El salvavidas.

-Wake up.

¿Eh? Fue mi primera reacción, mi primer instinto de autoconservación, seguido del pie mojado. Y me doy cuenta de que el piso está húmedo, de que las fotocopias se encuentran hechas trizas, flotando sobre el azulejo y el ambiente huele a tierra mojada y ropa sin secar. TODO ESTÁ INUNDADO.

-Come, close.

Uso el trapeador, seco el piso y me cambió de calcetines. Los mojados ahora están junto al montón de ropa, camisas y pantalones, que también tuvieron que absorber agua de madrugada. Mi puerta, pedazo de fierro hecho mierda por el tiempo, no resiste borrascas y permite el paso de chorros y gotas. Se me hizo tarde, el autobús ya se ha de ver ido, sin mi pesar y sin mis ronquidos aquellos pasajeros ya deben de ir sobre la salida en la autopista. Mientras tanto, yo terminé de secar el piso, tiré las hojas suaves despintadas y sin uso alguno. Me deshice de las heces de perro, que se aliaron con el agua para fastidiar mi día. Comí, más bien tragué y comencé a pensar en lo difícil que iba ser conseguir otra salida así. Lo cual me llevo a conseguir un sueño pesado, lo que me condujo a tirar todo sobre la cama y desparramar mi existencia corporal sobre ésta.

-I can feel your fear.

Otra vez despierto, recuerdo que dormí por el cansancio de limpiar. Me deshago de las cobijas que pesan sobre mis pies y lo pongo en el suelo. Mojado, otra vez mojado el pie. ¿Cómo si ya había limpiado, incluso todo estaba en un aparente orden? Veo el reloj, apenas si han transcurrido dos horas a partir de que llegué a mi puerta. Recuerdo que entre la embriaguez de madrugada logré cerrar la puerta, monté el guardapolvos y me eché a la cama seguro de que el guardapolvos lograría evitar la filtración de agua a mi habitación. Al parecer mis configuraciones lógicas no funcionaron y el piso está mojado, las fotocopias flotan las unas sobre las otras, en sus caras y sobre todos sus lados, y la ropa que tiré a suelo es ha mojado con todo lo que había en él. Corro entre brincos, pasos de puntas e insultos a mi memoria. Obtengo el trapeador, extrañamente apesta a vómito. Tengo que lavarlo, o toda la casa podría oler a brandi con frituras de chipotle procesadas en estomago y regresadas a esta realidad. Seco todo, otra vez todo. De nuevo me gana el cuerpo, el peso sobre mis hombres es incontrolable y me derrumbo sobre el piso, afortunadamente algunas cobijas amortiguan mi caída y el dolor cesa. Dormiré toda la tarde mientras mi autobús sale sin uno de sus pasajeros, ya habré de conseguir otra salida.

-Yesterday changed everything.

Estoy perdido, no puedo encontrar el camino que me lleve de regreso a casa, y de nuevo a mi otra casa. Doy vueltas y vueltas, parece que retrocedo en el tiempo. Lo sé porque ya he pasado por esta calle, ya pise aquella avenida incluso vomité sobre la misma banqueta. Luego, cuando finalmente encuentro la larga secuencia de cuadros pavimentados que me llevarán a la puerta de mi hogar despierto. Me froto los ojos, respiro y me incorporo después de esa terrible pesadilla nocturna. Parecería que hubiera llovido, una larga tormenta calló sobre mis hombros toda la noche. Sin embargo estoy seco, aún tengo la ropa de la noche anterior. Mis zapatos, extrañamente se posan sobre el buró que yace a mi derecha. Destapo mis piernas y siento el agua fría mojar la tela delgada de mi calceta, meterse entre mis dedos y finalmente inundar la dermis de la planta de mis pies. Noto que la puerta de hierro, que supuestamente debería evitar estos sucesos está abierta. El guardapolvo que debiera estar debajo de ella ni si quiera parece haber sido puesto. La ropa está mojada, empapada y apestando a brandi y otros alimentos que me da asco recordar. Dentro, no sé cómo, hay heces, mierdas apestosas de gato y perro. Yo sólo tengo un perro, ¿de dónde carajo pudo salir un gato que caga con semejante bestialidad? He decidido no limpiar, el autobús ya casi se va y tengo menos de una hora para hacer maletas y abandonar, aunque sea por unos meses, este cuarto en renta. Mi verdadero hogar me espera con ansías. Hago el equipaje y verifico llevar conmigo todas las cosas pequeñas que son mejor llevar en la mochila personal. Camino hacia la puerta y las llaves han desaparecido, me detengo y las busco como un adicto en busca de su siguiente dosis: sólo encuentro un llavero que me recuerda cuando visité alguna playa, pero de las llaves que pueden abrir la puerta nada. Y es que odio cerrar la puerta con candado pero a estas alturas de mi vida prefiero encerrarme a tener que noquear ladrones. Estoy encerrado en mi propia casa. He decidió no permanecer más tiempo aquí, uso un viejo trapo, lo amarro a mi mano y le suelto el primero de cinco golpes al cristal de la puerta: pediré ayuda. La sangre no me cae bien, y menos la mía por lo que al verla es inevitable el desmayo. Caigo en sobre mi espalda, ahí entre pedazos de vidrio, sangre que brota de mi puño y un charco de agua que baja constantemente desde las escaleras.

 

I saved your life, now you must save the world.

Despierto recordando vagos momentos de la madrugada. Mis zapatos mojados, la persistencia de las gotas sobre mi cara, el sonido de los gatos apareándose en los tejados y la quietud de la noche. También recuerdo que mientras mi débil caminar aventajaba baldosas húmedas el estomago se me hacía nudos, se revuelve entre los desechos que mi zapato aplastó y mis arcadas de medio-muerto. Y después encuentro la calle, la larga vereda empedrada que conducirá a mi descanso se disuelve entre el aguacero que nubla mi vista, entre las gotas de sangre que de la nada brotan de mi brazo y el zumbido en mis oídos. Volteo hacía atrás y el fuego y el humo se disuelven para mostrar un paisaje un tanto extraño para mí: un coche yace partido en dos por el frente, un poste de madera lo atraviesa y de sus puertas laterales cuelgan partes humanas, un terrible accidente sin duda. Debo de correr al grito de auxilio, a socorrer a los heridos e intentar un rescate improvisado; lo intentaré a pesar de mi embriaguez. Cuando doy media vuelta, grito pero mi voz se ahoga en la garganta y hacía el exterior no se escucha nada; nada se oye y nada puedo decir. Entonces con mis manos tomo un pedazo de madera, ahora golpearé las puertas pero la madera se disuelve en mis manos como masa liquida que se escurre entre los dedos. No hay nada que pueda hacer, correr hacía el coche en llamas, hacía los pedazos de vidrio y el charco de sangre-agua-lodo-gasolina del que puedo percibir el aroma. Estoy parado a medio metro de las ruinas de hojalata confundidas con las humanas: abro la puerta y no hay nada. No hay heridos, no hay cuerpo, sólo sangre, pedazos de carne, vidrios, metal retorcido y ropas, de hecho mis ropas. Mi maleta entera repartida en lo que queda de aquel vehículo. Y el olor, y la voz en mi cabeza, la voz que me dice wake up, la voz que me despierta de la larga pesadilla de la que soy presa.

Estoy en un cuarto de hospital, he perdido la mano completamente, es un milagro que haya sobrevivido primero al impacto, después a al agua que se metió a mis pulmones, que bajo por mi cuerpo y se encharco en mis zapatos. Y después, azarosamente tengo que morir y contarles mi sacrificio a la pareja que no maté, el par de muchachos enamoradizos que se besaban debajo de aquella luz que proporcionaba el poste, los que salvaron mi vida, aunque fuera momentáneamente. 

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