Autobuses baratos o el oficio de encontrar y tener paciencia

El transporte público es un lugar común para la escritura. Las combis, por su reducido espacio y su particular ethos, dan para escribir. Las de Morelia son particularmente inspiradoras, más de algún borracho vomita adentro o cualquier señora puede contar una anécdota chistosa. De los microbuses ni se diga. Cantantes, payasos y hasta actos de psicomagia se pueden presenciar de la parada a la esquina en donde te bajan después de haber timbrado dos cuadras antes. Los taxis, aunque más peligrosos por la fama de sus chóferes y también de sus pasajeros, tienen a su modo ese encanto literario. Hay conductores que fungen como psicólogos oportunos, hay pasajeros que ofrecen ligeros pornoshows desde la salida del bar hasta el motel y a veces el transcurso se convierte en breviario de cultura popular. Pero de los autobuses, de los democráticos y turísticos guajoloteros, que hacen paradas en cada pueblo, que suben gente aunque no haya asientos vacíos, y que nos salvan de los narcobloqueos. De esos, que yo sepa, a nadie le inspiran ni dos líneas.

Afortunadamente vivimos en un estado en el que nunca nos aburriremos. Ya sea por las declaraciones de nuestros políticos, por los muchos festivales que se organizan y las múltiples ofertas de esparcimiento (para todos los gustos, todas las edades y capacidades adquisitivas). Michoacán sabe alzar la mano y decir “hey, acá todavía sabemos ser noticia nacional”. En esta ocasión, la orquestación del acontecimiento fue obra de un numeroso grupo de autogestión armada, autonombrados policías y autodeterminados a cerrar el paso por las carreteras michoacanas. Para resumir el contexto, mucha autonomía en el papel pero mucha dependencia a la hora de cobrar y ejercer las funciones para lo que se supone están constituidos. Y a uno como ciudadano de varios municipios le toca pagar las consecuencias de tanta trama política y seguridad burocrática.

Morelia es una ciudad estudiantil. Vive y tiene circulación por sus escuelas. Basta con salir a sus calles en periodos vacacionales o de huelgas, tomas y paros (que al final es casi la mitad del calendario cívico) para darse cuenta de que sin los estudiantes la ciudad está vacía. Todos los que son y hemos sido estudiantes sabemos una cosa: el transporte es un tema serio. O lo planeas bien o terminas abordando un autobús en el que viajarás horas y horas encogido en un asiento diseñado para personas de metro y medio. Hay quienes tienen la fortuna de poseer un coche propio, pero esos son contados. También hay otros a los que papá y mamá aun no pueden dejar que abandonen el nido por completo y van por ellos hasta Morelia. Pero de nuevo, son contados y sinceramente, son los que nunca verás en una fiesta ni tomando la combi a las 6 de la mañana, un domingo por la mañana con olor a todos los alcoholes y cigarros de la noche. Pero al resto, a la gran mayoría de los estudiantes, les toca el supuestamente más barato, democrático, turístico y pluricultural autobús guajolotero.

Le dicen “guajolotero” pero a él se suben todo tipo de personas. Incluso el término es clasista y hace alusión a que las personas de los pueblos son las únicas que viajan en compañía de animales. He visto pasajeros que transportan gatos, perros, cuyos, hamsters e incluso una vez vi a una señora que llevaba a sus periquitos australianos. Pero nunca he visto un guajolote haciendo sus característicos ruidos en el interior de una unidad. Le dicen “democrático” porque su precio es accesible a muchos bolsillos. Son relativamente más baratos que cualquier línea “de primera” que solo te suben en la central y te bajan en alguna parada “autorizada”.

Pero estas líneas también son un engaño. Te ofrecen agua, refresco, galletas, pan duro o bolsas de aire con algo de frituras y transmiten las películas somnolientas que nunca quisiste ver en el cine. Tienen asientos reclinables que es el pretexto perfecto para aplastar al pasajero de atrás. A las unidades más modernas les pusieron baños, los cuales pocas veces cierran y si vas hasta atrás puedes jugar a adivinar el olor. Puede ser baño de primaria, de antro después de la media noche o de centro comercial a finales de año. Suele ocurrir que a muchos pasajeros se les olvida que hay baño en la central y durante el viaje se paran, aplastan con su cadera los brazos salientes del pasillo y pelean un rato para abrir la puerta que nunca cierran. La última vez me tocó abordar una de las unidades más nuevas, ahora vienen con una pantalla personal en donde también hay películas que no quisiste ver, con comerciales del gobierno federal y partidos políticos (que por cierto, no puedes omitir ni saltarte). Pero esas son las líneas para quien no quiere viajar con los nacos, con los campesinos que se suben a media carretera, para quien no se quita los lentes negros aunque vaya en interiores y de noche.

También me parece curioso el adjetivo “turístico”. Lo comprobé el fin de semana cuando las carreteras fueron bloqueadas y el chófer de la unidad tuvo que ingeniarse una ruta alterna. ¡Carajo, un tour por la meseta purépecha y todo por solo 100 pesos! Ni el mejor tranvía hubiera dado semejante muestra de turismo. De Páztcuaro, Santa María Huiramangaro, San Francisco Pichataro, Sevina, Nahuatzén, Cherán, Aranza, Paracho, hasta Capacuaro y finalmente Uruapan. La ruta hubiera sido más corta de haber logrado atravesar por Comachuén, pero una fiesta comunal tenía cerrada la principal y única carretera, y era obvio que una fiesta no se iba a detener para darle paso a un autobús que solo buscaba ir de paso. Gracias al tour reparé en lo bella que es la meseta purépecha, ni el hambre, el cansancio o el par de niños que venían a mi lado peleando y molestándose a ellos y a otros, pudieron hacer que me desesperara. Claro que sentí el frío y el aire purépecha. Delante de mí un pasajero venía con la ventana abierta y como suele ocurrir en los autobuses populares, el aire no le daba a él sino a quien viene atrás en plena cara. Pero el paisaje siempre se mostró hermoso e incomprensible, suele pasar que en viajes exprés uno nunca repara en la naturaleza de las carreteras. Las autopistas son enemigas del gusto estético por los bosques y los cerros, las vías rápidas son un elogio a lo recto, mesurado y logísticamente rápido. Las carreteras libres, los caminos entre pueblos y las rúas tendrán baches, curvas peligrosísimas y una que otra vaca suicida pero ofrecen panoramas sublimes, instantáneas que ni el mejor lente y filtros pueden capturar.

Recordar las mejores (y también las peores) anécdotas a bordo de un autobús económico me lleva finalmente al último adjetivo. Todo transporte público es una muestra de la pluriculturalidad de nuestra sociedad. El metro es el ejemplo por antonomasia. ¿Qué es más plural que cuerpos encima de más cuerpos en el espacio reducido? ¿Acaso no es la combi un lugar en donde los prejuicios deben ser refutados y derrumbados so pena de ir viajando con cara de perro amarrado en la azotea? ¿No parece el microbús el foro ideal para observar y comprobar los múltiples valores de lo bueno, lo correcto, lo morboso y lo hipócrita de nuestra sociedad? Por eso veo en los autobuses baratos (que por cierto ya ni son tan baratos) un claro modelo del proceso de la pluralidad de las culturas.

Y así, por ejemplo existe la cultura del vendedor de gotas para los ojos, del bálsamo de Perú, de la raíz de árbol de la vida, de las perlas de hígado de tiburón, de las semillas y cacahuates garapiñados, de la pomada de veneno de avispa, del aceite de roble. Y todos de vez en cuando se convierten en vendedores de tortas, de papas con limón y salsa valentina o papash shisharrones como dice el tartamudo de la estación de Pátzcuaro. De pronto la señora que vendía atole de grano cambia por guayabas y duraznos. Un lunes alguien se presenta como “promotor” y te ofrece plumas con muchas tintas y lamparita y el sábado, en tu viaje de vuelta, se convierte en cantante o vendedor de gorditas de nata y galletas de avena. Así son los autobuses económicos, nunca han reparado en la posibilidad de que en lugar de que te vendan capsulas sea un empistolado quien te pida dinero. O que a cambio de unas canciones a la siguiente parada algún histérico secuestre la unidad y cumpla una fantasía suicida.

Es cultura que de vez en cuando decidas apagar tu iPod y escuchar la selección musical del chófer. En las combis, los micros y taxis no hay tiempo para escuchar de verdad. Se tolera la bachata de la ruta gris 3. Se aguanta con resignación estoica la tecno-cumbia villera que resuena en el Alberca o el Ruta 1 y a veces hasta le preguntas al taxista si esa versión de “La del Moño Colorado” es norteño o lo considera más como ballenato. Pero en el autobús escuchas de verdad lo que el chófer instala. He tenido oportunidad de escuchar canciones que no conocía de Bruce Springteen, discos enteros de Queen y hasta he tenido que adaptarme al sonido del Tri o Charly Montana. Desde luego, también puedes sufrir gracias al unplugged completo de Café Tacuba (en el mejor de los casos) o al homenaje entero a Vicente Fernández. Pero gracias a los autobuses guajoloteros le he perdido el miedo a Los Cadetes de Linares. Creo que hasta una vez reconocí que Los Acosta no tienen malos arreglos musicales y que Los Ángeles de Azules y Los Yonics realmente fueron pioneros de un sonido único en México. Pero lo mejor es siempre cargar tu dispositivo de música antes, puede que te toque algún pasajero que decide prender su computadora e inundar la unidad con la voz del cantante de banda de moda. Vaya, hay hasta quien saca su bocina (de esas en forma de lata) y armonizar el viaje con El Komander.

También es cultura de vez en cuando hablar con tu compañero de asiento. Más de algún cuento se ha escrito gracias a romper el hielo con la señora que te platica su pesadilla en la gran ciudad. O puedes ser un chismoso como yo y poner atención a pláticas ajenas e inventar historias, aunque desde luego eso ocurre cuando no cargas con un libro y no tienes modo de justificar tu cinismo. Pero no todo es indiscreción e imprudencia porque más de una vez nos encontramos a conocidos que también optan por ahorrarse unos pesos. En la dureza y el olor a garnacha de los asientos he tenido pláticas verdaderamente largas y a menas con viejos amigos, colegas de la escuela y un sinfín de personas con las que rara vez se tiene oportunidad de hablar. A veces no hace falta hablar todo el camino, unas cuantas palabras funcionan para luego seguir cada quien a lo suyo. En alguna ocasión un señor me contó su vida en Estados Unidos, todavía no sé cómo convertir sus anécdotas en un cuento que le rinda honor a su humor negro.

Así es la experiencia del autobús barato. Del democrático tour de los pueblerinos. El guajolotero con olor a fabuloso lavanda y cloro. El siempre útil a la hora de los bloqueos y siempre lento a la hora de llevar prisa. Más de una vez me ha dado el tiempo y posibilidad de pensar, es el tianguis móvil en el que se piensan cosas. Ha sido mi lugar de estudiar porque el fin de semana me la pasé haciendo nada. Se ha prestado para poder escuchar discos completos en calma y sin la prisa citadina. He terminado libros y revistas antes de tomar una curva y ladearme hacia la ventana. También estuve enfermo porque un imbécil no cerró la ventana. He tenido diarrea por comprar una torta con jamón pasado y he tenido que abordar la unidad parado porque está llena y no haya asientos (me pregunto si eso es legal).

Gracias autobús barato, despreciado y lento. En tus angostos pasillos he repasado muchos escritos, en tus vidrios sucios y opacos he visto al sol ponerse y a la niebla subir. En tus asientos duros he reposado la resaca y repuesto mi cansancio. Gracias a que careces de baño he tenido que aprender a que es mejor orinar antes de viajar y después. He visto películas que no me interesan y comprobé porque las despreciaba. Te agradezco que te pares en Timgambato y pueda comprar duraznos. No te reprocho nada porque asumo la responsabilidad de adquirir un boleto de tu línea y que nos traslades a nuestros destinos. Por cierto, todavía recuerdo cuando se te ponchó una llanta y tuvimos que esperar otra unidad en medio del frío. O cuando los normalistas se subieron y nos bajaron a esperar en la caseta. Cuando apareció en el periódico que uno de tus autobuses chocó y volcó y se supone que los usuarios tenían seguro de vida. Pero entiendo que son cosas que pasan, como cualquier pasajero escribiendo entre los asientos antes de que se le termine la batería desde algún punto de la meseta purépecha.

Diciembre, 2014.

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