Silencio

Siempre he odiado que me despierten. Cuando tenía 10 años le rompí la nariz a un primo porque llegó corriendo a avisarme que la abuela no estaba. Le lancé un zapato y le dio entre los ojos y la nariz y el tabique no dejaba de sangrar. Doy manotazos, gruño y tiro patadas. Una vez me quedé sin teléfono celular porque no paraba de sonar y vibrar.

Por eso este maldito lechero posmoderno es ahora mi peor enemigo. Tiene una estúpida forma de anunciarse, que si lo contara sin su debido contexto, sonaría estúpido. Y aunque posiblemente lo sea, quiero dejar constancia de mi odio.

Todo comenzó cuando me mude al departamento desde donde escribo. Todo marchaba bien, no había vecinos porque extrañamente los demás departamentos son usados como bodegas o habitados por ancianas. Yo uso el último piso, por lo que ni el ruido de los pasos o muebles arrastrándose me pudieran perturbar. Necesitaba todo el silencio posible para mi nuevo libro, de ello dependía más o menos pagarle al abogado que lleva el divorcio y seguir en el camino de la manutención institucional. Total que había encontrado una guarida perfecta hasta que una mañana el encanto se terminó.

Lavacalavacalavacalavacacuack era la extraña onomatopeya que escuché una mañana. La primera vez pensé que era un animal. Un guajolote seguramente. Pero después de pensarlo descarté la idea porque en esta parte de la ciudad no hay rastro del mundo rural. Tal vez algún idiota tendría por ahí enjaulada a alguna ave exótica o comestible. Me costó trabajo descifrar el extraño ruido que todos los días me despertaba en punto de las 8 y media de la mañana hasta que di con él.

Aquella mañana lo descubrí por casualidad y desde entonces supe que las cosas no irían bien. Me levanté con la determinación de localizar el origen del horrible ruido y encontré; al mirar por la ventada, una camioneta cargada con garrafas metálicas y unas bocinas amarradas a la cubierta superior. ¡Ese era el origen del maldito sonido!

Lo siguiente fue un largo mes de meditación. No lograba escribir ni un solo párrafo sin pensar en el lechero a bordo de esa camioneta y su horrible forma de anunciarse. Ya no dormía mis 12 horas completas porque cuando amanecía ya estaba anticipando a lavacalavacalavacacuaaack. Lo espiaba desde mi balcón pero no veía que nadie se arrimara a comprarle lo que seguramente era leche. Jajajajá pobre pendejo, pues claro si su anuncio es una mierda. Pero para mi sorpresa todos los días pasaba por la calle puntual y sin bajarle al volumen de su anuncio.

Entonces pensé en poner alambre de púas en la calle. Poner piedras en la esquina para que se viera obligado a buscar una nueva ruta e incluso estuve tentado a tocar puertas y reunir firmas para pedirle que no volviera nunca. Pero nunca hacía nada porque no me atrevía a salir del edificio. La comida me era llevada por una amable anciana y todos los servicios los pagaba a la casera que iba personalmente. Salir a la calle no era opción si el lechero no me obligaba. Y lo consiguió para mi sorpresa.

Lo enfrenté de la forma más ridícula y aburrida: comprándole un litro de leche. Se acercaba la hora en que su anuncio de lavacalavacalavacalavacacuaaaaack irrumpiría mi sueño y decidí ponerme unas pantuflas y bata para hacerle frente. Me resultaba extraño que nadie más revirara de su bocina, que por cierto parecía acartonarse más lo que la hacía sonar distorsionada y más fuerte. Parecía que yo era el único loco y neurótico molesto por su anuncio.

Le hice una seña y paró la marcha de su camioneta. Lo vi de cerca: no era mucho mayor que yo. Tenía calvicie prematura, la piel morena y un bigote fino llenándose de canas prematuras. Quizá me ganaba por uno o dos años. Le indiqué con un dedo que quería un litro y se bajó de la camioneta. Pensé en agarrarlo por el cuello, azotarlo a la puerta y cerrarla en su cabeza. También me imaginé pateándolo y haciendo que se tomara su leche al sonido de lavacacuak pero su voz interrumpió mis deseos homicidas. La voz era gruesa, amable y denotaba interés. Le acerqué mi jarra y la lleno hasta el tope -“el pilón”- me dijo. Saque mi dinero y me sentí el más absurdo de los hombres sobre la tierra.

Cuando me sentía derrotado y con la idea de estar condenado a escucharlo una anciana salió del edificio. Podría haber sido la vecina del otro departamento del piso o alguien nuevo porque nunca la había visto. Agitó los brazos y logró que la camioneta se parara. Inmediatamente el hombre volvió a bajar y antes de que preguntara -¿cuántos litros?- la vieja le soltó un grito. ¿QUÉ NO SABE QUE SU SONSONETE NI SE ENTIENDE? ¿NO PIENSA O ES IDIOTA? NI SE ENTIENDE Y NADIE LE COMPRA POR ESO. YA NO VUELVA A PASAR POR AQUÍ. NOS TIENE HARTA CON SU PINCHE VACA CUACK. SI LO VOLVEMOS A VER LE VAMOS A ECHAR A LA POLICÍA O A MI HIJO QUE ES PEOR. Y YA SÁQUESE CON SU CHINGADA VACA. ÓRALE A ENFADAR A OTRA COLONIA. Y así, sin más la vieja regresó de donde vino y el pobre hombre, mudo y perplejo, se subió y arrancó su camioneta.

Todos los días, a las siete y media espero por la ventana. Imagino una camioneta negra cargada de garrafas metálicas y bocinas. Prefiero escuchar a lavacalavacalavacalavacalavacacuaaack que el horrible y solemne silencio de este edificio.

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