Adán sin Paraíso

Te sentirás extranjero de ti mismo, de tu cuerpo, de tus pensamientos, sueños y de las ideas que con tanto orgullo defendías. Hoy no es tu día ¿y cuál sí? Agachas la cabeza, pones atención a lo que suena de ese cuadro multicolor, los sonidos se mezclan con tu ánimo y de pronto tienes el deber de comunicárselo a tus amigos. No hay, no te habla. ¿Quién fue el culpable? Ella y su capacidad de creer que su mundo es el mundo entero, en su estúpida sonrisa que ha conseguido favores y puestos de trabajo, esos ojos grandes tiernos y jugadores con los que te sedujo la primera vez que la viste; delgada, fresca y luminosa como una estrella a punto de explotar. También detestas ese tono de voz infantil, amas el modo en que pronuncia tu voz y aborreces, con toda la pasión del odio cuando conjuga el nombre de quien la hace sufrir. Una bella flor que se marchita esperando a un jardinero que nunca llegará mientras que tú, y tus ganas de cuidarla también se difuminan. La amas, la odias, un mismo sentimientos con dos caras.

            ¿Por qué la derrota anticipada? Personaje sin nombre, sujeto sin un motivo para maldecir pero con la boca llena de blasfemias para un Dios que ha muerto y nadie lo sabe, para una vida que nunca tuvo el don de escuchar a nadie, o la inteligencia, y por qué niegas que de alguna manera todo eso, tan rápido el cómo paso y tan largo el efecto, te está transformando. Te miras al espejo y reconoces un par de ojeras, algunos mechones desalineados, un montón de pelitos que simulan una barba inexistente y algunos abscesos de grasa que tronarás. ¿Por qué has de sufrir si tú eres el fuerte, Adán sin Eva?

            Luego, tras la extraña sesión de cortarte el vello de la cara y genitales, de cortar mechones al azar de tu cabello y exterminar esa barba ilusoria, ese bigote indígena y lavar tu cara hasta sentir la rigidez que dota el agua fría, luego te desnudas. Prenda por prenda, playera afuera y revela tu débil pecho, un pulmón más grande que el otro. Quizás tengas asma, quizá ya no. Y del cigarro, mejor no hablaremos. Lanzas tu calzado, también los calcetines que cubrían tus flacos dedos de los pies, tus uñas siempre cortadas y ese extraño meñique del pie tan chistoso. Le causaba risa tu dedo chiquito, el largo de tus dedos y la extraña forma del dedo gordo, odias tus pies. También el pantalón es arrojado al vacío que representa el pasillo, la puerta del baño funge como portal del inframundo. Finalmente estás ahí parado, con ese bóxer que cubre un pene tímido por el frío, un pene derrotado y que debe conformarse con la calidez de tu mano derecha, el tacto de tus dedos izquierdos y la imaginación de aquella vez; la primera vez que la besaste, que mamaste de sus pequeños pechos, de sus pezones como chispa de chocolate. También recuerda, recuerda mi Adán sin Eva, aquella dulce lengua, esa boca que se abrió con miedo y al final te cubrió el sexo. Esa cadera montada sobre ti, la tierna y después violenta forma en que sus manos, esas manos pequeñas y delgadas tomaron tu pene, lo pusieron erecto, esa boca que le escupió y después el trabajo de ambos. El recuerdo de aquella primera y última felación hace que tu sangre corra a tu sexo, ahora estás desnudo, excitado, solo y ante ti,  el Edén decorado con mosaicos, una regadera y el inodoro.

            La erección dura toda la ducha; te lavas tu cabello con mechones trasquilados, tu cuello largo con esa manzana de Adán, Adán sin Eva. Llenas de agua, jabón y algo del frío de esa tarde tu cuerpo, la espalda encorvada, el abdomen flaco y marcado no por ejercicio, sino por la misma flaqueza de tu ser entero. Enjuagas tus diminutas nalgas, aquellas que sus manos tocaron de broma, que apretaron en tono de hostilidad, y el pene que después nunca haber eyaculado ella guardo con cariño en tu bóxer. ¿Por qué nunca conseguiste el orgasmo con ella? ¿Acaso no esperaste siempre la oportunidad? ¿Recuerdas que fallaste esa primera y única vez?  Tus respuestas serán un SÍ, una afirmación trágica que culmina cerrando la llave de tu única posibilidad de agua; la llave del agua caliente no sirve, no te interesa repararla ni sentir más agua cálida en tu cuerpo.

            Estás parado, goteando, con una erección que todavía sostiene tu sangre, que delata tu recuerdo lúgubre y funesto. Acercas la toalla, secas el agua que se mezcla con el sudor frío, con la presencia de ella. Cuando secas tus nalgas otra vez, en tu cabeza, aparecen las suyas: tiernas perlas que apenas pudiste tocar, que viste en la oscuridad de tu habitación y se sentaron sobre tus piernas como una inocente niña contándole a su papá el primer día de escuela. Jamás fueron para ti, y menos lo que había entre ellas. Tiras la toalla, desplazas tu mano hacía la erección de tu sexo y comienzas a masturbarlo. La evocación de tu mano guiada por la suya, entrando a su vagina seca, que si el dolor, que si no supiste cómo tocarla, que nunca pudo mojarse, que si fuiste un inútil y tu grande pene no sirvió de mucho. Fuiste un pésimo y torpe amante. Eso llena tu cabeza de furia, de frustración, de ganas de volverla a tener desnuda, en tu habitación, poner tu mano en su boca, tirarla boca abajo, abrir sus nalgas y desgarrar la dignidad de aquella mujer frágil, peligrosa e inverosímil, el mejor cuerpo que estuvo en tu cama nunca fue tuyo. Te duele flaco Adán sin Eva, te duele tanto no habértela cogido, no haber  podido con ella, con tu fanfarronería y tu pene largo y grueso que fue inservible. Te duele tanto, te causa tanta ira que se refleja en la potencia de tu mano, en su bajar y subir. Y al final, dispara el semen caliente que parece ser lo único cálido en tu cuerpo. Con violencia, velocidad y altura el semen muere al caer en un charco de agua, lo pisas, lo revuelves con tu sangre. Te has mordido el labio cuando te masturbabas, ahora tienes agua, semen, sangre y dolor: has creado al mundo, le diste nombre a las cosas primerizo Adán, el Edén es tuyo.

            Caminas así, sin toalla sin importar el frío. Distiendes las cobijas y preparas tu cama. Te metes así, desnudo y mojado, lleno de fervor, de odio, de lágrimas, lleno con tu pene flácido sin vello púbico, como queriendo renacer o ser niño de vuelta, mas lo primero que lo segundo. Cierras los ojos, ya no hay ningún rostro de labios delgados, ojos grandes, nariz larga y cejas finas; ya no hay manos masturbando tu pene ni bellas nalgas suaves, tampoco hay una vagina seca o una dentadura mordiendo tu lengua, solo hay insomnio y tribulación.

            El desvelo se prolonga, repasas cada detalle, cada aroma, sensación y tacto pero ya no importan. Ella se marchó, tú decidiste sentir como si hubieras perpetrado algo incestuoso, como si hubieses violado a tu propia hermana. ¿Qué hacen los mejores amigos cuándo no pudieron consumir su pasión? ¿Qué hace un hombre que no supo poseer a una mujer que deseaba? ¿Qué hará Eva al comprobar que Adán apenas si era hombre? ¿Qué harás tú, lánguido ser humano lleno de miedos, inseguridades, apetitos y deseos de apaciguar  tus demonios? Luego una voz poseyó mi cabeza, “contaré mi historia” contestó aquella versión de Adán y sentí la culpa de Dios.

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