De lecturas y cumpleaños.

 

El acto de leer hoja tras hoja para llegar a la contra portada de un libro no había sido mi compañero siempre. Supongo que todos tenemos inicios distintos, ya sea por la escuela, por acontecimientos externos o por simples banalidades. Todos los días, a toda hora surge un nuevo lector, aunque por cada nuevo se van tres o cuatro. No es algo nuevo saber que en México el nivel de lectura es bastante bajo a comparación de otros países de más o menos las mismas condiciones socio-económicas. A veces que un adolescente mexicano lea más de 4 libros al año es una hazaña tremenda, antes podíamos justificar dicha carencia con la falta de educación básica, los distractores sociales y las tragedias familiares; un chico no leía porque tenía que trabajar y el cansancio que abate al cuerpo después de una jornada dura impide que alguien sienta ganas de pensar. Ahora las cosas están un poco más complejas, hay tantos medios de comunicación, tantas distracciones y demasiadas tragedias como para que una persona de 15 o 16 años se ponga a leer una hora en la que podría estar bebiendo, patinando o haciendo mil y cosas “más importantes” en ese momento. ¿Y qué me llevo a mí adolescente de 16 años a descubrir el mundo de la lectura? Supongo que las tragedias también tienen su lado positivo, solo hay que saber encontrarlo.

 

            Algunas personas tienen la fortuna (aunque a veces no sea fortuna sino cárcel) de haber nacido en una familia con la cultura del libro; hijos de profesores, de artistas, de diplomáticos o simplemente de gente que ya leía. Cuando un niño nace en estas condiciones tarde o temprano descubre la biblioteca familiar y se adentra en las páginas. No en mi caso, tuve que encontrar la fortuna por mis medios. Sé por mis padres que solo un esposo de alguna de mis tías hizo una licenciatura en administración, se enrolo en una empresa y acabó como gerente en otra ciudad. Sus hijos pudieron ir a la Universidad, ingeniero, contador y administrador de empresas. Fuera de ahí ningún otro familiar ha estudiado algo más allá del bachillerato, si acaso una prima lejana que terminó la carrera técnica y labora como secretaria contable. En resumen; la lectura nunca estuvo en mi infancia, conocí los libros, ese extraño objeto rodeado de misterio hasta pasando los 15 años.

            Recuerdo que aproximadamente a los 6, casi 7, tuvimos una mudanza grande. Habíamos vivido en un pequeño departamento arriba de un local de tacos, cosa triste para su tiempo pero graciosa para el nuestro. Hicimos la mudanza desde una colonia al sureste de la ciudad hasta una colonia de reciente creación al noroeste (antes habían sido tierra de una huerta a la que invadieron y lograron a base de resistencia fraccionar). Cruzamos media ciudad en un viejo camión, en total hicimos tres viajes. El último viaje estuvo cargado de baratijas, de entre ellas dos cajas repletas de unas pequeñas revistas de no más de 15 centímetros por 20 de ancho. Cuando arribamos a nuestra nueva casa lo primero que desempaqué fueron esas cajas. Había muchas, ni si quiera las conté, eran pequeños cómics ilustrados a color pertenecientes a un tiraje desaparecido conocido como “Hombres y héroes”. A los pocos meses ya había leído más de 100 revistas de las dos cajas que había, después supe que algunas eran de mi padre y la gran mayoría de su hermano que se había ido de la ciudad buscando trabajo en el país del norte. Tenía yo 11 años cuando ya había leído una caja entera, tarde más o menos otro año en terminar la segunda caja.

            En total leí más de 3 años todas las revistas, vi en dibujos con diálogos la terrible historia de Iván el Terrible, Ana Frank o la tragedia de Francisco de Asís, la sangrienta segunda guerra mundial y admiré con asombro las hazañas de Ulises, de Teseo y la aventura de Jasón. Gracias a esas revistas supe por primera vez que mi mundo estaba  inmensamente lleno de historias, ahora sé que mal hechas, con generalizaciones y omisiones, etc. Pasaron muchos años, entre los cuales vi películas y reconocía la historia por haberla leído en Hombres y héroes. Hasta que llegué a la educación preparatoria.

            Había entrado al tercer semestre del tronco común, mis materias oscilaban entre la ciencia exacta, las ciencias naturales y las humanidades. Yo ya tenía decidido estudiar humanidades, no por pasión sino porque los números y las fórmulas ya me habían costado dos exámenes extraordinarios sin contar el estrés y el sufrimiento, cosa que ahora sé nunca terminarían de cesar a pesar de estudiar cualquier cosa. Mi profesora de “Literatura Mexicana” comenzó el curso de manera distinta a la de “Literatura Universal I y II”. Aquella nunca nos había dejado del todo claro para qué servía estudiar algo así como literatura, cuál era el objetivo dentro de la preparatoria o la proyección a futuro. Esta nueva profesora intento contagiar su ánimo y pasión por las expresiones literarias de México, para ello había dos tareas a lo largo del semestre: leer y escribir. Hasta entonces yo no había leído gran cosa en dicha escuela, si acaso unas lecturas para historia, un manual de gramática española y muchas fórmulas matemáticas y lógicas. El plan era elegir de entre 8 títulos el que más nos llamara la atención: elegí el Popol Vuh por el simple hecho de ser algo así como la historia de los mayas según la hoja que describía cada uno de los títulos y donde teníamos que marcar con una X nuestra elección después de añadir el nombre. La tarea era leer durante el semestre dicho libro y elaborar al final un escrito que a medio semestre se nos daría con instrucciones.

            Cuando acudí a la librería me convencí de mi elección pues Popol Vuh apenas rebasaba las 100 páginas mientras que El periquillo sarniento, Visión de los vencidos, o La verdad sospechosa parecían más voluminosos. A lo largo del semestre leí con desgano las antiguas historias del quiché, omití buscar las palabras que no conocía y simplemente me brincaba las hojas en las cuales me aburría; sin duda extrañaba los dibujos de “Hombres y héroes”. No podía imaginar a los gemelos Ixbalanqué y Hun-hunapú ni mucho menos a los terribles habitantes del Xibalbá. Mi cabeza había estado acostumbrada a leer y ver al mismo tiempo. A mediados de semestre me fue dada la hoja con instrucciones: tenía que elaborar una descripción de los personajes principales, un comentario acerca de la anécdota de los gemelos y una reseña libre de lo que yo consideraba mejor del libro. Lo hice con igual desgano y al final pase la materia con una nota  regular.

            Y habían llegado las vacaciones de invierno, periodo que pasé en total aburrimiento. En eso entonces había perdido mi consola de videojuegos por un apagón, casi todos mis amigos habían salido de la ciudad y para antes de Navidad yo ya había agotado mis posibilidades económicas. La Noche Buena de ese año se estropeó gracias a las funestas decisiones de un familiar que en se le ocurrió que era el mejor tiempo para disparar un arma y que la bala cayera sobre su propia cabeza. Afortunadamente solo se abrió la cabeza y se ganó un buen susto, cosa que hizo de la planeada cena una visita grupal a una clínica de urgencias, entonces supe que el Año Nuevo iba ser casi igual. Y de hecho lo fue. Empecé esta auto-reflexión con una afirmación importante para mí: las tragedias tienen su lado positivo sabiéndolo encontrar. O mejor dicho, esperando a que te encuentre, porque a mí me encontró.

            Mi padre había estado suscrito a una importante firma de publicaciones, cada vez le enviaban una revista con temas de actualidad, algunos folletos y cubiertos, plumas o lámparas de mano conmemorativas. Había sido una pesada broma pues lo suscribió el mismo tío que casi se atraviesa la cabeza con una bala. Cada seis meses enviaban un libro con cuatro novelas cortas: siempre había dos policiacas y dos de romance. Mi primera novela entera, triste para algunos, gracioso para otros, simple coincidencia para mí, fue una novela corta de carácter policiaco. Leí con entusiasmo, olvidando mi pésimo cierre de año, la historia de un asesino en serie que resulta ser un policía son doble personalidad. A partir de ahí devoré todas las novelas de esa firma editorial, acabando con la inexistente biblioteca familiar.

            He querido escribir esto por pura vanidad, a nadie más que a mí le interesa mi inicio en la lectura. Logré, después de varios meses formar el hábito que espero me acompañe hasta que mi existencia corporal. Después de cumplir los 18 años, hace 4 exactamente, comencé con el hábito de lleno.

Leí como regalo de cumpleaños el misterioso mundo que inventó Edgar Allan Poe, junto a los misterios de Oscar Wilde y las invenciones de Guy de Maussapant, un año después sucumbí al encanto del Medievo con El nombre de la Rosa, otra lectura definitiva en mi historial. Un año después, otra vez como regalo de cumpleaños, pude viajar a otros mundos en compañía de Philip K. Dick, incluso al mundo interior con los sueños de Borges. Pasó otro año y leí la aventura de Violeta en Diablo Guardián paralela a mi segundo encuentro con Eco en el Péndulo de Foucault y la deslumbrante y enigmática mente de Lovecraft. Y es así como hemos llegado a este año, donde ahora imagino el Tokio de 1969 mientras repaso la historia del cine en Francia y adivino junto con Sam Spade quién quiere apoderarse del Halcón Maltés. La lección es que nunca hay que dejar de leer, desde novelas, cuentos, filosofía, poesía, ciencia, difusión y sin fin de géneros de los que no es posible hablar por ahora. Cada año, cada cumpleaños desde el 2008 no he han faltado los buenos libros, las buenas palabras y los más sinceros deseos, he querido contar mis años a través de los libros con la seguridad de que a pesar de lo que venga siempre podré contar con lo que de ellos y con ellos viviré. ¿Y ustedes, cómo se iniciaron en la lectura?

P.D. Todavía no sé si este año recibiré algún libro envenenado. 

Anuncios

Un pensamiento en “De lecturas y cumpleaños.

  1. Yo empecé a leer bien bien por ahí de mis 18 años.
    La historia corta: tuve una novia que en varias ocasiones me llegó a preguntar si había leído tal libro, o me preguntaba si me gustaba cierto autor o cuáles libros me agradaban; lamentablemente en ese tiempo no leía cosas aparte de libros de programación, matemáticas, física y cosas de la escuela por lo que no podía responder esas preguntas. Éso me hizo sentirme incómodo conmigo mismo, por lo que comencé a leer.
    No duré mucho con esa novia, pero apartir de éso se me hizo chido eso de leer y a la fecha conservo ese genial hábito.
    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s