El Delatador

 

A mis demonios, que todavía no quiero exorcizar 

Aunque las luces eran insistentes y el dormir ya era imposible Isaac hizo un último esfuerzo para recobrar el sueño. Ahí estaba él, los coches que pasaban a inmensa velocidad sobre su cabeza eran otra vez de cuatro llantas, con cristales sucios y con las luces soportables. Luego la calle se extendía hasta sus pies, caminaba y sus pasos podían escucharse, el eco era tranquilidad pura y la vio a ella. Detrás de un contenedor de basura, acurrucada y sosteniendo una bolsa de cartón café. Sola, inmensamente bella como una antigüedad que vale más con el tiempo y que los coleccionistas desearían más que a su propia vida. Va, la mira, le sonríe, ella le regresa el gesto y cuando extiende su mano desaparece. El rostro más hermoso sobre la faz de esa tierra de anécdota, ese pedazo de pasado irrecuperable que jamás volverá. Se extingue cuando el calor de las luces quema los párpados e Isaac ya no puede más. Entonces se levanta, maldice el sistema eléctrico de persianas, maldice su mundo lleno de espectaculares luminosos, coches ruidosos y grandes bocinas anunciando las noticias de otros mundos, de otras regiones y lo bien que se vive ahí a diferencia de otros sitios.

Se lava la cara, se baña y enciende el sistema de trabajo. Ahora la tecnología permite que casi nadie salga de su casa porque ya se puede trabajar desde ahí. Los viajes son exclusivamente para los elementos de seguridad, agentes de la paz y mecánicos de la Real Fuerza Tecnológica. Cuando en 2068 se inventó la oficina en casa el mundo hipermoderno cambió totalmente. Isaac todavía recuerda esos días en que tenía que usar el gusano, ir a su trabajo, teclear con un dispositivo todo el día y volver a casa para mirar la televisión, tomar alguna que otra manti y visitar países, mundos enteros desde la comodidad del simulador.

Ahora, cuatro años después la vida le parece vacía. Ni las mantis que disparan hormonas de felicidad, sustancias que mágicamente hacen flotar al cuerpo librándolo de la angustia, el pensamiento y la esperanza, lo hacen estar en paz, o como dicen “nivel transitorio cero”. Es ella, la mujer del sueño, la que con un abrigo roto, con la cara escurriendo de tristeza estética, de belleza escondida tras esa apariencia de vagabunda quién le hace sonreís. Isaac ha soñado con ella durante cuatro años, a veces en la calle que se mueve, a veces debajo de los puentes que ya no se usan, de los sitios que solían vender comida, parada en los callejones o mirando con la vista perdida el horizonte, todavía rojo, lleno de promesas que luego se convirtieron en conformidades y certezas.

No teme por su vida, de hecho desde que en 2068, el año de la gran revolución, se inventó el delator ya nadie teme por su vida. No al menos en su mundo. De los demás solo ha visto lo hermoso, aquellos bosques, montañas, mares y ciénagas que el simulador permite tocar, oler y pisar. De la pobreza que hay en esos lugares no se sabe nada, no le importa nada. Y menos de la gran guerra, guerra que ganó su país por poseer el delator, las mantis, las armas de sistema venusiano y el control absoluto del aire que todavía estaba intacto y libre de plomo. Sabe, dentro de su perfección, que está aburrido. Que la felicidad no significa estabilidad, ni orden, ni dominio tecnológico. Isaac se ha perdido, y solo la muchacha de los ojos grises, que parece venida del pasado podrá darle esa tranquilidad y despertar otra vez aquel sonido dentro de su pecho.

Busca, sistematiza su cacería. El delator le da seguridad, desde que se invento nadie ha muerto por violencia en su país. Cuando los  Santos Científicos del Sagrado Orden y el Porvenir descifraron como leer el futuro las cosas cambiaron. El delator es un invento genial, lo es para quien puede pagarlo y usarlo. Isaac solo conoce dos casos en que el dispositivo falló: el inventor real, se rumoró tanto tiempo que casi fue verdad, murió porque el delator se volvió contra sí mismo. También el último presidente, no quiso usarlo antes de tomar posesión (en su país es obligación usar el delator antes de tomar cualquier cargo público o empresarial) y murió a los tres días. En ése caso sí se supo por qué, el receptor se adelantó, de alguna manera y mató con una cuerda y sus manos sucias al presidente electo. Fue ejecutado y colgado del edificio de la Ciencia y el Conocimiento Supremos durante dos meses hasta que las carcomías se lo tragaron para poder seguir cantando esos himnos de guerra que deben entonar diario al amanecer. Es el delator el verdadero dueño del mundo y el país donde vive Isaac lo posee.

Otro mes perdido. Nada, de la mujer de ojos grises y cabellos negros nada sabe. Hasta que un día, al explorar una de las zonas del mundo más marginadas y con mayor número de pobreza y radiación la encuentra. ¡Es ella! Es sin duda ella. Ahí está, durmiendo debajo de un techo mal levantado, con dos cobijas que apenas si le quitan el temblor del cuerpo y con la ropa mojada. Isaac pide a sus empleados inmediatamente que la traigan. La buscan, la duermen y la llevan al país de los días llenos de luces, de sonidos de guerra y comerciales, al país de la paz perpetua y el control mediático. Está en el apartamento de Isaac, no sabe por qué, cómo y para qué la han sacado de su miseria y le han llevado a tan lujoso, bonito y limpio lugar. Es cálido ahí, hay comida, no llueve y lo mejor de todo es que hay agua. Agua de verdad, como cuando su padre le contaba que antes todos tenían derecho a ella. Y lo mira, le ve sonreír, escucha que se llama Isaac, que trabaja en casa, que lo hace para una importante desarrolladora de software, que es inmensamente adinerado, que la ha soñado y que quiere tratarla bien, con cariño y respeto. Ella sonríe, y con eso en él parece caer un aura de brillo, sus ojos se iluminan y ya no parecen dos focos extinguiéndose.

El delator, sí el pequeño, casi intangible y ligero botón color naranja. Uno lo compra, vale la pena gastar tanto. Luego lo instala en su cerebro, se comunican, lee el pasado, diagnóstica el presente y echa una mirada al futuro. Analiza todas las posibilidades, se tarda tanto haciendo eso. Luego, suena ese confortable zumbido de que ha encontrado al receptor ideal, y uno simplemente le da la orden. “Adelante, gracias”. Y del otro lado del mundo, o quizá cerca, pero no en el país, alguien muere. De un paro cardíaco, simple y sin dolor. Se extingue la vida de alguien que probablemente no haría nada con ella y permite que alguien, de éste lado del mundo pueda conservarla. A veces el delator no tarda nada pues encuentra a los posibles asesinos del dueño. También evita robos, secuestros, atentados, masacres y siempre atina. En el país de Isaac nadie ha muerto por violencia en los últimos años, todos mueren de causas naturales, en paz, con sus familiares, amados y seres queridos con días de anticipación. La muerte ya no sorprende a nadie, y quizá por eso ha dejado de ser un suceso mencionable, simplemente retira a alguien que ya dio todo de su vida.

Y está ella, en cambio. Que ilumina sus días, que le deja ver un halo de esperanza, que a veces permite observar su espalda desnuda, su piel color suave, sus nalgas tiernas e inocentes, esas largas piernas y unos tobillos creados por el mismísimo sol. Han vivido tiempos aledaños, aún no conoce su nombre, y duda de que tenga uno. La ha llamado B. simplemente B. Es tan tierna, tan dócil y cariñosa. Un día se besaron, apenas un roce de labios con labios, un toque de lengua y el perfume armónico de sus cabellos. Algo dentro de Isaac comienza a cambiar, su sangre es más rápida, las mantis saben de otra forma, las luces iluminan el contorno de B. de manera excelsa y las sopas instantáneas que se comen siempre adquieren al fin, después de tantos años sabor. A eso le llaman “enamorarse”, los libros que ya no se usan decían eso, las películas que se prohibieron también y las canciones que ya nadie canta hacían lo mismo. Amor, Isaac al fin lo siente, sus sueños era proféticos y su dinero hizo de esos destellos de esperanza una realidad tangible. B. es la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra, aunque a la tierra le queden ya pocos años.

Ya no lo recuerda, han pasado varios años de felicidad y borraron esa revelación. B. no envejece, en cambió él sí. Extraño pero sin importancia, también es raro, casi inexplicable que ahora en lugar de soñarla, la visión onírica sea una extraña caja, grande, tan amplia como para almacenar un cuerpo. Nunca la había visto, no sabe para qué las usaban. Siempre ha soñado con cosas del pasado, coches, cajas de música, objetos que almacenaban pájaros de agua y extraños dispositivos de dos ruedas con campanas, llantas delgadas y canastas al frente. Pero esa caja, con una B. marcada al frente, café, un café brilloso con olor a las regiones verdes que suele visitar con el simulador. Flores, de esas que se cuenta alguna vez hubo y se podían cortar libremente. Y dos extraños cilindros que se consumen al portar una llama en la cima, se consumen tanto que acaban siendo líquidos para después volver a su estado sólido. Es un horrible sueño, pero es horrible por la tranquilidad que hay en él, su inexplicable atracción y un constante sentimiento de algo inexplicable, ese sentimiento que se percibe cuando se las mantis se vuelven peligrosas.

Y paso lo más horrible. Doloroso, como una arma punzocortante que no acaba de atravesar el cuerpo, un hueco en la garganta, en el estomago, el amargo sabor de las lágrimas y los tormentos que antes causaban risa por ser parte del resto del mundo. Duelo, tormentoso duelo como le llaman los extintos poetas. Isaac, una caja de cedro, ahora lo sabe, con dos velas, ahora también lo sabe, unas flores y muchos llantos. Ha salido de su país por primera vez, en tantos años de viaje simulado jamás había olido el aroma de otros lugares, pisado la tierra de esos otros países o respirado el aire pesado de aquellas regiones. B. así lo quiso, intuyó (así le llamo a ese sentimiento de saber algo y no poder comprobarlo) que pasaría y lo dejo escrito en aquella última hoja. Ahora Isaac presencia, dirige y está en su primer y último velorio-entierro, prácticas que los marginados todavía ejercen. Luego, se marcha para siempre, regresa a su apartamento y usa, por primera vez después de tantos años el delatador.

Lo recordó al volver a usarlo. Hacía tantos años, recién inventado el delatador que Isaac lo uso. Lo activo con su voz, lo puso en su oído, vio su pasado, vio su presente y vio su muerte. Iba a morir víctima de un asalto, por comida lo más ridículo. Pero lo evito, dio la orden y las gracias y el delatador mató a esa muchacha pobre que le iba quitar la vida. Luego siguió con su existencia. Entonces Isaac lo recordó, la mirada de la muchacha ladrona, esa misma mirada cabizbaja, mojada y de ojos grises. El delatador falló, no mató a la muchacha ese día, la mató muchos años después,  justo después de haber recibido su semen adentro, en su cavidad de mujer. La mató cuando ya no era un nadie, le dio muerte cuando era B. su amada B. Isaac tomó entonces la decisión más valiente de su vida, pidió algo que nadie le había pedido al delatador antes. “Por favor, ejecuta la función consentir y gracias.” Luego Isaac cae, su corazón ya no late más. Del otro lado del mundo, un niño recién nacido podrá vivir toda su vida en paz.

 

Noviembre 2012.

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