Los libros de Luis Villoro

Los libros de Luis Villoro

En la filosofía nos dedicamos a interpretar y comprender lo que pensaron y dejaron escrito otros hombres y mujeres ya muertos. Seres humanos que alguna vez se preguntaron por la naturaleza del mundo, la constitución del ser humano, el qué debemos hacer con las acciones y sentimientos, la finalidad de la sociedad , el conocer e identificar la belleza, encontrar la verdad o el modo de conseguir la felicidad sin pasar por la de los demás. En la filosofía nos dedicamos a plantear preguntas a preguntas que hicieron otras personas, la mayoría como he dicho, muertas. Por eso cuando un autor, que en su mayoría se dedicó a la reflexión filosófica muere, adquiere de manera extraña un significado para sus lectores. Aparte de dejar su cuerpo, perder la vida y no volver a estar en el mundo, nos deja la nada sencilla tarea, ahora sí con la certidumbre de que no volverá a retractarse para seguir descifrando sus pensamientos. Leer, comprender, explicar y difundir son tareas diarias de la filosofía, de quienes estudian y estudiaron, de quienes leen y quienes la escriben. Son tareas que no debieron relegarse solo a los filósofos. Así como no debemos dejar que las leyes sean únicamente dominio de los abogados, no deberíamos permitir que el pensamiento sea únicamente de aquellos que creen que de hecho son los poseedores. Esa es una lección que aprendí y le atribuyo desde mi particular experiencia a Don Luis Villoro Toranzo, quien a los 91 años falleció dejándonos todavía más preguntas sin respuesta.

            Supongo que a lo largo de nuestras vidas tomamos decisiones y acabamos en situaciones que jamás pensamos tomar y decidir. Y supongo porque si mi vida es como las estadísticas lo dicen, apenas va un 30% de la esperanza de vida signada a mi país. A lo largo de dos décadas he tenido la fortuna de estar en contextos que si me hubiesen preguntado antes, jamás los hubiera imaginado. Este es el caso de mi breve periodo como prestador de servicio social donde, de manera tangencial conocí al gran Maestro –con mayúsculas- Luis Villoro.

            En toda formación profesional llega ese momento en donde se deben de poner a prueba y en práctica los conocimientos adquiridos en el aula. El denominado servicio social tiene como objetivo poner en práctica; al servicio de la comunidad, el conocimiento generado y aprehendido para a su vez adquirir experiencia ahora si para el mundo laboral. Lamentablemente esto se traduce en trabajar gratis, con las mismas responsabilidades de un trabajo normal, pero sin una retribución. En mi universidad hay que realizar un molesto trámite burocrático para comenzar a ofrecer el servicio, luego darle seguimiento con más papeleo y finalmente también elaborar papeleo para demostrar que sí se trabajó. Todo esto desde luego con sus respectivas cuotas. Así es como después de una serie de circunstancias terminé postulando mi servicio social en la biblioteca de la misma facultad.

            El concepto de servicio social engloba por supuesto el concepto de la práctica. Pero ¿cómo poner en práctica teorías sobre hombres muertos, conceptos, ideas, textos y montañas de papeles? La filosofía, como otras disciplinas sociales tiene la dificultad de encajar cada vez menos en el mundo actual-material. Realizar un servicio social siendo egresado de una licenciatura en filosofía tiene sus desventajas que si saben utilizar se convierten en ventajas. En teoría estudiamos para interpretar el pensamiento, comprender los procesos del conocimiento y el lenguaje y aprendimos en las aulas a escribir, organizar, esclarecer y difundir conceptos e ideas. Nada lejos de la realidad, donde quiera que se termine la filosofía se ejerce aun en los actos más pequeños. La filosofía es una escuela de vida, un código que se inscribe en el comportamiento ordinario. La única manera de reprobar más allá de una nota cuantificadora, es siendo anti-filosóficos. Esto es, siendo exactamente que como cuando entramos a la carrera. Para bien o para mal, la filosofía nos cambia a todos los que pasamos por sus dominios.

            Las actividades en mi servicio social consistían en una serie de sencillas tareas encausadas en un objetivo claro: organizar y consolidar una sección nueva en la biblioteca. El segmento a organizar lleva por nombre “archivo Luis Villoro” y consiste en nada más y nada menos que unos 6600 libros aproximadamente, donados por el mismo filósofo. Recuerdo que en el 2008 fuimos sacados de clase. El motivo había sido ayudar a descargar unas cajas de libros de un tráiler el cual había quedado varado en el lodo de los jardines. Cajas y cajas fueron cargadas y movidas por estudiantes  y profesores de todos los grados, era la mayor donación de libros jamás hecha a una biblioteca en el interior del país. Pasaron casi cuatro años en que esos libros permanecieron en las cajas hasta que la burocracia avanzó y fueron colocados en sus estantes. El trabajo para adecuar el fondo de Luis Villoro había comenzado con la limpieza y restauración de los preciados libros del filósofo vivo más importante de México. Cuando entré al servicio social el trabajo estaba en su antepenúltima fase que consistía en capturar los dados de los libros (autor, nombre, editorial, año, volumen, edición y número de registro) y elaborar separadores para su identificación. Casi seis meses después logramos registrar el resto de los libros que rebasaba los 4 mil. Mis cuatro compañeros y yo habíamos terminado al fin una etapa importante en la consolidación de una biblioteca dentro de una biblioteca. El acervo bibliográfico “fondo Luis Villoro” estaba a punto de concluirse.

            Terminamos el registro y mi servicio aún debía unas semanas las cuales dediqué a elaborar ahora sí el catálogo del acervo para ser consultado por usuarios de la biblioteca. En un evento especial, por el cumpleaños de Luis Villoro, el catálogo se le presentó a él y un grupo de profesores de El Colegio de México y la UNAM. Yo no estuve aquella noche, pero sé que más de algún investigador criticó la forma en que está organizado el fondo y el espacio que lo resguarda. A Luis Villoro en cambio no le interesó esa discrepancia burocrática, estaba encantado de que sus libros estuvieran al fin disponibles para ser leídos por su querida comunidad michoacana. Aquel evento fue la última visita en vida de Villoro a la facultad, un evento conmovedor donde se le rindió homenaje al maestro de muchos presentes aquel día. El trabajo había sido completado.

            Seis meses después regresé al fondo Luis Villoro. Algunos problemas de papeleo e inconvenientes personales me hicieron perder mi historial de servicio y tuve que reiniciar el proceso desde el inicio. Volver a comenzar pesaba en mi existencia, el eterno retorno se hacía presente de forma cruel y graciosamente negra. Retorné pues a mi viejo escritorio prestado en la biblioteca para de una vez consolidar, corregir y verificar por última vez y en definitiva el catálogo del  acervo bibliográfico “fondo Luis Villoro”

            Volví a ese cuarto lleno de libros para comprobar la coincidencia de los libros con los registros. Pero esta vez era distinto. Luis Villoro ya no volvería (ahora sé que para siempre) a ver sus libros. Tampoco teníamos el tiempo contra nosotros y estaba solamente yo. Ahí, solo, entre todos esos libros. Cientos de libros, seis milésimas de volúmenes, supongo que millones de páginas. Nombres, conceptos, polvo, páginas amarillas, azules, carcomidas, sin abrir, libros con el plástico todavía puesto, con dedicatorias que nunca se leyeron, con separadores curiosos, postales de viajes, notas personales, firmas, autógrafos, fotografías, recuerdos metidos en lomos, enciclopedias ilegibles, ejemplares en francés, alemán, ruso, inglés, tojolabal, purépecha e incluso en hebreo. Libros y libros. Del marxismo ortodoxo de los 70s, del marxismo liberal de los 90s, de filosofía de la liberación, del grupo Hiperión y del Ateneo de la Juventud. De la revolución mexicana y de la rusa. De Cuba y el Che Guevara. De Hugo Chávez y Stalin. Libros, cientos de ellos, sobre el indigenismo y la colonia, sobre el capitalismo y su crítica. Sobre la fenomenología de Husserl o el primer Heidegger. De Alejandro Rossi, con cariño para Luis. De Monsiváis para Don Luis. De Florescano para su  amigo Villoro y de éste de vuelta para Florescano. Volúmenes enteros sobre Octavio Paz y Sor Juana, o la colección completa de cuentos de Sergio Pitol. Libros, libros, libros. Del propio Luis Villoro y su etapa de epistemólogo, de su etapa de politólogo y sus disertaciones sobre el ser del mexicano. Libros regalados que jamás se abrieron, de su hijo Juan Villoro dedicados. De sus alumnos agradecidos por los conocimientos, de sus tesistas que al final lograron publicar un libro. Obras monumentales de la literatura mexicana. Compilaciones extrañas que jamás había visto y no volveré a ver. La historia de medio siglo de pensamientos, imágenes, conceptos, teorías, ideas, argumentos, debates, movimientos, corrientes, autores, discursos y poesías. La vida de Luis Villoro volcada en sus libros, la vida de mi país reflejada en aquellos libros que a veces me parecían un edificio creciendo y a veces aparecían como un llamado a mi curiosidad. Una biblioteca, una vida disuelta en páginas. Ese fue el Luis Villoro que conocí, el que nunca le quitó el forro a los libros que algunos de mis profesores seguramente le regalaron. El que leía la historia de México en esos preciosos volúmenes del Fondo de Cultura Económica y dejo sus subrayados. El Luis Villoro asiduo lector de Fernando del Paso. El que tenía las obras completas de Mario Vargas Llosa, de Salvador Elizondo, de Merleua-Ponty y Mario Bunge. El fiel coleccionista de la obra de Marcel o de Wittgenstein, al que dejó escrito en la contraportada de un ejemplar de “El Ruido y la Furia” de Faulkner  unas letras ilegibles o que en “A Sangre Fría” olvidó una tarjeta de un hotel en Zacatecas. La segunda vez todo fue distinto, estaba yo, los libros de Luis Villoro, y el resto del mundo.

            La noticia de su muerte ha causado una serie de reacciones. Desde los alumnos acongojados, malos chistes confundiéndolo con su hijo hasta verdaderos ensayos editoriales y palabras que honran su memoria. Desde estudiantes de México y de Latinoamérica hasta profesores en Europa y traductores, todos tienen algo que decir.  Pero en mi ha dejado algo que estoy tratando de decir a través de la escritura. Nunca platiqué con él. Si acaso un “buenas tardes doctor”, una foto de lejos, verlo caminar acompañado de su pareja por las instalaciones de la facultad. Estuve presente en aquel último homenaje en Morelia donde muchos lloraron quizá presintiendo que no lo volvería a escuchar. Él lloro. Agradeció a todos los presentes y confesó que toda su obra era nada comparada con las acciones de los pueblos originarios de México. Me retracto, todos lloramos. Se escribirán más palabras, ensayos, tesis, libros, cartas magnas en torno a este importante pensador pero sobre todo a ese eterno luchador de las causas mexicanas. Pero dudo que alguien haya estado tanto tiempo, metido ahí como dije, entre sus libros. De cierta manera lo conocí sin conocerlo, sin que su familia, su hijo o sus queridos discípulos sepan lo que sé de él por sus libros.

            Falleció Don Luis, el Doctor, el catedrático, el Honoris Causa, el que le dio nombre a un instituto de investigaciones filosóficas, el maestro y mentor de un centenar de intelectuales mexicanos, el defensor e ideólogo del movimiento zapatista insurgente en Chiapas, el padre de familia, el Tata Luis Villoro para los indígenas de la meseta purépecha, el autor de “Creer, Saber y Conocer” y “Los Grandes momentos del indigenismo en México”, el que consagró su vida y obra a México, el miembro del grupo Hiperión y su eterna pregunta por el ser del mexicano, falleció y no habrá más homenajes en vida. No habrá más donación de libros hecha y supervisada por él. Ha muerto el gran filósofo mexicano. Luis Villoro se ha ido, por suerte nos quedan sus libros.

Luis Villoro en su última visita a la facultad de filosofía de la UMSNH en el homenaje en vida donde se inauguró el fondo bibliográfico que lleva su nombre

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