Nota olvidada en la recepción

Te vi venir a lo lejos. Caminabas con cierta inseguridad y timidez. Te acercaste a mí con la mirada queriéndose escapar, como pidiendo perdón por algo que todavía no habías dicho. Te dije que nos encontráramos dos calles abajo y te diste la vuelta. No fuiste valiente ni para ver estas piernas o la minifalda que las revelaba mientras yo dije para mis adentros que me daba igual, eras en ese momento otro más, la parte de una suma que ya me es desconocida.
Nos encontramos en la contraesquina del lugar más bonito y costoso de la zona. He de confesarte que desde ese momento comencé a intrigarme por tus actos. En más de 15 años ni una sola de mis compañeras había sido llevaba hasta ahí. Creo que por eso te presté atención y seguí tu caminar desigual. Parecía que flotabas y tu energía me arrastraba hasta esa recepción en donde sólo diste tu nombre (con el que por cierto, noté en seguida su extrañeza y delató tu condición de extranjero) y te entregaron las llaves.
Subimos pues preferiste caminar a esperar el ascensor. Me adelante a tus pasos para que me vieras el culo. Era obvio, hasta tú lo hubieras hecho. Impulsé una pierna hacía adelante y dejaba la otra un poco atrás para arrastrarla hacía la otra y así provocar que mis nalgas se movieran al contoneo y ritmo de mis tacones. Pero noté que no mirabas mi culo, ni mis piernas o mi espala. El piso y nada más era tu vista. Te dije “llegamos, vamos a entrar o qué” y metiste la llave. Ante nosotros se abrió una bella habitación con lo habitual y el perfume horrible de los hoteles.
Pensé entonces que te volverías loco, que me atacarías por la espalda para tocar mis nalgas, besar mi cuello y sentir mis pezones endurecidos. Me excitó tu indiferencia y en aquel momento me tenías rendida. Pero tampoco hiciste nada, de hecho lo siguiente fue bastante extraño hasta que saliste de la regadera. Eras otro, el agua te transformó.
Te quité la toalla y descubrí tu diminuto pene, tímido e inseguro como tu caminar hacia mí media hora antes. Noté que tus labios eran del mismo color que tu glande, era la primera vez que me detenía en ese detalle. Intenté levantarlo destapándome el pecho. Te dejé ver mi par de tetas, firmes y de pezones orgullosamente frescos y tu erección comenzó a mostrarse. Me deshice de mi falda, abrí las piernas y eché el culo hacia atrás para que pudieras observar mis nalgas recubiertas por la tela de mi braga. Entonces tu verga al fin logró la vida pero evitaste, por alguna cosa que aún no logro entender, que la guardara en mi boca.
Recuerdo que me pusiste la mano en la frente y me tiraste hacia la cama. De pronto estuve acostada, sin bragas o medias y te abalanzaste sobre mi pubis. El amor y el deseo que sentí por ti empaparon tu cara y no te importó en lo más mínimo al llegar a mis labios y mi coño, que seguramente estaba visualmente palpitando enteramente tuyo. Lamiste, chupaste y metiste la lengua hasta terminar con mis jugos y yo, que tenía tu cabeza entre mis manos te atraje hasta mi boca.
Entonces esperaba el beso más dulce, mojado y tierno de toda mi carrera y sucedió. Te besé y odié tu lengua. Me seguiste besando y detestaba tus labios. Debo decirte que una de tus manos buscó mi coño para meterse ahí pero apreté las piernas y te resignaste a jugar con mi vello. Pero tu fuerza me ganó y con tu brazo te abriste paso y luego, en el esplendor de mi confusión, metiste tu verga.
Primero bien adentro, con fuerza y vigor me penetraste tanto tiempo que perdí la noción. Tú arriba y yo abajo, como aburridos esposos hartos de sí mismos. Pasaste enseguida a ponerme a cuatro patas, te acomodaste de rodillas y embestiste mis nalgas con tu vientre, como dos adolescentes que recién se escapan a coger fuera de la supervisión de sus padres. También te sentaste a la orilla de la cama y me hiciste montar a manera de silla, como los amantes que buscan nuevas experiencias. Me senté de espaldas, para que admirarás mi culo como lo hacen los pervertidos que miran y se desvelan observando pornografía. Me cargaste, me cogiste reclinada sobre mi costado, agarrada de tu cuello mientras sostenías mis piernas. Hiciste lo que hacen las parejas sumidas en la monotonía, los ancianos que deben cuidar su ritmo cardiaco y lo que intentan los experimentados y consagrados promiscuos. Y te odié dada vez más.
Detesté tener que ir y venir mientras tú no eyaculabas ni una sola gota. Debiste haber visto mi cara, como oliendo mierda, cuando te ponías un condón tras otro para según tú aguantar más. Creo que hubiera sido mejor que te dieras cuenta de mis gemidos fingidos cuando azotabas con tu palma mis nalgas o cuando succionabas mis pezones. Todo mi placer era falso, pero mi cuerpo lo hacía pasar por verdadero. Quise que terminaras así para consagrar mi odio. Por eso no debes pensar que cualquier mujer te dejará que escupas y penetres su ano así como si nada. Y esa misma razón utilicé para permitir que descargaras todo tu semen dentro de aquel orificio. Haberte recibido en vagina te hubiera otorgado amabilidad o compasión. Pero en mi ano, en lo profundo de mi culo me permitía enojarme, decirte que era suficiente y pedirte mi tarifa, con cargo extra.
Abandoné aquel hotel que seguramente no volveré a pisar y me guardé los billetes en la bolsa y no aparecí por las calles durante meses. Te escribo esto y lo entrego a la recepción con la esperanza de que lo leas aunque nunca pase eso. Esperaré por ti. Sigo parada, todas las noches, en la misma esquina mi niño tímido. Estoy esperando escuchar tu caminar inseguro y tímido. Seguiré en mi lugar porque soy la puta que se enamoró de ti y tú eres el único hombre que se ha olvidado de mí.

Publicado originalmente en Otro Colectivo Más de Arte

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