Retorno verde.

Después de casi cuatro horas al fin se había decidido. Parpadeó unas cuantas veces antes de tomar la acción previamente pensada, bostezó no por fastidio sino por reflejo automático y se levantó de aquel sofá. Caminó a la puerta, cerró fuerte. Bajó a la cocina para prepararse algún alimento. Había escogido entre pan con queso, algunas piezas de pan y los últimos residuos de vino tinto. Luego, a pesar de su negativa, caminó hacia la puerta de salida no sin antes revisar todo. En la mochila llevaba lo necesario: papel, lápiz, borrador en goma, sacapuntas y regla. Abordó su bicicleta pero a la media cuadra regresó a su casa. Entró, se demoró unos cuantos minutos y salió de nuevo con una bolsa de cartón, de esas que dan en las tortillas con un objeto desconocido adentro. Lo metió a la mochila y volvió a pedalear.

 

Diez minutos después ya había llegado a su destino. En aquel parque mostró su identificación oficial, aquella que indicaba que sí había nacido en esa ciudad y por lo tanto era acreedor a pasar de manera gratuita. Entró al parque y registró su visita en la categoría de “caminata”. Su primer objetivo era ir hasta allá antes de las 10 de la mañana, hora límite para él. Luego de cumplir el primero de los tres objetivos caminó con paso firme, no corriendo para llamar la atención, pero tampoco lento para olvidar su plan. Llegó después de media hora de camino al lugar indicado.

La vista era hermosa: un cenador al fondo, de frente un largo prado verde, helechos, floripondios, telarañas y abejas, flores que no conocía. Flores de todos colores; blancas púrpuras, rosas, rojas, verdes, todo en ese lugar era muy verde, también la lama en los muros de piedra y las bancas del senador era de un verde fuerte. Atrás se escuchaba el cantar del río. Una leve sinfonía provocada por los surcos y el riachuelo de donde brotaba agua para beber. Alguno que otro insecto de vez en cuando hacía ruidos, alguna hoja que caía o las ramas que tronaban. Fuera de ahí, de su corazón y la voz de su cabeza todo era calma, serenidad, verde, vida, existencia. Plasmó ese instante en su cabeza porque intuía que tal vez sería la última vez que lo podría ver. Sacó de la mochila el papel, lo extendió sobre la mesa de piedra y después de sacarle punta a su lápiz comenzó.

Plasmó todos los detalles, el menos los que recordaba en ese instante. Primero visualizó aquella vista en su mente: las hojas, los arbustos, el camino de donde vino y el camino al que nunca puede ir. El río, el gran árbol del centro, la roca incrustada, las escaleras y la serenidad. Al cabo de casi una hora de dibujar miró el resultado. Ahí estaba, el dibujo terminado, un poco distinto de la realidad aparente, tan igual a los que habitaban en su cabeza. ¿Cómo era posible dibujar algo que ya había recordado? En su corta existencia la imagen de ese lugar estaba siempre habitando en su cabeza. Le producía ese insomnio que lo despertó temprano, y como un impulso dibujar era plasmar el recuerdo en la hoja. Entendió entonces que ya había estado ahí, que antes ya había dibujado todo eso.

Pero esta vez sería distinto, esta vez se atrevió a viajar hacia el otro camino. Cuando anteriormente terminaba el dibujo tomaba la decisión de retornar a la entrada, tomar la bicicleta, llegar a casa y colgar el dibujo en su habitación. Justo después dormía para despertar en medio de la oscuridad de madrugada. Desear visitar cierto lugar en medio del parque y dibujarlo. Ésa había sido su rutina diaria en lo que su memoria le permitía recordar. Ahora decidió no regresar y cumplir el destino para el que había sido creado, se reveló a su creador y caminó en dirección opuesta.

Entonces al salir del paraje todo se volvió gris. El verde poco a poco desapareció dejando manchas grises, como si todo eso hubiera sido borrado por una goma. Corrió y siguió el camino sin mirar atrás las ruinas de lo que había sido vida y ahora no era más que un manchón de grafito sobre papel cartón. El sonido entonces se volvió confuso. Entre derrumbes de ramas, madera tronando o ardiendo y dedos sobre teclas. Apresuró el paso y tiro la mochila para aligerar su peso. Solo conservaba la bolsa de cartón con el extraño objeto adentro.

Cuando las fuerzas fallaron tropezó con una piedra que de lejos era imperceptible. Cayó al suelo y pensó para sí mismo en el triste porvenir de sus días. Estaba condenado a despertar en medio de la madrugada, recordar un lugar, decidir ir a buscarlo, encontrarlo, dibujarlo y después olvidar todo aquello. Esa era su piedra y él era Sísifo. Por eso esta vez no permaneció inmóvil. Pensó en su salida, haría lo posible por escapar, por irse hacia el otro camino. No contaba con la piedra que lo detuvo.

Sin embargo no paso nada. El mundo se quedo como estaba, atrás de él gris y borroso. Confuso, caótico, arrugado, sin forma. Delante de él en armonía, con la serenidad de aquel prado en ruinas, con la posibilidad de salirse de la rueda. Entonces se levantó y con la seguridad que había adquirido caminó más. Todo permaneció igual, la extraña fuerza que había estado borrando todo se esfumó. Siguió su camino hasta llegar a una extraña habitación en medio de aquel parque.

Ya no sabía si era territorio del parque. O acaso alguna huerta aledaña, o un lugar totalmente distinto e independiente. Vio esa especie de cabaña. Cuando estaba más cerca el lugar se transformo completamente. Ahora era una calle. Quieta, con coches estacionados, con banquetas y paredes llenas de grafittis. Y delante de él una puerta. Tocó y nadie respondió, entonces abrió la puerta. Al entrar la vista le resultó algo extraña y a la vez comenzó a intuir la verdad. El largo pasillo le era familiar, el primer escalón, la pecera, el lugar para colgar las llaves. Todo le era conocido, ese había sido también el lugar donde comenzaba su rutinaria vida. Las escaleras también eran las mismas, nueve escalones y una puerta  a la derecha. Tocó y escuchó dentro de la habitación el sonido de un blues. Era la melodía que sonaba siempre para despertarlo, la alarma que anunciaba su ciclo.

Ya no tenía que tocar, ni tampoco preguntar por alguien. Sacó el revólver de la bolsa de cartón y comprobó: una sola bala. Cuando entro en la habitación ya nada le era fantástico. Su misma habitación: color verde olivo, algún poster pegado por el fondo, un clóset que por dentro estaba vacío, el sonido de un blues indiferente y monótono, la ventana que no daba luz y las cortinas sucias. Y al fondo alguien, de espalda sentado en el sofá frente a una computadora. Estaba escribiendo y no pareció darse cuenta de que ya no era el único en la habitación. Él apago la luz y apunto hacía la nuca del escritor.

Sin descuidar el objetivo se fue acercando poco a poco. Entonces puso el cañón en el cuello del escritor y dijo su nombre. El amenazado no hizo gran cosa. Dejo de escribir y recorrió la cabeza para que él pudiera leer el texto. Un escrito de más de doscientas páginas. Todas se dividían en 4 secciones. Cada una era perfecta, tenían la misma cantidad de palabras y el mismo número de párrafos. En la introducción se contaba de un hombre que despertaba de la nada para recordar un paisaje. Sentía la necesidad de estar en él y buscaba en su memoria. La segunda parte contaba cómo el hombre llegaba al lugar y sentía la sensación de haber estado allí. La siguiente parte describía el lugar y detallaba que el hombre dibujaría ese lugar para jamás tener que volver a recordarlo en su cabeza. La cuarta y última narraba el regreso del hombre y su amnesia para terminar cuando éste despierta en la mañana sintiendo que olvido algo y lo debe recordar.

La historia de esta manera era pues infinita, redonda, siempre retornado a sí misma. Aquel escritor la había escritor de manera automática, con las mismas palabras, la misma velocidad y con los mismos detalles más de cincuenta veces. Pero al llegar a recorrer sus ojos en aquel largo texto, notó una anomalía. Si los párrafos eran exactamente los mismos, la vista no. Notó cerca de la repetición número sesenta y dos una singularidad. El penúltimo párrafo era distinto a los demás. Siguió leyéndolo y descubrió que el protagonista ya no regresaba a su casa. En cambio marchaba hacia un camino alterno. Luego notó algunas frases inconexas, algarabías y divagaciones. Palabras inexistentes y finalmente nada. El texto quedaba a la deriva.

Comprendió entonces que él era el protagonista del eterno cuento regresivo y que su creador era el hombre al que amenazaba. También enlazó la idea de las confusiones literarias con el desmoronamiento del parque y el radical cambio, de la cabaña que se transformó en casa y de su libertad. Toda esa situación había sido planeada por el escritor. Él, su personaje, había sido inventado para que después de la infinita rutina de tortura tomara la decisión de matarlo.

Y así lo hizo, puso su cabeza junto a la del escritor, empuño el revólver y apretó el gatillo. Del otro lado del mundo alguien escribe el sonido de aquella bala atravesando al creador de un personaje que fue creado por otro malévolo escritor con insomnio.

Relativity

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