La guitarra de mi hermano

Cuando tenía 12 años en lugar de tomar clases de guitarra preferí las de flauta. Sin albur. Cuando salí de la secundaria y veía que los guitarristas eran más seguidos que alguien que supiera tocar esas molestas notas dulces de una flauta escolar, me arrepentí de haber elegido aquel instrumento. Cuando cumplí 16 años y llevaba un año en la preparatoria quise, ahora sí, aprender a tocar guitarra. Había descubierto el rock, a los Rolling Stones por mi padre, a The Doors por mi madre, a Black Sabbath por mis amigos y a Los Héroes del Silencio por cuenta propia. Un hermano digo medio-hermano, que había aprendido a tocar guitarra, nomas para cantarle serenatas a las muchachas me regaló su guitarra. Él ya no la necesitaba, se había casado con una de sus novias y todos sabemos que cuando el amor se formaliza las serenatas salen sobrando.

Recibí la guitarra de mi hermano que había sido utilizada para tocar los éxitos de Tranzas, de Alex Ubago y Gianluca Griniani. También había armonizado las melodías de un grupo juvenil en la iglesia y había servido de vez en cuando para tocar algún norteño gracioso. Esa guitarra por lo tanto debía reivindicarse y tocar al menos una vez en su vida de madera y barniz algo de menos sentimentalismo. Me equivoqué cuando la primera melodía que aprendí a tocar fue “Nothing Else Matters”, ese cursi himno de Metallica. Aunque solo aprendí a tocar la introducción, lo cual considero una ironía.

A mis 17 años, después de haber fallado en el intento de aprender a tocar la guitarra desistí de intentarlo por mi cuenta. Las revistas de “Aprende a tocar” “Guitarra Fácil” y demás papeleo me parecían un tanto inútiles. Odiaba tanto no haber tomado la clase en la secundaria, lo odiaba tanto que un día con la flauta Yamaha abrí la cabeza un vecino con el que tenía una larga historia de hostilidad.

La flauta acabó entre tantas cosas que ya no uso junto a mis revistas de aprender a tocar guitarra fácil. Por eso le pedí a un amigo que me impartiera cátedra para tocar  la guitarra. Mi padre siempre ha sido un tacaño en lo que se refiere a educación recreativa: nunca me pagó unas clases de karate (por eso me defendía con flautas y piedras) y tampoco lo convencería de que me pagara unas de guitarra. No había aprovechado la secundaria y punto. Por eso me sentía culpable con mi amigo a pesar de su disponibilidad y paciencia. La guitarra –me decía- está hecha de madera de aguacate. Lo cual según él le da un sonido suave. Las cuerdas que tuve que comprar también eran de una buena marca. Pero cuando yo practicaba no notaba la diferencia, más bien me desesperaba y terminaba desafinando la guitarra y perdiendo media clase siguiente esperando a que la afinaran. Un día mi amigo me comunicó que ya no podría enseñarme por cuestiones personales, debía trabajar por las tardes y los fines de semana cuidar a su abuela. Perdí al único profesor de música que no me ha querido cobrar y no se ha burlado que no sepa tocar ni si quiera el círculo de sol sin fallar. La guitarra, sobre todo al tratar de pisar con el dedo meñique, es mi gran frustración.

Dejé la guitarra o ella me dejo a mí. Daba igual, no le vi sentido teniendo a tanto guitarrista a mí alrededor. Cuando estaba por cumplir los 18 años mis amigos ya eran los clásicos amigos que forman una banda en la preparatoria. De hecho casi todos estaban formando su banda. “Punto Rojo”, la banda debut de tres amigos fracasó en un acústico donde no fueron capaces de ecualizar sus instrumentos o donde a nadie le importó su música. De ahí surgió “Coladera”, una bandita de emo-punks que por un rato se adueñaron de los gritos de pubertas menstruadoras. Pero mis amigos más cercanos habían formado una banda que intentó por un tiempo tocar canciones propias y olvidarse de los covers. “Flor de Venus”, que los perdone Dios o alguien con superpoderes, era la banda de rock y heavy metal de mis amigos más allegados. Tenían la estética del primer Black Sabbath pero sin su talento. Tenían la actitud de Deep Purple pero sin su virtuosismo. Y tenía el alcoholismo de Motley Crue y también sus pantalones viejos y medias de bailarina exótica. Por un tiempo también estuvieron tocando en bares locales, quedando en segundos lugares de fraudulentos concursos de música donde importaba llenar el lugar, cubrir el cover, pagarle a los inspectores, vender cerveza a menores sin ser multados y al final, después de todo las bandas. “Flor de Venus” se disolvió sin separarse oficialmente. El tecladista tuvo que irse del país. El baterista se enroló con otra banda, que según sé toca todavía y los dos guitarristas se fueron cada uno a estudiar en otra ciudad.  El vocalista también se fue de la ciudad y solo el bajista, que por cierto perdió el bajo o se lo robaron, se quedó en casa.

De todas las esas bandas nos quedan los recuerdos, las notas en el periódico y por supuesto las fotografías en el Facebook. Seguramente esas fotos están en esos álbumes que ya nadie revisa o pérdidas en Metroflog y Myspace.  Los bares que organizaban concursos, tocadas y promovían la escena musical de Uruapan también han mutado. Algunos cerraron y otros simplemente cambiaron de clientela. Esos tiempos no se volverán a repetir porque seguramente dentro de 20 años algún adolescente dirá lo mismo de estos tiempos como lo dijo mi padre de las discotecas y como lo dijo el abuelo de los clubs de danzón.

Pero la guitarra de mi hermano, corrijo: de mi medio hermano, sigue ahí. Colgada, chueca, hinchándose en primavera y crujiendo en invierno. Con el puente torcido, las cuerdas reventadas y la pintura opaca. Ya no me interesa tocar la guitarra y tampoco pelear con mis vecinos. Ya son adultos y posiblemente ya sepan levantar denuncias o disparar una pistola. Tampoco tengo algún deseo de formar o ser parte de una banda; nadie se tomo tan en serio eso de ser rockstars y que yo sepa nadie se lo sigue tomando así. Quizá sea una maldición familiar el no tener talento para la música. Mi abuelo es artesano y se ha dedicado al maque incrustado por más de 70 años. Mi padre es carpintero y se ha dedicado a convertir pedazos de madera y materiales aislados en hermosas mesas, puertas, baúles etc. Yo realmente no sé hacer nada con las manos, no me salen ni los dibujos, ni la escultura y mucho menos el teatro de sombras. Supongo que la guitarra estaba mejor con mi medio hermano aunque probablemente he salvado a su esposa de recibir un guitarrazo y provocar el divorcio.

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