“Una lección no aprendida”

El siguiente relato pertenece a la inusual compilación de historias reunidas por el escritor neuyorkino Paul Auster en el libro “Creía que mi padre es Dios”.

Una lección no aprendida Yo lo perdía todo. Mejor dicho, lo perdía o lo destrozaba. Joyas, muñecas, juegos. Todo lo que llegaba a mis manos lo masticaba, lo destrozaba hasta hacerlo irreconocible o lo enviaba a una muerte prematura. Comía papel, y una vez me zampé un libro entero. Al Pobre George, el niño curioso no le duró mucho la curiosidad a mi lado. Fue engullido.

Mamá y papá decían que yo representaba un “desastre inmediato” para los objetos. Y, debido a mi torpeza, durante las cenas siempre me sentaban junto a los invitados que sabían que no volverían a visitarnos. Un día, cuando estaba en segundo de primaria, volví a casa después de clase y mi madre me miró sorprendida, nada más entrar por la puerta. “Carol”, comenzó diciendo con tono tranquilo pero con una expresión de incredulidad en el rostro, “¿dónde está tu vestido?” Miré hacia abajo y vi mis zapatos con hebilla, mis leotardos blancos, desgarrados a la altura de las rodillas, y mi camisa de algodón de cuello vuelto blanca (aunque sucia).

No me había dado cuenta de que no llevaba toda mi ropa hasta que mi madre me lo hizo notar. Yo estaba tan sorprendida como ella, puesto que las dos recordábamos que llevaba puesto el uniforme por la mañana. Mi madre y yo cruzamos la calle y fuimos hasta el colegio, buscamos en las aceras y por todo el patio y en las aulas, pero no encontramos ningún vestido de cuadros escoceses. Al invierno siguiente mis padres me compraron un abrigo marrón de piel sintética y un sombrero a juego. Me encantaban mi abrigo y mi sombrero nuevos y me sentía como una chica mayor porque no llevaba mitones a juego colgados de las mangas. Hubiesen preferido comprarme un abrigo con capucha porque me conocían de sobra, pero yo les rogué que no lo hicieran y prometí que tendría cuidado de no perder el sombrero. Lo que me gustaba de él eran los grandes pompones de piel que tenía en los extremos de los lazos.

Un día, al regresar del trabajo, mi padre me llamó para que bajase de mi dormitorio. Se agachó a mi altura, me abrazó y me pidió que me pusiese mi abrigo y mi sombrero nuevos para verme con ellos. Subí la escalera a toda velocidad, saltando los escalones de dos en dos, entusiasmada con la idea de hacer un pase de modelos para mi padre. Me puse el abrigo rápidamente pero no encontré el sombrero. Miré, nerviosa, debajo de la cama y en el armario pero no lo encontré por ningún lado. Tal vez no se diera cuenta de que no lo llevaba puesto. Bajé volando la escalera y di giros como si estuviese sobre una pasarela, posando y sonriendo, desfilando con mi abrigo nuevo para mi padre, que me miraba con atención y me decía lo guapa que estaba. Pero entonces me dijo que quería que también me pusiese el sombrero. “No, papá, sólo quiero enseñarte el abrigo. ¡Tú fíjate cómo me queda!”, dije mientras seguía contoneándome por el vestíbulo e intentaba evitar el tema del sombrero perdido. Yo sabía que aquel sombrero había pasado a la historia.

Él se reía y yo me creí adorable y querida porque estaba jugando y riéndose conmigo. Volvió a sacar el tema del sombrero un par de veces más y entonces, sin dejar de reírse, me abofeteó. Me dio una bofetada fuerte en toda la cara y yo no entendía por qué. Al oír el sonido seco de la mano sobre mi cara, mi madre gritó: “¡Mike! Pero, ¿qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo?” Mi madre estaba atónita y apenas podía hablar. La furia de mi padre nos había herido a ambas. Yo seguía allí de pie, llevándome la mano a mi ardiente mejilla y llorando. Entonces mi padre sacó mi sombrero nuevo del bolsillo de su abrigo. Lo había encontrado tirado en la calle y, mirándome por encima de sus gafas, me dijo: “Tal vez ahora aprendas a no ser tan descuidada y a no perder las cosas.” Ahora soy una mujer y sigo perdiendo cosas. Sigo siendo descuidada. Pero lo que mi padre me enseñó aquel día no fue una lección de responsabilidad. Lo que aprendí fue a no confiar en su risa. Porque hasta su risa podía hacer daño.~

– Carol Sherman-Jones, Covington, Kentucky.

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