Acuérdate

Acuérdate de la casa donde crecimos. Ensombrecida con esos largos árboles de aguacate que cuando llovía dejaban el suelo verde, que tu papá prohibía deslizarnos sobre la maleza y la humedad porque luego el pecho se nos llenaba de flemas y no íbamos a dejar dormir con la tosedera en la noche. También del huerto, ese que cuidaba Don Toño con sus manos llenas de arrugas, tan llenas de tierra y sabiduría que cuando la dueña del terreno nos pidió el inmueble a Don Toño lo mandaron a vivir con su ahijado. Ya ves que su familia no lo quería y lo mandaron al asilo pero no se quiso quedar y luego no aguanto ni los tres meses con el ahijado cuando se murió. Yo me acuerdo de su velorio, tenía como siete años y no sabía que la gente muere y mis papás me habían dicho que Don Toño se había ido del país, a uno donde si querían a la gente grande y sin familia, donde si podían dormir y comer diario y no mendigarle a los ricos dueños de huertas que corren a los pobres para construir sus casonas.

Acuérdate de que después tuvimos que mudarnos a un departamento bien pequeño, apenas era un cuarto para dormir y otro para comer, con un patio y del baño que no cerraba y que cuando tu mamá quería mear nos echaba a las escaleras.  Me acuerdo de que vivíamos arriba de una taquería, que tú le ayudaste un tiempo a la muchacha de los tacos, a lavar tripas, a poner las mesas, a limpiar el lugar y ese fue tu primer sueldo.

Acuérdate de que la dueña de la taquería a veces no les cobraba renta y que tú papá cambió la carpintería en la esquina de aquella colonia y luego tres meses después le robaron toda la herramienta y que él sospechaba del dueño del local. Que si por tranza, que si porque se asoció a un vecino, como sea que tu papá no se recuperó hasta como medio año después, por eso tuviste que hacer el primer año de la primaria en aquella colonia. Acuérdate de que una niña te cuidaba, una muy buena y bonita de tercer año y que te enamoraste de ella de forma inocente y el día que te golpearon por juntarte con niñas y luego le pegaste a ella.  Recuerda que le dijo a tus papás y te castigaron. Desde entonces eres buen amigo con las mujeres, por eso a todas las escuelas que fuiste primero hacías amistad con mujeres.

Acuérdate tú de aquel hijo de la maestra, que te invito a su casa y no quisiste comer caldo y no por melindroso sino porque te daba pena después de dos años comiendo mal. ¿Y si te acuerdas de cómo tu papá consiguió un terreno nuevo y se mudaron para allá?

Me acuerdo, sí. Del terreno, que llegamos y decían que ahí mataban, que hace mucho tiempo ahorcaban revolucionarios, que los cristeros los quemaban en el árbol que estaba frente a la escuela. Luego te cambiaron para esa escuela, ahí te conocí, de eso sí me acuerdo. Me cambiaron, y una vez no terminaba la tarea y no me dejaron salir al baño. Me oriné encima de la maestra y desde entonces me decían “el mión” aunque ya nadie me pegaba porque nadie me hablaba. Y luego tú mamá te cambió de escuela cuando ya vivían en la nueva casa.

Acuérdate que era de palo, que el segundo piso estaba en construcción y de tu primo que se cayó del segundo piso. Entonces no entendías ¿por qué alguien se aventaba de un segundo piso? ¿Por qué las novias dejan? ¿Por qué si se cayó de allá arriba no más se quebró la mano y por qué el albañil que le ayudaba a tu papá se murió no más de dormido? Ah sí, del “Lobo”, ese que su hijo lo quiso despertar y no respondió, pero luego, ya más grande entendiste que se murió por alcohólico.

¿Te acordaste de aquellos albañiles no cobraban y de que tu papá tampoco cobraba los trabajos de carpintería? Y luego visitamos por última vez el huerto, pudiste ver a la mesera de la taquería con un niño que no sabías si era su sobrino o su nuevo novio. Y también de su hermano “El mayito”, ese que estaba menso y luego supimos que era síndrome de down. ¿El que se tomaba diez o doce coca-colas diarias? Ese mero.

Acuérdate de que tus papás se pelearon con la dueña de la huerta y hasta entonces supimos que era tu prima. Que el terreno era del hermano de tu mamá y que no supo decirle a su hija que aguantara hasta que nosotros tuviéramos casa. Ése fue el último día que vimos al Morris vivo, pobrecito gato, amarillo que como la vida acabó negro y muerto como Don Toño.

¡Ya me acordé del cabeza de huevo! ¿Quién? Aquel muchacho con un lunar peludo en la cara al que le aventábamos huevos con aserrín cuando pasaba frente a la casa. Y luego, una vez, no había nadie en casa y ya te andaba de cagar. No había nadie, no habría nadie y cabeza de huevo te dio permiso de ir a su casa y usar su baño de pozo. Aunque te daba miedo usaste el pozo y desde entonces jugabas diario con él hasta que su papá se fue al norte y dos meses después el también. Luego regreso con hijos muchos años después. Ya para entonces la casa tenía dos pisos.

Acuérdate de que tú fuiste el primero en irse a dormir solo, allá arriba aunque espantaran. También acuérdate de que los vecinos se la pasaban gritando. Pero gritaban en el día, mentándose la madre y en la noche amándose de a madre. Y que tus papás decían que eran cochinadas, que ya iban a poner barda de tabique. Y luego un día que tu mamá se había ido al mercado te asomaste por un agujero de los tablones. Fue la primera vez que viste el cuerpo desnudo de una mujer, a gatas chocando contra su acompañante. Después le confesaste eso al sacerdote en tu primera comunión y acuérdate de que ya habíamos pasado a cuarto grado de primaria y que íbamos al catecismo de cinco a seis.

¿Ahí fue donde conocimos a la Mimí? Sí, ahí mero. Acuérdate de que íbamos primero a pasear en bicicleta al panteón, que todavía no habían levantado la barda y nos comíamos las guayabas hasta que el Jorge nos dijo que eran de muerto y ya no volvimos a comer frutas del panteón. Luego ya nos íbamos al catecismo, pasábamos por el Pato, la mosca y por Tulais. Llegábamos al catecismo sin haber estudiado y nos regañaba doña Tere. Luego un día ya no fue doña Tere, que le había dado un paro y ya no se movía. Sus hijas, de esas me acuerdo pues todavía las veo en el templo, nos dieron las clases y nos invitaban a la doctrina el sábado. Y la mimí iba el sábado, jugábamos a las traís, encantados, pelenche y tu despistadamente le agarrabas la mano, te el encimabas y luego le decían cosas y se enojaba. Y a todos nos gustaba esa niña hasta que salió con que tenía novio, tan pequeña que se veía. Y un día, creo que en una posada, el novio y sus amigos nos madrearon. A patadas, a golpes, con palos y en bicicletas, desde entonces ya no íbamos el sábado y al catecismo sólo íbamos, rezábamos y desde entonces fuimos los mejores.

Acuérdate de la fiesta de primera comunión que te hizo tu papá. De que se peleó con el vecino y que tu tío te corto el pelo mal y por eso le dijiste “pinche puto”. Luego supimos que sí era pinche, y también “puto” pues nunca había tenido mujeres y más bien tenía amigos.

Todavía recuerdo que desde entonces ya no como puerco porque ése día vi a mi papá matando a uno. Vimos, acuérdate de eso, cómo lo amarraron y luego un señor se le echó encima, lo volteó bocarriba y le encajo un cuchillo en pleno pecho. El animal se desangró rápido y después le cortaron las patas, la cabeza y la cola. Por eso aquel día no comimos carnitas, hasta nos daban asco los demás tragones, eso sí; nos tomamos como diez cervezas. Yo acabé mareado y regañado por mi mamá, a ti ya ni supe qué te paso. Supongo que desde entonces tampoco tomas cerveza, o que sí porque le agarraste el gusto.

Acuérdate que después ya éramos catequistas y así duramos un año hasta que vimos como doña Trini se robaba las limosnas, le dijimos al padre y nos acusaron de mentirosos. Desde entonces ya no pisamos el templo, aunque tu papá nos regañara por herejes y ladrones de limosna pues Doña Trini nos echó la culpa y nunca pudimos defendernos.

Acuérdate tú de por eso ya no quisimos hacer la confirmación y entonces ya no nos daban domingo. Entonces buscamos trabajo y ya habíamos pasado a sexto año. Primero vendiste panes, bien que me acuerdo. Y aunque yo no fui,  me contaron que no sacabas dinero. Por eso un día se los regalaste todos al Coruchas, el borracho que si le gritabas “Arriba el PRI” se enojaba y te correteaba. Y luego nos decía que éramos cristeros, que habíamos matado a su papá en el árbol de la escuela y por ese tiempo el gobierno mandó tirar ese árbol para pavimentar y luego pusieron teléfono, drenaje, telecable y la casa ya era de material, ladrillos y hasta pintada de amarillo.

Acuérdate de que entonces trabajábamos vendiendo paletas de hielo. Así duramos medio año hasta que nos dijeron que don Lalo el dueño nos tranzaba y a otros paleteros les daba más dinero. Entones aventamos su carro a una bajada y lo dejamos ahí. Desde entonces ya nunca podíamos pasar por la colonia donde vivía don Lalo, decían que sus hijos nos iban a romper el hocico y hasta a nuestros papás les iba ir mal. Yo me acuerdo de eso y que con el dinero que juntamos compramos un playstation. Jugábamos todo el día hasta que reprobamos y tú mamá nos quito el aparato. Para eso entonces tuvimos que volver a trabajar. Un señor nos contrato para cortar tablas de aguacate, ensamblar y armar las cajas. Acuérdate de que fumaba mucho hasta que un día empezó a toser y toser y su mujer fue por él. Al día siguiente nos despidió y un mes después el aserradero se quemó. Yo me acuerdo que el día de la quemazón fuimos de chismosos. Hasta me acuerdo de que el fuego se paso a otra casa y luego se quemaron los perros del vecino. Y toda la colonia llevando agua en cubetadas, manguerazos hasta que llegaron los bomberos.

Acuérdate que después de eso multaron a la colonia, y nos cortaban el agua, se iba la luz y dejaron de pavimentar. Entonces a los chamacos nos fascinaba con la época de lluvias. Había charcos y charcos, nos mojábamos mucho. Acuérdate del día de San Juan, cuando mojamos a Mirna la hija del vecino y le vimos las chichis debajo de la camiseta blanca. Ya habías visto unas, pero eran las de la vecina cuando miraste por el hoyo del tablón. Pero estás estaban bonitas, pequeñas, no caías y a gatas como aquella vez. Y la Mirna se dejaba ver, luego acuérdate de que su hermano el Luis nos cobraba diez o quince pesos por dejarnos meter a su casa y verla bañarse. La veíamos toda, pero nos espantamos cuando le vimos el cúmulo de pelos ahí donde nosotros todavía no teníamos nada. Y el cabrón luego le habló su mamá y nos cacharón adentro de la casa. Nos tuvo como un año amenazado con decirle a tu papá de que veíamos a la Mirna y entonces le teníamos que hacer la tarea, prestarle la bicicleta y darle dinero para sus delicados sin filtro. Luego al hijo de su puta madre se le ocurrió cogerse a una vieja y le embarazo. Acuérdate que nos dio gusto y lo corrieron de su casa, le sacaron la ropa a la calle pero después la Mirna se mudó con su mamá y la casa de madera se quedo sola.

Entonces toda la colonia, empezando por los chamacos, iba y se brincaban a su casa. Hacían desmadres en lo que había sido la casa de Mirna, Luis y su mamá. Primero nosotros juntándonos para ver revistas pornográficas que nos robábamos de don  Esteban porque ya se estaba quedando ciego y no podía cuidar su tienda. Hasta que un día tu primo David le quiso robar una caguama y por poco le meten un balazo. Desde entonces ya no íbamos a la casa maravilla, así la había bautizado uno de los más grandes del barrio. Ellos eran otra onda, pues en esa casa fumaban, tomaban y metían muchachas. A nosotros ya no nos tenían permitido ir para esa parte de la colonia y luego supimos que encontraron un muerto en la casa maravilla. Había sido el Frijol, un chaval de la colonia de al lado. Y como una semana después agarraron a su primo el Tamara que le había metido dos cuchillazos porque lo encontró con su novia. Y su hermano, un tal Jorge, se fue para Estados Unidos. Luego tumbaron la casa y el vecino poco a poco la incorporo a su propiedad. Luego entramos al segundo año de secundaria y nos hicimos amigos del chalán de mi papá. Un tal Juan que había sido amigo del hijodeputa de Luis, pero este al contrario era buena onda.

Acuérdate de que el Juan nos enseño a pintar las paredes con firmas. Por aquel entonces agarramos la onda de bailar breakdance en las calles. Y luego íbamos a la casa de Juan y él se largaba al trabajo. Nos dejaba solos con sus dos hermanas y ellas se vestían de falda, tacones y se pintaban la cara. Apenas eran uno o dos años menores que nosotros y nos aventaban besos. Se encueraban y luego media hora después llegaba la mamá de Juan y las chamacas como si nada. Por eso dejamos de ir, no queríamos meternos en problemas y mejor invitábamos a Juan a tú casa pero ya no fue porque lo metieron a la cárcel.

Acuérdate de eso Óscar, acuérdate de la infancia porque yo no me acuerdo bien, no de todo. Y también no de todo quiero. Acuérdate de cómo nos conocimos. Estabas recíen llegado, habías sido regañado y te vi llorando. Luego tuvimos una plática de una o dos horas aunque no hablabas mucho. Acuérdate de que juraste que me ibas a contar todo, a pesar de lo torturador que fuera. Y lo has cumplido, aunque sólo me presentes en ocasiones. Yo me acuerdo contigo Óscar, del huerto, del apartamento en la taquería, de la mudanza, de la nueva casa, de la colonia, de las cinco escuelas en que estuvimos, de la secundaria, de que no pasaste el examen de la preparatoria y por poco te quedas sin estudiar.

Me acuerdo de que tu prima de consiguió lugar en otro prepa y de que al segundo año me volviste a recordar. Acuérdate de que fue la primera vez que escribiste y que entonces me presentaste al mundo. Acuérdate. Acuérdate. Acuérdate de mí, de tu forma de escribir, de que un día te prometiste contarte todo, al menos de lo que te acordarías en el momento. Y que aquí estas, contándome las cosas a mí, que soy yo, y que tú eres él y son la misma persona en un confuso juego de alter egos.

¿Ya te acordaste?

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