El derecho de fumar

Quizá muchos de nosotros aún eramos unos infantes cuando en la televisión aparecían esos comerciales de caballos galopando en el desierto, encontrando un arroyo del que bebían abundante y cristalina agua y que remataban con un vaquero encendiendo un cigarrillo. Marbolo o Raleigh, un pequeño “palillo de cáncer” decía el abuelo, que por cierto falleció de una hemorragia interna en el estomago después de que una ulcera gástrica  reventará, esto por haber pospuesto tantos años su desayuno con el pretexto de que “tenía que trabajar primero”. Pequeños tubos rellenos de tabaco con nicotina, alquitrán, amoníaco, butano, metano, cadmio, monóxino de carbono y un sin fin de sustancias nocivas para el cuerpo humano y el ecosistema. La verdad es que nunca se me ha dado eso de investigar las propiedades científicas del cigarro o leer análisis químicos de todas las toxinas agresivas que entran en el templo del cuerpo. La noticia del Vaquero de Marbolo muerto por una enfermedad respiratoria, derivada de su adicción al cigarro ha puesto al tema del tabaquismo y el cigarro -otra vez- en más de un centenar de mesas -virtuales y reales-  de discusión. Se murió por culpa del cigarro.

Rápidamente, como era de esperarse, un sin fin de comentarios y reacciones se dieron ante el fallecimiento de Erick Lawson, actor que fuera por muchos años el slogan y la cara de la marca de cigarrillos Marbolo. Una cajetilla que ahora es blanca y roja con un sin fin de advertencias. A veces los divertidos dientes amarillos recubren la parte superior de la cajetilla, a veces un bebé abortado que yace en un lecho de colillas, un paladar deformado, una anciana conectada a un respirador y una variedad de advertencias gráficas sobre los peligros de fumar. Pero, a pesar de la muerte de Erick Lawson el vaquero Marbolo, los múltiples peligros que se corren al encender un cigarro y consumir más de uno de éstos a la semana o el día, a pesar de todas las campañas para prevenir la adicción prematura al cigarro, contra las políticas de salud pública que, a modo paternalista nos quieren alejar lo más posible del tabaco y sus daños irreversibles, pese a todo ¿Por qué seguimos fumando?

Hay quiénes lo hacen irracionalmente. Lo vieron en la televisión, en el cine o lo aprendieron de sus padres y familiares. Es más fácil hacerse de un cigarrillo, fuego, aprender a fumarlo y luego comprar cajetillas o cigarros sueltos, que dejarlo. Es más fácil adquirir el hábito que olvidarlo. Este grupo de consumidores de tabaco, llamados arbitrariamente “fumadores irracionales” son los primeros en saltar al ring a la hora de defender al cigarro. En contra de ellos se argumenta en pro de su propia salud, de su economía (una cajetilla cuesta al rededor de 30 a 50 pesos mexicanos) y de la salud social (en muchos casos el más dañado es el fumador pasivo, aquellos sujetos circundantes a un fumador activo pues solamente son receptores de las sustancias exhaladas del fumador). El fumador irracional no sabe por qué fuma y no le interesa saberlo. Lo hace y ya. Aprendió en la adolescencia, incluso algunos en la niñez, reforzó el hábito en la madurez prematura y consolidó su tabaquismo cuando adquirió la autonomía económica. El fumador irracional fuma dos o tres cigarros al día y fumará más conforme el tiempo vaya pasando. Conozco a un tipo en mi trabajo que compra cajetillas cada tres o cuatro días, incluso ha llegado a comprar una cajetilla diaria. Él no sabe, no le interesa y asume que su hábito es algo de lo que ya no se puede librar. Hay días en que quiere dejarlo pero al cabo de unas semanas se le olvida y vuelve al mismo lugar. Seguramente, como el vaquero Marbolo, su fallecimiento será relacionado con algún padecimiento respiratorio o cardíaco, si no es que muere en un accidente o se nos cae el mundo antes.

Luego está el segundo grupo, también arbitrariamente llamados “fumadores racionales” o conscientes.  Si tengo que habitar uno de estos dos conjuntos me inclino por el segundo. Conozco los riesgos, he leído las consecuencias, he visto a los fumadores morirse en la cama y sin embargo he decidido que fumar vale la pena. Existe pues un derecho de fumar, un derecho de asumir la muerte o en este caso pequeñas maneras de ir muriendo.  Cada que alguien come tocino, grasas animales, inhala toxinas industriales disueltas en el aire, le pone queso extra a los nachos, café doble, azúcar refinada, se desvela o simplemente vive, cada vez se está-muriendo. Vivir mata, como fumar o tomar cerveza. Como no desayunar a tiempo o cenar doble. Como no dormir un día o tener sexo sin protección, como consumir drogas alucinógenas o tomar suplementos milagrosos, como tomarse una aspirina o beber electrolitros para reponer una resaca. Los fumadores racionales hemos decidido que vivir no vale la pena si no se asume la muerte y con ello aceptamos de vez en cuando aquellos males de la vida moderna, incluso el dejarnos matar de vez en cuando por otros -con el debido permiso y a veces sin él-. Cuando el vecino decide poner la música a todo volumen sin preguntarnos nos está matando (aunque sea del coraje), cuando el hojalatero pinta al aire libre nos mata. Cuando el microbús echa su dióxido de carbono a lo largo de la ciudad mata a los ciudadanos. Cuando el médico familiar pospone sus citas por unas vacaciones ha matado a sus pacientes que tendrán que esperar para una consulta. ¿Entonces, por qué el cigarro es socialmente odiado?

El cigarro es el mal necesario. Ninguna droga legal es tan perseguida como el cigarro. En segundo lugar le sigue el paso el alcohol, otro hermoso derecho. El problema sigue siendo de enfoque más que deontológico. La doble moral de nuestra sociedad, que por un lado se torna paternalista al extremo y por el otro condescendiente, nos ha puesto en el aparente dilema -también moral- de la naturaleza del acto de fumar. Fumar es bueno o malo y no hay otra salida para el sujeto que se encuentra atrapado entre la supuesta “salud pública-social” y el “vicio-muerte-advertencia”. Otra vez lo bueno diagonal malo nos orilla a emitir juicios de valor contra el bando contrario. Si eres fumador tendrás que pendejear a los enfermos de salud. Si eres no-fumador deberás repudiar a aquellos incautos que se matan por echar humo, a esos idiotas que tiran su dinero para comprar pequeños pedazos de muerte y que contaminan nuestro de por sí corrompido aire. El falso dilema moral no es más que la antaña discusión entre lo correcto y nuestras pulsiones, en este caso la de muerte y placer.

Pero el dilema es falso porque sigue planteado entre el bien y el mal. El bien es la vida, todo aquello que intensifique y preserve la vida es bueno. Como fumar quita la vida es malo. Todo aquello que debilite la vida, la arranque o la excite es malo. Como hacer ejercicio preserva la vida, privarse de pequeños placeres en pro del bienestar corporal es bueno. La moral bilateral sigue delimitando los campos de acción éticos: ante ellos debemos mostrar la falsedad del problema. No se trata de preservar o eliminar la vida, se trata de intensificarla, de doblarla y mostrar la multiplicidad de la que es capaz. Si un cigarrillo nos permite por un momento inhalar sustancias tóxica y exhalarlas para que la vida no sea dos polos, no debería de ser ni bueno ni malo. Simplemente un cigarro. El vaquero de Marbolo no murió por culpa del cigarro, murió por su propia decisión de tener un hábito que él mismo sabía lo llevaría a la muerte, como mi abuelo que prefirió trabajar a desayunar a tiempo o morir en su cama un domingo a “luchar por su vida” en una cama de hospital. Decidir cómo habremos de morir es lo más ético que hay. Opuesto y ni si quiera cercano a la moral acostumbrada a que hagamos juicios, la ética y el derecho a elegir incluso en contra de la sociedad presuntamente sana y equilibrada.

Pocos placeres conozco como el fumar algo de tabaco -en cigarrillo o directamente de una pipa-  después de comer. O el acompañar a una cerveza fría con el olor de un cigarro, aunque después de los tres se vuelva nauseabundo. Las drogas, como el vicio, la enfermedad o los actor de morir, son formas de auto comprensión y conocimiento. Solo nos enfocamos en las consecuencias, en los fumadores irracionales que de alguna manera pudieron no ser así pero que una sociedad falta de políticas adecuadas de educación ambiental, ética personal y lógica  social los encierra en el juicioso conjunto de los enfermos, peligros para sí mismos y para otros. Un fumador también es un producto social, con o sin decisión propia. Algunos han decidido fumar pese a las consecuencias y sabiendo que hay un montón de posibilidades de morirse. Otros han dejado de fumar, hecho que aplaudo, porque han encontrado formas de placer más sanas. Hay quiénes fuman en ocasiones sociales, celebraciones o fiestas y quienes no pueden dejar de fumar porque el estrés los invade. Fumar es un acto autónomo que tristemente se han convertido en un estigma social que lo único que provoca es que deje de ser autónomo, porque el acto jamás dejará de ser. Ni con campañas públicas, publicidad de advertencia, vaqueros muertos o imágenes que promueven la comparecencia social.

Decida por usted, piense si es fumador “irracional”, “racional” o simplemente no le interesa fumar por decisión propia. Hagamos una pausa en nuestros juicios moralistas y maniqueos, dejemos atrás la vieja línea de lo bueno-malo que nos encasilla, como si la vida fuera solamente de héroes y villanos, de sanos o enfermos, y de vivos o muertos. Fumar, como he dicho, es un derecho, como lo es cualquier derecho: con obligaciones, límites y consecuencias.

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