Caleidoscopio: Andar en Bicicleta.

Decía Virginia Wolff (escritora inglesa cuya obra más famosa es “Las Olas”) que la mente es la única cosa a la que no le podemos poner cerraduras ni ataduras. Y si a esto le añadimos andar en bicicleta la mente será infinitamente más libre. Bajo esta postura podemos pensar que las bicicletas son el medio de transporte ideal para novelistas, escritores, poetas, artistas visuales, músicos y todo aquel ser humano que goza de las virtudes que otorga la libertad de pensamiento. La imaginación andando sobre dos ruedas se ve beneficiada del doble movimiento: cuando andas en bicicleta el mundo se mueve mientras tú te mueves.

El caleidoscopio esta vez me ha otorgado una vista nueva, después de casi dos meses de ausencia, de obligaciones burocráticas y olvidos personales. He girado el tubo y veo un camino un tanto confuso pero que al momento de recorrerlo se aclara, me veo a mí mismo andando en mi bicicleta pedaleando, sintiendo las pulsiones sobre mi cabeza, el viento que roza mi cara y las hojas de los arboles yéndose hacia atrás conforme avanza el trayecto. Como lo podrán sospechar, estimados lectores, mis últimos días se han visto beneficiados porque he retomado dos vicios inherentes a mi historia de vida: escribir y vagabundear. Solo que ahora lo hago sobre dos ruedas.

Mi historia con la bicicleta es un tanto larga, pero confieso que me encantan las historias largas llenas de anécdotas raras, muy útiles para el acto de fabular. Mi primer bicicleta no fue mía; era el regalo de mi hermano menor, una pequeña bici roja con llantas. Aprendí a base de caídas y se la pedía prestada cada vez que él no estaba encima de ella. Un año tardé en conseguir la mía, regalo de Día de Reyes. No duré ni tres meses con ella pues fue víctima del robo. Sin embargo eso no me impedía usar la de mi padre, la de mi hermano, la de mis amigos. Cuando tuve un poco más de edad me hice de una bicicleta muy ligera, armada de muchas piezas con una gran posibilidad de alcanzar velocidades grandes. Entonces comenzaron nuestras exploraciones en bicicleta por la ciudad. Éramos un grupo de más o menos ocho chavales, escogíamos un rumbo (distinto a escoger una ruta) y nos dirigíamos hacia allá sin pensar en el destino, en el horario y solo con nuestra hambre de aventura. Más de una vez sufrimos accidentes, pérdidas, lluvias o regaños y sin embargo conocimos casi toda la ciudad; colonias pobres, fraccionamientos privados, parques olvidados, riachuelos muertos y lotes baldíos que nos daban descanso. Aquella rutina termino cuando vendí mi bicicleta y cuando los demás exploradores abandonaron el vicio para remplazarlo con otros: se hicieron fumadores empedernidos, padres prematuros o vendedores ambulantes.

He notado cierta “moda” por así decirlo con la bicicleta. Mi padre la ha usado toda su vida, va al trabajo con ella, visita familiares andando en ella, incluso me llevaba a la escuela montado en la canastilla. Y él mismo me ha dicho que “ha notado que muchos ya usan bicicleta” ¿Por qué? Quizá sea, me aventuro a ofrecer una hipótesis inconclusa y prematura, que la bicicleta otorga una especie de libertad, un gozo al viajar de manera rápida, usando los pies pero sin pisar el suelo. Andar en bicicleta requiere buena condición física, mantener los sentidos alerta, enfrentar peligros y descubrir lugares del mundo y del cuerpo mismo.  Cuando uno viaja sobre esas dos ruedas puedes elegir la calle, no hay sentido, no hay direccionales o baches. Pero también requiere disciplina, respetar las banquetas, esquivar coches imprudentes y saber que puede ser tu último viaje si no estás alerta.

Actualmente en las dos ciudades donde vivo ocurre el fenómeno de las “rodadas”. Un grupo pequeño decide juntarse para reclamar su parte de la calle, trazan rutas, las recorren en grupo, regresan al lugar de arranque y prometen reunirse para pedalear hacia otra parte de la ciudad la semana próxima. Primero son pocos, van creciendo en número hasta llegar (el caso de Morelia por ejemplo) a ser más de 3 mil ciclistas. Es claro que a mayor número de ciclistas mayores responsabilidades de organización, seguridad y el enemigo (que debería ser cómplice) típico: el automovilista quejándose del “tráfico”. Aunque este problema persiste se han aplicado estrategias para no afectar el flujo vial y gozar ambos, ciclistas y coches, de las calles de la ciudad. Lo cierto es que sigo prefiriendo rodar en mi soledad, o mejor dicho en mi compañía. Morelia y Uruapan, exploradas por las llantas de mi bicicleta, por mis ojos y mi sensibilidad montada sobre el movimiento libertario, siempre fluido de dos ruedas. Como he dicho, las rodadas son una buena forma de motivar y promocionar el uso de la bicicleta, pero andar en bicicleta solo se puede experimentar desde la subjetividad. Hoy he escrito lo que siento y pienso de andar en bicicleta ¿Y usted lector, a qué le tira cuando pedalea?bici

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2 pensamientos en “Caleidoscopio: Andar en Bicicleta.

  1. Como siempre genial tus redacciones con una forma tan coloquial que los lectores podemos disfrutar muy bien de la lectura fluida e interesante en su totalidad, felicitaciones Oscar como siempre un Caleidoscopio con muchos matizes.

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