Dayana

Lo primero que pensé al escuchar sus palabras y ver su cara de supuesta conmoción: “esta culera ya tiene otro”. Nunca lo sabré bien, aunque tengo la certeza de que esas escapadas con sus amigas, esas repentinas llamadas de su papá o esas vacaciones con la tía lejana en otro estado eran pura mamada. Sospecho de mi estupidez y desbordada confianza, de su mejor amiga que en realidad no era mi amiga y que obviamente estuvo de su lado (¿para qué son los amigos, sino para hacerte el paro?) y desconfío ampliamente de mis informantes, los cuales seguramente me omitieron la verdad para no causarme dolor. Da igual, Dayana me ha mandado por un tubo, me ha dicho que necesitamos un tiempo y sé por mi experiencia que ese tiempo tiene nombre y apellido, pene y posiblemente coche propio.

            Y en ese instante en que ella me explicaba que se sentía distanciada, que nuestra relación aunque aparentemente iba bien a ella no la convencía, que soy una excelente persona pero no soy la persona para ella, justo en el instante en que tenía ganas de llorar a moco tendido, de gritarle ¡pinche culera no me dejes! Y de quitarle su celular para buscar mensajes y conversaciones en el whatsapp llega lo peor. Mi mejor amiga nos ve de lejos. Se acerca, quiere conocer a mi última novia la Dayana, la que precisamente en aquel momento me está terminando. Quiero desaparecer, enterrar la cabeza en el suelo, retroceder el tiempo y nunca contarle, con aquella emoción y esperanza que ya tenía novia de nuevo, una “novia bien”. Pero ya es tarde, ya le he contado que dormimos juntos, que me voy un día a su departamento y ella se queda otro en el mío, que ya conocí a sus padres y a su hermana menor, a sus amigos y amigas, que ya caminé con ella tomados de la mano por la plaza del pueblo y que empiezo a sentir algo más por Dayana.

            Es muy tarde ya, lo enamorado me brotaba por los poros, sudaba mi enculamiento, transpiraba emoción y alegría. No pude escapar y le devolví el saludo. Ella se acerca más, se presenta como mi amiga, dice que tenía muchas ganas de conocerla y estrecha la mano de Dayana con empatía y curiosidad. Ambas se ven, se dicen algo que solamente las mujeres pueden decirse con la mirada –un lenguaje que los hombres jamás comprenderemos- y luego cordialmente se despide. Yo quiero correr con ella, abrazarla, decirle que mejor deberíamos de ser novios ella y yo, que Dayana me está terminando en ese momento. Pero no. La dejo retirarse y lanza una amenaza-despedida algo de eso que dicen las mujeres “Me lo cuidas, eh”. Dayana entiende la ironía, me mira y solo tuerce la boca. Sabe que le he contado todo a mi amiga, que le he hablado de ella y que esa presentación debió haber sido en una fiesta, un bar o reunión. Aunque ya es tarde, el sol se mete. Le pido un cigarro, me lo da y tiene el gesto de prenderlo ella, fumar y pasarme aquel tubo ya encendido. El filtro está pintado de rojo, su labial se ha quedado impregnado y si acaso es la última vez que lo saboreo. Triste que mi última degustación de ese sabor cereza y rojo intenso sea en una amarga colilla de cigarro. No digo nada y fumo en silencio. Ella sigue argumentando o lanzando palabras, da lo mismo. Hemos terminado, me ha pedido un tiempo y sé que ese tiempo es para siempre, aunque admito que me gustaría que algún día estando sola me llame, me cuente sus penas y tengamos sexo de terapia, de reconciliación y reencuentro. Y mis imágenes mentales de ella montada sobre mi se interrumpen. Ha llegado otra persona, una de sus amigas.

            Mientras ellas hablan yo fumo. Mientras yo fumo ellas hablan en código. Mientras lanzan su lenguaje cifrado, imperceptible para mí, yo me consumo la vida inhalando alquitrán y exhalando coraje, tristeza, ganas de soltarle un madrazo a su amiga. De seguro ella fue la que le presento al nuevo prospecto, siempre me pasa igual. Luego la amiga se da cuenta del momento, se retira, le da un abrazo (¿Por qué le da un abrazo a ella si la víctima, el dejado, el apestado soy yo?) y se retira saludándome de lejos. Pinche hipócrita, no la quiero volver a ver. Dayana continúa su discurso, dice que la falta de sexo es independiente de nuestra barrera emocional, que los tiempos son distintos y estar con una sola persona le es difícil, que su compromiso es personal y que es una persona que no le abre su corazón a cualquiera. Su discurso me es indiferente desde que dijo “un tiempo”. Desde entonces yo solo escucho un zumbido, veo su cara deformarse, aquellos ojos que me conectaron pierden color, aquella sonrisa que alegraba mis mañanas se vuelve chueca y amarillenta y ese pelo que volaba entre mis brazo se torna opaco y rígido. El zumbido sigue, Dayana termina de hablar y yo sin darme cuenta me he quemado la boca con la colilla.

            Sin que se dé cuenta la guardo. Una colilla apestada en mi bolsillo trasero. Como un acto protocolario nos abrazamos, nos deseamos suerte, cariño, nos prometemos ir por un café un día de estos, de hablarnos de vez en cuando y volvernos a ver para el incomodo ritual de devolvernos cosas. Dayana se retira, me deja un cigarro más y sin mirar atrás desaparece. Yo me he quedado ahí tumbado, en el pasto, llorando sin llorar, gritando sin gritarle a nadie, como detenido en el tiempo. Se me viene a la cabeza una anécdota de mi pubertad, de aquellos primeros pasos en las relaciones sentimentales. Recuerdo con nitidez a Rebeca, la primera chica a la que le pregunté si quería ser mi novia. Nunca me respondió y días después una de sus amigas me dijo, accidentalmente y sin saber que yo me le había declarado, que Rebeca se había ido con su novio. Un dolor hasta ese momento desconocido atacó mi cuerpo. El mismo dolor que ya no sentía desde hace años me invadió cuando Dayana sin voltear a verme se retiró del jardín.

            Ya no hay sol pero tampoco han encendido las lámparas, quizá me he vuelto invisible para los empleados de la facultad. Me voy de ahí, ya no hay nada qué decir, ni hacer o padecer. Es viernes, siempre y casualmente me han terminado en viernes. No siempre he sido víctima, también he terminado relaciones de manera deshonesta. A Daniela la terminé por teléfono, dos minutos y ya era soltero con una fiesta en frente. A la fiel Alejandra la cambié sin previo aviso por una más cerca, más bonita y menos mojigata. Ella, cabe resaltar, igualmente me cambió por uno más honesto, más guapo y supongo con el pito más largo. Da igual, con Dayana era distinto. Había jurado que era distinto.

            Salí de la universidad buscando aún en los pasillos, en los jardines y las paradas del camión a Dayana. No está ni su sombra, parece que alguien la esperaba en el estacionamiento o se evaporó y simplemente se fue. Tampoco es que quiera verla, de hecho sentía coraje hacía ella, ganas de pedirle todas mis cosas en ése momento, ganas de abrazarla y llorar en su hombro, decirle que ya estaba enamorado de ella, pedir una oportunidad para demostrar que éramos la pareja ideal, ganas de arrastrarme a sus pies y hacerle saber que no había nadie más como yo, nadie con la capacidad de gatear así. Pero afortunadamente ya no estaba. El camión no tardó en llegar y subí rápidamente a él, entre más pronto me fuera de aquel lugar era mejor para mí.

            Era raro pagar un solo pasaje, me había acostumbrado a pagar por ella o tan si quiera decirle al chófer que eran dos personas. También la extrañeza de buscar un asiento para mí solo, habíamos procurado a lo largo de nuestras 8 semanas como novios buscarnos siempre un asiento compartido. Compartir la cama, el almuerzo, el precio de los condones, la cuenta del bar, los calcetines en tiempos de frío. Me senté junto a un gordo que ocupaba más de la mitad del asiento con los colchones rotos y el cual me arrinconó hasta la orilla de la ventana. En una parada subió más gente y el camión se llenó por lo que era imposible buscarme otro lugar. De pronto, entre las personas paradas iba una chica. Bastante mona, bonita, con el cuerpo modesto, unos audífonos y la mirada perdida. Me pregunté por ella, si estaba de camino a su casa, si venía de la escuela, si su melancólica y distante mirada era por algo. ¿Y si también la había terminado su novio? ¿Y si ella era otra Dayana o si acababa de decirle que no a un pretendiente? Por un instante me devolvió la mirada y me sonrió. O eso creí ver. Me imaginé bajándome en donde ella, preguntarle su nombre, sus gustos y quizá invitarla a tomar un café el fin de semana. Era viernes como dije, bonito y mal día para dejar de tener pareja, para haber cancelado mis planes con mis amigos, para no tener amigos porque me la pasaba con Dayana, viernes para rascarme la soledad que me había buscado. Pero ella se bajó antes, aún me quedaba camino cuando timbró y el camión hizo el alto. Bajó y la miré por la ventana. Al igual que Dayana no miró atrás, ni un solo instante en que confirmara que la vi y que me vio. También me daba lo mismo, quizá hubiéramos salido, besarnos, tener sexo, conocernos, seguir saliendo y al final me hubiese terminado un viernes por la tarde en el jardín de nuestra escuela frente a mi mejor amiga, frente a su cómplice pidiéndome un tiempo, dejándome una colilla de cigarro manchada con lápiz labial. Ella se lo había perdido.

            Unas semanas después, mientras realizaba mis últimas labores en el servicio social y estaba a punto de irme de vacaciones, encontré a Dayana. De hecho ella me encontró a mí. Preguntó en la recepción por mí. Cuando una de las secretaría me dijo que me buscaba “la muchacha aquella con la que me la pasaba los últimos días” sentí emoción. Al fin se había arrepentido de dejarme, de seguro su nuevo novio no era como yo y se dio cuenta de que me necesitaba. Salí, con la frente en alto, erguido y listo para hacerme del rogar un poco y después aceptar volver a ser su novio. La vi, ahí parada indiferente a todos y con una caja. Eran mis películas, mis playeras, mis libros y mi cepillo de dientes. Me estaba devolviendo mis cosas, en mi terreno de trabajo, en mi espacio frente a mis compañeros de servicio. Me dijo que esperaba que le devolviera sus cosas a más tardar una semana y sin decir más, sin siquiera saludarme de beso o preguntarme cómo estaba se fue. Me dejó con la caja, con mis libros que con tanta paciencia le presté, de los cuales le hablé mientras yacíamos desnudos, mis películas que vimos unos domingos juntos, las playeras que usaba de pijama y el cepillo que compré en una farmacia cuando llevaba tres días seguidos viviendo en su departamento. Todo en una misma caja. Aquello no pudo ser más contundente, Dayana era mi karma.

            Pasaron unos cuantos días más y le devolví sus calcetines, sus libros y películas a Dayana. Obviamente le regresé todo eso con su compañera de casa, a ella no tenía intenciones de verla ni de hablarle. Meses después, cuando volví de mis vacaciones me enteré de que ya no vivían en el mismo lugar. Por eso tiré la copia de la llave que no le devolví. Espero que ella haya tirado la copia que le regalé. Creo que Dayana es feliz, o así lo muestran sus fotografías en Internet. Yo he intentado salir con más gente pero no logro deshacerme del todo de su recuerdo. La colilla, el último gesto lo guardó en una bolsa cerrada. Su olor me enferma pero no soy capaz de tirar aquel recuerdo. La próxima novia que tenga ya no gozará de una copia de mi llave, ni de mis playeras para pijama o de libros y películas. De hecho no pienso formalizar nada, habrá que prevenirse de que ningún viernes nos veamos y de que no tenga amigas que le presenten personas, que no tenga tías lejanas con las cuales vacacionar o amigos de la infancia con los que se reencuentre en viajes escolares. La siguiente novia no tendrá que ser inteligente, tampoco tendrá aspiraciones personales, independencia económica o la entrepierna depilada. Mi próxima pareja no debe ser una Rebeca, una Alejandra, una Brenda, una Yazmín, una Daniela, una Gabriela o una Dayana. No tendrá que ser celosa, desconfiada, mojigata, inmadura, inestable, dramática y mentirosa. Evitaré a las que no se enamoran y solo buscan una noche solitaria; a las que te piden un tiempo, a las que tienen decisión propia, a las feministas, a las escritoras, actrices de teatro, antropólogas, fotógrafas amantes de los animales, a las que exhiben sus pechos desnudos para protestar contra el patricarcado, a las que aman el cine y no se ven casadas ni dependiente de un hombre, las que la maman con la garganta, que se dicen abiertamente heteroflexibles y sin problemas de moral o roles de género, las evitaré a todas ellas. Mi próxima novia deberá ser de otro planeta, deberá ser como Dayana sin ser ella.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s