La teoría del color

Aunque nací un 9 de mayo de 1990, mi vida comenzó cuando descubrí mi glande. Tenía unos 8 años y recién había iniciado ese período en que mi madre me obligaba a bañarme diario. Nunca había lavado mi pene pero el pediatra, de alguna forma, me indicó cómo debía de hacerlo. No mentiré, al principio recorrer ese pellejo de carne al que llaman prepucio me dolió. Luego me dolió menos y al final me gustó. Tenía tanta mugre en aquella zona recién destapada que me dio mucho asco. Pero fue solo al principio, después me acostumbré a ese color entre rosa y morado y terminé por disfrutar la sensación nueva la cual no podía distinguir. Era dolor, era placer y era ambas cosas, creo que por eso disfrutaba bañarme a diario.

No sé exactamente cuándo, pero últimamente empecé a caer por una espiral que me ha conducido a donde estoy ahora. No me di cuenta o no quise verlo y ahora frente a mí hay otra verga. Es más grande que la mía (sí, eso es posible), erecta y está apuntando a mi boca. No he dudado ni un segundo en tomarla con mi mano derecha, masturbarla y permitirle el acceso a mi lengua, cubrirla con mis labios y succionar de ella. Y así, con el sabor de este glande y el olor que estaba guardado entre calzones también me llegan otras imágenes.

Fui limpiando la mugre y así descubrí que aunque me doliera, aquella parte de mi cuerpo sentía un placer hasta entonces desconocido. Un día le enseñé a mi hermano menor a recorrer su pellejo y a descubrir su parte que luego supe se llamaba “glande”. Él lloró mucho, me acusó con mi madre y no supe por qué, pero mi padre me castigó. Supongo que hizo lo que todo adulto haría y me alejó de otros niños menores. Luego se olvidó del castigo y descubrí que mi hermano también jugaba a recorrerse el pellejo. Ambos fuimos cómplices de nuestro crecimiento, tanto del cuerpo como de nuestros penes.

Mi trabajo consiste en pasar horas sin hacer nada y después, en menos de 30 minutos terminar todo. Por eso pasó mucho tiempo en internet, saludando amigos lejanos, observando la vida de desconocidos y ocasionalmente charlando con ellos. Aun así y con el tiempo, los amigos se convierten en desconocidos y los desconocidos en amigos. “Creo que ya lo sabes, pero de todos modos te lo digo. Ahora sé que me gustan los hombres” – me dijo uno de estos amigos lejanos, o desconocido (ya no sé la diferencia) alejado. “Ojalá podamos hablarlo de frente, como amigos” – y finalizó su conversación. La cerré y pensé en que ya lo sabía, en que desde la prepa era evidente. Pero está bien, me confió su gusto erótico y como amigo deseo verlo, platicar y nada más. Creo.

Durante años fui el primo mayor. Luego seguía mi hermano y una larga generación de muchachitos con padres distantes y madres dramáticas. Uno de ellos solía quedarse en mi casa los sábados y se marchaba el domingo en la tarde. Dormía con mi hermano mientras yo, en silencio mientras los veía pelear, recorría mi prepucio una y otra vez. También le enseñamos y mostramos nuestras verguitas de niño. La de ese primo era muy morena, más chica por supuesto y tenía una verruga en el inicio, pegada casi al vientre. Yo no sentí nada al tocársela pero la de él de pronto se puso más grande. Le dijo a mi hermano que jugarán a los padres, porque había visto cómo su padre se ponía atrás de su madre y trataba de empujarla contra la pared. Entonces se puso en cuatro patas, echó el culo hacía mi hermano y éste lo empujaba con su vientre. Pero el juego fue más bien aburrido y jamás volvimos a jugarlo. Yo solo veía mientras seguía recorriendo mi prepucio. Luego ese primo siguió viniendo a dormir hasta que años después sus padres se divorciaron. Creí en aquel entonces que el juego de sus padres también se había vuelto aburrido.

A las diez cervezas ya no escucho las palabras de mi amiga. Como cuando descubrí por primera vez al coño, imaginó al suyo basado en el color de sus labios. ¿Será rosado o más bien color carmesí? ¿O será de esos morenos por fuera y carnosos, un tanto morado-suave por dentro? ¿Y el clítoris? Y justo cuando voy a pensar en ese pequeño botón me interrumpe mi amigo. Dice que hay que seguir la plática en algún otro lugar. Yo sugerí una avenida, donde siempre hay mariachis, banda, norteños y cerveza barata. Pedimos la cuenta y dejo que mi amiga salga por delante. Miré sus nalgas y me volví a preguntar ¿Serán duras o más bien de esas que agarras a manos llenas?

Cuando pasé a la secundaria fui un fracaso. Las únicas experiencias sexuales que llegué a tener seguían siendo mover mi prepucio, tocar mi glande con la palma de mi mano, mirar un “manual de sexualidad  sana” que mis papás escondían en un librero y masturbarme pensando en mis compañeras de salón.  En aquel momento ya ejercía el acto de empuñar mi verga, frotarla y estimularla. Pero aún no sabía lo que era venirse y echar los mecos. Cuando les veía los calzones a mis compañeras, o estaban muy cerca, tanto que me abrazaban y podía sentir sus pechos apenas creciendo, me mojaba. Sentía un líquido distinto a la orina empapar mi bóxer y rogaba porque no se notara en el pantalón color gris del uniforme. Entonces llegaba a mi casa, me sacaba la ropa y seguía frotando pero el líquido no volvía a salir. Creía que estaba enfermo, que mi pene no funcionaba y que las mujeres se burlarían de mí. Pero el porno me iluminó y me despertó de mi sueño dogmático.

Mi amiga conducía. Yo me senté atrás entre sus cosas de trabajo. Como copiloto iba mi amigo, contándonos todavía sobre los bares para gays de Guadalajara. Desde que se fue descubrió que le gustaban los hombres. Supongo que en este pueblo no hay todavía la confianza para andar por la calle agarrado de la mano de otro hombre o mamársela en el baño de una cantina. Aunque desde que estuve en la prepa noté que él nunca hablaba de mujeres. Nunca opinaba sobre el culo de alguna amiga o jamás mencionaba las tetas de nuestra amiga gorda, chaparra y por su puesto chichona. En cambio casi todo el grupo de amigos se quería coger a la nalgona y alta del salón. O queríamos una mamada de la misma gorda chichona y que nos hiciera una rusa. Pero él siempre evitaba esos temas y se ponía serio cuando tratábamos de involucrarlo con alguna mujer. Pero ahora comprendí mucho. Creció con su madre, una mujer soltera metida entre libros. Creció entre sus primas y salió de este pueblo conservador. Aunque nada de lo anterior en realidad explica su homosexualidad. Pero yo así la justifico, así lo sigo considerando uno de mis mejores amigos. De hecho, hasta empiezo a pensar que es guapo. Pero para dejar eso atrás imagino de nuevo en el coño de mi amiga, ¿irá depilada o se dejará una raya?

Comprábamos las revistas en un puesto donde nos hacían jurar que no diríamos nada. También descubrimos en la casa de un profesor que quedó paralítico, y al que le ayudábamos a limpiar su casa, un montón de películas que veíamos los sábados comiendo palomitas. Pero al acabarse las palomitas y quedar solo un tazón grasiento, todos queríamos correr al baño. Descubrí cómo eyacular sin dejar los molestos rastros pegajosos en la ropa gracias a los consejos del hermano mayor de uno de mis amigos. “Si le echas agua en cuanto cae no queda como pasta de dientes dura” – nos dijo, mientras se disponía a salir con una muchacha. “Se la va a coger, siempre se las coge” – explicó su hermano mientras le ponía PLAY a la siguiente película. En la pantalla veíamos cómo un negro le metía su pene a una mujer rubia, mucho mayor, con unas tetas enormes y el pubis totalmente libre de vello. Y yo tenía envidia del hermano mayor. También quería coger ya y dejar ser virgen. Ser como el negro en la pantalla. Poner mi verga en la boca de una mujer. Que ésta sacara la lengua, que la lamiera y que se relamiera los labios al chorrear mi semen. Pero ninguna mujer nos hablaba más allá de salón de clases. En las tardeadas de la secundaria éramos los rechazados. En la colonia las niñas me veían con cara de miedo o asco, o los dos tal vez y solo mi prima me dejaba verla sin respingar. La primera vez que eyaculé fue gracias a que me dejó verle los pezones, bueno si espiar en el baño cuenta como “me dejó verle” entonces sí cuenta.

El coche tomó una última recta y arrivamos a la avenida de la fiesta eterna. Llegamos en zig-zag porque mi amiga ya estaba muy ebria. Mi amigo en cambio parece haber obtenido cierta fuerza sobre el alcohol. Yo estoy entre la borrachera y la calentura. Quiero cogerme a mi amiga porque siempre lo quise. Pero no me atrevo y solo la veo menear el culo y no darse cuenta de que uno de los botones de su camisa se ha desabrochado. De hecho el brasier está mal acomodado y un pezón se asoma tímidamente. Es café, lo que indica que tal vez su coño sí sea moreno por afuera y morado-suave por dentro. Podría ser rosa pero los pezones han desmoronado mi teoría. Aun así quiero meter mi verga en él, lamer sus pezones y terminar en su boca. Pero de nueva cuenta me interrumpió mi amigo y el six de cerveza que trae consigo. La noche se ha convirtió en madrugada y yo comencé a pensar en que alguien de los tres dormiría solo, mientras los otros dos en cambio iban a intercambiar fluidos.

Culos gigantescos, vouyer, MILF, colegialas, japonesas uniformadas, cubanas, mexicanas, brasileñas totalmente depiladas, colombianas con el pubis negro de vellos. Negras con los pezones como enormes hot-cakes quemados, venezolanas cubiertas de aceite y muchas vergas. Chicas, gordas, llenas de venas, flácidas, erectas, inyectadas de sangre, chorreantes de semen, cubiertas de saliva, de cubanos que parecerían perforar cualquier culo. Frente a mis ojos durante la preparatoria desfiló toda clase de porno. También conocí las tetas metidas en mi boca con consentimiento de su dueña. La primera de mis novias era adicta a que le chupara y succionara los senos. Pero se negaba darme un oral y en definitiva juraba que conmigo no tendría sexo hasta casarnos. La terminé después de unos meses y tuve un par más de parejas. Mi pene ya requería de mejores servicios. Era adicto todavía a que frotara la palma de mi mano. Aún amaba recorrer su prepucio y eyacular sobre servilletas, sábanas, toallas o las bragas de mi prima. Pero aún no había entrado en esa cavidad húmeda, cálida y suave que veía en pantallas.

La fiesta siguió durante unas horas hasta que la policía acorraló a unos borrachos en la avenida y le puso freno definitivo al ambiente. Mi amiga ya estaba muy borracha, tanto que no se daba cuenta de los repegones que le daba yo. Mi amigo en cambio permanecía sereno, se daba cuenta de mi mano larga pero no hacía nada. Sonreía, miraba a otras personas y se decía agradecido por estar con sus amigos. Entonces sugerí ir a mi departamento que se trataba más bien del segundo piso de la casa de mis padres, pero que como les expliqué, me dejaban hacer lo que quisiera. Y fue así que partimos a nuestra última estación.

Mi primera reencarnación se dio cuando descubrí mi glande en la regadera. La segunda sucedió cuando metí al fin mi verga en la vagina de una mujer. Esa noche el trabajo en grupo se alargó y solo cuatro compañeros permanecieron despiertos en aquella casa. Me dejaron dormir en el cuarto de un inquilino que no estaba y me eché tan pronto apague la luz. Luego sentí el peso de alguien más. Era una de las compañeras del equipo que semanas antes me había preguntado por mis gustos, mis lecturas y por mí novia. Me pidió un masaje que le di con nerviosismo y cuando sentí que no llevaba brasier se me paró la verga. La arrimé hacía ella, y ella se arrimó hacía mí. Le quité la blusa, toqué sus pequeñas tetas y fui bajando mi mano primero por sus largas piernas hasta llegar al vientre. Aunque tenía mucho vello no me importó y metí mi mano. Era cálido, húmedo y suave como había imaginado. Ella me desvistió, se metió mi pene en la boca y dejé de diferenciar entre su saliva o su lubricación vaginal. Cogimos toda la noche. Ella encima de mí, yo atrás, de lado, sentada y hasta me dejó terminar en su cara. Estuvimos cogiendo unos meses hasta que mi novia me descubrió y aquello no terminó en buenos términos. Sin embargo de vez en cuando, cuando mis tareas en la facultad me lo permitían la visitaba. A veces iba a su departamento o ella venía al cuarto de azotea donde rentaba. Pero una vez que probé un coño quise más. Comencé a coger con sus propias compañeras de la carrera. Con muchachas que conocía en bares o con las amigas de mis compañeros de renta. Incluso llegué a meter mi pene en el coño de las novias de mis amigos o las primas de ellas. A veces terminaba adentro o en la espalda. También seguía masturbándome y en definitiva tenía una sexualidad normal para alguien de mi edad. Coger era tan importante como titularme o conseguir un trabajo. Mi pene se convirtió en un Mr. Hyde, una voz que me pedía coños. Era mi conciencia volcada hacía el mundo.

En mi departamento saqué una botella que tenía guardada. Aunque mi padre decía que era suya, la abrí sin detenerme a pensar. Pusimos música y comencé a debatir en mi cabeza. ¿Cogería con mi amiga o mi amiga querría más bien coger conmigo? ¿Y mi amigo? Pensé entonces llamarle a otro amigo gay o de plano decirle que lo llevaba a su casa y ya en el camino, decirle que nuestra amiga ya estaba muy peda como para llevarla. Sería perfecto porque me deshacía de él y estaría solo en el coche con mi amiga. Pero ella se recostó en un sillón, cerró los ojos y la perdimos. Dormida lograba librarse de mi deseo y dejarme solo con la botella y mi invitado incómodo. Y creo que por eso me serví otro trago sin hielo y sin refresco.

La primera vez no lo creí. Me dijo “tienes una vergota”, pero me pareció más bien un comentario de compromiso porque eso dicen todas las mujeres. Además éramos vírgenes (o al menos yo, porque creo que ella tenía mucha experiencia) y no podíamos saber si en realidad sí era una vergota o solo un cumplido. La segunda vez que me dijeron algo así fue la novia de un colega del servicio. “Pinche madresota, me va a matar”. Pero se la metió toda en la boca y luego en la vagina. La tercera vez comencé a creerlo cuando una compañera del trabajo me la sacó cuando no había nadie en la oficina y dijo “Pinche tercer brazo, métemelo todo”. Entonces rompí su ano y mi confianza creció tanto como me crecía el pene durante una erección. Me sentía portador de un secreto inverosímil. Tenía entre mis piernas una llave para abrir, literalmente, una larga fila de puertas y oportunidades. En una sociedad movida por las nalgas, tener una vergota era el equivalente a haber nacido blanco, europeo y acaudalado. Pero era al final siempre era un secreto. No podía ir por las vida, con el pene sacado de la bragueta y diciendo “hey, la tengo grande. Denme todo porque lo merezco”. No era como llevar un escote o lucir una tanga bajo los pants ajustados. Pero me conformaba y vivía una vida plácida. O eso creía hasta esta mañana.

En el sillón todavía estaba un bulto vestida con pantalón y una blusa a cuadros y botones. Quería quitarle el pantalón, descubrir qué tipo de bragas llevaba (podrían ser de encaje o cacheteros porque no se veía costura alguna) y meter lentamente mi pene entre sus dos piernas apretadas. Pero mi amigo se servía más cubas y le subía al volumen. Y sin darme cuenta me olvidé del culo de mi amiga, de que ya llevaba muchas cervezas y tequila encima y me olvidé de mí.

El sol me dio en la cara. Siempre me da en la cara por no tener cortinas. Pero nunca las pienso comprar de todos modos y aunque a puerta estaba cerrada y en la sala no había nadie, me dio mirar hacía la calle por la única ventana que tengo. No vi el coche. Los vasos de la noche estaban limpios y escurriéndose en el lavabo. El baño también estaba limpio, a pesar de que recuerdo que mi amiga vomitó toda la taza. Y vi las manchas, como pasta de dientes endurecida en mi suéter. Puta madre. Pensé en lavarme la boca pero no tenía caso.

Comenzamos a platicar largo y tendido. Los ronquidos de mi amiga apenas si nos interrumpían. Entonces la música se tornó lenta, seductora y para mi sorpresa muy íntima. Saxofones y piano amenizaban la charla en tanto que el tequila era menos. Mi amiga de pronto se levantó, corrió hacía el baño y soltó una larga vomitada sobre la taza cerrada. “Yo lo lavo mañana” dijo mi amigo y sonrió. Nunca había visto sus dientes tan blancos, brillosos y perfectos. Me acerqué a él y una fuerza que no controló comenzó a empujarme. Dejé mi vaso y le dije que mejor ya le paráramos. Le ofrecí mi cama y accedió. Aún pensaba en cogerme a mi amiga pero me dio asco pensar en su aliento a vomito. Estaba solo, en aquel pedazo considerado como mi sala, sin bebida, sin música y parado cuando sentí la humedad en mi bóxer y una erección leve. Caminé hacía mi propio cuarto, abrí la puerta y me acurruque donde estaba él. Pasé mis manos por su pecho y las bajé hasta su bragueta. Le pedí que se quitara el pantalón. No dijo nada, se quitó el pantalón y el bóxer y para mi sorpresa descubrí un pene mucho más grande que el mío. Lo sentía hermoso. Me invitaba a tocarlo, recorrer su prepucio y lamerlo como imaginaba que lo hacía para mí mismo. Lo metí a mi boca y mamé hasta sacarle la última gota de semen. Entonces me pidió que me levantara y se puso de rodillas. Me quitó el pantalón y reveló mi gran erección. Nunca antes mi pene había estado así de duro. Estaba más que erguido. Lo sentía grueso y palpitante. Lo metió en su boca. Lo lamió y besó hasta que le pedí que me masturbara. Hizo eso y más. Eyaculé sobre su cara y nos besamos, compartiendo mi semen y su saliva largo rato. Volví a sentir su verga de nuevo erecta y volvimos a tocarnos. En algún punto me quedé dormido y perdí la noción del tiempo.

Desperté porque el sol me daba en la cara. He llamado a su celular pero me contesta la estúpida voz programada. En el café el mesero me lanza una mirada de sorpresa, supongo que es llamativo ser el único cliente renegando con un teléfono en voz alta. Sus ojos color miel hacen que su boca, de un color rojizo resalten. Me pregunto si su glande será carmín o rosa suave.

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