Viaje embotellado.

A Luz por la amistad desinteresada.

Cuando la empleada de la línea de autobuses me preguntó “a dónde” dudé en responder. “Morelia” hubiera sido mi respuesta natural pero no sabía si quería volver a la ciudad de la cantera rosa y el equipo que siempre pierde en cuartos de final, luego pensé en decir  “¿tiene salidas a Cuernavaca?” quería conocer ese destino, o mejor dicho a alguien que vive en ese destino. “Querétaro” hubiera sido una buena elección, he visto la arquitectura de ese lugar en libros, he leído las anécdotas y tengo un conocido allá. Luego recordé la idea de llegar directamente a Uruapan, podría ahorrarme camino pero no dinero. Entonces  me detuve, dije “Mo-re-lia di-rec-to” y en menos de veinte minutos ya estaba en mi asiento veintinueve junto a una anciana, probablemente monja, viendo por segunda vez una película de coches, mujeres y narcotraficantes y cuando los protagonistas pelearon deje de verla, miré la ventana. Y mientras veía por la ventana reconstruí los hechos.

Salí de mi casa en la madrugada y debido al viaje desistí de ir a una boda donde probablemente hubiera bebido mucho, bailado horrible y hubiera besado a mi pareja provisional, esa que me había invitado a la boda. Lamenté mi suerte pero me consolaba la idea de viajar a un lugar desconocido, para conocer gente igualmente desconocida y hacer cosas que ignoraba hasta ese momento. Llegué a la terminal antes de que el reloj marcara las seis de la mañana y compré mi boleto directo “Central del Norte 6:40”. Gracias a mi deshonestidad logré hacerme de un descuento de estudiante, tal vez yo ya no era tal pero mi credencial sellada clandestinamente decía que sí, más tarde aquel dinero que me ahorré sería mi salvación. Tras cuatro horas de viaje, una película de coches arreglados, narcos, policías corruptos y Río de Janeiro, luego una lectura de Juan Villoro, otra película ahora de Adam Sandler y escuchar a una señora practicar su mal inglés, a un matrimonio pelear detrás de mí y una compañera de asientos que fingía dormir mientras me miraba llegué a la primer parada. Aunque me habían engañado pues aquel autobús no era directo, la parada apenas duró cinco minutos. Conocí por primera vez el terrible frío del Valle de México. Cuarenta minutos después el chofer anunciaba la llegada y yo debía recoger mi maleta y dirigirme a cierto altar a la virgen en una terminal que no conocía donde el número de gente era impresionante.

Cuando me encontré a mi amiga, que por cierto nunca en mi vida había visto en persona, mi cuerpo no reaccionó. Aunque el nerviosismo era patente en ella, de pronto sentí una calma como si fuera una conocida de tiempo a la que veía después de una larga interrupción. En cambio ella estaba soportando el llanto y lo disimulo con un pellizco en mi glúteo derecho. Cuando le comenté del mar de gente ella contesto que eso no era nada, estábamos a cuatro días de Navidad y el número de gente iba a crecer en aquella terminal. Cuando salimos a la calle me hice a la idea de ver abundancias de personas en los próximos días, aquello era tan solo un mero aviso.

Su casa era modesta, no era la más grande pero era un palacio comparado a pocilgas donde he dormido. Ahí conocí a la hermana de mi amiga, una mujer que aunque parecía más joven resultó tener más años, aunque me bastarían unos días para descubrir que probablemente su nihilismo incrementaba la edad del espíritu: no estudiaba; eso sí, trabajaba pero esas parecían ser todas sus motivaciones vitales. Luego mi amiga me presentó a sus padres, una señora de pelo corto, penetrada por el olor a cigarro y a su esposo. De éste lo primero que noté fue su playera contra el gobierno, imaginé que era militante de algún movimiento ciudadano de corte izquierdista, y por la forma de hablar y ponerle MUTE a los comerciales del gobierno federal comprobé tal hipótesis. Con la señora las cosas me salieron mal: las ideas que me hice de ella fueron derrumbadas pocos días después.

Todo ese día fue calma, escuché con curiosidad la historia de aquella unidad habitacional, conocía a personas del vecindario, amigas de mi amiga, lugares cercanos y calles. Probé lo que en aquel lugar entendían como tortillas; nada que ver con las que yo consumo por cierto y al llegar la noche el frío ya era mi principal enemigo. Aquella noche probé por primera vez en mi vida el sabor de los tacos de suadero: una extraña masa de carne –que prefiero ignorar su procedencia-. Resulta que la familia de mi amiga tenía algunos años vendiendo tacos en un modesto pero bien aclientado puesto en la calle, basta decir que tener un puesto en la calle es un gran logro en un país donde el ciudadano común debe pasar calvarios para tener un micro negocio mientras que las corporaciones solo deben levantar el teléfono. La venta terminó rápido, la gente come más tacos quizá por la rapidez de la vida o por la simpleza de pedir, comer y pagar. Parecía que vender tacos era un buen negocio en un lugar donde la gente se saluda al comer y al día siguiente se desconoce.

Y digo parecería porque pronto rompí la burbuja del encantamiento. Aquella mañana acompañé a mi amiga y sus padres por algo indispensable para su negocio: la carne. Nos levantamos temprano, ellos pidieron el taxi y en diez minutos ya estábamos en la estación del Metrobus. Lamenté días más tarde no poner atención en aquel recorrido. Al llegar a la estación tomamos rumbo a la Ciudad de México, vi por primera vez con conciencia plena los grandes boulevards llenos de coches, las fábricas a lo lejos y las caras de cansancio de los capitalinos. Bajamos después de una hora y fracción de camino en algún lugar desconocido. Caminé junto a mi amiga hasta llegar a un mercado. Entonces comprendí que no todo era brillo en el negocio de los tacos.

Aquel lugar era una especie de destazadora pública: un mercado donde las vacas ya muertas cuelgan, son rebanadas por cientos de personas que trabajan por hora y los vendedores de comida, tacos, cena, etc. compran la carne a precios rebajados. Ya no sabía si pisaba una cáscara de fruta o un pedazo de carne y viseras. La panza de res negra, el lomo rojo de sangre, las pirámides de cráneos de res, chivos o prefiero pensar que de cerdo, del olor ni hablar yo no estaba hecho para ese espectáculo. ¿Y qué es la vida si no puedes soportar un poco de crueldad, de masoquismo crudo y del ritual de muerte que habrá de alimentar a miles de personas?

Salimos de aquel lugar, aunque yo preferiría decir que huimos, cuando los padres de mi amiga compraron la carne. Después almorzamos en un puesto del lugar, comer después de aquel espectáculo gore era un verdadero reto. Y lo cumplí sin quejarme. Para eso entonces mis sentidos ya se habían acostumbrado a la irritación del aire y el peso de ver tanta gente, tantos coches, escuchar el sonido aplastante de la ciudad y oler desde sus coladeras el aroma de la precipitación cosmopolita. El pronóstico del clímax en el D.F. todavía prometía pasar de nublado a soleado tímido.

Viajar en pesero no era como lo imaginaba, pero conocer el centro de la Capital del País me resultó agradable. Bajamos en Bellas Artes y recorrimos algunas manzanas, pude reconocer lugares, entrar en uno que otro lobby de hoteles, mirar la vista panorámica desde un café de cierta tienda comercial y mordisquear los rituales del caos que encierra el zócalo de la ciudad. Mi primer fracaso sucedió esa noche. Después de horas de vagabundear y recorrer calles habíamos pactado una cita para beber algo de alcohol esa noche. Lo cierto era que implícitamente yo quería iniciar una sesión de besos y caricias, si se podía más lo aceptaría con todo mi estoicismo profano. Fracasé por dos cosas: gente imprevista se involucro en la reunión y mi cansancio era fatal (añadiría una tercera causa, pero el aliento a tacos poco importa en estos casos). Regresamos a la unidad habitacional con sueño, con el peso de tanta gente y yo con las ganas de tocar aquellos senos prometedores de la mujer implicada. Mientras mi amiga roncaba (también sus padres) planeé como no dejar perder la posibilidad de mejorar el pronóstico del clímax.

Mi viaje tenía dos objetivos: conocer la Capital (parcialmente cumplido) y asistir a la fiesta de mi amiga (por cumplir). Ése día lo pasamos preparando el lugar donde habríamos de festejar, limpié el patio de polvo, hierbas enraizadas, jeringas, cacas de perro y mucha basura. Era sábado y nuestra necesidad de alcohol lo sabía, era sábado y mi pene buscaba ser arrojado al vacío de alguna mujer, era sábado y fuera de la unidad habitacional instalaban un sonidero popular, era sábado y la fiesta estaba por comenzar.

A ella, la segunda mujer implicada, la conocí temprano. Apenas me había bañado y cambiado cuando llegaron: dos hombres y una mujer a la que ya conocía por sus fotografías. Nos saludamos e intuí su nerviosismo. La fiesta comenzó pocas horas después. Nuestro sonido improvisado era una computadora notebook rosa, mi memoria USB, unas bocinas y una telaraña de cables. Del alcohol no había que preocuparnos. La historia era sencilla: un señor amigo de la familia (Don Nico) de mi amiga le había regalado aproximadamente como 5 botellas, whisky, vodka y tequila. Recuerdo bien, creo que todos los implicados de esa noche lo sabrán, las dos botellas de vodka. Nos terminamos la primera antes de la media noche, entre cumbias, huaracha, reggae, rock y besos de lengua. Esos me los patrocino la mujer que apenas había conocido hacia no más de tres horas. Su embriaguez le quito los nervios y a mí me puso la verga parada. Aunque todos en la fiesta disimularan no percibir nuestro juego, sabíamos que aquel no era un buen sitio para conocer nuestros deseos y mucho menos satisfacerlos.

Mi primer pseudo-éxito, aunque parecería más un segundo fracaso, ocurrió detrás de un aljibe. La noche y las sombras fueron mis testigos: mientras metía mis dedos en la vagina de mi compañera ella besaba con violencia mis labios, metía su lengua y se enredaba con la mía, sus manos buscaban mi pene y mi pene buscaba las suyas. En medio de tanta excitación tal vez alguien nos vio, y eso no importó nada. No concluimos aquel rito debido a cierta fuerza que sigo sin poder explicarme; quizá fue el sentido de supervivencia, o la moralidad social, o tal vez algún vouyer no detectado. Y así, con mis ganas de penetrarla y sus ganas de vaciar mi libido regresamos a la fiesta. Ya había bastante gente, ebrios, desconocidos, bailadores. El clímax estaba a punto de suceder.

Los sonideros son famosos por tres cosas: el baile al alcance de los más vulnerables, el coito enmascarado de cumbia, de bachata, huaracha, la rumba disfrazada de concupiscencia y la tendencia caótica dentro de un orden organizado. Baile, emparejamiento, embriaguez y violencia, los sonideros arrastran mala fama pero siguen reuniendo a sus fieles, el llamado del sonido, de las luces y el humo sustituyen a las campanas de la iglesia. Aquella noche cometimos el error de hacer una fiesta dentro de otra,de despertar los demonios de aquella religión profana, fuimos las víctimas de la dimensión destructiva de aquel ritual.

Las cosas sucedieron muy rápido, pero dentro de esa voracidad del tiempo puedo recordar instantes que se imprimieron en mi cabeza, tal vez para siempre. Recuerdo que mi pene seguía inyectado de sangre, que mi pareja improvisada esperaba allá al fondo tambaleándose de ebria, que cierto novio de la implicada del día antes me había amenazado por ser grosero e insinuarme a ella. También tengo la memoria del baile que se ejecutaba alrededor y mi necesidad de seguir bebiendo vodka. Caminé hacia la cubeta donde habían puesto hielo y las botellas y una mano tomó antes que la mía una de las botellas de vodka, la de tapa roja. Luego la misma mano dirigió la botella, ahora de cabeza, hacia la cabeza del individuo más cercano. Éste cayó fulminado por el impacto, los vidrios y la sangre salpicaron la botana y el miedo se propago como nube de gas tóxico. Luego escuché otro botellazo detrás de mí, logré ver la cara del primer tipo e identificar que eran por lo menos tres los que arruinaban nuestra fiesta. Cuando comprendí que aquello era un asalto era algo tarde, el mismo tipo de la botella desconectaba la notebook y corrió con ella. Corrí hacia él y trate de derribarlo, cosa que logré parcialmente pero cuando me disponía para rematar fui derribado por dos personas detrás de mí. Me incorporé y salí de la unidad a menos de medio metro con ellos, pero la persecución tuvo que ser frenada porque un vecino me alcanzó el en trayecto. Entonces regresamos al lugar para ver gente con miedo, ebrios saliendo de sus escondites y mucho estado de shock en el aire. Mi pareja improvisada temblaba de incertidumbre, pasmada por no saber qué había pasado  la miré y le pedí que subiera con todos al departamento de mi amiga. Recogimos las cosas y subimos todos para reconstruir los hechos inmediatos.

La primera hipótesis surgió ahí, mientras nos enterábamos de que habían sido dos las víctimas. A uno le cortaron parte de la oreja, al que yo vi derrumbarse (pude haber sido yo). Al otro le pusieron puntadas en la frente (resultó ser el novio que horas antes me había amenazado). El segundo llegó horas después para tranquilizar a su novia, ésta era la mujer que no pude besar ni tocar la noche del viernes. Mientras el otro receptor del botellazo seguía en el hospital en el departamento se debatían los motivos, los detalles que no captamos y las circunstancias que nos habían llevado a estar ahí todos: un grupo de gente atemorizada por tres míseros ladrones. Que si fue por el sonidero, o porque nos habían visto desde la barda de afuera, que si los compradores de cigarros en la tienda de la esquina los trajeron, que si eran colados. Tres factores eran clave: el sonidero, nuestra falta de seguridad propia y la violencia sin mesura como táctica de miedo.

Pasamos la noche todos, entre bromas, anécdotas y repaso de los daños. Yo no pude dormir, aunque fingía hacerlo. Entonces entendí que mi fracaso era doble pero no importaba, dos personas pudieron haber muerto pero estábamos ahí todos. Al amanecer acompañamos a los sobrevivientes a sus respectivos transportes, y me despedí de mi amante de una noche. El día pasó, limpiamos los restos de la batalla que se nos impuso y bromeamos (porque solo así, bromeando, se soportan las tragedias). Naturalmente mi amiga lloró, casi siempre llora de todo, pero más allá de una jornada de limpieza no podría decir nada. Pasamos los días hasta llegada la Navidad, fecha conmemorativa que pase en compañía de su familia.

Esa noche, la del 24, supe la historia completa de su madre. Entendí que juzgar era fácil pero comprender la situación de las personas era resultado de un ejercicio arduo de interpretación y olvido de mi capacidad de juicio. Ahora la señora era una persona, con defectos y virtudes, con la que podía confesar mis laberintos familiares. Esa noche también escuché la historia de una de sus hermanas, víctima de un accidente, ahora entregaba sus esperanzas en la rehabilitación física y la resignación como medicina del desasosiego. Cada uno de nosotros tiene ya en su ruta descalabros que debemos enfrentar, aunque para algunos sea la misma muerte el descalabro final. Su esposo resulto ser un buen interlocutor para mí, compartíamos una extraña afinidad por los narcos, no admiración ni temor, sino esa curiosidad del niño que juega con la tierra mojada. Le ofrecí mis conocimientos de la tierra michoacana por si algún día venía. La cena fue agradable, de la bebida no me podía quejar y esa noche compensé la tranquilidad que me era necesaria.

Fuera del accidente post-navidad del patrocinador de la fiesta (Don Nico ahora como protagonista). El bochorno había sido compartido, Don Nico bebedor empedernido ese día tuvo la lucidez de no medir sus copas en una casa que no era la suya. Cuando a todos los presentes nos dijo “culeros interesadas” (así, con la vocal femenina y la masculina usadas indistintamente) la situación se volvió incómoda. Aquello termino cuando el padre y el cuñado lo sacaron de la forma más amable mientras la mamá de mi amiga seguramente lo mataba de forma violenta en su cabeza. Lo demás en mi viaje son cosas un tanto predecibles. Volví a ir a la Ciudad. Me reencontré con una amiga y pasamos una tarde tranquila mientras recorríamos los edificios de Tlatelolco. Me hice de algunas películas y una edición conmemorativa de poemas de Pablo Neruda. Nos despedimos esa tarde acordando un encuentro en la ciudad de Querétaro con un amigo en común, amigo que quince días después moriría en un todavía confuso accidente de coche. Ahora pienso «será después Rodolfo».

Cuando regresé a casa de mi amiga (con una terrible hambre) pensé que mi viaje había sido un fracaso. La fiesta fue arruinada por la delincuencia, no pude tener sexo con ninguna de las dos implicadas y el sentimiento de nostalgia ya comenzaba a dibujar el recuerdo de mi casa en mi cabeza. Era hora de volver. Un viernes, poco más de una semana, estaba en la terminal pronunciando “Morelia”. Seis, casi siete horas después llegamos a Morelia. Casualmente la misma película que vi de ida  se transmitió de regreso. Otra vez los coches robados, Río de Janeiro, Vin Diesel y pasajeros roncando. Llegué entrada la noche y una vez en la terminal de Morelia tomé un taxi a mi casa. Todo estaba como lo dejé, salvo yo mismo. Había cosas que debía hacer, una persona con la cual iniciar una relación, una madre a la cual abrazar (no sé si algún día le contaré que estuve a punto de recibir un botellazo en la cabeza) y un viaje adicional qué hacer. Y sin embargo deseaba algo.

A más de un mes de mi viaje sigo con incertidumbres ¿qué significado tuvo hacer tal recorrido? Quizá lo sepa algún día. Por ahora me lo cuento a mí mismo, me preguntó qué fue de la notebook de mi amiga ¿tuvo algún comprador? ¿Cómo acabaran sus días esos tres asaltantes de fiestas? ¿A qué sabía ese vodka que no probé? ¿A qué sabían los pezones que solo pude tocar? ¿A Don Nico lo perdonarán por su fragilidad ante el alcohol? ¿El cuñado y la hermana, serán un matrimonio feliz? ¿Volveré a ver a la primera dama implicada sin que su novio me quiera aplastar a patadas? ¿Por qué no me la cogí ahí, detrás del aljibe? El día que llegué a casa de mis padre solo tenía un deseo: masturbarme con el recuerdo de una vagina lubrica.

Tomada por: Oscar Mendoza M.

Tomada por: Oscar Mendoza M.

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