Palabras fúnebres para dialectos inhumanos.

“El verdadero examen moral de la humanidad, su examen fundamental (que yace enterrado profundamente lejos de la vista) consiste en su actitud ante esos que están a su merced: los animales. Y en este sentido la humanidad ha sufrido una derrota. Una derrota tan fundamental que todas las demás provienen de  ahí.”

Milan Kundera.

La anécdota que se ha convertido en leyenda dice más o menos así. Un hombre, de rasgos profundos, profundos sus ojos, su bigote, sus hombros metidos, su cuerpo duro, el cabello bien peinado y unos lentes apoyados sobre la nariz. Ese hombre camina, es la plaza de Turín en el extremo italiano cercano a Suiza, corre el mes de enero de 1889. En la plaza un hombre golpea a un caballo, aquel hombre al ver tal saña, quizá por amor, por el sufrimiento del animal o por un sentimiento que ya ha sido escrito en sus obrad decide abandonar su condición humana, llorar mientras abraza al caballo y perderse en el inmenso mar de la locura, se desconecta del mundo, decide apartarse de la razón, la cordura, la lógica, de lo humano demasiado humano. Aquel hombre fue Friedrich Nietzsche y ese fue el final de su obra intelectual.

Hace seis meses aproximadamente una pequeña ejemplar de fox terrier ratonero, unos pequeños perros con parecido a los “chihuahua” pero con distinciones (son fieles a sus amos al grado de parecer celosos sobre-protectores,  son sensibles al dolor que los rodea, suelen ser cariñosos con los adultos pero resentidos con los niños, algunos son tan alegres que mueren por euforia y algunos son tan apegados a sus dueños que llegan a formar parte de la familia), ese ejemplar café con manchas miel y la nariz rosa parió dos crías. Un macho y hembra han nacido de la unión de dos perros, solo la hembra sobrevive al haber aprovechado la comida del hermano que nunca abrió los ojos, que nunca tragó leche y murió en los días siguientes. De aquel hecho Matilda, mi mascota recién fallecida adquirió su fortaleza.

¿Por qué nombramos a los animales? Lucho, Chopan, Floyd, Daysi, El Manchas, La Vaca, Kike, Moka, Torú, Chito, Pekas, Hulk, incluso una vez escuché que nombraban a un perro con el homónimo “Oscar”. Los nombramos porque nos apropiamos de ellos, siguiendo la fábula de Adán en el paraíso y cómo le puso nombre a las cosas para que fueran de su dominio, cumpliendo tal alegoría es como hacemos del mundo un lugar ordenado. A la voz de “Matilda” era como respondiía la pequeña cachorra blanca, con manchas grises, de nariz rosada y ojos negros, con grandes orejas que la adornaban y una patas largas. No sé mucho de conductismo, ni de las teorías de Pavlov de estimulo-respuesta. Lo único que sé es hablar, escribir por escribir, vaciar mis experiencias e intentar transmitir lo que he sentido esta tarde por medio del acto de leer y escribir.

Aquel nacimiento representaba dos lecciones: la crudeza de la vida y la posibilidad de seguir a pesar de- . De las dos crías solo vivió una. Un inocente recién nacido perro murió porque no comió, porque las fuerzas flanquearon y fueron aprovechadas por su hermana. A pesar de la muerte prematura del recién llegado había entendido que la vida es así. ¿Cuántos bebés no mueren en las incubadoras, nacen muertos, incluso dentro del vientre de su madre? La cantidad es incuantificable, lo mismo vale para cualquier especie. Hace mucho cuando era un niño recuerdo una gata de la calle. Aquella gata quedó preñada y al poco tiempo tuvo a sus crías. La veías ahí, en la calle sobreviviendo con sus cuatro o cinco gatos, robando comida, o alimentándose de las sobras que los vecinos arrojaban. Luego, como dos semanas después, vi el cadáver de dos gatos, eran los pequeños gatitos de la calle. No me extrañó que el resto estuviera igual, muertos por algún lote baldío, o atropellados o envenenados. La tragedia, nombre con el que llamamos a lo salvaje en la naturaleza que no alcanzamos a comprender, estaba marcada en aquellos felinos. Su madre siguió viviendo en la calle algunos años más.

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Aquella imagen se me grabó en la cabeza tal vez para siempre. La inocencia, la brutalidad, la muerte y el nacimiento en un mismo hecho. ¿Y me conmovió? Creo que en ese tiempo no. Hoy han llegado a mi casa con la noticia de que mi mascota -Matilda- había sido atropellada por una camioneta que carga trabajadores de huertas. Conocidas por su alta velocidad, su carga humana que lanza albures, aguacates y gritos, y la poca responsabilidad de sus conductores. La vi, en los brazos de mi padre, una mancha de sangre, dormida, calmada, para siempre. La enterramos en el jardín, su madre la busca, quizá nunca sepa que su hija murió, que ya no estará para moderle los pies, o para cagarse en el piso o jugar con los niños de la vecina. Y ahora estoy sintiendo la conmoción que le debía a esos gatos y a tantos animales maltratados, muertos, humanizados al grado de perecer por nuestra condición.

Queremos a los animales porque ese cariño carece de poder. Cuando queremos a una persona esperamos ser queridos, si el querer es correspondido le ponemos “amor” y andamos por la vida diciéndonos que nos amamos, que nos querremos, que el cariño es lo más humano. Una mascota nunca nos dirá “te quiero”, nunca ni aunque lo desemos nos hará un capricho por no decirle esta tarde que he llegado de mal humor que se quite, que deje de morder los zapatos, que deje de cagarse y mearse en la cocina. El cariño es sin dirección, sin peso, sin condición de poder o valor. Lo hacemos y ya, somos crueles con los animales porque hemos olvidado que ellos nos muestran qué tan des-humanizados podemos llegar a ser, que hay dentro de nosotros por más edificios, carreteras o teléfonos que hagamos un animal que quiere comer, que caga, que se reproduce, que quiere dominar su reino, aunque sea artificial.

En la novela “La Insoportable Levedad del Ser”  del checo Milan Kundera, existe un personaje no-humano que sin embargo conmueve al final de la obra. Es una de las muertes más dolorosas del libro, incluso más dolorosa que el accidente de dos protagonistas se trata de Karenin el perro que muere de eutanasia. En dicha novela el autor nos plantea aquellos sentimientos hacia los animales, la identificación con su nobleza, con la inocencia de su condición y la vida que les damos como buenos o malos dueños. ¿Acaso no es Nietzsche la mejor muestra del amor a la vida, incluso renunciando a esta por encima del dominio humano? Yo no me volví loco por la muerte de Matilda, pero algo dentro de mí murió. Aquellos momentos en que compartimos, los escasos seis meses de morididas, regaños, ocurrencias y cuidados, una parte de mi vida se va con la suya. El amor por los animales, la defensa para ellos, la responsabilidad de cuidar uno y al final aceptar que a veces se van, no los arrancan o los olvidamos; conductas integralmente humanas. ¿Soy humano que busca su parte animal o  un animal que se humaniza?

 

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4 pensamientos en “Palabras fúnebres para dialectos inhumanos.

  1. Decía el joven Piscine (“la vida de Pi”) que no se resignaba a creer que era su reflejo lo que veía en los ojos de los animales y yo creo en eso.
    Hay muchos que se burlan de lo que sufre alguien por un animal, pero no he conocido amor mas puro y desinteresado.
    No creo que podamos entender el actuar de Richard Parker o el de Nefer, Matilda o ningún otro, porque ellos no intentan desifrarnos.
    Por un lado, los “salvajes” sólo quieren seguir viviendo y aun así nos miran a los ojos cada vez que pueden, como diciéndonos algo.
    Por otro lado los “domésticos”, los que no son más mascotas que amigos. Ellos no nos comprenden, ellos nos sienten y cuando estamos tristes se deprimen, cuando corremos nos siguen… cómo podemos no sentir algo por ellos?
    Cómo no lamentar su perdida? Claro, no es humano, pero es parte de la familia, es un amigo y confidentes. Inquebrantable, capaz de dar su vida por su compañero.
    Sólo puedo decir que la vida es muchas veces un asco, que es sin duda una nausea insoportable, pero aun así,en ese persistir salvaje, luchamos por estar aquí y eso si que no lo comprendo.

  2. Te digo con la sinceridad más grande que me confiere la ausencia de alegría, que lo siento mucho. Que siento tanto que el mundo sea un caos de muerte, mierda y desesperación, que sea yo tan culpable como el resto de la humanidad de que ese tornado azote tan duro y que por ello tenga que sufrir Matilda y muchos otros.
    De verdad lo siento Oscar.

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