Librero.

6. Uno de Nobel: Como consumidor de libros he sido poco atento a los premios que éstos reciben. A veces -lo admito- el argumento de autoridad me ha vencido y compro novelas porque algún otro autor con el que simpatizo las recomendó antes e incluso el gancho es tal que yo al recomendarlas lo hago desde esa misma interpretación. Así por ejemplo, la primera vez que supe del Gran Gatsby fue por Vargas Llosa [curiosamente un escritor de Nobel] que en su “La Verdad de las Mentiras” le dedica un ensayo a la novela de Fitzgerald. No siempre funciona y no siempre es efectivo el truco. He leído cosas nefastas recomendadas por autores a los que me gusta seguirles el rastro. Es por este mismo hecho que el un autor tenga Nobel o no importa poco a la hora de leer, incluso he leído novelas de Nobel sin saber que su autor tuvieron el polémico premio. Hay quiénes nunca necesitaron de un premio así para estar entre mis favoritos -Borges por ejemplo- y quiénes posiblemente lo obtengan en el futuro -Milan Kundera- y atraigan más lectores de los habituales. Hoy quiero escribirles sobre un autor que independiente de su premio Nobel atrajo mi atención por otras cuestiones que narraré. Pero cuando supe que era un premio Nobel, como me ocurrió al leer algunas novelas de Golding, mi gusto se vio reforzado. La lección es: utilizamos el argumento de autoridad -esta novela tiene tal premio, este sujeto fue becado por tal, tuvo mención honorífica en tal concurso etc.  a nuestra conveniencia, y especialmente para sentirnos seguros de nuestro gusto. Leer “Me Llamo Rojo” y saber que Orhan Pamuk es un premio Nobel no cambió nada en mi gusto, pero ahora me conviene mencionarlo al recomendar el libro. Aunque esto sea por pura vanidad ¿alguien dijo promoción de la cultura? ¿Allá a lo lejos, alguien?

La historia en las páginas de “Me Llamo Rojo” podría compararse a otros ejercicios de novela histórica con temas filosóficos, políticos y románticos. Orhan Pamuk, quién tardo casi 10 años escribiendo la novela, según mis consultas, tiene la costumbre que otros escritores clásicos tuvieron: las frustraciones. En Me Llamo Rojo la pintura aparece como el gran tema que recorre sus páginas, de ahí que el autor se confiese con los lectores “soy un pintor frustrado”. La historia de la novela es sencilla: un hombre llamado Negro regresa de un largo exilio a su tierra natal, un Estambul abriéndose paso a la cultura occidental, un mundo musulmán que ya no puede anquilosarse y debe abrir sus fronteras. Venecia y el renacimiento italiano -los maestros francos como se les llama en el libro- son la otra gran referencia. Negro vuelve a Estambul con la misión de casarse con su antigua enamorada: Sekure, la hija de un maestro iluminador conocido como El Tío. Éste último trabaja en un importante proyecto para el Gran Sultán. Se trata de un libro especial como ningún otro jamás escrito e ilustrado. Cuatro maestros de la pintura y la ilustración trabajan con El Tío para elaborar toda clase de bellas imágenes que adornarán el libro del Sultán hasta que uno de ellos desaparece. Desde el primer capítulo sabemos -por un maravilloso recurso de narración en primera persona- que un ilustrador está muerto y fue asesinado por otro ilustrador. A partir de entonces y en cada capítulo la narración se traslada de un personaje a otro. Todos, incluso los animales o los símbolos (el dinero, el Diablo o el color rojo) darán voz propia al magno relato. Así surge una novela que desde el relato de un hombre que busca el amor, un asesinato no resuelto y el desconocido culpable, el conocimiento del contexto histórico y la reflexión sobre el papel del arte, la pintura y especialmente el mundo musulmán que se derrumba, nos cuenta una historia alejada en el tiempo y el espacio pero tan cercana a nosotros en el momento en que Pamuk logra que pensemos en las consecuencias de aquella trama. Es por esto que Me Llamo Rojo es para todos. Posee las cualidades de las grandes novelas, nos ofrece microrelatos encerrados en un mundo total, historias dentro de una gran historia.

 

rojo

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3 pensamientos en “Librero.

  1. He leído libros escritos por ganadores del Nobel, pero en estos momentos no soy capaz de recordar cuál autor galardonado con este premio fue el primero que conocí. Tal vez sea un buen ejercicio mnemotécnico el intentar evocar ese prístino encuentro…

    En la casa paterna había -hay, pues ahí sigue- una colección de obras escritas por ganadores de este reconocimiento; de este modo resultó fácil para el adolescente que fui la aproximación hacia ese selecto grupo. Gracias a aquellos volúmenes leí a Mistral, a Prudhomme, a Kawabata, a France, a Gide, a Sachs, a du Gard, a Galsworthy, a Tagore, a Neruda, a Asturias, a Jiménez, a Camus, a Sartre, a Golding, a Bellow, a Singer, a Hemingway y a muchos otros. Por supuesto, había también algunos personajes que sobresalían sospechosamente entre el conjunto -¿qué hace ahí Churchill?- pero otros me parecieron y parecen deslumbrantes…

    A raíz de eso adquirí la costumbre de comprar y leer al menos una obra del personaje que cada año, en diciembre, es reconocido con el Nobel. Ahora mismo me hallo leyendo a Mo Yan, cuyo “Sorgo rojo” ha resultado una grata sorpresa. Sin embargo, debo reconocer que Pamuk no me atrajo en un primer momento, y que fui incapaz de soportar las atrocidades consignadas por Jelinek en la obra que adquirí para conocerla.

    Coincido contigo en que hay escritores que debieron ser premiados. Jorge Luis Borges, como has dicho; Yukio Mishima y, fuera de discusión, Alejo Carpentier.

    Creo que en el Club Nobel ni están todos los que son, ni mucho menos son todos los que están. Pese a ello, agradezco una y otra vez el que el Nobel de 1982 haya sido para Gabriel García Márquez, que Thomas Mann haya obtenido el premio por su genialidad y que Joseph Brodsky haya sido reconocido por su trabajo.

    • Lo creerás o no pero me decía a mi mismo ¿dónde está Eduardo, el usuario que siempre me comenta? Muchas gracias por los comentarios. Creo que tomaré en cuenta a Mo Yan, solo que no lo he leído por falta de pre$$upuesto. Hasta la siguiente.

  2. ¿Por qué no habría de creerte? Después de todo, y tal como reza el adagio, “¿qué soledad más solitaria que la desconfianza?”

    Gracias a ti. Gracias por la honestidad de tus líneas.

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