El plan perfecto.

Publicado originalmente en: “Clarimonda, revista de cultura y contracultura. 20 aniversario. Septiembre, 2014. Morelia, Michoacán”.

Que te apunten con un rifle de alto poder, justo entre ceja y ceja, desde la oscuridad y con apuntador laser debería de ser un logro. Algo digno de contarse en la fogata o al calor de las caguamas. Desafortunadamente en Michoacán quien vive esa experiencia aparece al día siguiente a ocho columnas y anunciado por los voceadores. La mayoría de las veces quien es apuntado con un arma no vive para contarlo y menos para escribirlo, supongo que soy parte de un reducido grupo de personas que no se sintieron si quiera amenazados. El tener mi vida dependiendo del pulso ajeno fue más un gesto de reconocimiento, de despido que de hostilidad y guerra.

Algunos seres humanos son tan distraídos que olvidan prepararse para lo básico: el tiempo y otros seres humanos. En este caso mi amigo “el periodista” y yo subestimamos la capacidad de sospecha y nos confiamos a los rumores. Decidimos que sin invitación alguna, previa cita o confirmación telefónica, asistir al magno aniversario del levantamiento popular en la comunidad indígena de Cherán. Ubicada en la meseta purépecha, dicha comunidad organizó y gestionó un movimiento de autonomía realizado por sus mismos habitantes. El frente enemigo era tan peligroso y parasitario que unió, por así decirlo, las diferencias entre comuneros, señoras dela casa, purépechas natos e indígenas modernizados. El impulsó trágico necesario fue la emboscada que sufrió un grupo de comuneros, quienes murieron entre los árboles que defendían del narcotráfico. Este, como cualquier empresa capitalista, había infectado a la comunidad dividiéndola entre sí, esparciéndose como peste a través de la economía, los puestos políticos y las aspiraciones clasistas. Pronto sembró la idea de distinción entre hermanos de la misma sangre y color de piel. Les hizo creer que unos eran más que otros y fundó el derecho de reclamar esa diferencia a balazos.

Mi amigo “el periodista” y yo crecimos en este clima de violencia y legitimación del miedo. Aprendimos a callar cuando otros compañeros de profesión desaparecían y a los tres días decidía no volver a escribir el reportaje en el que trabajaban. Cuando decidimos ir al aniversario del levantamiento en Cherán teníamos en cuenta los muchos relatos de levantados, de presiones y amenazas de censura y los cuantiosos riesgos de denunciar cualquier hecho. Lo peor no era morir después de haber publicado una crónica alentando a la revolución o mostrar las redes de corrupción entre narcos y políticos. Lo reprobable, lo no admisible y horroroso era no haber pedido permiso, no haber avisado en la casa o el periódico, ir “así nomás” y por el puro gusto.

Salimos después de comer. Yo fingí que tomaba el colectivo al periódico y llegué a la plaza desde la que parte el transporte a la meseta a tiempo. Mi compañero llegó unos minutos después, fumamos un cigarro compartido y abordamos el autobús. Pagamos hasta el municipio de Paracho ya que por aquellos tiempos era imposible que cualquier línea de transporte llegara directo a Cherán. Hoy, a más de 3 años de aquel suceso los autobuses ya paran en la plaza de aquel lugar. Ya se puede abordar el autobús “purépechas” o cualquier otro guajolotero, en aquellos tiempos de enfrentamientos verbales y paranoia mediática era imposible llegar sin invitación. Y eso fue lo que comprobamos.

Después de unos minutos de viaje donde preparamos nuestra labor llegamos a Paracho, la capital de la guitarra y el frío que cala en los huesos. Antes de tomar un taxi, único transporte que nos podía dejar a las afueras de Cherán, hicimos una última comprobación de nuestro plan. Nos habíamos enterado de la fiesta en donde unos cantantes se entrevistarían en la radio para culminar la noche mostrando su apoyo y solidaridad con el pueblo de Cherán. Nuestro objetivo era interceptar a dichos cantantes, obtener una entrevista exclusiva, fotografiarlos entre la gente, comiendo tortillas recién hechas, cargando leños para la fogata y lo más importante: anunciando su compromiso y su denuncia, certera y directa, hacía la política mexicana y su lógica competitiva y demagógica. Para elaborar aquel plan teníamos lo necesario: cámara, grabadora y la fiel libreta con su respectiva pluma. Nuestra tarea era sencilla, entrar a Cherán antes de la magna celebración, localizar a dichas personalidades, salir y escribir para anticipar a todos los medios.

Para cumplir con el plan pagamos 15 pesos cada uno para que un taxi con sobrecupo y olor a gasolina derramándose nos dejara en la entrada a Cherán. O en una de sus tantas entradas. Fue en ése momento en que sentimos por primera y espero, única vez, el miedo que transmite un rifle. Dos AR-15, de uso exclusivo del ejército y quien pueda comprarlo. Cada uno apuntando a la cabeza. El primero a mí, el más distante a mi compañero. A los gritos de “¿QUÉ QUIEREN Y QUIÉNES SON?” gritamos algo que bien pudo ser nuestros nombres y oficios. De pronto los rifles dejaron de apuntar y un individuo con paliacate y sombrero se nos acercó llevándonos con amabilidad pero firmeza al puesto de seguridad. Ya en aquel puesto, compuesto por un montón de costales, palos, una campana y más compañeros suyos, igualmente enmascarados o cubiertos se nos hicieron las preguntas que habrían de darnos el pase a Cherán.

Le contamos a los enmascarados nuestro plan periodístico. Y a cambio recibimos risas, un café y una larga explicación. Mi compañero y yo habíamos precipitado tanto el plan y la exclusiva que la queríamos llevar a cabo con 24 horas de anticipación. Según nos explicó el enmascarado que se quitó el paliacate y dijo llamarse “Beto”, los cantantes Rocco de la Maldita Vecindad, su esposa Moyenei, Rubén Albarrán, de Café Tacuba y  Héctor Guerra, un chileno enamorado de Michoacán, no arribarían a Cherán hasta el día siguiente. Nuestro plan era tan perfecto que era imposible, habíamos planeado todo con tanta anticipación que por lógica debimos haber llevado una casa de campaña y esperar con paciencia toda la noche. Entre la burla y la ternura, los guardias de aquella entrada (que ahí supimos, era exclusiva de los cheranenses) nos llevaron a la entrada común.

Ahí, realicé una llamada para que una amiga originaria de Cherán les comunicara que me conocía y nos dejaran entrar al pueblo. El radio confirmo la invitación y mi amiga dijo que me esperaría en la plaza. Caminamos en silencio con mi compañero. Repasando lo sucedido y observando a nuestros alrededores. Vimos las ruinas de la batalla, chatarra quemada, una escuela cerrada, troncos derribados, la presidencia municipal con la bandera purépecha y la vida normal y tranquila. Habíamos imaginado un estado de guerra, una comunidad hostil y un ambiente de decena trágica. En cambio recibimos saludos, miradas curiosas y amabilidad cuando compramos atole de grano y pan.

Al arribar a la plaza comprobamos que se estaba limpiando para el festejo que se venía. En del edificio que había servido para la presidencia municipal nos topamos con un conocido que estaba impartiendo un taller de radio. Él nos confirmó que los cantantes llegarían al día siguiente y que podíamos acampar si queríamos. Afuera mi amiga se burló de nuestra distracción de 24 horas y se ofreció a darnos hospedaje. En ambos casos rechazamos las invitaciones, decidimos volver a Uruapan para asimilar cada quien en su cama el hecho de haber sido apuntados, recibidos y re-invitados al festejo del día siguiente.

El día siguiente transcurrió como transcurren las celebraciones magnas. Fuimos de nuevo a Cherán, solo que ahora con un coche prestado. Nos dieron la bienvenida y se nos llevó a la rueda de prensa donde ya no éramos el único medio. Escuchamos el programa de radio de la comunidad, la entrevista colectiva que ofreció Rocco y lamentamos la ausencia de Rubén. También tomamos fotografías durante el concierto y nos alimentamos de la comunidad y los relatos que ofrecieron las mujeres de la comunidad quienes demostraron su papel fundamental en la nueva autonomía que venía naciendo.

Mi último recuerdo de aquel evento fue otra vez la mira laser de los rifles. Al salir ya no iba con quiénes llegué. Decidí irme en otro coche cuyas personas no habían sido invitadas. Me apuntaron desde la oscuridad directo al pecho. Di mi nombre, relaté que había sido invitado desde hacía un día y recibí un “vuelva pronto compañero” de respuesta. Aquella segunda vez no fue una amenaza, comprendí que la próxima vez que decidiera visitar Cherán ya no sería interrogado. La autonomía purépecha se estaba consolidando, era tiempo de decirle adiós a los rifles y darles la bienvenida a los viejos invitados. Nunca escribimos la crónica, las fotografías aparecieron como anécdotas en redes sociales y de la entrevista y el reportaje guardamos los borradores y con mi compañero decidimos guardar aquella visita tan anticipada y caótica. La veracidad e importancia de una noticia, a veces, está sobrevalorada.

Septiembre, 2014.

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