La Pinches Maquinitas

Para Doña Gloria, aunque no sepa leer

La tecnología, para la gran mayoría de nosotros, casi siempre ha llegado de segunda o tercera mano. En los 90s, gracias al Tratado de Libre Comercio firmado por el entonces mandamás Salinas de Gortari, México se abrió al primer mundo. Obviamente “abrirse” fue un concepto casi literal ya que el país fue un gran receptor de aparatos, modas, argots, cultura pop e infinidad de importaciones. Pero de aquí hacia el mundo fue poco lo que se exportó quedando una vez más demostrada nuestra urgencia por pertenecer a la historia universal a costa de nuestro bolsillo.

Fue dentro de este contexto y esta urgencia de pertenecer que llegaron los videojuegos. Para algunas minorías privilegiadas en forma de consola casera (Atari, Nintendo, etc.) para su uso particular entre la familia, y para el resto (la gran mayoría) en su uso compartido: las máquinas de arcade. Las maquinitas tan odiadas por nuestros padres, embaucadoras de nuestro escaso dinero y sembradero de amistades, discordias, pleitos y vicios tempranos. La maquinitas fueron más que un simple entretenimiento todo un suceso social, un modo de pasar aquellos días donde por primera vez podíamos ser contemporáneos del mundo.

Mi primer contacto con los videojuegos fue de forma individual, totalmente hogareña y a decir verdad aburrida. Tenía por entonces unos 5 o 6 años y el Super Mario Bros para Nintento Entertainment System alias “El Nintendo” era la sensación. Basta decir que fue un primo mayor quien me prestó su consola por unas semanas y que luego me quitó gracias a la cizaña sembrada por su madre (consola que por cierto le había mandado un tío radicado en California, como les digo el primer mundo solo era accesible de segundas y terceras fuentes o maneras esporádicas).

Fue culpa de aquel primo que tuviera el deseo, convertido en necesidad, de terminar las aventuras del plomero consumidor de hongos, aplastatortugas y eternamente friendzoneado por una princesa que se deja secuestrar a la primera oportunidad. Esta necesidad pudo ser satisfecha cuando conocí un lugar como en el que pasaría muchos días de mi infancia y pubertad, un local de maquinas de videojuegos.

En aquellas maquinitas, donde a los 8 o 10 minutos el juego se pausaba y para continuar había que echar otra ficha, concluí el viaje alucinógeno del plomero bigotón y su hermano de mandil verde. Pero yo quería más, no me bastaba aplastar “tecolotes” o quemar tortugas ni jugar otros juegos similares donde el objetivo era ir de “A” a “B” librándose de obstáculos o venciendo criaturas que solo alguien muy elevado podría imaginar. Mi naciente violencia interna pedía ser satisfecha, ser de algún modo como mi primo Beto que pasaba horas pegado a la pantalla apretando botones, eliminando contrincantes y haciéndolos berrear.

En otras ocasiones he dado cuenta de la vida en la colonia (ver mi crónica titulada “Tercia de Veintes”) y sus múltiples ramificaciones. El fútbol callejero fue una de ellas, los largos y clandestinos recorridos en bicicleta o las peleas acabándose el catecismo. Las maquinitas también forman parte de ese microcosmos que bien puede trasladarse a muchas otras colonias, barrios y sectores de otras ciudades de México. Fue Doña Gloria quien innovó y emprendió el primer negocio de este tipo en la zona. El local comenzó con una máquina vieja donde se podía jugar Fatal Fury con una moneda de 50 centavos. La popularidad entre los jóvenes del lugar se debía a dos factores: o bien se adquiría cometiendo un acto ilícito o ganando en la maquinita. Doña Gloria comprendió que su negocio de chicharrones, pepinos y raspados podía crecer si rentaba otra máquina. En consecuencia al mes ya había tres máquinas más, dos arcades y una comúnmente llamada “de pausa”. Fue en la segunda arcade donde conocí al rey de los videojuegos callejeros, el dueño de muchos cambios de las tortillas y culpable de no hacer la tarea: The King of Figthers, el “kino figters”.

Llegó KOF 96, 97, 98, 99, 2000, 2001, 2002 y los años se acumularon. Aparecieron las primeras máquinas para bailar a las que te arriesgabas a jugar para después ser señalado de marica o puto. También llegaron las máquinas de pausa con juegos de última generación, Play Station y X-Box. Los simuladores de coches, de “pistolas”, los juegos soft-porn y el bigote de puberto. En las maquinitas de Doña Gloria se olvidaban las tortillas, suéteres de la primaria o se ganaba respeto y se defendía a puños. No faltaba quien perdía lo invicto en KOF 97 y apagaba la máquina para ser vetado por mal perdedor. A su vez Doña Gloria una vez más modificó el negocio debido a la naciente competencia. Sus maquinitas ya costaban 1 peso, lo que le dio ventaja a uno que otro que quiso ser la alternativa manteniendo sus máquinas de 50 centavos. Doña Gloria respondió a esta afrenta rentando una rockola y una tragamonedas, máquinas que atraía clientela mayor. De ese modo su local se llenó de pre-adolescentes que se pegaban toda la tarde a la rockola impresionando con su refinado gusto musical basado en los éxitos de MTv o Bandamax y en la adicción de algunas señoras a las tragamonedas. Éstas eran tan solo el inicio de una serie de cambios que me alejaron personalmente de las maquinitas, había que crecer o seguir tirando el dinero.

Doña Gloria fue la primera y durante años la única con un negocio así. Pero como he dicho, el negocio se extendió a otras calles, otras colonias y barrios. Pronto Uruapan tenía un local de maquinitas en cada zona. Si se quería conocer algún lugar había que trasladarse a jugar un rato en el local más popular de aquel espacio. Gracias a ello la globalización del microcosmos comenzó a darse lo cual creó rivalidades tan violentas y reales como en las guerras por el control de territorio de los narcos y los distritos electorales. Las maquinitas iban más allá de lo real, se hicieron simbólicas, se convirtieron en epidemia y foco rojo. Eran visitadas por niños pubertos sin la supervisión de sus padres, por cholos buscando nuevos reclutas, por vendedores primerizos de microdosis. Pero no todo era ante-problemática social, en aquellos locales también se hacían grandes amistades, despertaba el interés por el otro sexo y se organizaba el partido de fútbol improvisado. Más de una vez afuera del local de Doña Gloria se gestaron finales con ayuda de dos piedras, un balón prestado y equipos desiguales donde se anotaban toda clase de golazos y se gritaban con enjundia. Al final del partido se regresaba a jugar o estar en las maquinitas consumiendo un raspado entre el sudor y las ganas de revancha.

“Estar” era la idea básica, estar fuera de casa, estar-ahí en el tiempo, en ése tiempo y espacio, en ese pedazo de nuestras vidas. Un estar que dejo de ser, que se perdió y solo quedan las memorias, al que le robaron la bicicleta por dejarla afuera, los que partieron el labio peleando, los que le tiraron el raspado al cliente que solo pasaba por ahí, los que estuvieron jugando hasta que Doña Gloria literalmente los corrió a su casa y los que solo estando en aquel lugar, entre todo el caos, podían tener la paz y la presencia que no tenían en su casa.

Las maquinitas como toda moda un día terminaron. Ese día tardó más de una década en llegar. Hoy se puede pasear por la ciudad y observar vestigios, locales con sobrevivientes que se niegan a caminar en el tiempo. Visitados por adolescentes que no entraron a clases y coquetean entre ellos, empedernidos que siguen ejecutando combos en KOF 2012, románticos enamorados de sacar S en Pump It Up o expertos en terminar Metal Slug 3 con una sola moneda. Hoy los locales de maquinitas son eso, locales donde solo hay maquinitas y nada más. Se terminaron las casas adaptadas como local, los puestos de dulces, frutas y chicharrones con una máquina. Si acaso tienen una tragamonedas, el sobreviviente perfecto donde el cliente solo echa la moneda, apuesta y espera ganar o perder, más seguro lo segundo que lo primero. Ya no hay disputas por la trampa o el botón descompuesto, no hay niños eternamente zapeados o cigarros mal encendidos apoyados en el vidrio. Hay rockolas sin duda, pero estas son usadas por borrachos sin cantina y nada más. Hay maquinitas de pausa con juegos de X-Box 360 o PS3 pero la mayoría de los usuarios juegan desde su casa conectados a través de Internet. La vida en las maquinitas se acabó, para fortuna de muchos y lamento de otros, hoy no queda más que el recuerdo, las cicatrices si se tienen y el hábito de gastarse el dinero en pendejadas. Gracias Doña Gloria por soportar niños y pubertos ajenos, por oler sus gases y surtirlos de chatarra. Por irse de vacaciones pero dejar encargada a su sobrina, a la que algunos le veían las tetas con curiosidad y morbo, a la que otros cortejábamos de forma ingenua. Gracias por cerrar la cortina el día en que justo a media cuadra asesinaron a un taxista y dejarnos refugiarnos entre los muebles, gracias también por cerrar su local y obligarnos a estudiar y hacer la tarea. Hoy no somos ni peores ni mejores, pero somos quienes mantuvieron su economía. Y gracias personalmente por poner aquella máquina tragamonedas, en la que después de perder 50 pesos y el cambio de mi padre jamás me dieron ganas de volver a meter una moneda en aquel invento demoniaco. Ahora creo que aquella fue mi vacuna de los casinos actuales.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s