La contracultura: lo derivado y la máscara en el nuevo mito mexicano.

*Trabajo presentado en el XVIII Coloquio de  Estudiantes y Pasantes de Filosofía, en la ciudad de Guanajuato, Guanajuato, Octubre del

 

2012.

Sueño-de-una-tarde-de-domingo-en-la-alameda-central

Para el mexicano, que ya había sido “ontologizado” por Samuel Ramos, todo es máscara según Octavio Paz. El proceso de ontologizar lo mexicano comenzó con el análisis desde la psicología de Ramos, ya con él hubo un intento por encontrar una esencia más allá de los casos particulares de lo qué es el ser llamado “mexicano” distinto del indígena, antepasado próximo y presente y de su similar de Europa, los habitantes de la península ibérica también cercanos al ser-latino. Pero para Octavio Paz esta búsqueda del ser del mexicano que Ramos inaugura también pretende fundar un nuevo mito: si no es posible ya saber qué es o cómo es eso llamado ‘el mexicano’ entonces la búsqueda se convierte en invención. Es así como lo que Ramos llama “Cultura derivada” pronto pasa a ser una cultura de la importación, pero ya desde una lectura de Octavio Paz, la cultura derivada importará discursos y formas de ser de otros lugares pero dará un giro a su modo, tomando de México algo que es difícil de señalar pero fácil de comprobar: lo importado se mezcla con lo mexicano formando una simbiosis, un nuevo modo de ser. Este nuevo modo de ser será lo mexicano, ya apartado en el tiempo por lo que fue y desprendido de lo que deba de ser, esta nueva cultura de la invención permite al mexicano ser lo que sea siendo siempre mexicano. El trabajo de Ramos leído por Octavio Paz y comentado por nosotros tiene un doble objeto: revela la observación de que la cultura en México es derivada, pero también, esto gracias a la lectura de Paz, inventa nuevas posibilidades de recrearse y darse su modo de ser efectivo así mismo. El mito de la contracultura en México se sostiene gracias a que la cultura por un lado es derivada, importa discursos pero los asimila de una manera peculiar dando una multiculturalidad mosaica, y por el otro esta cultura permite inventar nuevas culturas, si México ha logrado algo que lo distingue de otros países, aún latinos, es la capacidad de simbiosis y creación.

El presente texto está pensado en las líneas anteriores. En análisis de la contracultura, o lo que acá se conceptualizará como ‘contracultural’ demuestra, según nuestra hipótesis, que la cultura en México efectivamente es derivada, se nutre de elementos externos a ella pero los asimila de tal manera que los integra a su sistema de valoraciones y genera nuevos modos de ser y vivir. Añadido a esto, pensar la contracultura permitiría un acercamiento al fenómeno social de la modernización en el territorio mexicano; de hecho lo que permite que exista un movimiento que va de una cultura “propia” a una inventada es la globalización, frente a los grandes modos de entender la vida modernos la contracultura expresa un sentimiento de resistencia hacía lo frenético, lo efímero y veloz del presente modernizado. La contracultura expresa no una oposición a la cultura “oficial” o bien aceptada, sino que es en el sentido de su palabra una muestra de la contradicción interna de un sistema de valoración, una contracultura en México no señala el rechazo a una forma de organizar el mundo, valorarlo y darle sentido, sino que rechaza en todo caso que este sentido de homogenice y quiera ser el único y verdadero sentido. Podríamos afirmar que la contracultura es un índice del multiculturalismo, la pluralidad de valores y el incremento de perspectivas y experiencias vitales. Todo ello frente a un ideal de monopolizar la cultura de unos cuantos: generalmente la cultura oficial la harían los “grandes hombres de la sociedad” frente a una cultura popular “o de masas” que se expresa en la mayoritaria y creciente población juvenil. Son en su mayoría, porque también lo hay en los adultos e incluso los adultos mayores, una expresión de contracultura.

Este texto tiene como finalidad realizar un ensayo de filosofía sobre la contracultura, desde el término mismo y desde la perspectiva de la cultura derivada que Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México desarrolla. La lectura de Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad servirá de apoyo para conectar el discurso de la cultura derivada, la ontología del mexicano, el nuevo mito y el pensar sobre la máscara, porque como se señalará más adelante, el movimiento contracultural es esencialmente enmascarado y presenta a grandes rasgos un sistema derivado que va de las culturas importadas hacía la modificación mexicana de tales, y después hacía la invención de una nueva cultura fruto del movimiento de asimilación. Gracias al breve ensayo de José Agustín La Contracultura en México es que podemos conectar a Ramos con el movimiento cultural derivado y el intento de Octavio Paz para fundar un nuevo mito. Estas son las tres influencias y líneas que marcan le presente trabajo.

La ontología enmascarada y la cultura derivada.

 

Hemos señalado la importancia del El perfil del hombre y la cultura en México que en los años 30s constituye para Octavio Paz el primer intento de pensar “que es lo mexicano”. Más allá de la discrepancia de Paz con Ramos, es necesario señalar que para el autor del Laberinto de la Soledad Ramos realiza la primera tarea de buscar un estrato ontológico en aquello que había sido difícil distinguir: el habitante de un país en vías de modernización, los Estados Unidos Mexicanos. Ramos realiza en El perfil una especie de abstracción de los modos de ser del mexicano. A través del instrumento de la psicología el filósofo michoacano se pregunta por lo que hay detrás de un comportamiento como el machismo, por ejemplo, o del “sentimiento de inferioridad” que poseen algunos mexicanos (que ya había sido conceptualizado por Vasconcelos). El problema para Octavio Paz es el presupuesto psicológico de Ramos, y que olvida que México es esencialmente un país pluricultural donde un mexicano puede ser náhuatl o mixteco pero también puede ser un hijo de ex hacendados españoles o un citadino totalmente alejado de la vida rural. Lo que es importante señalar reside en el intento de hacer ontología del mexicano, buscar más allá de un extracto legal o una denominación popular, lo que Samuel Ramos elabora es descubrir las máscaras que hay detrás de un modo de ser, aunque esto nunca lo supiera el mismo Ramos. Octavio Paz en su laberinto completa la tarea de Ramos, pero no sólo de él sino de muchos otros pensadores que se encargan de buscar lo que es el mexicano, ya sea desde un análisis psicológico, una fenomenología, un historicismo o un humanismo, para Octavio Paz todas estas búsquedas revelan cada una por su cuenta que el pensamiento mexicano es máscara.

La máscara no sólo oculta el rostro de quien la porta. Cubre efectivamente “lo verdadero” la apariencia externa del portador pero encarna, da vida y presencia al personaje. Un actor enmascarado era no sólo un ser humano siendo otro, sino que él mismo se auto-interpretaba, es de ése modo que para Paz la máscara en el mexicano funciona para encubrir lo que habría de haber detrás de ella, y sin embargo va más lejos al hacer de la máscara, o de las máscaras el modo de ser mismo. Para Ramos, al igual que en Octavio Paz, el discurrir histórico de lo que se conoce como México muestra un largo recorrido cultural. La historia de México no puede ser historicismo al modo objetivo de Europa, es la historia misma pensada dentro de la historia la que se encarna en el mexicano. El mexicano es un ser histórico lleno de vitalidad en el tiempo, su pasado, presente y aún el futuro están enmarcados por el transcurso de su ser. La historia de los pueblos de Mesoamérica se hace presente en los pueblos sobrevivientes, incluso en sus habitantes urbanizados. Esto hará que muchos movimientos contraculturales quieran ver en las antiguas civilizaciones originarias un retorno a lo que deberíamos ser, o al menos una invitación a elegir alternativas al sistema oficial.

La historia es dentro de la historia, no hay un de- la historia, sino un en-la-historia, si el mexicano goza las fiestas patrias, los ritos religiosos o las celebraciones civiles es porque siempre se está pensando y viviendo en un tiempo no lineal, tampoco sería circular pues hay en el mexicano un rasgo que lo lleva al progreso, a la línea del tiempo y la sucesión, más bien espirálica. Los mexicanos viven en el tiempo de la duración y la sucesión, los días pasan pero para que lleguen de nuevo, las conmemoraciones se pueden explicar, según Paz, porque el mexicano vive los mitos en su pasado-presente que habrá de volver. Periodos como la Conquista; la guerra de Independencia, la reforma, la prolongada presidencia de Porfirio Díaz y la revuelta revolucionaria antecedente a la época en que Ramos realiza su discurso, explican para Octavio Paz el movimiento de importación de discursos. Cada uno de estos periodos de la historia de México está encubierto por un pensamiento externo al territorio mexicano. La conquista está permeada por el pensamiento medieval antagonizando con el barroco y ciertos rasgos de racionalismo feminizado, Sor Juana Inés de la Cruz sería para Octavio Paz una importante referencia al cambio paulatino de la edad media en la Nueva España al racionalismo, pero también a una poética que prefiguraba lo romántico. El levantamiento de Independencia tiene de trasfondo el pensamiento de la Ilustración francesa, el racionalismo inglés de corte liberal, pensemos en John Locke y John Stuart Mill por ejemplo. La Reforma se nutre del liberalismo que había pasado por Europa y del creciente sentimiento romántico, Rivapalacio y Payno intentan hacer un romanticismo mexicano. El periodo del porfiriato se ve reforzado con la revolución industrial, el progreso social y económico y el pensamiento positivista de Comte. La revolución, o revuelta armada, como le llama Octavio Paz, al contrario de los demás movimientos carece de ideas, hay anarquismo, un intento de volver a la organización ejidal indígena, un republicanismo hasta un socialismo débil, pero vence el caudillismo. Es en la revolución, y su institucionalización que la modernidad triunfó en México consolidando una Estado constitucionalizado, haciendo de las diversas culturas existentes una sola nación y llevando el sistema republicano de los tres poderes a un proyecto de país homogéneo. Finalmente, ya en los años 50s México se ve cara a cara con los demás países, está solo y descubierto de las máscaras que ha portado a lo largo de más de 100 años como país independiente y más de 500 años como colonia, y aún más, más de mil años siendo territorio de diversas culturas.

Todo este largo recorrido histórico permite a Ramos mostrar como en cada una de las partes de la historia mexicana hay discursos detrás, discursos importados y que llegan tarde. El tiempo juega otra vez un papel importante, para Ramos como para Octavio Paz los discursos que refuerzan estos momentos llegan a destiempo, pero es en la modernidad, con la revolución institucionalizada que México al fin puede ser contemporáneo de las demás naciones. Lo que lo empuja a la dialéctica de la soledad, o la invención. Para Ramos la soledad apenas aparece, mientras que los sentimientos que han generado las diversas formas de ser del mexicano nos han dejado estragos en los comportamientos. El machismo se explicaría históricamente, así como los sentimientos de inferioridad o “malinchismo”. Para Octavio Paz en cambio, y aquí radica su gran diferencia, el trascurrir histórico de México es una muestra de las máscaras, también de los síntomas pero indica que se puede, al fin de tanto tiempo, inventar una nueva forma de ser del mexicano. Aquí la ontología no se limita decirnos “lo que es” sino que también permite la invención de posibilidades, la soledad se vence inventando nuevos mitos, incluso recuperando viejos mitos llevados a la modernidad. Si la contracultura tiene algún mérito es participar de esta invención sugerida por Octavio Paz, autor que incluso dedica varios ensayos a diversas manifestaciones contraculturales como los pachucos, seres híbridos de un no-ser-estadounidense y un ser-mexicano. El mito de la contracultura permite mostrar la derivación de la cultura que Ramos ya había señalado, sólo que ahora el tiempo es el presente y la derivación se hace en el tiempo, y no a destiempo.

Hacía una contracultura en sentido derivado propositivo.

 

            José Agustín en La contracultura en México ha desarrollado una exposición de lo que para él representa la contracultura. En análisis que realiza el escritor mexicano se remonta al inicio de la reflexión en torno a la máscara que inauguro  el laberinto de Octavio Paz en su célebre ensayo “El pachuco y otros extremos”. Quizás sin saberlo Paz comenzó la reflexión en torno a las manifestaciones contraculturales, para José Agustín el pachuco es la primer figura contracultural de índole mexicana. Aunque, hablando de territorios, el pachuco surge en la hibridación de la cultura mexicana y la estadounidense, culturas que se caracterizan por ser simbiosis de habitantes originarios y colonizadores europeos. El pachuco es un extremo que surgió en los jóvenes hijos de mexicanos nacidos en el país del norte. Su estilo de vestir, la forma de mezclar el lenguaje y los sentidos que dan a la vida, entendida como defensa de su sangre latina pero dando respeto hacía su territorio natal formaron la extraña mezcla de mexicoamericanos denominados pachucos, chicanos y cholos. Para José Agustín el ensayo de Paz quiere problematizar el origen histórico de los pachucos, primer figura de una contracultura naciente pero a pesar de ello Paz no logra deshacerse de prejuicios arraigados en su mismo periodo. Octavio Paz escribe en un tiempo, el tiempo de un partido único mientras que Agustín lo hace con la distancia histórica de un periodo de transición política.

¿Cuál es el significado que da José Agustín al término “contracultura”? ¿Qué se entiende con ello? Es de suma importancia recordar la formulación de Ramos, la cultura mexicana es derivada. Importa discursos externos, los asimila, da sentido a su existencia con ellos y a la vez los trasforma, inconscientemente el mexicano asimila algo de tal manera que lo hace suyo al grado de reinventarlo y crear algo totalmente nuevo. El pachuco importa el orgullo latino, el respeto por la madre, la virgen de Guadalupe o la figura del Sagrado Corazón, pero también asimila el respeto por la tierra, aunque sea de forma urbana, el barrio y la familia a la vez que usa el lenguaje inglés y la economía. Todo esto crea sino una nueva forma de ser, al menos refleja que en un sentido íntimo, el primer movimiento contracultural no se opone del todo a la cultura a la que se suscriben sus habitantes, de hecho retoma elementos de ella. Contracultura viene siendo una derivación radical de la cultura oficial, asimila elementos de la cultura oficial o dominante pero los transforma en suyos para darles otro sentido. Es en ése sentido que José Agustín entiende a la contracultura como una derivación definitiva, lo contracultural no sólo es oposición, que en muchas figuras de la contracultura se da, es también una transformación paulatina del rechazo radical, de la propuesta y el cambio de roles sociales, y sobre todo política. La contracultura se directamente arraigada por un descontento político, cuando la cultura oficial es politizada queriendo ser el único discurso y el modo oficial de ser surgen pequeños sectores que poco a poco se encontrarán fundando corrientes alternas. Ninguna hegemonía se ha visto desprovista de semejante fenómeno, aún las más brutales presentan fisuras que los movimientos contraculturales aprovechan. El rechazo a las formas únicas, la propuestas perspectivita, pluricultural y la derivación radical son los índices de lo que se conoce como contracultura.

La máscara que había estado presente en el derivar de la cultura, cosa que hemos señalado con el trascurso histórico, en la contracultura sigue presente. Sólo que se da de manera distinta, si bien también hay un “bovarismo”, término con el que se hace referencia a la importación de discursos y modos de ser, este bovarismo no se limita a la imitación, se modifica una vez que se asimila, podríamos decir que la asimilación se da de forma afirmativa, propositiva y se desplaza hacía nuevas figuras. El pachuco no surgió porque algunos jóvenes se sintieran insatisfechos con el American dream o se vieran imposibilitados a regresar al México lindo y querido. Claro, sin estos momentos no habría sido posible dicha figura contracultural, pero lo esencial del movimiento pachuco está entre el rechazo a estas figuras y la invención de un sentido propio, creado dentro de la figura misma. El bovarismo no es del todo cierto al darse el momento afirmativo, el momento en que un pachuco sabe que es pachuco por convicción, porque ni la figura del “gringo” lo satisface ni la del “mexicano puro” es posible. Si Samuel Ramos quiso encontrar una motivación detrás de las derivaciones culturales, habría que sugerir que olvido la invención de sentidos, modo del ser del mexicano que se añade a cualquier otro modo de ser que se haya traído de fuera.

La contracultura en México presenta este grado ambivalente entre la derivación de la cultura oficial, en un país donde la revolución se hizo institución y un único partido político dictaminaba la forma en que habrían de vivir sus habitantes usando los medios masivos de comunicación, especialmente la televisión, era de esperarse una derivación radical, un rechazo a las formas tradicionales y un descontento, aunque expresado en las sociedades de menor poder económico, y buscando espacios mayoritariamente marginales. La contracultura representó ya en la época de plena modernización de México una válvula de escape al neoliberalismo, la globalización del mundo moderno y la hegemonía cultural. Aunque, hay que señalarlo, también fue la modernidad, la globalización, la tecnología y la cultura oficial la que permitió que la contracultura siguiera dando escalones sociales dando brincos a mayor gente y más sectores sociales. Es un doble movimiento de rechazo-asimilación donde la invención da formas y estilos, el estilo conjuga el sentido y el valor de un modo de ser. Así por ejemplo los hippies mexicanos surgen gracias al rock trasmitido en pequeñas estaciones de radio que de no haber sido por la modernidad tecnológica y mediática jamás habría sido escuchado en México. Es la aceleración del  tiempo, el recorte de las distancias y tiempo de viaje y el constante flujo de comunicación lo que permite “mexicanizar” los distintos movimientos a lo largo del globo terrestre.

Bastará un señalamiento más para pasar a las conclusiones. Si bien Ramos había señalado la naturaleza desigual de un discurso ilustrado de Francia con respecto al mexicano, esta desigualdad había sido en primer lugar por el tiempo y el espacio. En la modernidad, como ya señalo Octavio Paz, al fin México se había vuelto contemporáneo histórico de las demás naciones. Al fin se hallaba maduro, preparado y listo para enfrentar la soledad de estar “a tiempo” y no llegar tarde como en la reflexión de Ramos. En los años que van de 1950 a 1996, año en que José Agustín publica La contracultura, el mexicano ha logrado estar en el tiempo moderno aunque le haya costado luchar por ello transformando su medio ambiente, sus formas tradicionales (la tradición debe manejarse con sumo cuidado ya que puede caerse en puritanismos o en interpretaciones monopólicas como cualquier fascismo o hegemonía de carácter dictador). En los años recientes la contracultura ha tenido más y mayores figuras, los hippies ya no protestan únicamente drogando sus cuerpos y buscando paz espiritual en los hongos o las playas lejanas, los punks ya no se dedican únicamente a maldecir a la sociedad y las buenas costumbres o los llamados “góticos” a leer poesía mientras rechazan el consumismo mediático. Del pachuco como primer extremo y figura radical de una cultura derivada, hacía las figuras recientes la contracultura ha tenido una expansión que va desde movimientos superficiales; distinguibles por ser “meras modas” aprovechables para el capitalismo, hasta movimientos con fuerte carga intelectual y filosófica.

Es 1968 el año crucial. No sólo para México que sufre una matanza donde sólo años después se aclaran algunos motivos de semejante hecho funesto, el mundo entero sufre trasformaciones de carácter social. Es bien cierto que no toda la población de México se interesa por la cultura o por las culturas que se dan, pero es el 68 mexicano el año en que los jóvenes, y no tan jóvenes  están al mismo ritmo de la modernidad. El movimiento del 68, que terminó de manera activa con la masacre de Tlatelolco, reveló la última máscara del mexicano: el inconforme social que a pesar de la brutalidad de la represión dentro de él guarda su discurso de protesta. Ya no es una contracultura de apariencia, o de invención de valores estéticos o morales, se inventan valores políticos que se proyectan de manera activa y explicita dentro de la sociedad misma. Los jóvenes del 68 ya no se visten o hablan para desenvolverse para sí mismos, hay y quieren un impacto real y efectivo en el modo de vivir. Hay pues un trasfondo de pensamiento, de ética y de actividad política directa, el pensamiento en México adquiere un compromiso con su territorio, y con las culturas de éste. Las figuras de la contracultura, y quién se mueve dentro de ellas, no sólo cambia la ropa, el peinado, el argot o los gustos musicales, cambian de manera directa e insistente la manera de pensar misma. Así por ejemplo los beatniks mexicanos leen a Jack Kerouac, William Burroughs, Albert Gingsberg, incluso leen a los autores en su idioma original y leen a los autores que leían estos últimos. Detrás de los beatniks hay un modo de sensibilidad, una ética y una ontología de la vida y aún más atrás hay una invención de formas. El mismo José Agustín reconoce la influencia de los beatniks en su trascurso intelectual, y al final es este movimiento lo que lo llevará a hacer una reflexión en torno a la contracultura.

Conclusiones.

Hemos leído, por decirlo así, cómo Samuel Ramos perfila el carácter derivado de la cultura en el ser del mexicano. Y la lectura de Octavio Paz a esta derivación en la historia postulando la reflexión en torno a la máscara. Dicho sea de paso, José Agustín conectaría, según nuestra lectura, el carácter derivado de la cultura con la presencia de la máscara y la pertinencia temporal de la modernidad que Paz señala. La contracultura pudo darse por que efectivamente éramos contemporáneos del resto de la humanidad y al fin pudimos ir a tiempo con los movimientos del mundo. Si existe una contracultura en México es porque la máscara del mexicano es móvil, su ser consistiría es ser máscara, el ser del mexicano es precisamente su estar-siendo siempre de una u otra manera. El bovarismo no existe como tal, sino que es más bien una simbiosis entre lo asimilado y lo inventado, entre lo que extraemos de otra cultura y lo que imprimimos de nosotros mismos. ¿Cuál es el carácter esencial de la contracultura? En todo caso sería el movimiento mismo, el pasar de una derivación a otra radicalizando el incremento de perspectivas. El pluriculturalismo, la contracultura y la cultura oficial forman parte de la ontología del mexicano y sólo asimilando este carácter múltiple del mexicano es que podríamos, si es que en verdad lo necesitamos, saber qué es eso a lo que llamamos “mexicano”. La reflexión en torno a la contracultura permite este acercamiento formal, desde la filosofía hacía la derivación radical y la afirmación de una múltiple forma de ser, hippies, punks, beatniks, góticos, chopers, cholos, pachucos, chundos, etc. Son ejemplos de la invención de nuevos mitos, los mitos modernos del rechazo, y la búsqueda de nuevas formas de pensar y ser en la vida misma.

BIBLIOGRAFÍA:

–          Agustín, José, La contracultura en México, De Bolsillo, México, 2004.

–          Paz, Octavio, El laberinto de la Soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 2008.

–          Ramos, Samuel, El perfil del hombre y la cultura en México, Colección Austral, México, 1990.

–          Toscano Medina, Marco Arturo, Una cultura derivada: el filosofar sobre México de Samuel Ramos, Facultad de Filosofía-UMSNH, México, 2002.

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