El tradicional tianguis de mentiras creadoras

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manos

Las dos imágenes son arquetípicas. En la primera se representa y recrea el sacrificio desinteresado. El hijo de un Dios de los tantos imaginados es azotado, golpeado y amedrentado  hasta que los soldados romanos se cansan y cumplen con su castigo. Él en cambio pide el perdón de sus pecados, se sacrifica muriendo por ellos y cada año les otorga una semana de vacaciones para que piensen en sus acciones. En cambio ellos prefieren ir a la playa, visitar a sus parientes lejanos, conocer lugares remotos y ser aunque sea por un brevísimo tiempo nómadas consumidores. En la otra imagen una señora muestra las arrugas de sus manos. Las venas que demuestran el sacrificio de toda una vida. Esas manos han partido madera, tallado y creado palas, cucharas, instrumentos que se mezclan entre la artesanía y la herramienta, entre lo hecho y lo esculpido. Se venden, las venden en un lugar que sirve 15 días para comercializar su sacrificio. Aquí la mártir no morirá por los pecados de la humanidad, lo hará porque dedicó su vida a encorvarse la espalda, a marchitarse los dedos y respirar resinas, dormir hasta tarde o tragarse el orgullo y rebajar sus costos para complacer a unos cuantos turistas. Cristo y la artesana, dos imágenes que circulan cada año, cada vez que inventamos el pasado a nuestra conveniencia. Si me preguntan ambas son mentiras, dos mentiras que han creado un mundo ya tradicional, ambas son mentiras creadoras y se venden bien, se compran por turistas y premios de fotografía. Se exhiben en galerías reales o virtuales, son a su manera una historia todavía en progreso. Una fábula moderna todavía contándose.

No es el pasado sino la idea que tenemos de él  la que se vuelve norma. Es el refugio, punto de partida y muchas veces de llegada. Sobre todo si es en la política o en el arte politizado. El pasado, la historia y la tradición son el eje sobre el que se trazan las políticas públicas de gestión y difusión artística con obvios objetivos económicos y autorreferenciales. Lo que vivimos hace unos cuantos días, a los que llamamos “Semana Santa o Semana Mayor” son el perfecto ejemplo de la historia usada al antojo de quien manda y el aprovechamiento de quien obedece. Cuando el pasado idealizado se convierte en punto de referencia y llegada obtenemos como resultado supuestas tradiciones que otorgan identidad, sentido y equilibran nuestra sociedad. El conjunto de ideas sobre lo que hemos sido y cómo supuestamente éstas siguen conservándose crean los modernos e irónicos rituales que se repetirán mientras tengamos necesidad de ser, de tener una identificación, un sensatez cultural.

Vivo en un pueblo típico de México. Las calles son de la típica tierra que se vuelve charco y lodo con las lluvias y se pone dura y agrietada en invierno. Cuando ya no son de tierra encima tienen concreto, lo que las convierte en ríos urbanos o parrillas para pies humanos en primavera. Las calles tienen los típicos problemas: baches, coladeras tapadas y olorosas, banquetas rayoneadas, quebradas o invadidas por coches inservibles y perros bravucones. Un conjunto de calles forman una típica colonia con sus típicos problemas. Y el conjunto de colonias han formado a la ciudad, que ideológicamente sigue en el estatuto de pueblo pero urbanísticamente ha pasado a decirse ‘ciudad del Progreso’. Es en efecto una típica ciudad mexicana. Un pueblo crecido, un lugar que crece sin medir su desarrollo, una mancha urbana que se mueve pero que mantiene firme sus creencias. El pasado solamente se traslada, no pasa a ser presente ni futuro, solo es y está-siendo siempre con cada nueva colonia, infonavit, fraccionamiento, libramientos y avenidas nuevas.

En este afán de crecer y decirse “del Progreso” se han instalado diversas políticas públicas, culturales y sociales diseñadas por los típicos asesores del típico presidente municipal. Desde hace 54 años una de estas políticas culturales que enriquecen la economía local es el “Tianguis Artesanal de Domingo de Ramos”. Se le llama así porque comienza el domingo de ramos, día en que supuestamente el profeta Jesús de Nazareth entró a Jerusalén montado en un burro y fue recibido con palmas y ramos en un ambiente de fiesta. Así comienza el “Tianguis artesanal más grande de Latinoamérica” o al menos así se anuncia en los muchos cárteles pegados en las calles de la ciudad.  Con diversas actividades; como un desfile de artesanos que funciona tanto como acto inaugural como momento para que los periodistas escriban su crónica obligada y los fotógrafos gasten su rollo (ahora es memoria SD) en los típicos detalles que deberán decirse en el periódico del día siguiente. Con la ropa, el color, “lo indígena”, la comida, los oficios y artes (en el pasado ideológico dedicarse a un oficio es igual a ser artista, por esa razón un cazo de cobre o una cuchara de madera es una artesanía) deberán ser los adjetivos idóneos en las crónicas y gráficas. Tanto el boletín de prensa de comunicación social del ayuntamiento municipal como el reportaje del periodista/corresponsal enviado deberán resaltar la conservación de la tradición, el buen clima, la sonrisa del presidente y la vestimenta de su esposa porque nunca debe de haber un presidente municipal soltero o divorciado. Es tradición federal que el número uno tenga una número dos y eso ya es parte de la idea que ha de legislar lo político-cultural para oficialmente inaugurar el Tianguis.

Después del entusiasmo del desfile se programa un concurso de artesanías. En él las mejores piezas han de concursar entre las varias categorías especializadas. Todo deberá ser en un ambiente de no-envidias, no-recelos y no-apelaciones al indiscutible ganador del premio, el apoyo monetario y la venta de su pieza. No mentiré, personalmente he visto cómo artesanos del mismo gremio se tragan entre sí por ganarse el reconocimiento de unos jueces categóricos e incuestionables, los cuales creen en la posibilidad de cuantificar el arte y medir el nivel de tradición. Aunque a veces estos criterios solo estén basados en si el artesano nació en la región o es extranjero y por lo tanto solo aprendió el arte y no pertenece a la tradición. Pero Semana Santa no es para tener envidia, para discutir los criterios de calificación o exigir transparencia en los concursos o de plano erradicarlos y suprimir de una vez el sistema de competencias. Semana Santa es para pensar en la vida y obra de Jesús, en sus sermones sobre la fe, el humanismo, el amor al prójimo y sobre todo para pensar en su acto de sacrificio en pro de los pecados del hombre.

Semana Santa también sirve para que los hoteleros incrementen sus ingresos, rebajen los precios de sus habitaciones pero le suban al desayuno, al estacionamiento y a los cargos extra. También funciona para que la comida típica y tradicional deje de ser tradicional en sus precios. Un pescado blanco de pronto cuesta más que una hamburguesa que se come más veces que el pescado pero que en ésa semana es pecado mortal. Incluso unas sencillas enchiladas (que de tradicionales no tienen nada) en todos los puestos del típico tianguis gastronómico o de antojitos regionales escalan los peldaños de precios. La ciudad donde vivo tiene para fortuna de algunos el único parque natural dentro de la ciudad. Éste también se reviste de tradiciones y re-elabora sus leyendas, incrementa su margen de horario y exhibe conciertos desafortunadamente programados el mismo día que otros de menor calidad pero con mayor convocatoria. Lástima Juan Alzate y Pollomingus, les tocó compartir la misma tarde donde paralelamente se ofreció un concierto de Oscar Chávez totalmente gratis.

La semana prosigue con sus eventos hasta llegar al jueves, donde según la idea del pasado, Jesús ofreció una ultima cena a sus discípulos y aceptó su destino siendo traicionado por Judas Iscariote que lo entregó a la justicia por unas monedas de oro. En este tono los judas modernos han decidido cambiar las monedas por puestos políticos y se multiplican como los peces que supuestamente ofreció el hijo de Dios. De pronto tenemos no uno, sino muchos judas vestidos con camisas oficiales del ayuntamiento haciéndola de inspectores, multando a comerciantes informales y formales por igual, exigiendo permisos de los que no se les dijo nada antes de comenzar las vacaciones y escudándose en el pragmatismo obediente de las reglas. Las estúpidas reglas, de las que estos judas se dicen ser instrumentos, también dictan que los intentos independientes por ofrecer gestiones culturales alternas deben someterse a la tradición. Vestidos con huanengos (una prenda que solo se usa en fiestas oficiales pero que se vende como si se usara diario) los gestores independientes deben aprovechar los foros atiborrados y promocionarse antes de que el evento oficial comience. Pegar cárteles encima de otros y esperar que nadie los quite porque tapan a los otros cientos que hay alrededor. Una vez terminado el tiempo deberán esperar al servidor público para solicitar apoyos, espacios y difusión. Mientras tanto el lavatorio de pies comienza, el bailable que cada año intenta mejorarse a sí mismo comienza y la tradicional música de los hermanos (Reyes, Alonso, Jímenez, del lago de Pátzcuaro, de Zacán, de cualquier lugar típico y apellido típico purépecha) se ejecutan con maestría para la señora que año con año aparta su silla con una bolsa para que llegue su nuera con los nietos, para que las tradiciones se conserven. Cada día un barrio tradicional se presenta con un tradicional baile con los trajes tradicionales para que se escriba la tradicional nota sobre ello. Lo tradicional se vuelve adjetivo común y otorga la identificación frente a lo moderno. Aunque lo moderno sean los aretes, las sombras y el labial de la bailarina o el perfume de los varones que lo mezclan con su sudor mientras se ejecuta la coreografía.

Pero el pasado y la tradición admiten modernizaciones en su modo de darse. Así resulta que el purismo queda obsoleto cuando se trata de comprar o vender. Porque Semana Santa es ante todo un evento económico. Vender artesanías es el objetivo de quienes desde su comunidad originaria vienen a Uruapan. Comprar artesanías es también el objetivo de los turistas y gente que asiste al tianguis. Alcancías que no serán llenadas cántaros de agua que no será bebida, ollas para la madre que no cocina, aretes para la amante secreta, títeres para el hijo que nunca juega, plantas para la abuelita, casitas de madera para las muñecas de la niña, guitarras para el curso de verano, jícaras de maque para el vestíbulo del hotel en Estados Unidos, pulseras para la muñeca del cronista que ahora habla, pequeñas ollitas de barro para que las niñas jueguen a ser amas de casa, catrinas de fina manufactura para adornar la sala, ceniceros para el bar que digan “Tianguis Artesanal de Domingo de Ramos Uruapan Mich.”, muñecas de cartón para recordar la infancia de la señora, huaraches de piel para la ida a la playa y los hermosos diablos, alebrijes y bestias multicolor de Ocumicho que no me puedo costear con mi sueldo. Todo se vende, todo sirve de recuerdo y todo se volverá obsoleto al año. Porque el siguiente año también hay tianguis y también se puede comprar lo mismo, más caro, más duradero, más tradicional, más originario, más barato en otro puesto y  más cualquier cosa.

No se me mal interprete, el tianguis artesanal es y punto. Nada que hagamos lo va a cambiar y nada que denunciemos o aplaudamos será de otro modo. Mientras tanto los artesanos duermen mientras no hay clientes, piden su vale por una comida y lo cambian a la hora de comer. Hacen filas para ir al baño y algunos prefieren pasar la noche en su puesto porque nunca es demasiado tarde para cerrar o muy temprano para abrir. Algunos, sobre todo los que ya viven en Uruapan, prefieren ir solo unas horas. Saben que el hecho de vivir aquí ya los convierte en una especie de casualidad y no en un evento insólito. El resto del año, cuando no hay Tianguis de domingo de Ramos, sus mercancías no serán la novedad aunque vendan lo mismo. Semana Santa dota a lo que ya conocemos de una nueva aura, lo rutinario se contagia tanto del entusiasmo por el pasado que hasta los raspados del señor que lleva medio siglo saben distinto. Incluso los detractores, los aberrantes del pasado y precipitados al posmodernismo cultural se enferman del ambiente. Todos caemos en las garras de la identidad inventada y de pronto vemos en el niño purépecha y su piel morena un pariente lejano. Más de algún astuto le toma una foto mientras trabaja y gana un premio de fotografía nacional aunque jamás en la vida sepa qué fue del niño.

Y así llegamos al final de la gran fiesta del tradicionalismo ideológico. El viernes Jesús muere en la cruz para ser Cristo crucificado. Esto vale para ateos conversos por culpa de Cioran o cualquier filósofo y autor y para cristianos remisos que encontraron en la fe una forma de olvidar la cerveza o el coño. También los esotéricos que han mezclado la luna roja, el Tarot, los astros y  el Ser-en-cuanto-ser se ven beneficiados por la muerte del hombre que cambió el calendario para siempre. Ese mismo día por la noche un conjunto de personas enfundadas en capuchas a la Ku Kux Klan desfilan en silencio, con antorchas y un sonoro y macabro tamborazo. Es la procesión del silencio que más que un ritual católico parece ser una celebración sectaria dispuesta a despertar a Satanás. Sin embargo se ve arruinada por la música distante o por los curiosos que hablan, el silencio desde luego era una metáfora. La muerte se vuelve algo que no encaja en medio de tanta celebración y solo puede ser pensada como parte de la vida. La muerte de Jesús ha permitido que los oficinistas escapen a comprar algo de vida en forma de cocteles, fogatas en la playa y que a veces se cobra factura en accidentes carreteros, niños ahogados y parrandas con finales fúnebres.

Pero los que nos quedamos en la ciudad a observar sigilosamente tenemos la dicha y desdicha simultaneas de lo intempestivo. Somos contemporáneos y tradicionales, estamos adentro y afuera, en el tiempo y fuera de él. Solo así podríamos decir algo, siendo parte y no siendo, comprando algo en el Tianguis para ser parte. Viendo lo repetitivo y monótono de los eventos para no ser parte. Mientras Jesús se decide a resucitar el sábado se muestra como intermedio. Ya nadie se baña en la calle porque está mal visto, porque el ayuntamiento pone multas y porque es mejor bañarse en el río de la ciudad, en el lago más cercano o el balneario más barato. En cambio en la noche el agua bendita no baña la piel y decide entrar directamente al cuerpo. El alcohol purifica los pecados o los incita. Los líquidos etílicos tradicionales e importados, de barra libre o botella internacional bautizan el dejarse vivir mientras Jesús sana sus heridas. El sábado de gloria se convierte en domingo de pascua que crudea en el parque, que se rehidrata con sueros orales y expía sus pecados en la misa de medio día. Algunos desafortunados deben volver a la ciudad para el lunes común y atascan las también típicas carreteras con sus típicos accidentes, volcaduras, carambolas y encontronazos para rellenar las típicas contraportadas de los diarios que ya comienzan a cansarse de notas culturales. La sangre es una tradición mexicana que ni la misma muerte del hijo de Dios puede frenar.

Semana Santa termina en sus rituales, en sus artistas invitados y sus concursos, desfiles, borracheras y sanaciones espirituales. El Tianguis tradicionalmente se queda una semana más donde se suelen rebajar los precios, rematar la mercancía y contar las ganancias. Es tradición implícita decir que el turismo no fue el mismo, que no se superaron las expectativas de ventas pero que en cambio vino mucha gente y se consumió por encima de lo esperado. Las paradojas son la lógica que sigue a las vacaciones. Se descansó y se termina cansado de haber descansado. Se ahorró dinero para terminar sin dinero. Se viajó de ida y vuelta y seguimos siendo los mismos. Los artesanos volverán a sus respectivos pueblos y comunidades. Con suerte muchos volverán el siguiente año con un presidente municipal nuevo, con nuevos turistas y nuevos impuestos. Pero la tradición solo admite algunos ‘nuevos’ porque el Tianguis será el mismo, los jueces probablemente serán los mismos y los ganadores quienes sepan cumplir con la tradición de lo mismo. El pasado me gusta cuando es inocente, cuando aunque sea manipulación y dictado no intenta cambiar nada. El Tianguis Artesanal se hizo y se ha hecho así, bajo el esquema de la invención del pasado, creado con la idea de una tradición encontrada y prevaleciente. Desde luego esto es falso, es una idea y como tal es una mentira socialmente aceptada. Como la de Jesús, la de los ramos en Jerusalén o las vacaciones laborales. Como el descansar cansándose o el meditar los pecados. Como creer que existen los pecados o que hay que confesarlos. Si de de todas las invenciones modernas, de los pasados fundados y las mentiras creadoras pudiéramos ser una sería el arte. La religión, los tianguis, lo que se venden y lo que se compra, las vacaciones y la identidad se esculpen, se pintan y se componen. Son una obra de arte, son una mentira necesaria.

*Las fotografías fueron tomadas de domingoderamosuruapan.com con o sin su permiso explícito.

 Uruapan Michoacán, abril 2014.

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