté un poco más que la primera vez pero volvió a soltarse, esta vez notablemente enfadada.
—¿Qué no tienes huevos? Te voy a enseñar a amarrar bien, pendejo.
De pronto mis manos estaban atadas a mis pies por la espalda en una posición muy incómoda. Ya no me llamaba papacito, sino que me insultaba.
—Ya que no eres hombrecito te vamos a tratar como hembrita.
Salió del cuarto y regresó con el marido.
—Mira lo que te traje para que te entretengas —le dijo al tipo que se frotaba un ojo y bostezaba mientras ella le agarraba los huevos a través del pantalón chorreado de quién sabe qué líquidos.
—No, Violeta, por favor —dije.
El carnicero traía una botella en la mano. Afortunadamente estaba vacía. Caminó hacia mí tambaleándose y sin decir nada me pegó con la botella en la cabeza y se cayó ahogado de borracho y de la risa. Violeta lanzaba carcajadas desde el umbral de la puerta. La botella no se rompió.
—Te vamos a hacer rico, cabrón —me dijo ella—. ¡Métesela por el culo, Ramón! —ordenó a su marido.
El tipo se quedó parado mirándome con la botella en la mano.
—Así no se puede, le tienes que soltar las piernas para que se las pueda abrir —dijo articulando con dificultad las palabras.
—No, por favor, señor no me haga nada. Yo no sabía que ella estaba casada —imploré.
—¡Cállate, mierda! No le hagas caso, Ramón, me anduvo siguiendo y me obligó.
Ella me soltó las piernas y me amarró de otra forma con las piernas abiertas.
—Puta desgraciada, otra vez andas buscándote hombres.
—¡No, no hagas caso! Mejor métesela para que se le quite lo caliente.
El tipo trató de introducir la botella pero no pudo porque yo me movía como desesperado. Ella me sujetaba, pero aun así no podían impedir que me defendiera.
—No le entra.
—Dale en la cabezota para que se esté quieto —ordenó Violeta mientras me pegaba con un palo.
Ramón me pegó otra vez en la cabeza, la botella seguía entera, yo en cambio empecé a sangrar.
—¡Todavía se mueve el cerdito! ¡Dale! —aullaba.
El hombre levantó la botella y me dio otro golpe. Esta vez la botella se rompió, él se resbaló y se fue de espaldas. Violeta siguió gritando cosas por un rato. Luego caminó hasta su marido y le dijo que se parara, que no fuera imbécil. Pero Ramón siguió inmóvil. Ella se puso de rodillas y lo trató de reanimar. Yo no podía ver nada, tenía sangre en los ojos y no podía moverme.
—¡No respira! —gritó de pronto Violeta—. ¡Ya le dio otro infarto! —aulló.
—¡Suéltenme, por favor!
—¡Cállate, miserable! Tú fuiste. ¡Tú me lo mataste! —me gritó al oído.
—Yo no hice nada.
—¡No, mi rey, no te mueras! —le gritó Violeta a su carnicero.
Salió corriendo y regresó con otras personas. A nadie parecía importarle mi presencia. Al parecer a Ramón le había dado un ataque cardiaco fulminante.
—Llamen a una pinche ambulancia, carajo —dijo uno de los recién llegados.
—Por favor, suéltenme —supliqué, pero me ignoraron como si fuera parte de la decoración.
—Ya se murió, se me murió mi Ramoncito —repetía Violeta.
—¡Hijo, mi hijo! —berreaba una vieja a la que yo no alcanzaba a ver desde donde estaba atado.
Después de pedir auxilio, aullar, llorar, gritar y desangrarme durante un rato, perdí el conocimiento. Lo último que escuché fue una voz de mujer que repetía:
—Cálmate, Violetita, cálmate, se va a poner bien.
Desperté desnudo en un terreno baldío. Mi ropa estaba a mi lado, en una bolsa del supermercado donde trabajaba Violeta. Había perdido mucha sangre pero aún me quedaban fuerzas, me dolía mucho la cabeza. Me pude vestir. Caminé trabajosamente hasta la calle, donde logré parar un taxi.
—¿Lo asaltaron, amigo? —me pregunto el chofer.
Respondí que sí.
—Así son por este barrio. Hay que andarse con cuidado.
Le di mi dirección y me desmayé. Recobré el conocimiento en la sala de emergencias de un hospital. El miércoles de la semana siguiente fui a visitar a mamá. Aún estaba adolorido. Tenía golpes por todas partes del cuerpo. En la cola estaba Violeta vestida de negro. Esperé un rato oculto detrás de un árbol. Tuve miedo de acercarme y preferí tomar el autobús de regreso. No he vuelto a visitar a mamá desde entonces. Supongo que está bien. Tampoco he vuelto al supermercado donde trabaja Violeta. Quizás algún día lo haga, por lo menos ahora está soltera.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s