Canción de un padre.

A cada paso que doy

Que solita que esta mi madre

Ya mi Dios se lo llevó

Como me hace falta mi padre

 

Había sonado la primera de las campanadas del domingo. Dos campanadas más y por la calle aparecerán un motón de señoras desfilando, familias con hijos y uno que otro anciano solitario. Ya estaban llamado a la misa, la de 9:00 era la más solicitada, luego la de 12:00 y una más por la tarde. Ésa última a petición del equipo de fútbol para dar gracias al señor por permitirles ganar el partido. Como a la primera campanada sólo pasan las señoras viudas vestidas de blanco. No tuvo problemas y paso desapercibido. Luego cinco minutos antes de las nueve ya estaba afuera de la casa. Tocó dos veces, a la tercera gritó. Desde la ventana que daba a la calle se escuchó un ya voy. Salió y lo invito a pasar. Saludó a la señora y los niños, mientras el otro se disculpaba y proponía cómo compensar la falta que iba cometer. –Ni modo que por un domingo que no vaya me mandé al infierno. -Ya voy en la tarde vieja.  -Ya vete y ciérrale bien. -¿Entonces compadre, de qué vamos a hablar?- De nada –contestó Norberto- no vine a hablar, vine a despedirme.

 

-Todavía no, dile al señor que nos espere otro rato más. De todas maneras le vamos a pagar y es lunes, el lunes ni trabajo tiene. Ahí que se espere yo mando a Beto corriendo o sino a alguno de los Joséses. – Es tarde tía y todavía no hallan al de la trompeta. Dicen que ayer tuvo fiesta, bautizó un chamaco suyo y se puso hasta atrás. Es que es raro que los contraten el lunes. Ya ve que solo los del gobierno trabajan este día. Todos los demás o están encamados, dormidos o apenas se arman de valor. Ya como a mediodía se bajan a la parcela, se suben al cerro o se pierden, antes de eso ni una alma anda por la calle. –Ya sé tú, no me tienes que recordar, total a ver si en un soplo salé por ahí el músico ése. –Uh tía Goya, hasta pasa a creer semejante cosa. De seguro a de estar tiradote por ahí, mejor que corran por otro, ni modo que no haya más. Y luego ésa canción, todos se la saben, hasta mi papá que canta bien feo. –Sí hija, ya lo pensé, mejor háblale al señor del grupo y dile eso. Que yo pago si necesitan más. Total que al difunto hay que cumplirle hasta su última voluntad.

 

Con un gesto de sorpresa escuchó las palabras de su camarada, de su amigo, el hermano que nunca tuvo y el futuro padrino de Chucho. Luego miró su rostro, parecía haber bebido desde temprano y sin embargo no presentaba cara de ebriedad. Se mantenía con fluidez y usaba las palabras con cautela, como nunca lo había visto. Lo cierto es que desde hacía tiempo que se distanciaron. Supo por otras bocas que Norberto Ponce andaba metido en sabe-dios-qué-cosa. Desde que se dedica a ésas otras cosas ya no se hablan tanto. Luego alguien le dijo que no lo hiciera su compadre. Tenía otras opciones; estaba Rogelio el vendedor de gas. Luego su cuñado Tulio, también Victoriano un ex compañero de secundaria. También Don Celso dueño de la hacienda se había ofrecido, podría ser un padrino muy generoso pero en el fondo lo obligaba a tener una relación más cercana. Y lo cierto es que Jesús Morales ya quería renunciar. Tenía su boleto rumbo a Tijuana y de allí ya tenían un coyote seguro. Su fama era haber pasado más gente de San Jerónimo, de La Tuna y de la Colina. Con ése no había falla. Antes de irse, ya lo sabía su mujer,  antes de dejar el trabajo e ir a buscar algo mejor, tenía pensado el bautizo de Jesús Morales hijo. Próximo ahijado de Norberto Ponce, amigo, hermano y por muchos años compañero de trabajo. Pero ahora se veía difícil, sabía que por el dinero no sucedía gran problema. Él tenía dinero, Norberto también. El problema ahora era él, su mirada perdida, el raspeo y golpeteo desesperante de su suela. Lo conocía de años y por dentro sospechaba algo, algo que andaba mal. Nervioso, borracho sin alegría. Harapiento y con el gesto desanimado. A Norberto Ponce le pasa algo, no me quiere decir pero yo lo sé. Será mejor no decirle compadre. Luego aquel hombre concluyó su despedida, la más corta de las que había dicho. Dio un fuerte saludo y sin mirar atrás cerró la puerta. Luego se perdió entre las esquina de San Jerónimo y con las anciana de blanco se perdió entre el sol saliendo del oriente.

 

-Ya lo encontraron tía. Andaba como le dije en la cantina. Fíjese cómo es la gente, no le decían nada con tal de que siguiera consumiendo. Y los gorrones de la mesa ni lo querían soltar. De todas maneras no puede tocar así. Ya le hablaron a otra gente. También le dije que ésa canción todos se la saben, por eso no se apuré. –Gracias hija, sí ya vi que el señor me hizo favor de llamarle a otro. Que es bueno y aunque está joven se las sabe de todas a todas. No me van a cobrar más, todo se queda igual. Lo que me preocupa es el mentado Solar. Ya nos quiere cobrar demás, que por qué lo estamos haciendo perder el tiempo y al rato va hacer más calor. Y por eso cuesta el doble. Si nos alcanza el dinero bien, sino empeñó la televisión. –Bueno tía déjeme ir a preparar más café, ya se acabaron las galletas, ya ve para que le ofrecía al cabrón del Godinez.­ ­–Tengo que hija, y luego llegaron los señores de la policía, otro desbancada más. Total así pasa sobrina, así pasa cuando uno menos se lo espera. Que Dios te tenga en tu santa gloria, y descanses en paz. Ambas se persignaron y se dedicaron a sus actividades. Luego se escuchó un tumulto en la calle. Cuando la gente salió para ver había dos enormes bolsas de basura. Un curioso las abrió y dentro encontró ropa ensangrentada, dos zapatos y una caja. Nadie se atrevió a abrir la caja hasta llamar a la viuda. Ella salió de la casa y sin poder contener el llanto tomó la bolsa y la metió adentro. Todos callaron y pusieron más leña al fuego. Iba ser una larga mañana.

 

Entre las señoras y los niños se sentía una tranquilidad como en los tiempos de trabajo en el campo. Allá donde se perdían horas y horas debajo del sol. Cuando dejó el trabajo y puso su taller no comprendía por que el hombre al que acaba de despedir seguía en ése mal pagado trabajo. Era pesado, la paga pésima, no alcanza para nada. Luego si hay un accidente Don Celso te rebaja el sueldo. Te cobra el seguro y los gastos de medicina, y por obligación médica te mandan a descansar. Pero eso a él le importa un carajo, te rebaja el día o los días que estés enfermo, te pone trabajo más duro y luego te pide que te quedes más horas. Por eso renunció Norberto, ya no pudo más y le mentó la madre. Tan fuerte fue el grito que Don Celso jamás le permitiría acercarse a su tierra, si lo veía lo mata, no más por una mentada. Luego con el poco dinero que le heredó su padre, que tanta falta me hace, todavía me hace falta, puso su carpintería. Como la casa era grande tuvo la oportunidad de poner ahí mismo el taller. Primero se gasto casi todo en herramienta, luego compró materiales y se anunció con el dueño de un coche de merolicos. Se acabó el dinero y espero clientes. La primer semana estuvo buena, dos puertas y un armario. Sacó el doble de una jornada normal con Don Celso. Después por una extraña razón el negocio se fue abajo. Pasaban semanas sin un hoyo que arreglar, una puerta colgando o balcones que pintar. Se arrepintió de mentarle la madre a Don Celso, quiso regresar las herramientas pero no las aceptaron por estar usadas. El material tampoco lo compraron a mitad de precio en el mercado municipal y para colmo el del coche se perdió una semana y la publicidad acabó más rápido de lo pensado. El negocio iba de mal en peor. Luego vino Santiago Torres  el Gorrión. Y así comenzó con ésas otras cosas.

 

-Que ya se vayan preparando los señores, diles que en un momento les demos de almorzar. –Está bien tía-. El almuerzo se cocinaba adentro, mientras la gente partía más madera y los niños, ya despiertos jugaban con las brazas y los leños carbonizados aún rojinegro, de esas veces que tienen cenizas pero con el aire vuelven a prender. La caja sólo contenía papeles firmados con huellas digitales, alguien debió haberle puesto la mano en algún tipo de tinta y luego lo obligaron a plasmarla en las hojas. Lo malo de ésa tinta era su color rojo, su olor a hierro y que había salido del propio redactor. Una hoja firmada con su sangre. Parco envío, pero ya nada la sorprendía. Luego sin decir más ni abrir las demás bolsas del envío las llevo todas a la calle. Tomó un leño de los niños, trajo más leña del taller y encendió aquel paquete. Nada de lo que tenga adentro me servirá, nada me importa. Acabó con aquel circo y volvió a la cocina. Adentro ya olía a frijoles refritos, el atole ya estaba a temperatura y los tamales estaban por llegar. –Hija ya puedes hablarles, ya están los tamales, el atole y también hay frijoles para meterles a los bolillos, diles que ya-. Pasaron de uno en uno, ocho músicos bien vestidos, elegantes pero con olor a loción barata. Dos de ellos estaban excesivamente gordos y parecían no caber en su pantalón, los botones de sus camisas amenazaban con desorbitarse y aún el movimiento de comer los hacía sudar. Otros cuatro podían tener esa figura si no cuidaban su modo de comer. Los últimos dos parecían estar en buena forma, uno con el pelo pintado de rubio y piel morena, aretes en las orejas y rosario de plástico, el otro un muchacho que trabajaba medio tiempo en los autobuses y medio tiempo en la peletería, por los fines de semana se dedicaba a dar serenatas y tocar para ocasiones especiales. Pero ninguna ocasión era tan inusual para estos músicos como aquella.

 

 

Con el paso del tiempo todo mejora. Fue entonces cuando comenzó a preguntarse sobre Chucho Morales. ¿Por qué seguía con Don Celso? No pagaba bien, abusaba y era el trabajo más pesado que había tenido. Sólo meses después, ahora que lo veía todo de otra forma y con otros ojos pudo entender el por qué de las cosas. Allá arriba en el campo, allá abajo en las parcelas se es libre, se habla con la verdad y se mira a los ojos. El dinero comenzó a fluir, se delataban en el arreglo de la fachada y las visitas más frecuentes de los familiares. Él lo sabía, las amistades sólo eran temporales, mientras el río agua tenga peces llevará, cuando se sequé ni la tierra se va a barrer. “Muebles Ponce” tuvo un repunte, Norberto comenzó a ser conocido y ahí comenzó el problema. Ahora sólo tengo una salida, por eso me despido, por eso ya no quiero ver a mi hijo, tanta falta voy a hacerleA cada paso que doy / Que solita que esta mi madre / Ya mi Dios se lo llevo / Como me hace falta mi padre.

 

El trabajo era fácil. Hacer muebles vacíos, meter la mercancía en ellos, llevarlos al lugar de instalación. Cobrar y  no hacer más que eso, nada había de difícil en ello. Pero como todo negocio necesitaba de trabajadores. Cometió en un error, no emplear gente de confianza. Se lo ofreció Jesús y éste prefirió seguir con Don Celso. Por eso se despedía de él, sabía que lo sabía, que por debajo le dio un consejo y lo ignoró. Y luego se vino aquello, ésas otras cosas resultaron ser un trabajo más pesado de lo que parecía y el ayudante no socorrió mucho. Robando la mercancía, vendiéndola o consumiendo. Después fueron a  hablar con él, alguien abrió la boca y en esos casos se necesita de un culpable. El hecho era que él era ése culpable, conocían a su familia, su hijo y esposa no iban a pagar por sus malas decisiones. Incomprensible pero cierto: entro al negocio de esas otras cosas para proteger a su familia, y ahora los abandonaba por su bien. Así sucede en esta vida. Así comenzó su ocaso; diciendo adiós, bebiendo y alejado del pequeño Norberto, de su amada esposa, futura viuda de Ponce. Arribo hacía el centro. Entró a la cantina del pueblo, pidió un tequila en seco. Tomo otros tres hasta sentir el golpe en la cabeza. Como última voluntad ante sus captores pidió un favor. De hombre a hombre, porque negocios son una cosa y la vida otra. Pago con mi vida el negocio fallido, a cambio díganle a mi esposa por qué me matan. También que me entierren con mariachi, con ésa canción con la que enterré a mi viejo. Porque fuimos hombres de palabra, espero que en mi tumba suene la guitarra. Que falta le va hacer su padre. Que se acuerde de a quien le cantaban.

 

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