Librero.

7. Uno muy divertido. 1/2

Cualquier lectura no académica es recreativa. Incluso, en extremos y reducidos casos, uno se topa con lecturas obligatorias que sin embargo acaban siendo divertidas. el hábito de leer es por sí mismo divertido y concierte al nuestra actividad lúdica. Muchos de nuestros libros favoritos fueron leídos solo porque sí. Esto no reduce el asunto de “un libro muy divertido” porque de ser así cualquier libro podría entrar en la categoría mencionada. Hay que hacer pues una elección, recordar los libros que aparte de haber sido elegidos para matar el tiempo y hacernos homo ludens, esto me lleva a considerar dos importantes obras, que además de ejecutar todas aquellas características  que suceden mientras lees, hicieron que sacara alguna risa. Cómplice de su autor, asistente a su humor negro y testigo de su sarcasmo, los siguientes libros bien entran en aquellas lecturas que hicieron la vida menos pesada.

Rayuela – Julio Cortázar. ¿Qué no se ha dicho ya de Rayuela que no vuelva a repetirse? La elogiada novela, odiada por muchos, amada casi con el mismo desdén por otros, irrumpió en el mundo de la literatura para quedarse en la memoria colectiva y hace pocos meses pudimos presenciar el bombardeo de datos, ediciones conmemorativas y atavíos en torno a los 50 años de la publicación del trabajo más conocido del escritor argentino. Más allá del odio o amor que se le tenga, más allá de la historia de amor entre La Maga y Horacio (o el desamor dependiendo de la propia experiencia del lector), más allá de la aparente erudición de Cortázar, el jazz,  la filosofía o la manera de leer Rayuela (sus dos formas y el laberinto de posibilidades), algo que hace de este libro una lectura memorable es sus cargadas dosis de humor e ironía.

Es curioso que el odio hacia Rayuela sea por el excesivo uso de pensamientos y filosofías atribuidas a sus personajes. Algunos encarnan el existencialismo (una moda de ese tiempo), el nihilismo (que también encarnó el espíritu de la posguerra) y la ingenuidad o el anhelo de una revolución sexual y política de la época. Esta serie de aspectos pueden hacer de Rayuela una lectura pesada si no se tiene en cuenta la ironía. Todo el libro es un profundo y largo sarcasmo, todos sus personajes encarnan vicios, el erudito desentendido de la vida, el músico incomprendido, el libertino sexual desolado, la madre distraída, el eterno amigo que no puede tener a la dama o aquel que prefiere volverse loco y olvidarse de la vida, todos ellos son estereotipos actualmente localizables en cualquier época y sociedad, preferentemente la nuestra occidental latino-europea. El sarcasmo, y de ahí la diversión, consiste en el análisis y la exageración de estos elementos. La primera parte de Rayuela es una larga historia de ir y venir en París, el club de la serpiente representa -como en El Congreso de Borges- un ridículo y irrisorio intento por reformar y civilizar. Incluso la actitud de Horacio podría ser la analogía de la historia de las instituciones culturales y los esfuerzos por fundar clubs literarios, misiones reformistas o congresos educativos. Todo ello está destinado al fracaso, a la desintegración y al odio mutuo de los integrantes del club de la serpiente, y aquello en lo personal es mero y puro humor negro.

La segunda parte cambia radicalmente. Ahí el humor y las situaciones inusuales son explícitas. Quizá sea por el cambio de territorio -pasamos de París a Buenos Aires- y dos personajes entrañables -Talita y Traveler- se encargan de hacer la tercia, junto a un Horacio Oliviera que se desentiende cada vez más de la cultura que alguna vez porto con orgullo, que vivirá dichas situaciones. Un cambio de empleo- pasan de cuidar un circo a cuidar un manicomio -que es casi lo mismo-, un memorable episodio de tablas, vértigo y hierba mate o un altercado suicida de Horacio. Quien lee esta parte de Rayuela y no esboza al menos una sonrisa tiene serios problemas con la ironía y el humor simple. Aquí ya no se trata de sarcasmos o exposición de actitudes ridículas, la burla y la diversión son explícitas. Sigo sin entender el odio hacia Rayuela, quizá ello depende de la capacidad de burlarse de sí mismo, algo tan noble e inteligente como ridículo y caricaturesco. Como el pretender enseñar y presumir datos inútiles cuando lo que logramos es reforzar la exageración de la que Cortázar se burló disfrazándolo de una novela posmoderna. Jajá reírse de uno mismo es lo más sano que podemos hacer en estos casos…

Continuará

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2 pensamientos en “Librero.

  1. Como has dicho, todo libro entraña un carácter recreativo.

    ¿Qué libros recuerdo con agrado por la sensación de gozo que me produjeron? Varios, y también recuerdo varios tipos diferentes de gozo que suscitaron en mí.

    Si hablamos de alegría gozosa, de diversión, el primero en el que pienso es Los relámpagos de agosto, de Ibargüengoitia. Ríes en abundancia desde que comienza hasta que concluye, a medida que el autor relata las peripecias de la clase revolucionaria mexicana que caricaturiza sin escrúpulos. También agrego a esta categoría La mujer no hace milagros, de Usigli.

    Si pensamos en alegría humorística, vienen a mi mente las obras de Marco Aurelio Almazán, un yucateco al que la literatura mexicana ha echado injustamente al olvido. De él evoco Píldoras anticonceptistas, El libro de las tragedias, Eva en camisón, 100 años de humedad, Episodios Nacionales en Salsa Verde, El cañón de largo alcance y varios más. Un sentido del humor fino, elegante e incluso erudito por momentos.

    Si lo que anhelamos es alegría profunda del espíritu, Marca de agua es la elección natural. Esta obra de Joseph Brodsky es el más elegante canto que conozco hacia una ciudad. En este caso la elegida es Venecia, una ciudad hermosa como muy pocas sobre la Tierra. Es un libro que regocija con abundancia el espíritu, brindándole una paz envidiable.

    Si buscamos alegría amena del ser, esa alegría que nace con el nuevo conocimiento, la lista se desgrana: El péndulo de Foucault, de Umberto Eco; El canto del pájaro, de Anthony de Mello; Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari; Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; La Cruzada de los Niños, de Marcel Schwob; ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, de Harold Bloom; Los Creadores, de Daniel Boorstin…

    Como bien has dicho, Óscar: todo libro es ocasión de regocijo. Gracias por el recordatorio.

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