Amantes.

A la memoria de Dolores López.

I

Una gran mosca mosca color verde azulado se posó sobre el palo de madera finamente detallado en forma de estaca que sostenía un niño luego de recibir su mango atravesado por aquella estaca. La mosca voló cuando la mano de una señora  intentó aplastarla, huyó hacía los árboles húmedos en sus hojas cercanas y requemadas en lo alto de sus ramas. Desde ahí regreso al puesto de fruta de Doña Berta para morir, ahora sí, por la sagacidad de un trapo mojado y mal oliente. Lucía, la empleada de Frutas y pico de gallo Méndez, había logrado matar  a esa molestia voladora. Limpió la mesa con el mismo trapo y volvió a montar los vasos de fruta, las frituras y las pocas bolsas de agua sabor jamaica. Esta, por ejemplo, era la rutina en aquel puesto de fruta dentro del parque nacional; aburrida, con escasos clientes, la mayoría formada por turistas o niños que pasean por el lugar y de forma caprichosa obligaban a sus padres a comprar un mango con chile ensartado en palito o un vaso de sandía con pepino. El negocio de la fruta dentro del parque, pegado casi a la zona de juegos infantiles, estaba decayendo y Lucía temía que pronto tuviera que buscar un nuevo empleo.

Doña Berta salió ese mismo día temprano, por lo que Lucía aprovechó para llamar a su novio Pepe  a quien no había llamado a en tres semanas. Éste no contesto de nuevo (los casi veintidós días había estado sin contestar). La empleada maldijo con lujo de repulsión su nombre, a su madre, su procedencia familiar y desquitó su frustración con un cliente al que atendió mal. El turista le hizo un gesto de obvia inconformidad y luego habló en voz alta del mal sabor de los mangos, que si estaban verdes, que si el pepino estaba acedo y que si la empleada estaba mal cogida. Luego se fue y Lucía puso su estación de radio favorita. Pidió una canción “para ardidas”, se la dedicó a José Gómez para después, con el mismo trato amargo y mal humorado atender a otro cliente. Odiaba su trabajo, odiaba a Pepe, odiaba no poder encontrar un novio nuevo, odiaba a su madre que la presionaba para que se casara y “no se le fuera a ir el tren”, como ella decía, y odiaba aquel parque. Ahí nunca pasaba nada.

Lucía se tomó un ligero descanso porque de todos modos no había nadie, miro las hojas verdes y los pedazos de cielo azul que formaban contornos y mapas y recobró la calma. Reorganizo su coraje y pensó  que en primer lugar no odiaba a Pepe, más bien lo amaba pero no podía lidiar con sus desapariciones periódicas. Admitió que tampoco odiaba a su madre , más bien la quería lejos de su vida pero no lo demasiado cuando sus deudas fueran imposibles de ignorar. También reconoció que su empleo no era tan malo, vender fruta de ocho a cuatro de la tarde era mejor que su anterior ocupación: limpiadora de cacas en la casa de un anciano adinerado, con el suficiente calor familiar para ser abandonado por su familia de siete de la mañana a nueve de la noche. Vender sandía era mejor que oler un cuerpo que moría sin remedio. Y al final volcó su reconciliación hacia el parque que a pesar de su situación en los últimos años  donde había decaído un poco, tranzas administrativas, calentamiento global, turistas aburridos y políticas de promoción donde las ferias ambientales, los festivales de visitas nocturnas o los domingos de yoga y sanación corporal no hacían más que incrementar la inseguridad, las plagas y las ventas en la fruta. Vender fruta en aquel pedazo de aire fresco y tranquilidad no era malo, atender niños caprichosos, gringos ingenuos y chilangos con cara de “¡oh qué bonita es la provincia pero ya me quiero ir!” era el inconveniente. Sin embargo el parque encerraba secretos, historias que a veces rompían su monotonía y comparado a su empleo como enfermera improvisada y psicóloga de un anciano adinerado y caprichudo, estar en las Frutas y pico de gallo Méndez era una ventaja. Entonces Lucía recordó una de estas historias, se acordó de los amantes.

II

Lucía penas llevaba tres meses como la única empleada de Frutas y pico de gallo Méndez o la única pinche mesita de chicharrones y mangos del área infantil. Aquella zona era estratégica en la venta de fruta dentro del parque, era una zona rodeada por pequeñas piedras, una pista para correr, árboles grandes y arbustos medianos. Adentro una serie de juegos para niños, comedores para parejas y un fino arroyo de agua fresca que sin duda se podía beber (lo cual era una competencia desleal para el negocio de agua en bolsa de plástico). Para los que de pronto les daba por ser sanos y correr en la pista aquella mesa con agua de jamaica y frutas era oasis, para los niños que siempre deseosos de exprimir el bolsillo de sus padres los chicharrones con chile de vinagre eran una tentación y para las parejas de la pubertad comprar un mango atravesado por un fino palo resultaba un manjar de erotismo inocente.

Aquella tarde como cualquier otra, con niños por aquí, personas con evidentes signos de oportunismo deportivo por allá y amantes promiscuo en lo lejano. Fue una de esas jóvenes parejas quien se llevó la última bolsa de pico de gallo: un delicioso conjunto de sandía, mango, papaya, piña, pepino y melón todo picado con chile en polvo, sal y limón. Lucía los atendió después de haberle colgado a Pepe, en aquel tiempo apenas se habían conocido en el baile del fin de semana y ya habían tenido relaciones (porque el cuerpo es el cuerpo). La empleada los atendió con indiferencia, como a cualquier cliente. Aquel día todo había terminado más o menos como debía: ventas regulares casi buenas, Pepe diciéndole que la quería volver a ver, mamá esperándole con una buena comida-cena y un capítulo de su novela intrigante, además de la satisfacción de saber que la vecina había sido multada por pasar televisión por cable, pequeños festines para Lucía.

Al día siguiente cuando Lucía despertó las cosas marchaban exactamente como las había dejado: basto un baño con agua caliente y un desayuno mediocre para reincorporarla a la rutina, el  trayecto con las noticias de chismes sobre famosos de la televisión en la radio y el camino de la parada al parque completó el ritual. Fue en la entrada del parque donde Lucía enfrentó un cambio en su rutina. Había más de una docena de personas (algo raro a esa hora de la mañana) y adentro había fotógrafos, periodistas, elementos de rescate y gente de aspecto poco importante pero con pinta de trabajar más que ella. Cuando caminó hacía el puesto (ya que ella debía ponerlo) no pudo pasar. Primero por las cintas amarillas de precaución y después por el cúmulo de gente en el camino. Cuando preguntó a qué se debía tanto alboroto, si era una visita de algún político, un spot de televisión o una sesión de fotografías para promocionar al parque pero nadie contestó. Entonces una mujer, un poco joven para tener esa credencial de prensa y nada femenina para portar esas uñas tan largas le explicó que había pasado un “seis-cinco” como le decían en su jerga. Un “seis-cinco, era el hallazgo de cuerpos sin vida. Lucía no lo podía creer, ahí en su parque, en ese pedazo donde los niños juegan, donde los que sienten cercanos a un paro cardíaco van e intentan ejercitar sus descuidados cuerpos, allí donde ella vendía fruta de mala gana habían encontrado no uno, sino dos cuerpos sin vida, cadáveres en medio de aquella flora y verdevida.

La nota apareció al día siguiente como la sensación del barrio. Dentro del parque no se hablaba de otra cosa y el pequeño paraje de juegos infantiles había sido cerrado temporalmente mandando al puesto de doña Berta a descansar con los gastos de una semana cubiertos. Lucía tuvo su primera semana de vacaciones, gracias al suicidio de dos adolescentes que de manera teatral y trágica para sus parientes habían decidido terminar con sus vidas. Según varias notas periodísticas el suicidio de la pareja se debía a una shakespeareana historia: el muchacho pertenecía a una familia pobre y la familia de la chica reprobaba su relación al grado de haberla comprometido con otro joven de mayores posibilidades económicas. Como era de esperarse la joven quería más a su amante pobre que a su comprometido ricachón. Un día antes del hallazgo simularon ir a la escuela preparatoria donde se conocieron pero en lugar de tomar clases se desviaron llegando al final de la tarde al parque. Determinaron que si no se podían amar en este mundo nadie podría evitarlo en el otro y con un poco de veneno casero, rociado sobre la fruta, los amantes se quitaron la vida.  Al abrir el parque y limpiar el área infantil el personal de mantenimiento dio con los cuerpos y los vasos de fruta tirados a un lado, en los bolsillos del joven se encontró una carta póstuma donde pedían ser enterrados juntos. No faltaron los rumores, que si había sido una trampa de él para ella, que si la fruta les causo una enorme gastritis, que si ya habían consumido algo antes de comer sandía y mango y aquello solo aceleró el proceso,, rumores de la ciudad y el parque que suplían los pocos detalles de la noticia.

Lucía entonces -de manera inesperada- recordó el rostro de los amantes funestos. Él con un porte educado, delgado y alto, moreno, con un poco de barba y patillas largas, siempre tomándola de la mano. Ella con el pelo recogido con una coleta, con aretes típicos de la meseta purépecha, con una sonrisa ligera un poco coqueta y siempre con los ojos brillando. Estaba enamorada. Recordó que entonces se soltaron de las manos, pagaron su fruta y dieron las gracias amablemente. O tal vez nada de esto había ocurrido y Lucía sentía una necesidad de inventar recuerdos para no quedarse fuera de los comentarios de moda dentro del parque. Lucía, una empleada vendedora de fruta que nunca recordaba nada, que nunca notaba nada extraordinario y vivía dentro de lo cotidiano por primera vez estaba dentro de un torbellino de rumores, de comentarios, de anécdotas y detalles que podían descifrar aquella muestra de amor puro, trágico y e intensamente fugaz. Lucía, la que no veía más allá de su nariz, la que estaba en el hastío de lo cotidiano, al fin podía hablar en los medios: la última persona que habló con los amantes suicidas, la última mano que rozo aquellos brazos adolescentes y vio aquellos cuatro ojos enamorados de sí. Aunque Lucía sabía en el fondo que nada de esto había ocurrido. Apenas si los vio, apenas intercambió mirada, roces de piel y ni las gracias por haber comprado les dio. Pero tener una anécdota era clave para hablar en el parque, saber algo que los demás no sabían tenía el mismo valor que hablar con megáfono: de cualquier manera los amantes ya habían sido y ella era la que ahora poesía el recuerdo de sus últimos momentos, la única persona que pudo intuir su fatal decisión pero nunca la vio venir.

III

La noticia se extinguió con el tiempo. Después del suicidio de los amantes hubo una serie de ajustes en los horarios del parque, se reforzó la seguridad y a las cinco y media de la tarde los elementos guarda-bosques ya corrían amablemente, otras veces no tan cordiales, a los turistas. Lucía siguió siendo el centro de las preguntas un tiempo pero el gusto no duró mucho. Luego ella misma les platicó una leyenda a las ancianas que vivían cerca de la entrada al parque para que se propagara. Según la historia cuando el área infantil y la pista estaba sola y en calma, se podían escuchar las cadenas de algunos columpios meciéndose solos. Para algunos eran los fantasmas de los amantes que seguían atrapados en este mundo sin saber que murieron, para otras personas eran manifestaciones de la inocencia, el amor infantil y su fatal decisión que los condenó a vagar en este plano sin poder comunicarse con otros seres. Por algún tiempo el área infantil fue lugar para muchos artistas, se tomaron cientos de fotografías , se filmaron algunos videoclips para programas de televisión, a veces explorando la leyenda, a veces haciendo sátira de la capacidad de fábula de los vendedores y los vecinos circundantes. Pero todo eso se acabó, como todas las noticias mediáticas en Uruapan. Se habló tanto de los amantes suicidas que al final ya todo era mito. Una leyenda alimentada por los turistas y vendedores que terminó por difuminar el recuerdo real de aquellos dos adolescentes.

  El novio de Lucía se olvido de ella, su mamá se olvido de hacerle de comer, doña Berta se olvido de su aumento y la empleada renunció con el tiempo. Ahora Lucía vende gorditas y agua: una masa rellena de queso, pollo, rajas con crema o champiñones y agua helada de jamaica, horchata o tamarindo. Lucía no es fea, pero la tristeza se la está acabando. Quizás un día tengamos suerte, yo como cazador de patrañas, ella como inventora. Hemos visto un par de novios en este lado del parque, por acá no suelen venir muchos. Tal vez se suiciden, tal vez un día venga el padre de la muchacha y maté al joven o el joven al padre. Tal vez un día Lucía se atreva a mirarme y yo a robarle un beso. O quizás no pase nada y siga aquí inventándome el pasado de Lucía mientras ella, del otro lado del comal de tortillas, sigue esperando la llamada de su novio.

*El relato anterior pertenece a una reconstrucción ficticia, basado en lo-que-me-contó mi abuela. El hecho histórico y real sucedió como lo narran en http://www.cronica.com.mx/notas/2002/26907.html

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