Chicharito

La Chicharito no era guapa, tampoco poseía un gran cuerpo o el porte de una dama que tanto exige mi madre. Quizá por eso me resultó tan atractiva, era un reto a mis costumbres y hábitos normales, traspasaba todo límite, no había estado enamorado de nadie así en mucho tiempo. Tampoco sé si fue amor o una conexión profunda de esas que solo se viven durante un viaje, en un congreso estudiantil y en este caso, en un partido de fútbol que se alargo demasiado. Tan largo que al final nos olvidamos de nuestro equipo, pasamos por tanto todos juntos, su porra, sus amigos, los míos y nuestro equipo. El campeón de ese torneo ni si quiera era de nuestros favoritos, pero como con Karla o mejor conocida como “La Chicharito”, terminé sintiéndome parte de algo. Karla y Los Xolos, dos pasiones que no creo volver a repetir.

El día que la conocí lo primero que me llamó la atención fueron sus rastas mal hechas, para mi gusto arruinaban ese quebradizo cabello color castaño. Dos piercings adornaban su boca, uno de cada lado del labio inferior y uno más entre sus dos ojos atravesando el inicio de la nariz. Traía un mechón lacio pintado de azul y muchas pulseras y colguijes, era el prototipo de la anti-nuera. Me la habían presentado unos amigos de mis primas que también pertenecían a la barra, en la Lokura 81 la mayoría se conocía de segunda mano y acababa siendo amigo si el equipo ganaba o simple conocido si el equipo empataba. Pero cuando el equipo perdía, en casa, como ocurrió en aquel juego el sentimiento de fraternidad se multiplicaba al cubo. Yo, por aquellos meses no estaba interesado en el fútbol. Mi equipo ni siquiera había calificado a la fase de eliminación y estaba en la tabla del descenso. Irle al Atlas es como ser doblemente mexicano y aceptar la derrota y el fracaso como lienzos diarios de donde se debe vivir y a partir de donde nace todo. Los rojinegros rara vez llegan a una liguilla y su mayor logro siempre es permanecer en primera división. Por alguna extraña razón, Monarcas Morelia otro equipo que solo ha ganado un campeonato me resultaba empático. La ilusión de poder ganar un campeonato, otra vez estar en una final, volver a gritar y llorar en la porra me hizo acompañar a mis primas al juego.

Ahí la conocí. Pasamos al estadio al caer la noche. Monarcas contra el odiado América, el único equipo que puede unir a los mexicanos porque no hay mexicano indiferente al representante de la televisora más influyente y longeva. Al América lo odian o lo aman, ambos sentimientos suelen unificar a la gente. En este caso la Lokura estaba irónicamente loca por apedrear a la porra de las águilas. Aquellos pocos aficionados que habían venido del Distrito Federal, del Estado de México o mismos morelianos que apoyaban al azulcrema se sentían indefensos. Estábamos en casa, en nuestro estadio con nuestro líder de goleo Miguel Sabah, con nuestro director técnico Omar Romano y con las esperanzas a tanque lleno. Esa noche los monarcas de Morelia ganaron dos a uno frente a un equipo que anotó por casualidad, casualidad que después sería fatal. Festejamos y por un momento la Lokura 81 se olvidó de golpear, apedrear y demostrar su territorio a los americanistas que se fueron como perros con la cola entre las patas. Le habían pegado al equipo más odiado y Monarcas Morelia estaba a un partido de la semifinal.

Una de mis primas me presentó a Karla, apodada La Chicharito. Este apodo era una especie de burla pues ella detestaba al ex jugador de las Chivas vuelto estrella de fútbol en Inglaterra y principal rostro de una compañía panadera. El rostro de “Haz Sandwich” le resultaba molesto, por eso el apodo. La Chicharito tenía que soportar ese apodo por haber expresado su sentir frente a uno de los dirigentes de la porra el cual era adepto al jugador, al grado de volverse un fascistoide de los apodos que fueran contra sus gustos. “Me llamó Karla, no le hagas caso a estos pendejos” me confesó ella después de unas cervezas. Allí en el bar me explicó su plan: se había ido desde su pueblo natal Opongio, un pequeño poblado al borde del lago de Pátzcuaro para ir a Morelia con permiso de su madre. Pero dado el resultado del partido y la esperanzadora ilusión de ganarle al América en su cancha había decidido no volver a su casa y seguir a la porra hasta la capital del país, al estadio Azteca. El dinero y el viaje era lo de menos, si eres de la porra siempre hay modo de viajar. Esa noche bebimos mucho, fumamos marihuana y estuvimos platicando toda la noche hasta que llegó el momento de irse del lugar. En la calle mis primas le preguntaron que donde iba a dormir. Se suponía que su deber era irse a la central camionera terminando el partido, pero como su plan ya incluía el castigo más ejemplar luego de haber desobedecido el volver a tiempo, Karla les pidió a mis primas quedarse en su casa. Mis primas le explicaron que no podían llevarla y una serie de pretextos adornaron la explicación hasta que finalmente una de ellas ideó otro plan: le llamaría a mi tío, su padre, le explicaría que se iba a quedar en mi casa y Karla con ella. Así terminé teniendo sexo con Karla mientras mi prima dormía en el sillón.

Viajar no fue difícil. Me uní a la porra quizá por  seguir a Karla pero también por el ánimo compartido. Monarcas tenía todo para terminar de matar al América y subirse a la semifinal. Aquello no pasó, dado que el conjunto de Morelia no anotó ni un solo gol en la cancha del Estadio Azteca. Ni un maldito gol. Las lágrimas brotaron tanto aquella noche que pasamos de cantina en cantina, pulquerías, antros, bares y departamentos en la Ciudad de México. Karla y toda la porra estaba inconsolable. A mí realmente me daba igual pues mi equipo siempre perdía. La esperanza es dolorosa cuando anticipas el resultado, vivir en la derrota había sido cómodo y anestésico para mí. Pero para la Lokura 81 no, para la porra oficial del Monarcas Morelia no había sido fácil aceptar perder el juego aún con la ventaja que llevaban de ida. La vuelta fue humillante, dos goles, global tres a dos. Las odiadas Águilas del América había pasado a la semifinal contra Los Diablos Rojos de Toluca. Un viejo rival en la fase de liguilla. Mientras tanto otro equipo que había pasado de estar en una división inferior a la primera: el León de León Guanajuato le haría frente a otro equipo sorpresa. En el norte los Xolos de Tijuana, un equipo sólido pero pequeño le había ganado a los Rayados de Monterrey por un milagroso gol. Un campeonato, un gol, una victoria, una Karla. Eran demasiados unos para ser casualidad y solo así me di cuenta de que aquel viaje apenas había comenzado.

Durante el regreso Karla estaba más apegada a mí. Habíamos dormido de nueva cuenta juntos y no nos hacíamos a la idea de regresar a Morelia, yo de volver a mi trabajo y ella regresar a Opongio. Por eso no subimos a la camioneta de la porra y decidimos junto a otros aficionados al Monarcas y unos cuántos del León ir hasta la ciudad del zapato de cuero y los esmeraldas verdes. Partimos desde la Ciudad de México hasta León Guanajuato para el juego entre los dos equipos que eran la sorpresa del torneo. En el camino alguien nos dijo que el León no era la sorpresa, que más bien ésta estaba en el norte, allá donde un equipo con el nombre de una raza de perros sin pelo estaba alimentando a las ilusiones de sus aficionados y toda una región que siempre había adolecido de mala fama. Tijuana, la del sexo y marihuana de Manu Chao, la de los bares y tugurios abiertos desde la mañana y la de la frontera del lenguaje estaba en el mapa del fútbol.

Mientras viajábamos a León Karla me confesó más sobre su vida. Había estudiado contabilidad en Morelia pero hacía más de un año que no ejercía nada de lo aprendido. Después de egresar tuvo que volver a Opongio y realizó su servicio social en el ayuntamiento de Erongarícuaro, la cabecera municipal del poblado. Sus visitas a la ciudad donde había estudiado, donde había perdido la virginidad, donde probó sus primeras drogas y donde se hizo aficionada a su pasión principal, el fútbol, eran si bien le iba, cada mes. Resultaba pues doloroso dejar un tipo de vida para volver a ser la misma Karla de antes, la de pueblo, la misma muchacha de la preparatoria consentida de papá, encerrada en su cuarto escuchando música, conectada a Internet o metida en grupos juveniles. Había conocido el mundo, había viajado con su porra a Torreón para ver ganar a su equipo contra los Santos. Había estado en Guadalajara para llorar la derrota de sus “piolines” como les decía ella, contra las Chivas de Guadalajara. Incluso un fin de semana mintió explicando que tenía mucha tarea y viajó hasta Tuxtla Gutiérrez para celebrar a más de 40 grados centígrados el triunfo del equipo frente a Los Jaguares de Chiapas. Había viajado a todo territorio incluido en el mapa del fútbol mexicano junto a su equipo, a sus hermanos de porra, con la Lokura 81 o sola, era una incha, una monarca de corazón. Ahora no era más que la sombra. En aquel torneo Apertura 2012, aquella fase de liguilla, la semifinal en León Guanajuato entre el León Esmeralda y Los Xolos de Tijuana podía ser un poco más ella, la indomable contadora egresada sin título, la de la porra y la pasión , la que no debía buscar empleo, solamente Karla, la Chicharito.

En León, contra todo pronóstico, los Xolos de Tijuana no recibieron más de tres goles. Habían salido con vida para morir con dignidad en su estadio o lograr la hazaña de remontar. Con Karla también perdí dos a cero, ése día no se acostó conmigo porque acabamos bebiendo en una cantina de León llorando con los aficionados de Tijuana. Allí hicimos amistad con otra pareja que nos invito hasta el norte, tenía casa en la ciudad de la frontera y nos ofrecieron amablemente llevarnos si queríamos. Karla no lo pensó y yo le seguí el paso y de un día para otro entre resaca y lagañas marchamos hacía Baja California con escaso dinero, la misma ropa y las mismas ganas de volvernos a encontrar sin la ropa.

Aquel 25 de noviembre en Tijuana ocurrió lo que todos desean en el fútbol y a veces, también en la vida. El débil venció al favorito. Una noche antes lo hice de nuevo con Karla quién entre gemidos lloró y luego rió. Quizá aquellos gestos aparentemente inexpresivos era la expresión, de hecho, perfecta sobre lo nuestro. Algo inexplicable que solo estaba sucediendo en ese viaje y que había ido fluyendo entre equipo y equipo y que al día siguiente culminó con la locura colectiva del partido. Xolos de Tijuana remontó el marcador y anotó un tercer tanto logrando colarse a la gran final en Toluca contra los favoritos Diablos Rojos. La ciudad de la frontera era una locura como lo había sido aquel viaje desde que partimos de Morelia. Karla, la Chicharito, se había transformado poco a poco en una amalgama ideal para una persona que dentro de mí, había esperado encontrar. También yo había estaba siendo parte de aquel inesperado triunfo: al fin tenía confianza con una mujer, al fin la podía tocar sin tener miedo de mi aspecto o mis habilidades en el sexo. Los orgasmos eran sincrónicos, los besos parecían decir más de nuestras palabras y el simple hecho de estar ahí sin decir nada, con ella, me hacía ser otra persona que jamás había sido. En Tijuana decidimos esperar el primer partido de la final. Así que permanecimos otros cuatro días más entre casa y casa, almuerzos a medias, comidas corridas y camas nómadas.

La hazaña tijuanense culminó con el 2 a 1 frente a los Diablos visitantes. Un gol de Pablo Aguilar a los  39 minutos del primer tiempo les dio el triunfo sobre un débil Toluca que perdió toda su fuerza después de haber empatado 14 minutos antes. El resto del partido fue tensión, nervios, gritos y alegría frente al televisor y la voz de El Perro Bermúdez. Entre Karla y yo en cambio el partido fue una extensión de nuestro lenguaje sin palabras. Éramos dos extraños en medio de una batalla ajena, metidos en una fiesta, en un territorio ajeno y sin conocer a nadie. Solo nosotros dos en una ciudad lejana y extranjera de nuestra cotidianidad.

Decidimos después del festejo regresar a Morelia. Pero la fuerza colectiva y la misma fuerza que nos unía hicieron que en un último arranque nuestro destino no fuera la ciudad de la cantera rosa sino Toluca. Así que junto a un autobús repleto de aficionados tijuanenses nos enrolamos hacía la capital del Estado de México donde Xolos iba a jugarse la final definitiva, el juego de vuelta contra los Diablos Rojos heridos y medio muertos. La locura finalmente concluyó primero con un gol de Richar Ruiz a en el minuto 69 durante el segundo tiempo y con Divier Riascos quien remató el encuentro tan solo un minuto después. Xolos de Tijuana se coronaba campeón del torneo apertura 2012 en la cancha del Nemesio Diez frente a un equipo experto en liguillas que no se defendió para nada. Karla me besó como nunca. Nos volvimos completamente extraños entre la multitud y festejamos algo. No sé si el primer y único campeonato hasta el momento del equipo tijuanenses o el único campeonato que ha conseguido mi equipo Atlas o el también único de Monarcas. Otra vez eran demasiados “únicos” en aquel momento. Un trofeo, una estrella más en el logotipo, una corona, un campeón, un viaje único, una Karla, una Chicharito, un solo-yo, una única vez que realmente amé al fútbol y a una mujer.

El viaje terminó ahí mismo. Yo tomé un viaje directo y Karla no quiso volver. Sabía lo que le esperaba al regresar a Morelia y creo que sabíamos que no era conveniente volver juntos. No la he vuelto a ver desde entonces. Mis primas me han contado que regresó a Oponguio y se hizo cargo de la contabilidad y administración del restaurante de su padre bautizado irónicamente como “El Monarca”. Después del viaje regresó para enfrentar el peor de los castigos que jamás hayan lanzado unos padres que le dan permiso a su hija de ver un partido y terminan viéndola en la televisión en cadena nacional apoyando a un equipo en Tijuana. A veces el mejor lugar para ocultarse es donde todos ven y casualmente a mí nadie me vio a pesar de haber sido filmado junto a ella. Karla no obtuvo permiso en un buen tiempo para ir al estadio Morelos ni para salir más allá de Pátzcuaro.

Un día por casualidad paré en León  por un tiempo y se me ocurrió ir al juego entre Monarcas y el conjunto local. Quién sabe y por casualidad la veía, allá en la porra de los 81, todavía con sus rastas, el inconfundible mechón azul y la chamarra amarilla que cargó todo el viaje. Miré hacia las gradas donde estaban los visitantes y creí verla. Puede que realmente haya sido la Karla que vi en aquel primer partido. También cabe la posibilidad de confundirla. Pero pudo ser ella y no ser, haber dejado de apodarse La Chicharito, haber dejado de amar tanto a su equipo, puede haber dejado para siempre aquel semblante que me conecto en todas nuestras parada. No importa, justo cuando pensaba caminar hasta aquellas gradas los visitantes habían anotado. ¡Gooooool!, aquella noche Monarcas ganó con un único y solitario tanto, las cantinas se abarrotaron de aficionados del Monarcas y creí verla otra vez sentada en una barra. Me alejé tanto como pude pensando en el torneo que viene. Quizá Atlas, mi  amado equipo rojinegro  resulta el campeón de esta temporada.

El presente texto apareció en el número 34 de Clarimonda,  revista de literatura y Cultura  Alternativa, en la ciudad de Morelia, en el mes de julio. 

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