Transiciones III

Las ventajas de seguir vivo.

Dedicado a mis muertos, porque también somos lo que perdimos.

 Mis padres decidieron bautizarme con el nombre de Juan. También en el registro civil tengo ese nombre. Hoy me lo he cambiado, desde ahora son John. Sé que no es gran cosa pero odiaba los muchos apodos racistas. Ahora mis colegas me dirán John, Don John o simplemente dude. Ahora me respetarán porque en este país hay que extirparse las raíces y si se puede blanquear la piel y teñir el pelo para que te respeten estoy dispuesto. Por eso no me dejo el bigote ni la barba y he cuidado perder mi acento. Ya no soy un mexicano espalda mojada. Ahora son John, el ciudadano norteamericano.

 Todo pasó tan rápido que no lo vi venir. ¿Pero quién ha logrado ver venir a la muerte? El caso es que a los niños les tendré que decir que se fue al cielo. Aunque yo no crea en el cielo. Sus restos serán velados en una sala fúnebre que pagó mi suegro. Yo no tengo dinero, si no tuve para arreglar los frenos, mucho menos para el funeral y la caja de muerto. La voy a extrañar. Sé que será duro para ellos.

 Los recaudadores llegaron temprano. Apenas salí a la puerta y ya habían pegado sus sellos y calcomanías de EMBARGADO. Tendré que llamarle a mi hermana en Ciudad Juárez, contarle lo sucedido y solo así esperar a que me dé asilo. También podría llamarle al culpable de este hecho lamentable. Pero desde que lo eché a la calle juré no preguntar ni buscarlo. Puede irse a la mierda con su nueva esposa. Sobreviviré a esto. El banco y sus contratos de hipoteca también pueden irse a donde está él.

 En el autobús un extraño me ofreció de su jugo. No acepté desde luego, he leído sobre los casos de gente a la que drogan para robarle sus cosas. No soy tonta, aunque le he coqueteado al extraño. Le regalé una de mis bellas sonrisas que consigue cosas. Creo que por eso el ofrecimiento de jugo. Sin embargo en todo el viaje no dejé de abrazar mi guitarra. Es todo lo que tengo, al parecer mi sonrisa ya no es efectiva. A medio camino me paré del asiento, me presenté con mi nombre artístico y empecé a cantar. Un par de pasajeros me dieron monedas, el resto su indiferencia. Hay días malos y días buenos. Bajé en el crucero y abordé otro camión. En ese también había un extraño tomándose un jugo. Esta vez no cantaré las mismas canciones.

 Fue por culpa de los dulces, de mi mala higiene y sobre todo de la sordidez de mi padre. Desde que tenía 15 años le explicaba me dolían los dientes. Como respuesta me dijo que él cuando era niño no chingaba a sus papás con pendejaditas de maricas. A los 18 encontré mi primer trabajo y en cuanto cobré el primer sueldo fui al dentista. He perdido dos muelas y una tercera corre peligro. La dentista, una chica de grandes senos los cuales acerca a mí cuando me revisa, lanza un sermón cada que puede. Pero yo le digo que quiero que me saque más dientes. Mi padre ha de estar furioso. Creo le regalaré una dentadura nueva para incrementar mi venganza.

 No puedo volver a casa así como así. A veces odio mi actitud distraída. Esta es una de esas veces. Juro que la dejé amarrada al poste con cadena y candado. Aún así se la han llevado. Con esta, es la cuarta vez que me roban una bicicleta. Mis padres estarán furiosos. Pero ellos no me importan, siempre tendrán dinero para comprarle una nueva bicicleta a su hija. Mi hermano en cambio, no me perdonará esta. Ahora sí voy a tener que hacer sus labores. Tendré que lavar su ropa, limpiar su cuarto y protegerlo cuando decida irse. No será sencillo pero ya no puedo esperar a que suceda y quedarme con su cuarto. Según sus planes, en cuanto su amigo le diga se largará del pueblo. Me aseguró que en la Ciudad de México le irá mejor. Y si no, al norte que allá todos la hacen,  me dice con su voz chillona. Me da igual si se va o no, si vive en un puente o se vuelve pollero. Con que no les diga a mis papás que la bicicleta era la suya me conformo. Pero en serio, ahora sí juro que la dejé bien amarrada.

 Para mí pueden irse todos al carajo. Todos y su puta revista. De todos modos siempre dudé del proyecto. ¿Una revista sin publicidad? Desde entonces, supe que sería un fracaso. Además el diseñador es un estudiante todavía. Yo en cambio me he quebrado la espalda escribiendo por años, desde tesis, libros y relatos. Mis amigos, los muy ojetes no respaldaron mis decisiones. También pueden irse al carajo. Que se vayan al mismo lugar junto a su diseñador, junto a las columnas escritas que elogiaron nuestra publicación, junto a la beca y al carajo seco y directo el taller literario. Iniciaré el mío. Para enseñar a escribir pendejadas, hasta yo puedo.

 Hoy ha muerto el abuelo. No fue triste, más bien lo definiría como sereno. Nos ha dado paz al fin. Después de meses de cuidados, gastos médicos y peleas en la familia, el abuelo se muere con todo el descaro del mundo. En su cama, en su casa y con la presencia de sus hijos, vaya cínico. Ya no quiso hablar y solo pedía que le dieran un último delicado. La tía mayor se lo prendió, le dio una fumada y lo dejó terminárselo. Y como a la media hora -así dijo mi madre- estiró los pies, dio un bostezo largo y lento, abrió los ojos como viento a todos y los cerró para nunca más abrirlos. Dicen que nadie le lloró, creo que hubiera sido mejor así para él. Ahora viene lo mejor, se pelearán las propiedades, la casa y creo que hasta el cuadro que tenía arriba de su cama. Lo bueno es que al fin hay paz, aunque el viejo no nos haya dejado nada más que deudas.

 Arribamos a la ciudad pero no entendíamos nada en los letreros. Ahora me lamentó de no haber puesto atención a las clases. Pero ya estamos aquí y los niños quieren conocer el centro y sobretodo ir al parque. Mi mujer también quiere andar en las calles y conocer las tiendas. Yo solo quiero un sartén de agua tibia con sal. He trabajado duro para este viaje y apenas puedo con mis pies. Creo que les daré para recorrer la ciudad en taxi y los esperaré en el hotel todas las noches. Mi mujer y mis hijos merecen estas vacaciones. Pero no merecen cargar con un viejo cansado.

 La vi por primera vez después de 20 años. Tiene su cara, aunque sacó mis ojos. Pero el cuerpo es el de ella cuando era joven. Qué afortunada es y que afortunado soy de tenerla frente a mí. Me bastaron estos pocos minutos. Ahora sabe que su padre todavía vive, aunque lo haya dejado plantado en seguida.

 Las pinturas se secaron. El pincel se endureció y los caballetes se llenaron de telarañas. Los lienzos están sucios pero no hago nada para evitarlo. El mes pasado traté de terminar un paisaje pero no pude por acordarme de él. Cuando era joven vendí muchas pinturas. Ahora tengo que ir al centro y ofrecerlas de mano en mano. A veces me invitan a exposiciones, doy talleres a niños y de vez en cuando me dejan exhibir mi trabajo en los corredores turísticos. Pero rara vez vendo algo, muchos ven, dicen estar impresionados y luego se van. Una vez un señor me contrató para pintar sus caballos. Le hice un bonito cuadro pero me pidió que no lo firmara. Por su puesto le cobré mucho y el señor pagó sin decir nada. Ayer me llamó, ahora quiere que lo pinte a él en su tina. Después de haber pintado a dos mujeres desnudas en su rancho, nada me sorprende. Dice que tiene amigos a los que les ha gustado mi trabajo. Yo considero que es pésimo. Tal vez me haya recomendado. Si tengo suerte, podré pintar camionetas doble rodado.

 Fue terrible. Se incendiaron todos los libros. Rescatamos algunos con ayuda de los jóvenes. Pero en su mayoría se perdieron. Me duele que se hayan quemado las donaciones. Me costó trabajo conseguir todas esas novelas, tratados de filosofía e historias del arte. Pero así son las cosas, es mejor no preguntar. Aunque haya encontrado la garrafa de gasolina.

¿Y entonces joven, en dónde dice que se perdió el niño?

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