La conspiración.

Al dueño de mis recargas en el OXXO.

Lanzó su humanidad pesada y ahogada en cansancio en aquella cama distendida. Estiró el brazo y alcanzó la novela que había dejado pendiente. Pronto se sumió en la historia de una mujer cuyos dos anteriores novios habían muerto y el tercero era víctima de su inocencia mortal. Aunque la novela era corta no podía pasar de las primeras páginas, todo por culpa del pbip. Ése desgarrador pitido de denunciaba la falla eléctrica, o la inestabilidad, o el mal contacto entre un aparatejo que supuestamente comunica a las personas y la fuente de luz eléctrica

 

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Entonces cerró el libro, se volvió a levantar y caminó hacia el único contacto de luz eléctrica en la habitación, para ello tuvo que cruzar medio cuarto. Entonces revisó la toma, nada la luz funcionaba bien, lo comprobó conectando la televisión. Entonces reviso el hoyuelo de aquel teléfono celular, no vio nada anormal en lo que se supone era la toma de corriente. Volvió a conectar el cargador, busco el cable, conecto la entrada y el pbip sonó de nuevo indicando que la batería se estaba cargando.

Regresó a su cama, se tiró otra vez con todo el pesar de sus huesos y la carne cansada de un día lleno de ir y venir, de una oficina a otra, del desaliento que causa la burocracia. Retomó la lectura, ahora la mujer preparaba unos dulces bombones de naranja con licor para su amado cuando el sonido, el terrible pitido de aquel sortilegio volvió a sonar. Pensó para sí mismo en ignorar a la batería agonizando y terminar al menos ése capítulo. Leyó pero el constante aviso de “batería baja” no lo dejo concentrarse, había algo en su deber moral que lo empujo a poner el separador en el libro, pararse de nuevo y caminar hacía el cargador.

Lo revisó de nueva cuenta, todo bien salvo que ahora ya tenía detectado el problema. Era una falla la entrada del celular, el pequeño tubo de metal hacía falso contacto con el aparato y cortaba la alimentación de energía. Entonces giró la pequeña pieza hasta dar con el tacto que inmediatamente soltó ese pbip horrible que denuncia que la batería otra vez se está cargando. Lo dejó así, inmóvil, paralizado y espero a que se diera la falla para resolverla y no tener que volver a echarse en la cama, empezar a leer y volver a pararse porque de alguna manera el celular le jugaba una broma. No pasó nada y entonces se resigno a que ahora sí aquel aparato funcionaba tal y como debía hacerlo.

No pudo si quiera leer una frase completa cuando el espantoso pbip sonó haciendo eco en toda la habitación. El enojo fue tal que las mentadas, los chingadamadre y pinche pendejada sonaron en toda la casa. Dejó el libro sobre el buró y camino, por tercera vez a donde yacía el celular. Justo antes de tocarlo y acomodar la clavija de entrada volvió a repetirse aquel sonido odioso. La batería de nuevo se alimentaba de luz. Entonces permaneció ahí, quieto y a la espera de que el falso empalme volviera a interrumpir su lectura. No paso nada. Y decidió mejor estirar el brazo y alcanzar el libro. Se puso a leer ahí parado, al lado de ese cargador y ese celular que le parecieron en ése momento confeccionados por el diablo. Pudo avanzar algunas páginas; la muchacha ya besaba al amante, el amante ya cedía y casi juraba tener confianza y poderse ofrecer al matrimonio. Entonces, tras unas cuantas páginas de meditación sobre el matrimonio como encierro del alma decidió que el celular ya no haría más bromas pesadas y caminó hacía la cama tirando su espalda encima de ella.

Y, como si hubiera sido un presagio el pbip sonó de nuevo. El libro acabó chocando con la pared y sus hojas parecieron haber gemido de dolor al caer dobladas. Se paró rápidamente, lo que ocasionó un mareo y caminó sin darse cuenta de que antes había tirado la llave al piso. La llave, que también cayó con las puntas hacía arriba (¿cuántas veces sucede esto cada cinco mil años?) se encajo en la planta del pie y soltó un desgarrador grito. Dolor, frustración, coraje, neurosis, desesperación, había lanzado uno de los libros más hermosos de su colección al otro lado del cuarto, abrió la planta del pie por dar un paso en falso y dejarla caer sobre una llave larga y pesada y el mareo que hace de la cabeza un globo aerostático le daba esa sensación de vomitar y colapsar al suelo. Y todo por ese puto teléfono.

Con un poco de furia fue hasta él. Comprobó que ya no se estaba cargado y que el pequeño contacto se había movido. No era nada, ni si quiera un roce de dedo o un cable estirándose por el cobre, apenas el viento podía ser el culpable de que el contacto se moviera. Maldijo tanto, con todas las malas palabras posibles aquel dúo espantoso; pinche cargador hijo de su puta madre y más pinche el celular que funciona menos que la mierda. Lo aplastó contra la pared, le dio puñetazos a la pantalla y estiro hasta reventar el cable. Ahora ya nada podía interrumpir su lectura.

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