Tercia de veintes.

Tercia de veintes.

  •  A mi abuela, culpable de que vivamos en la 2-2.

22 de Octubre.

Las leyendas, según mis vagos recuerdos de “Historia de la Literatura Universal I” sirven para dar sentido a hechos históricos inexplicables y carentes de lógica circunstancial. Solo una leyenda como la Llorona ofrece una explicación sobre el hecho de que varias personas escuchen gritos y llantos de mujer en las cuencas de un río. La leyenda de la Colonia 22 de Octubre carece de lógica, no tiene coherencia en sus hechos comprobables y con cada anciano que muere mueren los detalles haciéndola más fantástica e inverosímil. Sin embargo es este carácter ficcional el que ahora me permite imaginarme la historia de la colonia donde he crecido, donde he pasado dos tercios de mi vida y de la cual hoy tomo como pretexto para escribir. Si algunos hechos suenan muy novelescos y superan a la realidad es culpa de la realidad misma.

Contar la historia de la colonia 22 de Octubre es contar 18 de mi vida. Según el cártel pegado en la esquina y en el poste afuera de mi casa hace 25 años se fundó el conjunto de casas que hoy forman una de las colonias más populares de la ciudad de Uruapan. Es de mañana, escucho veinticinco campanadas que seguramente provienen de la pequeña capilla a dos cuadras de mi domicilio, Luego el sonido de los cohetes y al final una banda tradicional de la meseta purépecha, interpretando las mañanitas y una diana remata el inicio de lo que será una larga fiesta. La fiesta, que comenzó desde el día 21, hoy anuncia con bombo y platillos un cuarto de siglo en la colonia brava, la que está por San Pedro pero no es San Pedro, la que se fundó a “paracaídazos”, la del panteón pegada a la de los maestros, la cumpleañera Veintidós-de-Octubre.

A las 10 de la mañana, después de otra serie de cohetes, llamados popularmente cuetes salgo de mi búnker para ir a la tienda. Recuerdo que cuando llegamos a esa colonia ‘La Tienda’ parecía ser el único vínculo con nuestro antiguo hogar. Todo lo demás era lodo, calles abiertas, personas desconocidas y perros rabiosos, la tienda era para aquel niño asustadizo el terreno seguro porque era igual a la tienda a la que iba en su infancia. Hoy ya no es ‘La-Tienda’, una decena de comercios la opacan, un minisuper la superó y la amenaza de un OXXO se cierne sobre la tradicional “Abarrotes Lupita”. Quiero una naranjada en cartón, me niego a madurar por las mañanas.

De regreso a casa, después de haber comprado lo necesario para no salir a la calle en unas horas me encuentro con lo que había evitado ver: un nutrido grupo de personas marchando en las ahora pavimentadas calles. Al principio del contingente va una adolescente envuelta en un largo vestido morado, tacones color plateado y una corona adornando su peinado de caireles. Es la reina de la colonia, con cara de niña y los senos puntiagudos anunciando su prematuro desarrollo, sus caderas en expansión exaltando su disposición biológica para procrear. Para los colonos  ya alcanza el timbre. Detrás de ella va su madre, la señora que de 6 a 8 p.m vende atole de grano dos cuadras abajo y la hermana mayor, una madre soltera con grandes nalgas y una lonja desproporcionada que carga a su segundo hijo. Ella también fue reina de la colonia. Luego pasa la banda, una decena de indígenas tocando sones abajeños y una que otra melodía del canal Bandamax y los éxitos de Radio La Poderosa y la Zeta, la perronamente grupera. Y después: todos-los-demás, acarreados, borrachos, caballos cagando en la calle, católicos acongojados, pretendientes de la reina y  hasta de su hermana. El recorrido acaba con un perro recogiendo las boronas que caen adelante, inevitablemente pienso en toda la escena, la reina, la banda que se desarma tocando, la madre orgullosa y la hermana cómplice, los ebrios y los acólitos, los creyentes y los paganos, aquella imagen es la metáfora perfecta del conjunto llamado “La Colonia”.

El veinticinco aniversario de la veintidós de Octubre a mis veintitrés años. Demasiados veintes en un solo hecho. Hace dieciocho años –para cambiar la cifra- que llegamos a vivir a este lugar. En aquel entonces veníamos de una fuerte crisis (la historia de mi familia es la historia de una sucesión de crisis). Pero son las crisis, financieras, sociales, anímicas y familiares las que nos hacen superar, o creer que lo hicimos, el viaje al que llamamos vida. Vivíamos arriba, en el segundo piso de una taquería. Por las tardes el olor a jitomates asados, a cilantro fresco y limpiador de piso. Por las noches a carne condimentada, tortillas calientes, cebollas asadas y el ruido del vapor y las botellas de vidrio. Vivimos ahí medio año. A mi padre le habían prometido un terreno en una colonia que luego acabo llamándose Ejercito Mexicano, en aquel entonces eran terrenos propiedad del municipio. Lo único que debía hacer era ir a muchas juntas, participar en las marchas y pagar en abonos pequeños. Mucha gente sigue participando en esas dinámicas sin tener –todavía- un terreno, mucho menos una casa. La desesperación es un sello familiar y por eso mi padre desistió al terreno barato y gastó todos sus ahorros en un terreno pequeño pero bien ubicado (está en San Pedro y cerca del Centro decían para consolarlo). Luego de medio año construyendo los cimientos, de un ayudante que cayó del segundo piso mientras montaban el modesto piso de madera, una cortada en la mano cuando mi abuela me dejo sin vigilancia, varios domingos comiendo en el terreno-casa y mucha negociación con el dueño del lugar, después de tantos meses al fin teníamos casa propia. Adiós tacos, adiós renta, bienvenidos a la 22 de Octubre.

Recuerdo vagamente los primeros años. Si yo tenía 7 quiere decir que la colonia apenas era un infante en pre-adolescencia. Cambio de escuela primaria, de compañeros, del señor-de-la-tienda. Aquel lugar me daba miedo, sin calles pavimentadas (habíamos pasado de vivir en un lugar “modernizado” a uno parecido a una granja), sin drenaje, sin televisión por cable o líneas de teléfono. Pronto tuve mis primeros contactos, ya sin mi primo mayor que me protegiera, con los niños de ahí. La violencia un tanto inocente y otro tanto cruda y sádica del mundo de la niñez se presentó. No solo era cambiar de casa, cambiábamos literalmente de ambiente. Aquella colonia apenas perfilaba su carácter “bravo”. En Uruapan hay por lo menos 5 colonias con la mismas características, altos índices de violencia intrafamiliar, tráfico de drogas, asesinatos, robos no los hay porque quien roba desaparece después, y la violencia como diversión generalizada. Nosotros, niños mimados, nietos consentidos, hijos del primogénito de una numerosa familia, éramos la víctima perfecta en aquel sitio. No fue sino después de años de pelear; contra El misa un niño sin oreja que se burlaba de todos, contra el Feli que se escapó a Estados Unidos cuando su hermano mató a otro en una riña de cholos, o contra el Piri porque me echó un pedo en el recreo y mi temperamento colérico no se contuvo. Después de que mi hermano le rompiera la cabeza con una piedra al Migue y a su hermano mayor, o que yo arrastrara al lodo al Camarón porque me pateó la bicicleta. Después de algunas cicatrices, reclamos a mi madre, amenazas hasta de muerte o meses sin hablarnos con la vecina. Solo entonces nos ganamos el respeto. Y eso con nada y por nada se puede perder.

Salgo después de haber comido. Aún tengo hambre pero de esa que solo se llena con garnachas y chatarra. Entonces recuerdo que tengo una fiesta afuera, que basta con caminar a la esquina, doblar a la derecha y bajar otras dos cuadras para llegar a La Chancha, con mayúsculas. La Cancha siempre fue ese lugar central donde todo lo importante debe ocurrir. Las juntas para designar al presidente de la colonia, para demandarle que gestionen las escrituras, para ir al mitin del candidato a presidente municipal en turno,  para ir a jugar básquet, fútbol, voleibol, ver a los adultos mayores hacer ejercicio, ir al tianguis los lunes, convivir con los del Servicio Militar los domingos u organizar la fiesta de aniversario. En la noche la cancha se rodea con una malla, se monta una puerta, el sonido se instala robándole electricidad al kinder que está pegado y el baile conmemorativo está hecho. Más de un año hubo muertos, algún navajazo, botellas quebradas y tiros porque al Hormiga le bajaron a su vieja baliando o porque el Orejón se echó una línea de más y anda hablando pendejadas de Don Paco el dueño de la plaza.

Estoy en la Cancha que ahora es una kermés y festival cultural al mismo tiempo. El bailable de los niños de la primaria “Constitución de Apatzingán de 1827” ha terminado. Mi primer año en esa primaria fue insoportable. Muchas peleas, una mentada de madre a la maestra, la negación de orinar en letrina y defecar en pozo y finalmente la expulsión. El tercer año lo comencé en una primaria nueva. A mi hermano no le fue mejor. El kinder, que ahora nutre de energía al sonido de la kermés y los bailables, también fue duro para él. Vomitando sobre las educadoras, llorando en la reja o partiéndole la cabeza a su compañero de banca. Ambos huimos, escolarmente hablando, de la colonia. Ha empezado el bailable de las señoras casadas que cuando acabaron el quehacer se van a su grupo de baile. Presentaron una cumbia, todas vestidas como Ana Bárbara (me pregunto yo ¿Qué tiene en común el sombrero, las botas y los pantalones blancos vaqueros con la música de cumbias y un aniversario?). Desde mi lugar, escondido entre el poste y un barco mecánico, alcanzo a ver como la señora de la segunda fila apenas si puede sostener el paso, a la primera luciéndose, sintiéndose la más sensual (y seguramente estará sexualmente hambrienta) de todas, mirando a su esposo sentado en primera fila. Veo también a la reina que acaba de llegar e interrumpen el baile para anunciar su llegada. Compro un par que hot-cakes, observo un rato más y me alejo sin saludar o despedirme. En la Colonia no hace falta más que levantar la mirada, mover las cejas y listo. No soy un extranjero aquí, pero tampoco soy el anfitrión.

Cuando la modernidad, entendida como mero despilfarro de dinero y cemento, llegó a la Colonia ya vivíamos en el nuevo milenio. Primero llegó el drenaje y por fin le dije adiós a las letrinas. Luego arribo el teléfono, las calles (no todas, pues aún hay algunas que conservan el mismo aspecto) se cubrieron de pavimento y algunas casas empezaron a crecer hacia arriba. Finalmente, poco menos de cuatro años, llegó la televisión por cable y el Internet. Pero la modernidad solo ha llegado así, en su modo más tosco y utilitario. Jamás han llegado las reformas energéticas, la legalización de los predios, Hacienda y Crédito Público (gracias a Dios por eso) o las campañas de salud pública, el alumbrado eficiente y los rondines de seguridad no existen. En la Colonia la policía no es bien vista y solo va para tres cosas: fingir, cobrar o limpiar.

La dichosa leyenda cuenta que un grupo de hombres, ahora ancianos, hicieron la hazaña de la que se vanagloria la Colonia. 1988, año de las promesas salinistas, del PRIísmo orgulloso de sus proposiciones y su posterior incumplimiento un grupo de personas que reclamaban hogares dignos se organizó. Todos sin vivienda, votado por el candidato tricolor, y con el apoyo de un cacique venido a  líder social cooperaron para erguir el mito y mostrarle al partido que ya no necesitaban de sus migajas. Rentaron, entre todos con su poco dinero, una avioneta. Se lanzaron de ella en las inmediaciones de una antigua huerta que ahora estaba en calidad de predio y resistieron los intentos de la policía por sacarlos. Se armaron, montaron guardias, aguantaron el hambre y los ataques en los medios y finalmente dividieron el predio en terrenos y se los repartieron. Así se fundo un 22 de Octubre de 1988 la colonia que ahora festejaba 25 años de la afrenta. Cierto o no, ilegal o no, inventado o no, el mito sirve para civilizar a los vecinos. Tal vez nunca hubo tal paracaidazo y la gente solo llegó e invadió el lugar. Muchos ya ni viven, murieron con los años, vendieron los terrenos o desaparecieron entre tantas otras leyendas. Don Esteban, un viejo visco, el último de los que vivieron esos días murió hace tres meses víctima del cáncer. Estaba solo –su mujer había muerto hacía años- y a diario se le podía ver tomando el sol, callado, ensimismado en sus recuerdos. Ahora me arrepiento de nunca haberle sacado más detalles que inflaran y exageraran la leyenda o que me aclararan cómo y con qué medios se defendieron de los operativos, a quién recurrieron para medir las divisiones y ¿a quién chingados se le ocurrió ponerle “Mintzita” a la calle donde vivo? Me hubiera evitado tantos problemas con el correo postal.

Cuenta otra leyenda, atestiguada por mi hermano, que Don Esteban cuando aún veía bien (aunque fuera visco) fue víctima de varios atracos. Un día decidió ponerle alto y el pobre diablo que lo asaltó por primera vez jamás volvió por el rumbo. Se fue con una herida de escopeta en el tórax, viviendo de milagro. Otro suceso donde la policía nunca hizo acto de presencia sino hasta el momento de limpiar sucedió en las narices de mi hermano y a mis espaldas. El Morrales, uno de los primeros vendedores de marihuana independientes, tuvo la mala suerte de intimidar al sujeto equivocado. Nadie hubiera pensado que ese día un taxista estaba peleado con su mujer y su hija, que ya tenía sus 14 años despertaba bajas y libidinosas pasiones sobre el Morrales. Esa tarde yo jugaba maquinitas en el único local de la colonia cuando escuché dos sonidos retumbantes. Era la primera vez que escuchaba detonaciones de arma. Mi hermano, testigo de aquel hecho, vio cómo el papá de su compañero de juego en las cánicas, mataba a tiros al vendedor de mota por un piropo que éste le había dicho a su hija. El elogio a las nalgas de la Estefani le costó cuatro tiros en la puerta de su casa. El taxista, padre no-ejemplar huyó rápidamente y a los pocos días su familia completa. Mis esperanzas con aquella niña se desvanecieron. Seis años después el taxista volvió a la Colonia para visitar a su madre y una denuncia anónima (juro que no fui yo) lo llevo a la cárcel. Su hijo, ahora un muchacho de 16 trabaja en el taller mecánico de su padrino, su hija Estefani tiene dos hijos con un vendedor de gas y la esposa limpia casas y plancha a domicilio para llevarle dinero los domingos en el centro de readaptación social.

Dirán que vivo en una favela brasileña. Curiosamente así le llamo yo a la Colinia, mi favela. Jamás he tenido miedo, ni a los vendedores de drogas en las esquinas, ni a los ajustes de cuentas que ocurren cada dos años o los repentinos desplantes de pasión que acaban en lluvia de plomo me han afectado. Al contrario, si he visto esos hechos es porque mi deber tal vez es contarlos y encontrarles significado.

He terminado mi jornada laboral. Diseño y edito notas rojas para un periódico local, nada distinto de las cosas que presencié en la infancia de la Colonia. Una hija manipulada que mató a sus padres, un tiroteo que acabó matando a un curioso que pasaba por ahí, un operativo en la casa del que creíamos ser un honrado tendero y resultó ser el centro de distribución de drogas en la zona oriente de la ciudad, el más grande en ese momento. Varias quemazones en humildes y desprotegidas viviendas, mudanzas, vecinos nuevos, vecinos chismosos, molestos, pacientes y honrados, desconfiados y pervertidos. Todos esos sucesos también se incluyen en el paquete de los 25 años, el baile de noche servirá para exorcizar aquellos demonios y en el acto de purificación abrir el abismo para esperar otros, quizá menos violentos, pero al final demonios nuevos.

Como dije, he terminado mi jornada. Llegaré de vuelta a casa, a la Colonia y no me sorprenderá lo que encuentre. Cuando pase de vuelta a la casa, después de ir a la tienda y pasar a la Cancha pude ver varias bandas. Este año son cuatro, la oficial  pagada por los vecinos, el templo y el ayuntamiento. Y luego las otras tres, pagadas por familias. Reparo en una en especial. La trae el Rena. Un chaval que comenzó cortando aguacates y luego huyó a Estados Unidos. Regreso hablando espanglish, vistiendo ropa de marcas deportivas y presumiendo grandes experiencias. Al año ya traía un coche nuevo, su casa adquirió otro piso y remodeló su fachada. Este año pudo pagar a la banda más llamativa, con tres clarinetes, una tambora grande, dos tarolas, una tuba brillante y un cuarteto de trompetas. Cerró la cuadra donde vive, de esquina a esquina. Atravesó dos de sus camionetas, montó un asador grande y  pagó a varias personas para que asaran carne y la repartieran. Una tina de hielo y otra de cerveza me invitan a reconciliarme con el Rena. Pero mi indiferencia (o tal vez mi sentido de fantasma) me indican que todo eso lo adquirió con poder y dinero, de ese que se gana a base de humillaciones, amenazas, violencia y venganzas. Si el siguiente año el Rena cierra toda la calle, tal vez me arrime a comerme un taco y chingarle una chela.

Al final un castillo con fuegos pirotécnicos remata la noche. El baile está cerca, solo los adultos y los adolescentes que juegan a ser uno de ellos pueden asistir. Nosotros los sin pareja, los que no bailan banda, amargados e inadaptados no podemos entrar aunque ya tengamos la madurez y el cuerpo. Tengo que admitirlo: hay varias mujeres de las que solo recuerdo haberlas visto cuando eran niñas, ahora sus caderas, sus tetas exhibidas y sus ropas para-ir-a-una-fiesta denuncian su crecimiento. Da igual, en la Colonia si no es para tener hijos y después olvidarlos es mejor estar soltero. El castillo, una estructura que después será quemada, acabará y quien desea seguir bailando, bajo los efectos del alcohol y otras sustancias, se queda. Quien no, se va a dormir, a coger, a comentar los chimes (quién tiene nueva vieja, quién dejó al marido y a quien le vieron un nuevo hijo) y esperar el siguiente aniversario porque vivir para esperar las fiestas es el modo en que hemos podido sobrevivir a la línea del tiempo.

23 de octubre.

La colonia amanece en calma. El baile terminó en la madrugada arrojando saldo blanco. Quizá una que otra pelea, botellazos y embarazadas, eso es un saldo blanco. Salgo a la calle, es hora de ir por el bolillo. Afuera no hay nadie, salvo una señora que se dirige a la lechería, un ama de casa barriendo la calle y unos perros comiendo en la basura. Nadie más. Bajo a la cancha y una mujer vestida con ropa deportiva instala una grabadora. Diez minutos después, que aprovecho para registrar gráficamente la resaca en forma de basura y vestigios de borrachera, un grupo de señoras le sigue el paso al ritmo de música para aerobics. Me miran, saben que soy el hijo de una ex integrante de su grupo. Saludo a las que me reconocen, tomo las últimas fotografías y me voy.

En mi cuadra, en la esquina ya está instalado el vendedor matutino. Ahí, parado con la música de hip-hop en su celular. Aguantando quizá a que le surtan, quizá un cliente. Jamás compraría merca en mi cuadra, es un riesgo que no quiero asumir. Me mira y lo saludo, hace diez años jugábamos a los carritos, al fútbol simulando la cancha en la calle con dos piedras como portería y un marcador infinito hasta que nos gritaran para meternos a la casa o el partido acabara en pleito o “gol gana”. Él y sus socios (¿compañeros de trabajo?) fueron mis amigos, recorrimos la ciudad en bicicleta, nos atropellaron sin que nuestros padres se enteraran nunca, jugamos al play station en la casa de alguno, vimos pornografía y compartimos nuestra opinión sobre a qué morra de la calle nos hubiera gustado cogernos. Hoy no son más que fantasmas, vendedores, dealers a los que conocí y ahora desconozco. Rabiosos, llenos de ambición, intentando sobrevivir, repitiendo los pasos de sus mayores, no somos tan distintos.

Me alejo, creo que ha llegado su compañero de poste. Meto la llave en la puerta y escucho al camión de la basura. Mi vecina sale apresurada sacando su enorme bote azul, apenas puede con él. También ella es un fantasma de sí misma, con las tetas caídas, el cabello desaliñado, el pants a medio subir enseñando la raya de las nalgas, alguna vez fue la chavita más cotizada, la nueva, que sí se arreglaba. Hoy, con su esposo y tres hijos parece no importarle nada de lo que antes la ponía orgullosa. La saludo y entro. Yo también soy otro, cuatro años viviendo lejos me hicieron ver a la Colonia desde la óptica de un turista. Regresé, más bien por cuestiones económicas, y me sigo sintiendo parte. Debo salir, levanto el teléfono y pido un taxi. -¿A qué calle? Calle Minzita, aquí en la veintidós.

Epílogo

La colonia 22 de Octubre se ubica en la zona oriente de Uruapan Michoacán. Durante años fue peyorativamente designada como “marginada”. Hoy es un establecimiento de unas 12 calles, una avenida que conecta a un importante fraccionamiento y desde la llegada e instalación de una fábrica de plásticos un lugar distinto a la ocupa de los 90s. De los ancianos que ponchaban balones ya quedan pocos. Hoy la mayoría son sus hijos, herederos de la tierra arrancada a los latifundistas. Los nietos esperan heredar los mismos terrenos, la mayoría procreando sin preguntarse el sentido de la vida, sin regresar al pasado y siempre mirando hacia adelante. Esperando pavimentar más calles, tener un centro comercial cerca, una clínica médica o una cancha de fútbol. Recuerdo que hace algunos años un candidato apoyado por toda la Colonia ganó las elecciones a presidente municipal. En señal de agradecimiento instaló unas bancas en la cancha de basquetbol. Las bancas, de madera y mal instaladas no duraron ni dos meses. Nunca más han intentado recuperar esa área verde, de todas formas hasta el pasto artificial se hubieran robado.

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