Crónica de una resaca anunciada.

De lo que recuerdo haber vivido en el 9º Aniversario de la Revista Clarimonda.

Oscar Mendoza M.

¿Por dónde empezar cuando no se sabe qué hay que recordar exactamente? ¿Y si hay cosas que no deberían de narrarse? ¿Y si se nos escapan, ya sea por lo efímero de la memoria o los recuerdos falsos que llenan esos vacíos del mal viaje? ¿Qué sería de nuestras experiencias dionisíacas, oníricas y hedonistas si pudiéramos recordar absolutamente todo, con cada detalle e imagen? Para mi fortuna, y de todos mis colegas que gustan de volver a vivir por medio de la escritura, los hechos son hechos y las reconstrucciones son interpretaciones de hechos. Esa es la base de la crónica, sin la interpretación -desde la más pacheca hasta la más sobria- la crónica (la narración de un instante que prevalece) no sería posible.

Pero basta de andarnos por las nubes porque el viaje ya se nos ha ido. Hay que aterrizar o el lector decidirá darnos boleto de avión sin opción de regreso. ¿Qué pasó en el 9º de Clarimonda? Seguramente quienes estuvieron ahí recordarán algunas cosas, algunas más y algunas menos. Rescato ahora, gracias a la frialdad de no tener resaca y -sobretodo eso- al placer de sembrar dudas en el pasado, la crónica no-oficial del festejo por los nueve años de la Revista, su excelentísima bajedad, La Clarimonda. Los que han vivido otros aniversarios e hicieron Clarimonda, los que vivimos el último festejo y seguimos haciendo Clarimonda, desde papel como los viejos necios, y en la web, como los buenos insistentes. Y los que con seguridad seguirán haciendo en quién-sabe-qué medios del futuro su revista, la festejada Revista Clarimonda.

Una ventaja al escribir crónica aparece cuando el narrador es también agente activo y partícipe de las acciones que se narran. Mejor si el narrador para contar un suceso, como una celebración-peda, tiene que emborracharse y así formar parte del suceso, punto para la crónica. Esto hizo que su estimado guía ahorrará una parte de su miserable quincena Godínez (¿hay alguna quincena -ganada honradamente- que no sea miserable?) para dedicarla al  noble arte de consumir alcohol, fumar y cubrir necesidades indispensables para una celebración. El viaje -literal- comenzó el viernes 20 y acabó, también literalmente el 21.

Comencemos por el entorno global -muy a la manera de una película- donde poco a poco nos acercamos al objetivo. De esta manera obtendremos en nuestra imaginación la ciudad de Uruapan, mundialmente reconocida por los aguacates y los cerros que vigilan y rodean celosamente la mancha urbana. Gracias a estos cerros, aún verdes (los aguacates amenazan con imitar el verde natural por uno artificial crecido a base de fertilizantes químicos) y lo mejor, húmedos y resbalosos. Gracias a este hecho en particular nuestra narración global tiene un detalle importante para fluir: cerro, caminata a través de él, encuentro con los llamados niños santos (si usted es un profesional del hedonismo o del sabinismo entenderá por qué me he detenido en narrar mi encuentro con los niños) y entonces al encontrarme ellos y no al revés me di la tarea de cortar algunos. El reino fungi también fue partícipe del festejo.

Para  el viaje;  realizado a través de una sublime carretera envuelta en niebla y los tópicos de viajar por la libre en el autobús más barato, solo  necesité paciencia y mucho tiempo. Si nos olvidamos de la prisa y la puntualidad, realizar un traslado a Morelia por la libre en conocida línea michoacana -con nombre de etnia indígena- lleva más o menos unas 3 horas, y nos concentramos en la fauna y flora que se llegar a cruzar en el camino, resulta un viaje epistémico y estético. Para cuando llegué a Morelia ya me había olvidado del clima templado de Uruapan y me adapté a la humedad y los vientos con amenaza de lluvia. Entonces no sabía que era una mala desición llevar tenis ligeros y una delgada chamarra que no serviría para ni madres a la hora de llover. Como fuera, llegué a Morelia muy temprano y la fiesta todavía estaba a 5 horas de distancia

Los intermedios que van de una llegada a al anochecer de fiesta suelen ser llenados con horas dedicadas bien al ocio, a ejecutar pendientes, realizar llamadas, confirmar compañías o al noble arte de pasar el tiempo. En mi caso hubo que ampliar las horas muertas pues las tareas previas a la fiesta fueron hechas por otra persona ahorrando tiempo y convirtiéndolo en enojo. No es nada grato llegar a la casa que rentas y ver tus cosas empaquetadas y listas para ser trasladadas como inquilino a punto de disputarse a muerte la permanencia con el casero. Olvidé el asunto -total de todos modos ya me iba a salir de aquel agujero llamado casa- y me dediqué a explorar los rincones buscando comida, restos de recuerdos y cosas que alguien no quería que me llevara aunque fueran mías. En dicha búsqueda encontré más miembros de la familia fungi y sin pensarlo dos veces los aventé a mi boca. Guardé unos cuatro para mi acompañante y los acompañe -en lo que llegaba ella- con una cerveza fría (servida en vaso de barro sabor tierra) y los indispensables cigarros sueltos de la tienda.

Media caguama después mi compañera -de trabajo no-pagado y de chela a bocajarro- llegó para consumir por primera vez hongos. Le platique mis experiencias previas, charlamos un rato y nos terminamos la cerveza. Yo ya sentía los efectos de los psilocybes sumados al alcohol y la marihuana. Un festín pues, pa’ que me entiendan. Salimos media hora antes del punto de encuentro.

Hicimos una parada en la casa de mi acompañante, parada que supuestamente era solo para cambiarse de ropa. La espera y el mal de puerco psylocibesco no son buena combinación y desataron los primeros de unos cuantos síntomas de mal viaje. El aire falta, la paranoia se incrementa, la comezón en la piel se vuelve patente y el peso de la espera comenzaron a hacer de mí un cúmulo de emociones. Después de un tiempo indeterminado mi compañera salió con el impresionante cambio de blusa y pantalón, tarea que a muchos de nosotros nos hubiera llevado 5 minutos como máximo. Por lo tanto salimos -tarde- al encuentro con otras personas.

Si algo odio de Morelia (que quede claro: también hay cosas que no-odio y con las cuales simpatizo mucho) es su transporte. Las combis, especialmente las que van al centro, son especialistas en colmar paciencia. Si a ello le añadimos su reducido tamaño comparándolas con los camiones de otros municipios, al número de usuarios por unidad (las noches, y sobre todo la última corrida suele ser de atascón) y las constantes miradas que uno se adjudica cuando anda bajo los efectos del psilocybe, como resultado tendremos el segundo mal viaje de la noche. Afortunadamente aquello acabó cuando bajamos en el centro y pude respirar aire fresco de cantera.

Llegar tarde tiene sus ventajas: ya no esperas a nadie y si todos se han ido no queda más que alcanzarlos. Ya una vez en el Cactux pudimos reclamar nuestra condición de staff clarimondiano y no pagar los 20 devaluados y míseros pesos del cover. El lugar estaba un tanto vacío, cosa positiva para mi estado, negativa para la economía y los números del evento. Entonces reclamé cierta apuesta -saludos a mis dos víctimas- y me hice de mi cerveza. Subimos las escaleras de caracol que nos llevaron a la claustrofóbica parte alta del foro de conciertos y eventos del Cactux, o raptux como le dice cierto colega porque no lo dejaron vender su mezcal y el resentimiento es gestor de apodos.

Lo que prometía ser una noche de cervezas, música, reventón (¿todavía se usa esa palabra?) y bailada se convirtió en ese momento en paranoia, claustrofobia y un poco de angustia. La cosa calmó un poco cuando decidí tomar aire en el patio del lugar donde un grupo de amigos me esperaba cenando en uno de sus cuartos. Después de una plática agradable y de ponernos al corriente con noticias de nuestras vidas pude regresar a mi estado normal ya sin el bombardeo de luces y sonido. Luego degustamos una orden de tacos sin saber que no volvería a probar bocado las siguientes 48 horas. Al final mis amigos no quisieron pagar 20 devaluados pesos y se largaron a otro conocido lugar dejándome otra vez solo, enojado y confundido con las sensaciones del exceso de psylocibe. De nuevo tuve que volver al evento solo para enterarme de que tenía que pagar mi cover y ya habían tocado dos de los tres invitados.

Después de los dos disgustos mi humor decayó en lo que podemos clasificar como apatía generalizada derivada de la mezcla de sustancias y situaciones no agradables para una noche que debía de ser así. Unas cuantas cervezas después, la charla burlesca con un buen amigo y el olvido de los disgustos hicieron que tuviera ganas de continuar la noche a pesar de-. Cuando el direc-ebrio Manuel Noctis tomó el micrófono mis ánimos ya estaban otra vez conmigo, pues ¡Que chinguen a su madre mis amigos codos, es el aniversario de Clarimonda y todavía le falta!

Después de las mentadas, elogios, gritos y vitoreos Noctis bajo del escenario dejándole paso a Pato (ex Maldita Vecindad) en la guitarra, Diego “Real Stylo” en la voz y Jesús Méndez en las percusiones. Con su mezcla de rock, funk, cumbia y hasta improvisación vocal prendieron el pinche Cactux y me sacaron de mi mal viaje. Una hora o pedazo estuvimos bailando, brincando, gritando chichis pa’ la banda, bebiendo, fumando y participando en la gozadera. Durante el desmadre a tope tuve que suspender mis actividades de cronista y ponerme el traje de bailador sin ritmo, sin coordinación pero con muchas ganas de sudar como todos en aquel hoyo. Si algo me faltó fue el aire, cosa que no impidió corear hey pa’ también fuiste pachucho y por supuesto Kumbala enterita. La noche llegó a su apogeo cuando alguien evidentemente Godínez-que-se-escapó-temprano subió al escenario a improvisar sabrá Lucifer o Dios algo al ritmo del reggea de Pato y las percusiones rítmicas. Le siguieron dos personas más tratando de igualar su atinado desplante pero sin mucho éxito. Cuando Pato y su desmadre terminó ya era demasiado, la gente quería más la cerveza comenzó a realizar sus macabros efectos. De nuevo fue Chito, alias Barry Gone, quien tuvo que saciar la sed de baile y brincadera cerrando la noche.

Durante el resto de la noche, que aún era joven, nos dedicamos a terminar nuestras respectivas cervezas e informarnos del obligado after. Cuando el personal de Cactux Bar nos pedía amablemente pero con firmeza (me compadezco de ellos, correr borrachos no debe ser fácil) la lluvia ya caía cortando de manera tajante un ambiente caluroso -afectiva y climáticamente-.

En la calle la lluvia era la típica lluvia delgada y fina pero abundante y espesa, lo que la acredita como una de las más molestas y menos deseable. Cuando quisimos regresar al Cactux para refugiarnos del agua la puerta se cerró en nuestra cara dejándonos con el dilema: irnos al after ya o esperar la invitación. Pero debido a que el único taxi en la calle amenazaba con irse decidimos abordar y para nuestra suerte la invitación a la fiesta llegó a través de una llamada. El taxi nos dejo afuera de la casa en cuestión pero, como es obvio ahora gracias a la distancia del tiempo y la sobriedad, aún no llegaba nadie. Para mi fortuna alcancé a escuchar la voz de un amigo y nos pudimos refugiar en su coche. Adentro conocimos a dos chicas -una casualmente festejaba su cumpleaños- decididas a seguir la fiesta y al amigo de mi amigo decidido a no seguir y persuadirnos de irse cada quien a su casa. Después de la obligada ida a la tienda de las dos equis para surtir combustible encontramos al resto de la fiesta también comprando lo necesario para rematar la noche. El after comenzó con más alcohol, ganas de bailar y con desconocidos sintiéndose amigos por una noche, tal y como deben de ser los buenos afters.

Un rato después, admito que perdí la noción del tiempo, me di cuenta de que mi amigo no se había quedado y solo estaba la chica del cumpleaños y su amiga. Ahí también estaba el Pato haciendo gala de sus mejores pasos de cumbia y el resto de los Malditos Cocodrilos, el DJ -ya sabemos quién- y varios integrantes del equipo de Clarimonda -mención honorífica para nuestro sub-director quien no pudo ejecutar su play list completo debido a que todos en el after se sienten el DJ usando Youtube, ni modo Marco-. Cerveza, mezcal, quién-sabe-qué-chingadera-roja, charanda e incluso- sospecho por la cruda- que bebí vodka o alguna bebida dulce. Bailada, mal viaje de nuevo, sueño, cansancio, ropa mojada y un extraño sujeto al que le puse atención solo para divertirme con sus intentos de conquistar chicas – el clásico chavoruco que acabó en un after-. Poco a poco la gente iba disminuyendo pero la música, como es debido en las amanecidas, no paraba. Tampoco el alcohol y la fiesta que extrañamente logró cobrar vida propia esté quien esté y disfrute quien la disfrute.

Hubo un punto donde por inercia propia del cuerpo perdí el dominio sobre mi y caí dormido, sentado y con la cabeza erguida. Cuando desperté solo pude ver a la festejada saliendo del lugar, la luz del amanecer y a los pocos sobrevivientes de la fiesta, uno de ellos aún bailando -¡qué aguante!. Me despedí de los pocos aún en pie y tomamos un taxi cuando ya la luz del día y un tímido sol amenazaba con salir. Tampoco pude dormir durante el resto del día y aún me quedaban pendientes en la ciudad. Apenas una hora de sueño antes de partir y un vaso de agua hicieron que mi cuerpo se olvidará del psilocybe, del alcohol y el resto de sustancias acumuladas. Me despedí de mi compañera y caminé hasta mi casa temporal donde no me esperaba nada, ni siquiera una cama o un desayuno improvisado.

Subí al autobús de vuelta después del mediodía. Con hambre, sueño, una espectacular cruda y cansancio acumulado. Ese viaje quizá sea uno de los peores en mi vida y para mi fortuna ni el señor que vende tortas en el crucero apareció, ni la señora de Pátzcuaro o las vendedoras guayabas en Tingambato hicieron acto de presencia. Pensar que todavía me esperaba una parada más en mi casa, un obligado baño y de vuelta al trabajo hacían que mi resaca se sintiera como un estar-muriendo sin morir. A las 4 de la tarde estaba de vuelta en Uruapan jurando no volver a mezclar tantos estimulantes juntos. Cosa que sabemos volveré hacer porque a todos nos gusta sufrir con lo que ya hemos hecho.

El resto ya es historia: llegué temprano al trabajo y después de casi dos días tuve una verdadera comida, aunque me hayan quedado a deber el limón aquellos tacos fueron la gloria. Escribí estas líneas, reconstruyendo el previo al 9º Aniversario de Clarimonda, al durante y el después como una versión subjetiva del viaje, viaje terrenal y sensitivo, durante mi horario laboral porque son estos momentos (los de exceso, sin-sentido y llenos de versiones alternas) los que prevalecerán en nuestra memoria. Me doy cuenta de que no me tome absolutamente ninguna foto, no conversé con el Pato (leyenda viva del rock nacional) y mi mal viaje no me permitió estar conectado con el ambiente de manera total. Sin embargo el ejercicio de narrar, primero para mi y después para ustedes estimados lectores de Clarimonda, es como haber detenido el tiempo, enfocar la cámara y disparar. Ya será cosa de cada quien comparar nuestro instante, esa fotografía instantánea sin filtros, aquí narrada y el que tengan ustedes en la cabeza -quiénes asistieron al Cactux y al after tendrán su propia versión- y quiénes no, se darán una idea de que no todo ocurrió como lo aquí contado. Hasta la siguiente presentación y si el dinero alcanza, próximo décimo aniversario de la Revista. Clarimonda.

Se lo lavan y me guardan el agua para gárgaras.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s