Noches B.

Pues por más enfermos que estén,
los que están enfermos,
los que de verdad sus vísceras se encuentren
a punto de estallar,
finalmente
pueden llevarse el vaso a la boca y beber.
Hoy, ahora. Mañana no importa.
Que Dios los guarde.

Eusebio Ruvalcaba

I.

Sentados en esta pequeña mesa nuestra altura se disimula. Ambos somos casi del mismo tamaño, y aunque ella intente alcanzarme con botas largas, le sigo sacando una cuarta. Hemos pedido dos cervezas, no creo querer más de eso. No recuerdo que ella fumara ni que me dejara pagar la cuenta. La plática fue más bien impersonal; trabajo, planes, anécdotas y se remató con una despedida insípida. No la volveré a ver es seguro, mejor para mí. Lo único que no ha cambiado es su esmalte. El negro sigue, y creo que seguirá, adornando sus uñas. También su dentadura lucía impecable, demasiado diría yo.

Sus manos resultaron ser tan largas como las mías y aunque me pese admitirlo, sus brazos doblaban el grosor de los míos. Pero aun así sostuve entre mis dedos los suyos y cuando se bajó de la combi, sin pensarlo, la despedí de un beso en la boca. Era lo más cortés que podía hacer después de nuestra primera noche.

La conocí de la manera más estúpida, pero más efectiva para no quedarse solo un viernes por la noche: por internet. Una firma en metroflog o un toque en Facebook, un correo electrónico, un número de celular y concretar una salida. Eso basta para salirse de la escuela una hora antes y cargar condones en la mochila por si acaso.

Nos vimos -por segunda vez de hecho- afuera de una unidad deportiva al noroeste de la ciudad. Lo incongruente es que era para tomarnos una o dos caguamas. Lo que empezó con un “luego venimos a correr” terminó como deben finalizar estas propuestas. Nunca hicimos nada afuera de su departamento y todo sucedió entre las cuatro paredes de su cuarto.

La primera vez teníamos 17 años y 16 respectivamente. Sonaba “La Chispa Adecuada”, tocada de manera horrible por una banda de covers que cerraba el “Festival de la Juventud”. Pero a esa edad; cualquier grupo de treintones que se suban a una tarima a malinterpretar los éxitos con los que la rebeldía, el alcohol y el sexo se descubren, es una buena tocada.  Así que la balada de Los Héroes del Silencio prendió a todos y nos puso a cantar –a gritar, mejor dicho- y al final a la ridiculez de empujarnos. “Tú me empujaste primero” decía yo mientras la mantenía abrazada, pegada a mi cuerpo totalmente desnudos los dos. Su respuesta, después de un largo beso: “Nel wey, sí te empujé pero tú me la regresaste más gacho. La espalda me estuvo doliendo como un mes”. Por el bien de ambos, asentí y me disculpé por aquel empujón.

Y ahí estábamos, unos 4 años después. Los dos tumbados en el suelo, con una cobija encima y otra abajo. En medio de ambas, dos cuerpos que se habían conectado inmediatamente sin necesidad del nerviosismo del primer beso, el sudor de las manos juntas toda la tarde y protocolario decoro de la primera vez. Nos habíamos visto unas horas antes, nos tomamos quizá cuatro o cinco caguamas de cerveza oscura, media botella de tequila y sin decir nada; los labios, las lenguas, las manos y los genitales concluyeron que debían utilizar funciones.

Cuando se bajó de la combi me le quedé mirando. Concluí que no se parecía en nada a mis gustos. Mi novia era más baja de estatura, con unas imponentes piernas pero nada más. Incluso podía decirse que era “fea” en comparación a ella. En cambio, su nariz afilada, su sonrisa blanca y pareja –por algo estudia odontología, pensé-, sus largas piernas, sus duras nalgas y sus suaves pechos eran lo que hubiera querido tener como novia. Pero no sabía nada, salvo lo que ella me había querido decir de sí. De alguna manera decidí que no volvería a verla, era demasiado para mi rutinaria vida y a la primera oportunidad fallé a ese imperativo.

Nuestros encuentros se tornaron secretos. De alguna manera supuse que ella también tenía novio o que estaba saliendo con alguien más. Un domingo, cuando se metió a bañar, en lugar de espiarla como me gustaba y me dejaba hacerlo, revisé su celular. Encontré fotos de ella abrazada con un wey al que no reconocí y en el que percibí todo lo contrario a mí. Bien vestido, adentro de un coche y con la pinta de estudiar negocios o relaciones comerciales, esas carreras de personas que solo esperan a heredar la empresa de sus padres. Pero no pregunté nada, no insistí en sincerarme o en una confesión mutua y prefería la pasión que mi novia no me daba. Los besos con ella eran largos, llenos de saliva, lengua y mordiscos. Eran lo que se dice puercos, atascados. De infieles reprimidos.

Nuestros gustos también caían en el cliché de lo alternativo. Poníamos algún disco de metal en español –sí, horrible y anti erótico, pero era lo que nos gustaba-, recordábamos alguna tocada en la que ambos estuvimos sin saberlo. “Ya sé wey, lo de Transmetal estuvo bien chingón porque cuando llovió se prendió más. No sé por qué no te topaba desde antes, yo creo que por pinche mamón que eres”. Yo me quedaba tumbado sobre el suelo, oliendo su perfume y mirando la vena que atraviesa el cuello. De alguna manera sospechaba que su cama no era para mí. Siempre acabábamos en el piso o en el otro cuarto del departamento. Incluso una vez rompimos la cama de ese cuarto y nos hundimos tanto que la risa duró más que el sexo.

Pero las cosas nunca pueden permanecer estáticas y un día, cuando besaba su cuello sonó su teléfono. Ella se derritió en excusas y al menos me pagó el taxi de regreso a mi casa. Por entonces yo ya no tenía novia porque descubrí que se metía con otro. De alguna forma estaba dispuesto a ser aquel otro cayendo en el estereotipo. Su cuerpo y la sensualidad que de ella surgía era una especie de calmante para mí. No me importaba compartirla o tener que esconderme. Y sucedió algo todavía más extremo: me convertí en el amigo.

II.

Habían pasado ya varios meses desde nuestra última noche cuando nos volvimos a encontrar. Estaba harto de leer sus problemas de pareja a través de un chat o no poder ir a su departamento a recoger la playera que había olvidado. Más odioso me resultaba el hecho de su compromiso ya formalizado.

Ella llegó con unas largas botas, una gabardina negra también larga y un mechón morado que adornaba su pelo negro. Por primera vez me presentó a su novio el cual me estrechó la mano con fuerza y me lanzó una mirada que osciló entre el reto y la amenaza. Y se fue. Nuestro plan eran sencillo: ir a algún bar, tomarnos algo, platicar de lo que habían sido nuestras vidas y aburrirnos hasta pagar la cuenta y con suerte no volver a vernos. Pero las cosas salieron mal desde que elegimos el lugar.

Yo ya había estado ahí años antes. Cuando estaba en mis años de preparatoria asistí a varios eventos en donde bandas de ska destrozaban el lugar, bandas de covers adormecían a su público y bandas de metal hicían que la cerveza tuviera sabor de haber estado calentada en el sobaco de un gordo. Era el peor bar para la reunión de dos ex amantes (de alguna manera, tenía que categorizar aquello) pero resultaba el más barato y el único abierto entre semana.

Hicimos lo habitual, una cerveza, dos, tres, esto que lo otro, sí mi novio, sí pues terminamos, estaba bien culera esa vieja, pues tú te portaste ogete al correrme, tu pinche playera la tuve que tirar, nunca arreglé la base de cama quebrada etc etc…

Para entonces me había hecho a la idea que no había aceptado al inicio. De aquello ya nada podía rescatarse. Y aun así no perdía la esperanza aunque fuera imposible. Fui al baño a vomitar la última cerveza y recuperar un poco de mi juicio crítico y cuando salí encontré al siguiente paso en lo nuestro, sí se podía llamar de alguna manera.

Mis sentidos volvieron a ponerse alerta gracias a la vomitada. Con mis ojos llorosos y el esófago rechinando vi a un cabrón sentado en nuestra mesa. Ella se había despojado de su gabardina y lucía un prominente escote y una minifalda que surtieron efecto rápido. En cuanto me paré a guacarear un wey ya intentaba ligársela. Me senté con normalidad y el incauto, un tipo vestido con una playera de Guns N’ Roses, barba de candado y manoplas, me preguntó si éramos novios. “Amigos” contesté ante la patada que me soltó ella por debajo de la mesa y el wey sonrió. “Entonces dejen les invito una caguama”.

Salimos del bar con otras seis caguamas encima, patrocinadas todas por el sesudo galán a quien ella le dio un número falso. Él quedó de marcarle e invitarle a ir a comer unos pollos rostizados (así, literal) y me felicitó por tener una amiga tan guapa. “Fue el escote wey, ¿apoco no está chido?” me dijo ella. “Pinches hombres, son bien pendejos y puercos todos”, y acepté hipnotizado por aquellos dos pechos que parecían querer escaparse. Con todo el alcohol que le había metido a mi cuerpo ya no podía concentrarme en mi plan: mandar a la mierda todo, incluido y protagonizado por ella. Y terminamos besándonos y cogiendo como perros calientes en un estacionamiento sin luz.

A partir de aquel momento me convertí en el cómplice de una infame y divertida estafa. Cada quince días nos veíamos, escogíamos algún lugar y encontrábamos la manera de encontrar nuestro patrocinador de alcohol. A veces eran dos o tres, todos queriendo hacerle lo peor a ella y mirándome con lástima a mí. Algunas noches yo tenía miedo de que algún borracho quisiera pasarse de la raya y no me explicaba cómo seguíamos sobreviviendo. Me preparaba mentalmente para hundir una navaja, estrellar un envase de caguama o esquivar puñetazos y patadas. Ella se divertía era claro. Le gustaba ser admirada, decirle a su novio que se iba a regresar temprano y que yo me pusiera celoso de los mecenas etílicos. Pero necesitaba un cómplice, uno al que sometía a base de mamadas y eyaculaciones. Y yo me dejaba convencer.

Seguimos así hasta que tuvimos el límite obvio: un borracho que sí se tomó en serio la ofensa. No salió tan mal, nos vetaron de dos bares, no podíamos pisar otro porque seguramente me reventarían la cabeza y la táctica del escote ya no me seducía. Yo requería más que sexo o proposiciones pervertidas. Flanqueé hacía el lado oscuro y pedí ser el único. Ya no quería ser el amigo, el otro, el compinche y naturalmente acabe siendo nadie. Tanto así que dejamos de vernos.

III.

Escucho un disco viejo perdido entre mi basura. Está rotulado con plumón indeleble color azul y dice “éxitos en español”. Al ponerlo en mi vieja grabadora sonó una de las canciones que solía escuchar con Daniela. Nunca me gustó su nombre porque es el femenino del de un amigo cercano. Prefería llamarla de manera impersonal, de todos modos ella no me tenía registrado en su teléfono celular.

Por mera curiosidad encontré su perfil de Facebook. Dice que está comprometida, espero que ahora sí sea de verdad, y que trabaja en el centro de salud de un municipio contiguo. No he querido saber nada más pero me atreví a mandare un mensaje. Hemos quedado de tomarnos una cerveza, solo una recalca, en algún café. Ya no quiere ir a bares.

La esperé más de 20 minutos afuera del café “La Casa”, un lugar más aburrido que barato. Llegó vestida con una larga falda, el pelo recogido y peinado hacía atrás. Al fin me hizo caso y cortó el fleco recto. Sus dientes, como desde hace años, lucen impecables. Me dice que vaya a su consultorio y puede hacer algo por mí. Como dije, pedimos dos cervezas claras. Nada de oscura. Su dedo luce adornado con un anillo, aunque las uñas siguen pintadas de negro. Pago la cuenta, aunque ella insiste en cooperar y salimos de “La Casa” con el mismo ánimo que con el que entramos.

Con un “nos vemos pronto” cerramos la confrontación y ella me despide de beso. “Cuando se te ofrezca” remata con su voz, que hasta entonces no había reparado en lo áspera y fría que sonaba. La vi retirarse, meneando el culo y las piernas y desaparecer al doblar la esquina. Yo me he quedado con ganas de más cerveza aunque el dolor de muela me esté matando.

 Mañana, a primera hora buscaré a un dentista de confianza.

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