Al otro lado

A Carlos le pusieron cal para que no apestara. Pero a la semana el olor era tan fuerte que le tuvieron que echar casi todo un costal entero. A los quince días ya era una bola de carne putrefacta, huesos convirtiéndose en polvo y pelos volando. La lluvia empeoró todo pero se llevó sus restos. Un mes después la carretera estaba otra vez limpia, el agua se había llevado el olor y cualquier rastro de su cadáver. Desde entonces ya no quiero cruzar al otro lado, aunque me muera de sed y me ofrezcan comida.

 Juan alguna vez tuvo familia. Luego un día se perdió y duro meses sin saber cómo volver a casa. Encontró su fotografía pegada en un poste e imaginó que todavía lo buscaban. Cuando por fin pudo volver encontró a otro en su lugar. Estaba asoleándose en lo que había sido su patio. Miró con envidia al nuevo miembro y se marchó. Ahora está con nosotros desde hace meses, también lamenta lo de Carlos.

Pero no todos aquí somos refugiados. Marina fue la primera en llegar. Había sido una de las más bellas en su juventud. Era la consentida, la pequeña princesa, la merecedora de los cariños. Pero un día tuvo una mala pasada y golpeó a un pequeño familiar de la visita. Sintió tanto placer que anduvo por la calle golpeando a cuanto dueño pudiera. Incitó a otros a rebelarse contra ellos y acabó enjaulada. Pasó años en un pequeño cubo de metal, siendo alimentada dos veces al día y limpiada una vez por semana. Cuando ya a nadie le importaba fue liberada en un lugar desconocido para ella. Llegó una noche a este sitio y se quedó. Ahora es una de las más fuertes. Para ella lo de Carlos fue una tontería y se lo ganó por distraído.

El más pequeño dice llamarse Irving. Aunque en realidad sospecho que nunca tuvo un nombre propio y él mismo se lo ha inventado. Da igual, es muy astuto y consigue comida de manera inexplicable. Nos ha contado que aprendió a diferenciar entre los restos envenenados y los aptos para comerse con el olfato porque siempre lo querían matar cuando andaba en la calle. Nunca hemos sido buenos olfateando cosas, así que la presencia del pequeño Irving nos ha ayudado mucho a seguir. A veces desaparece por semanas y vuelve cargado de bolsas. La mayoría suelen ser desperdicios que otros no quieren. Pero buscando bien encontramos cosas comestibles. Irving asegura que todo es seguro y que Carlos fue atropellado y embarrado en el asfalto por desconfiado. No hacía falta cruzar y buscar comida cuando él trae cada que puede.

Junto a Irving está Claudia, su pequeña aliada aunque dice no tener el mismo olfato que su compañero. Para ella es una fortuna conservar su capacidad de oler. O la vista o cualquier otro sentido. Después de haber sido amarrada y dejada a la intemperie por semanas, en una azotea sin protección, vivir con nosotros es un paraíso para Claudia. Cuando creía morir, de insolación, de hambre  o por deshidratación, fue rescatada. La bañaron, le curaron los ácaros y la alimentaron hasta que recuperó las fuerzas. Pero un día sus mismos salvadores tuvieron que dejarla pues ellos solo se dedicaban a rescatar. Claudia encontró a Irving husmeando en la basura y estuvo a punto de comer un queso envenenado, pero el pequeño astuto la salvó y la trajo con nosotros. Carlos era quien pedía que se fuera, por ser muy débil. A ella le da igual que haya terminado siendo una plasta de carne y huesos. Si hubiera sido por ella lo recoge en una pala, lo echa a un lado y se olvida de sus fantasías salvadoras.

Pobre Carlos, su creciente fe en los rumores lo atropellaron. Su deseo de ya no comer más de la basura lo embistió y le quitó la vida. Fueron aquellos otros; que le contaron sobre otro refugio, más grande, más seguro, con comida de verdad, quienes le pasaron una y otra vez por encima hasta convertirlo en un amasijo irreconocible. El sol lo pudrió tanto como sus esperanzas de huir, de mostrarnos que tenía razón y que somos unos cobardes. Al final el agua desapareció todo rastro de él, aunque no se llevó mi curiosidad de cruzar al otro lado y comprobar si es cierto lo que me confesó antes de morir atropellado.

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