Los días de Santiago.

Para Pepe, que extraño sus tacos y para Carlos, que me rebanó la oreja. 

 Los nombres de las personas que aparecen en este relato fueron cambiados, no así sus hazañas, vergüenzas y anécdotas, no por protección a ellas, sino para protección del autor, éste sabe de antemano que los  delatados en este cuento jamás van a leerlo, pero supersticioso el autor, aún cree en el “mejor prevenir que lamentar”. 

Son dos días, tres noches y cinco calles. Desde que tengo memoria, desde que mi memoria aprendió el lenguaje de mi boca, de mi pueblo, a partir de ahí recuerdo al menos diecisiete ediciones de Santo Santiago. Digo “santo” no porque yo crea en la beatitud, la pureza de alguien que probablemente existió como simple mortal pero jamás inmaculado, le digo así, san-to porque quiero a mis padres, los únicos responsables de que me cuente a mí mismo las anécdotas que surgen como destellos en mi cabeza. Más de quince años de memoria, de nombres, situaciones, juegos, dramas y santificaciones de la borrachera, el desenfreno y la locura familiar que se asemeja a la contorsión de los valores morales.

Efectivamente, san-to es el nombre del señor, del señor que prestó su nombre al concurrido, siempre húmedo, a veces demasiado, barrio tradicional del señor Santo Santiago, de Uruapan Michoacán. Le leyenda; que por módica cooperación voluntaria puede uno escuchar de la boca de los niños que aún la recita de memoria sin comprender lo que desprenden de su boca, cuenta que Fray Juan de San Miguel, algo así como un fraile franciscano que se perdió en tierras purépechas y se le ocurrió que entre un par de cerros, a lo largo de unas tierras verdes que eran atravesadas por un río que “cantaba”, fundó Uruapan. El “lugar que siempre florece”, que así es como dicen que se traduce U-ru-a-pan, rápidamente se convirtió en un lugar fértil, floreciente, concurrido y apto para vivir el nuevo sueño europeo: acá la utopía social-cristiana-progresista-de-salvarnos-todos podía ser realizada. Para ello, don señor fraile sin-nada-mejor-qué-hacer dividió la localidad en nueve ostentosos “barrios” cada uno con sus tierras, sus habitantes, oficios propios y por supuesto, su iglesia dedicada al santo patrono que prestó su nombre al barrio. San Miguel, El sagrado Corazón “Vergel”, San Juan, que más tarde sería el Quemado por vaya usted saber qué piromaníaco inteligente y conocedor de mercadotecnia, Santa Magdalena, San Pedro, San Francisco, San José, y Santo Santiago, el mismísimo apóstol que cenó con Jesús de Nazareth. (Informes recientes indican que el tal Jesús todavía es solicitado en la tierra, no vaya ser que se le olvide salvarnos).

Ahora, ya que mi memoria se ha detenido en los molestos detalles historiográficos de la fundación de Uruapan, y del origen del nombre Santiago, también creo necesario relatar la historia, aunque más breve de una de las dinastías más importantes de Santo Santiago: La familia *******, llamados por sus vecinos “Los terribles” no se ganaron el apodo así no más. Tuvieron que hacer un esfuerzo sobrehumano, bueno también ilegal, para adjudicarse tan llamativo eufemismo. El mayor, o el primero del que se supo, era Don Pascual. Se cuenta que fue un hijo de algún español que gracias a la astucia se coló en la campaña de Fray Juan de San Miguel, logró borrar su historial de enfermedades, tranzas y deudas y se afianzó unas cuantas nativas purépechas con el pretexto de que ayudó a la edificación de la capilla de Santo Santiago. Don Pascual *******, porque el apellido sí era de dicha ciudad ibérica, finalmente preño, porque él creía que las indias eran como animales a los que podías o no preñar o vender, a una tal Huitziri, que como no podían pronunciar su nombre fue cambiado a Itzi, más corto y de más categoría. Don Pascual e Itzi tuvieron quince hijos, tres murieron antes de cumplir los 10 años en la peste de 1577, los demás crecieron, algunos se fueron de Uruapan, otros mudaron de barrio siendo esclavos allá, y el más pequeño, Santiago, homónimo del barrio, fundó una familia con quien de hecho era hija de una hermana de Itzi. Pasaron algunas generaciones y la sangre española se mezclo tanto con la originaria que ya era irreconocible quién se parecía a Pascual o a Itzi.

De la cuarta generación, lo sé porque mi abuelo entre sus estados exaltados lo contó, hubo un tal Adolfo. Peleó en la Revolución mexicana, pero como perdió un brazo y mitad de un importante órgano de almacenamiento genético, fue regresado con honores a Uruapan. Con el dinero de sus honores se hizo de una casa, compró una mujer y tuvo algunos hijos. De ellos nació el abuelo, sujeto que a los doce años descubrió las virtudes del alcohol, la trampa en la baraja y el oficio de artesano. También supo que “Adolfo el deshuevado” era su padre, un soldado que perdió el brazo, un testículo y se hizo adicto al recién inventado “charanda, destilado de caña de alta calidad”. El abuelo nunca ha querido contar más de su padre. Al contrario, parece que conoce la vida de los que en sus años vitales fueron los “suegros”, mamá y papá de mi difunta abuela. Ella era una muchacha delgada, hija de un bracero que iba y venía de Kansas City a Uruapan. Tenía otras tres hermanas y tres hermanos, de ellos el abuelo cuenta que tuvo que partir algo llamado hocico para ganarse el respeto del barrio. Al pequeño Luis nunca le quedaron ganas de volver a molestar al artesano experto en conquián, tirar patadas y amenazar con navajas robadas del taller artesanal. Y es así como el abuelo, después de alquilar un caballo porque para comprarlo no había mucho dinero, se robo a la abuela, aunque creo que lo del caballo ha de ser mentira como lo de la navaja; fuentes cercanas aseguran que al tío Luis lo amenazaron con un machete bastante oxidado y que en lugar de caballo fue el tradicional “a mache” lo que se robo a mi abuela. Eran otros tiempos.

El abuelo logró hacerse se fama, primero porque tuvo diez hijos, uno tras otro apenas mi abuela se reponía y segundo por sus anécdotas caballerescas en el barrio. De día se ganaba la vida en un taller artesanal, a veces enseñando, a veces robando hasta que un día fue despedido no sin dar el tiro de gracia; dejo sin una oreja a un aprendiz solo porque éste le había recordado la graciosa y trágica condición de deshuevado de su padre. El abuelo hizo del apellido una marca personal que era respetada como franquicia mafiosa en el barrio, ganaba juegos de baraja con sus complicadas y trabajadas trampas, brindaba protección personal a los nuevos vecinos de males que él mismo gestaba y operaba una organización de veladores en las huertas aledañas que cuando necesitaban dinero para un buen baile robaban en las huertas culpando a los del otro barrio. Todo esto duro más de veinte años hasta que las fuerzas del abuelo cedieron y lo obligaban a dormir de día y trabajar de noche. Fue entonces cuando mi padre cumplió la mayoría de edad huyendo hacia la costa, mandando dinero para sus hermanas y viniendo a la ciudad de vez en cuando a visitar a su entonces novia: la odiada vecina de quien años después fuera mi madre.

Han pasado poco más de veinte años desde que nací. El apodo “terribles” sigue siendo marca personal, aunque haya disminuido debido a la competencia desleal. El abuelo se hizo gran artesano local aunque sus vicios y ocios sigan siendo los mismos, una cosa compensa a la otra. De sus diez hijos, uno huyo al lejano país del norte, otro se encargó de reivindicar el apellido a través del baile y el otro gestó dos apéndices que se encargarán de darle sobrevivencia al apellido. Todos sus demás nietos llevan la condena de tener como primer apellido otro, al ser hijos de mujeres condenadas a tener el segundo lugar en el orden de la sociedad paternal. Total, que solamente mi hermano o yo podemos seguir transmitiendo el apellido Terrible, y si no llegásemos a tener varones con nosotros morirá la historia de cierto apellido famoso en el barrio, famoso por ser el del primer Virrey de la Nueva España.

Cada año, 25 de julio según el calendario gregoriano, las familias que han crecido y fueron adoptadas en el barrio deben rendir un tributo en forma de fiesta-peda-orgía-leturgia-sagrada-profana al santo patrono Santiaguito. La familia, porque siempre han sido agradecidos hasta eso, año con año planea la fiesta con días de anticipación. Primero el tío que es gay pero que nadie quiere darse cuenta porque al abuelo le incomoda que siendo él un macho haya tenido un hijo puñal, va y busca a la orquesta tradicional de los hermanos no-sé-qué-diablos del lago de nombre impronunciable con violines, chelos y contrabajo, con sus listones de colores y sus altos precios. Luego que ensaya y ensaya, gana concursos de baile en municipios desconocidos, gasta, compra y teje su traje de mujer, se manda hacer su máscara coqueta y ensaya sus pasos de movimiento de cadera, levantamiento de talón y meneo de nalgas. Ahí está, el tío que ha bailado más de diez años de esa manera alegrando y consiguiendo más devotos del tradicional recorrido que va desde la iglesia hasta el centro y de vuelta. Y entonces las hermanas, mis tías que vestidas entre moderno y purépecha se sienten las divinas guardias del bailarín, con sus atavías, colores, sombras y artesanías dándole un toque de coquetería y solemnidad al sacro-profano baile. Y finalmente mi padre: ese mal camarógrafo con pulso de chófer de tráiler, mal enfoque y peor manejo de la tecnología, aunque siempre incondicional y a pesar de la cerveza y el charanda (bebida tónica que según cuenta la leyenda es destilado de caña) siempre capturará los momentos claves.

Por si fuera poco, ahí estamos mi hermano, eterno cómplice, mis primos, eternos victimarios y víctimas, y yo, el curioso escarabajo de cabeza en un lugar donde nadie tiene la bondad de pararme en mis patas. Más de dos décadas de lo mismo, la misma fiesta, los mismos ebrios, las mismas peleas, los mismos bailes, canciones, juegos mecánicos, comidas y acontecimientos tragicómicos, aunque siempre de manera distinta. Así son estas fiestas, eternos ciclos que de alguna manera, más allá de nuestro entendimiento, son distintas una a la otra. ¿Cómo podría ser algo distinto y diferente y al mismo tiempo idéntico? No lo sé, pero existe la fiesta, y existen las fiestas tradicionales.

En una ocasión, durante el recorrido un sujeto demasiado influido por Pan y sus vinos se encargó de los cohetes. Ya en el centro de la ciudad detonó varios con éxito, hasta que el jugo etílico hizo de las suyas y le desvió la mano mandando el cohete hasta la ventana de reconocido hotel. No hubo heridos, lástima para nuestro morbo, pero un anciano entre nostálgico y sabio recordó que eso ya había pasado en los tiempos del abuelo; en aquella ocasión el cohete dejo ciego a un niño que de mala suerte había pasado por el jardín alto. También recuerdo que la fiesta religiosa se tiñó de sangre cuando una niña recién ingresada a la ortodoxia soltó la mano de sus padres, corrió hacía una atracción mecánica y murió atropellada por un camión que iba en reversa. La cruz todavía yace, torcida, oxidada y sin flores de aquella niña que falleció en plena fiesta. Y así, muertos, descalabrados, navajeados, deudas y mutilaciones, Santo Santiago, el apóstol que las retorcidas leyendas ilustran como un estandarte contra los moros de España, ha tenido que cobijar a los fallecidos en su honor. Extraña manera de festejar la santidad que por otro lado siempre encuentra sus risas, su salvación y su asenso al cielo mediante la consagración de las abuelas que a pesar de la borrachera piden por todos los habitantes del barrio.

Cuentan los ancianos, esos que uno debe escuchar porque el charanda ya no surtió efecto, que quien en vida respondiera al nombre de Manuel Montes era quien año con año portaba el honorífico traje de diablo. Cuando éste murió el barrio hizo un censo para designar al nuevo diablo que en los días de la fiesta debería atormentar, ficticia o descaradamente, a la población invitada y a los turistas incautos. Entonces el abuelo, quien había sido elegido se negó argumentando no ser digno de tal puesto, y para zafarse armo una de sus clásicas artimañas. Entonces la identidad del diablo se decidió con un juego de conquián: quien juntará 10 cartas, pares, corridas, colores o póker  de una mano de 9 debía ofrecerse de diablo. “Zorri” un aprendiz de zapatero amigo del abuelo repartió, y cuando el abuelo le giñó el ojo tenía en su imaginación la certeza de ser protegido de éste. La suerte quiso que el abuelo fuera el primero en ganar, o la trampa para ser sinceros. Y al final fue el mismo Terrible quien ayudo a todos, excepto al Zorri a ganar el derecho a no ser el diablo. Hace más o menos dos años que el Zorri, convertido en teporocho profesional murió después de un recorrido. El hijo de éste heredó el deber de vestirse de diablo y el abuelo, aún con vida, el de ser por siempre la mente detrás del diablo. Lo que no sabían ambos es que el diablo, el de verdad, les prepara otro juego más justo, libre de trampas y de favoritismos por un apellido y de Santo Santiago, sabemos que no ha querido jugar. 

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