Y sin embargo, el michoacano se mueve.

Con la imagen y proyección que se ha tenido Michoacán a nivel nacional, e incluso internacional, puede imaginarse que hay que estar muy mal de la cabeza para andar caminando de noche por las calles de un estado, que si bien no es del todo un caso perdido, se cree que vive en constante guerra civil. Y no está para más, todos hemos oído de vecinos levantados, balaceras en autolatas y tienditas de 24 horas, desaparecidos y fuegos cruzados.  Los michoacanos nos hemos desenvuelto entre los rumores y aunque lluevan balazos o se avienten granadas en pleno grito patriótico seguimos andando en la calle ¿Por qué?

Es cierto, después de los trágicos acontecimientos del mes de la patria la gente en Morelia dejó de salir por un tiempo. Por tiempo es igual a unos meses, ya que rápidamente la vida nocturna volvió a su terrible tranquilidad. El silencio podía ser interpretado como presagio de lo peor o como reafirmación del miedo. Sin embargo los actos del sigiloso narcoterror no se repitieron. Se cambiaron por tomas y autobuses incendiados, portadas en Proceso y miles de tuits contra Felipe Calderón y quien fuera el responsable del “A Michoacán le va ir bien, pero muy bien”. La moda de incendiar vehículos se impuso y hasta la fecha sigue patente, incluso conectó tan bien con la de tomar casetas que ha creado todo un modus operandi en las manifestaciones. Aún así el michoacano anda en la calle, agarra el coche y se va de paseo al lago, apueblear como se dice y a pagar la cuota de los manifestantes. A veces se aloca y atropella normalistas, a veces los camiones se quedan sin frenos y ocurren hechos que solo habíamos visto en películas alarmistas. Y sin embargo el michoacano se mueve.

Ayer tuve la oportunidad de hacerme de unas cuantas horas libres (de pronto éstas se vuelven tan valiosas como el aumento del salario mínimo) y decidí caminar. Por eso me imagino en la creencia exterior que se tiene de Michoacán. Solo alguien bastante alejado de la realidad se atrevería a caminar por la noche por las calles de un estado donde las cabezas cercenadas se sirven de botana en las cantinas y donde las bolsas negras no solo sirven para sacar la basura. Además llovió ¿Quién camina por las noches, con el mínimo de alumbrado público, con los charcos, baches convertidos en lagunas y atravesando el centro histórico sin un cigarro en la boca? Por mi experiencia digo que si no todas las personas, bastantes.

En mi caminata pude desde frustrar un asalto, luchar por mi vida en medio de una ofensiva militar, ser violado por un vagabundo adicto al Tonayán, quitarle la bolsa a una señora y escapar corriendo, ser atropellado por un vehículo fantasma que no respetó el semáforo en rojo, encontrarme a un par de travestidos, vender o comprarles droga e incluso hasta el navajear a un par de novios que se manoseaban en la esquina oscurita. Pero no, una caminata fuera del imaginario exterior es eso: una simple y mecánica caminata. Caminar y encontrar a un grupo de alcohólicos anónimos saliendo o entrando a su sesión de lunes. Caminar y de pronto escuchar “bolita” para regresarles el balón al montón de adolescentes jugando fútbol en una de las plazas. Caminar y ver a la señora de los elotes recoger su puesto mientras el olor del atole de grano aún permanece. Caminar y ser espantado por un perro que te ladra y al saber que no eres una amenaza te mueve la cola. Ser acompañado por ese mismo perro unas cuantas cuadras hasta que llega a su bote de basura favorito. Seguir caminando y pensar que aún se puede hacerlo mientras tengamos calles, mientras no te levante un policía y te haga la revisión de rutina o sean privadas de fraccionamiento. Caminar mientras podemos, sin música porque te podrían asaltar, sin actitudes amenazantes porque podrías causarles miedo a otras personas que también caminan, sin ser “placoso” como dicen en la colonia, caminar sin intimidar mujeres que también deben caminar en la noche.

Y finalmente el caminar alimenta el cliché, como el de la tarde lluviosa que se antoja para un libro y café, del escritor que reflexiona sobre la vida disfrazando su afán de encontrarle sentido a lo cotidiano. Recuerdo que hace algunos años asistía a un taller de creación literaria. Muchas veces la sesión se alargaba hasta la media noche y ningún culero de los asistentes se ofrecía a darme aventón a mi casa. Entonces aprendí a caminar, no solo a mover las piernas y avanzar distancias entre la noche. A caminar en el sentido que he venido exponiendo, sin miedo y con la única certeza de que podría pasar cualquier cosa pero aún no está pasando. Estar alerta no significa ser paranoico, aunque quizá después de un asalto cambie de opinión. En el taller literario pocas veces se me ocurrían ideas para escribir, caminando surgían crónicas, cuentos e incluso novelas enteras que afortunadamente descarté. Caminar de noche es uno de esos placeres raros que se adquieren más por necesidad que por gusto. Como el humor negro en tierras michoacanas sino ¿de qué otra forma  habríamos de sobrevivir a tanto?

Fotografía tomada en La Plaza Melchor Ocampo en Morelia, Michoacán.

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