Transiciones I.

De las quimeras selectas.

El veterinario nos citó a la una en punto. Según el folleto será rápido y sin dolor. Lizi salió, como de costumbre, meneando la cola y orgullosa de ser mi perra. Contrario a eso yo salí con la cabeza agachada, creyendo que todos me miraban, sintiéndome una asesina confesa. De último momento cambié de opinión y supongo que para  esta hora mi padre ya debe de estar más que enterado. Por fortuna para Lizi este no fue su último paseo.

A Rayuela la compré cuando apenas tenía 17 años. La agarré de oferta y la leí en menos de quince días. En cambio a Cien Años de Soledad jamás lo he terminado de leer y eso que lo compré mucho antes. Rulfo tiene un lugar especial, a él lo encontré en una librería de segunda mano. Desde entonces no se ha movido, junto a sus cientos de compañeros. Mi madre dice que hacen polvo, que acumulan ácaros y que a los mojados (víctimas de una ventana abierta) debería de regalarlos o mínimo mandar a restaurar. Yo creo que los pliegos arrugados y las manchas de agua les dan un toque rústico. También a Neruda y unos cuantos de Efraín Huerta les cayó agua. Pero eso fue culpa de una gotera no detectada. Fuentes y Monsivaís los vigilan de cerca, aunque sus lomos estén a punto de salirse del borde. He comprado tantos libros que poco a poco dejé de acomodarlos según su género. Luego también me olvidé de ordenarlos por autor y desistí completamente de llevar un registro. Desde hace dos años no he prestado ni si quiera a García Ponce, que no me gustó tanto, o a Poniatowska que aborrezco. Incluso ellos han pasado, junto a Bolaño y Borges, de casa en casa, de librero en librero y de caja en caja. Mi madre siempre dice que son un estorbo, que me han vuelto loco y poco sociable. La pobre mujer es tan ilusa que cree que le prestaré a mi preciada colección de Elizondo.

Mis amigos y mis hijos dicen que ya estoy viejo para esto. Es una lástima que lo digan demasiado tarde. Ya compré otra Gibson que puse junto a la Epiphone Les Paul que ya tenía. Aunque el ruido será odioso para mis vecinos y mis hijos prefieran quedarse con mi ex mujer, seguiremos ensayando. La presentación en el Bar Rojo está cerca, ojalá está vez sí pueda cobrar el cover.

Si me preguntas te puedo decir con claridad las fechas, quiénes se sentaron con nosotros y  hasta el nombre de los que acabaron borrachos. Podría recordar, aunque no con claridad porque tampoco soy una computadora, el color del mantel y lo que había sobre la mesa. Por ejemplo este es de cuando se casó Ramiro y Nena. Estaban muy chamacos, creo que tenían 19 y 17 años. Sus papás juntaron el dinero y les hicieron la fiesta. Yo fui porque ese sábado (ya no sé si fue sábado o domingo, pero casi todas las bodas son en sábado) no tenía nada qué hacer. Me acuerdo que dieron de comer chivo tatemado y de tomar coronitas bien heladas. Por ejemplo ése otro, el de allá arriba es de mi sobrino Ulises, de cuando mi hermano lo bautizó y como en eso entonces era el regidor de sabe qué cosa de los pueblos, pues ya ve la forma del adorno. Está muy bonito y lujoso, se ha de haber gastado un dineral en eso. Y atrás de ese, más modestito pero igual de valioso está el de mi ahijado. Como no tenía mucho dinero le mandé a hacer su cruz de madera y servilleteros. Si quiere se los enseño, los tengo en la cocina. Ora que si se fija, también hay de esos otros que también son bonitos a su manera. Aunque de esos nadie quiere dar. Tengo de mi mamá, unos bonitos separadores con su listón negro y una oración escrita. Yo no leo, pero se lo pongo a la biblia y cada que vienen a rezarme la abro en donde lo puse. También me dieron del niño Jaime, estuvo muy triste pero de todos modos se lucieron dando unos rosarios con su Espíritu Santo grabado. Del suegro de mi hermana dieron unas veladoras, pero las guardé porque huelen a uva y me sirven para que mis cajones no huelan ha guardado. Ya ve que eso de guardar tanta ropa nomás hace tilichero.

Un día como hoy, pero de hace 50 años mi padre adquirió una deuda. Hasta el momento, ni mi padre ni la deuda se han querido separar de mí.

El último alumno se fue dándome las gracias. Como todos casi todos mis alumnos, anhela con esperanzas a que sea lunes. Antes de irse le regalé una de mis púas, tiene un pequeño dibujo en amarillo sobre el fondo negro.  La miró con curiosidad y la guardó en su estuche. Yo también alguna vez tuve un maestro que me regaló su púa, pero a él ya no lo vi después de eso. A veces sí creo que debería de cobrarles más, pero al ver su cara, la mugre de sus uñas (las cuales siempre les pido que corten) y la madera barata con la que están hechas sus guitarras, me retracto. Me he dicho para mí mismo no subir la tarifa, aun en el último de los casos.

Al principio estaba bien. Pasó como un año sin pelearnos pero ahora es cosa de a diario. Por el amigo que me mandó un mensaje, por el amigo que me invitó un refresco, por el amigo de mi papá que me dijo “mija”. Hasta por mi primo, que bien que sabía que a veces venía por mí. Te juro que ya no lo aguanto, pero me pongo a pensar luego. Vive bien cerquita, su mamá me quiere y ya casi le dan su crédito Infonavit. Yo creo que ya mejor me aguanto, a lo mejor luego se le pasa. Ya ves que dicen que son etapas, a lo mejor y ya está pensando en darme el anillo.

Mamá murió porque se cayó, aunque los médicos y mis hermanos hayan dicho otra cosa. Un día como de costumbre, no me hizo caso y se salió sola y sin bastón a la tienda. Dio un paso en falso, por culpa de una grieta en la banqueta según ella, y todo su peso cayó sobre su cadera fracturándose en dos pedazos. La llevamos a la sala de urgencias y tardaron más de dos horas en atenderla. Su llanto incomodó a todos hasta que una señora con el suero colgando le cedió su lugar y entonces la pasaron a observación. -Su recuperación será lenta señora, usted ya está grande y los huesos tardan en sanar – nos dijo el médico que la atendió.  Lo que no nos dijo es que sería dolorosa. Desde entonces mi mamá se deprimió y se echaba a dormir todo el día. Despertaba al ponerse el sol y me pedía lo primero que se le venía en mente. Agua, dulces, papas fritas, elotes cocidos, cualquier antojo. Y yo solamente asentía y la regañaba aunque de nada sirviera. Las diarreas eran interminables y el dolor de cadera nunca se calmaba. Unas  noches antes de que mamá muriera nos prometió que ya iba a aceptar al terapeuta pero como no teníamos dinero para pagarle a un especializado, la llevamos al sistema de asistencia familiar. A las dos semanas mamá no despertó. Le hicimos un sencillo funeral y yo me encargué de llevarle al mariachi que tanto le gustaba. También pagué su cremación, aunque ella quería que la enterráramos. Desde entonces mamá me visita alguna que otra noche pero cuando estoy apunto de despedirme despierto y  ya no está. En el fondo, su retrato sigue iluminado por una vela que cambio cada que está a punto de consumirse. Mis hermanos preguntan cada que vienen a visitarme y me dan la dirección del recinto, dicen que no es lugar para una caja de cenizas.

Admito que la troje se cae a pedazos.  También confieso que hemos perdido demasiado dinero.  Las lluvias no ceden, los permisos del ayuntamiento cada día cuestan más y el turismo parece haberse ido. Pero si no la reparo yo, ¿entonces quién?

Ayer no pude asistir a la clase. Tengo entendido que les aplicaron un examen, lo cual es un alivio para mi angustia. También falté a la clase de la tarde, tuve un contratiempo en mi casa y me tardé más de la cuenta, aunque también fue una sesión meramente formal. La suerte me ha acompañado a lo largo de casi dos años. Primero hablé con el profesor y le explique que no participaría tanto pues mi intención no era ser protagonista ni robarle el tiempo a los estudiantes inscritos. Pero después, al iniciar el segundo semestre, no pude resistir y acabe preguntando y aclarando dudas en cada una de las clases. Creo que los estudiantes me odian y me han puesto apodos como “castrosín”, “fósil” y “Napoeloncito”. Este último dicen, por mis aires de grandeza y mi corta estatura de risa. Algún día entenderán que no es fácil ser yo y mucho menos no entender algo de lo que estás escribiendo. Tal vez más de alguno deba volver a entrar a sus cursos, ya sea de oyente o como intruso y quizás, con esmero, él sí logre terminar su doctorado.

Mis sobrinos insisten en el mismo tema. Pero la directora no me dijo nada. Además mis hijos, a los que les he dicho que ellos son como sus hermanos, tampoco se han quejado. Les he hecho saber que ahorro más tiempo y me es más fácil tenerlos en la misma escuela. Creo que he ganado tiempo, a la próxima tendré que inventar un mejor pretexto.

¿Usar transporte público? Ni que fuera pobre. A ver, deja te explico. Cuando cumplí los 15 años mi papá organizó un viaje en lugar de la fiesta, porque las típicas pendejitas piden fiesta. Conocimos Nueva York, el lago Michigan y acabamos en Toronto. Luego al siguiente año repetimos la experiencia y viajamos de Madrid hasta Jerusalén porque mi mamá quería conocer el pesebre en donde dicen nació el niño Jesús. Aunque no encontró más que a un montón de gente en túnica y judíos, el viaje también fue bonito. A los 18 mi papá me regaló parte de su empresa, dijo que ya estaba lista para ayudarle con los negocios. A los dos meses los horribles empleados del gobierno nos quitaron hasta los escritorios y las sillas duras donde sentábamos al personal. Tuve que vender hasta teléfono y el carro. Para soportar la vergüenza nos mudamos de ciudad. Aunque al principio me resistí, acabé por malbaratar mi ropa y vender todos mis perfumes. No me gusta pensar que gente prieta con los codos resecos usa mis faldas o que una señora con el pelo reseco se bañe con mis lociones. Aunque es claro que me quedaron los buenos modales y el gusto refinado, extraño a mis antiguas amistades. Yo no soy cualquier persona, sé de la buena vida. Oye, creo se me hace tarde para mi cita ¿ya dime si me vas a dar un aventón?

Le grité  a la empleada que no me interesa. Desde hace más de un mes están llamando diario y diario y diario. ¿Yo para qué quiero aprovechar las promociones de teléfonos de México? Así estoy bien.

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