La vida o el circo.

Nuestro lenguaje usa dos conectivos lógicos, tan comunes que ya no reparamos en su significado oculto, decir “la bolsa y el brazo” “lo tomas o lo dejas” son expresiones que usan ambos conectivos lógicos: conjunción y disyunción. Decir “la vida o el circo” es usar el segundo modo conectivo; o esto o lo otro. Pero esta forma también admite dos variantes, la exclusión y la inclusión, a diferencia del “y” que obligadamente debe incluir tanto la ‘vida’ y el ‘circo’ como parte de un mismo conjunto. No así el “o” que une a la vida y el circo, acá nuestra disyunción puede pedir que elijamos o vivir o ir al circo, pero también invita a vivir el circo, y aceptar la vida cirquera.

La vida o el circo no son ni lo primero, ni lo segundo, ni ambos a la misma vez. Es ambos inversamente.  ¿Qué quiero decir con todo este juego de lenguaje? Lo que de hecho sucede, vivimos en un circo al cual llamamos vida, y luego creemos ir a cierto lugar, conocido como ‘circo’ a olvidarnos un rato de la vida. Lo que este indagar quiere mostrar es que tanto el acto de vivir es analógico a una representación circense, como el espectáculo del circo es basado en la incredulidad, irrealidad y absurdo de la vida.

La vida es un circo,  el circo es una vida, una vida de circo, un circo de la vida, cada una de estas frases nos revela un común enlace entre el acto de vivir y el acto circense. ¿Y quién es el actor, quién es el público, y quién dice cuándo terminará la función? En este sentido, yo, tú, él o aquel son el público, pero también son el trapecista, el domador, la contorsionista, el hombre de los cuchillos, la mujer peluda, el equilibrista, y admitámoslo de una vez: todos somos buenos payasos. Y qué decir del circo, allá también podemos encontrar al amante frustrado, a la mujer ninfómana, al niño huérfano, al fumador compulsivo y al carente de afecto. Extrapolar los roles es una de las vitalidades del circo, nadie es dos veces el mismo, nadie ve la misma función dos veces.

¿Qué hay de lo simulado? Es cierto, actualmente el circo se divide en dos, pero también la vida podría terminar así. Uno: el circo perfeccionista, simulado, montado en estructuras previas, siempre el mismo acto con variantes apenas perceptibles, el mismo show, los mismos gestos y casi siempre las mismas reacciones. También, de eso depende la fatalidad de su decadencia, la vida se ha convertido en este simulacro prefabricado, perfeccionista, queriendo librarse de errores, de imprevistos y siempre buscando los mismos resultados. Este acto está condenado al bostezo, al olvido por monotonía y por triste que parezca a matar al segundo tipo de circo.

 

Dos: el circo improvisado, el de arrabales y barrios, de pueblos y marginados. Acá la cosa es contraria. Los actores son mediocres, apenas preparados, la carpa está agujerada, la comida es mala, huele a caca de caballo, si tenemos suerte de elefante. Los payasos son malabaristas, domadores, muchas veces de intentos de leones, son los de la cuerda floja, y cuando eres atento son también el público que se deja hipnotizar. El mago de este circo es el más mediocre, la mujer contorsionista es rígida y las botargas tienen hoyos que delatan su humanidad. Y sin embargo ríes. De tan mal espectáculo sólo queda: o reír o llorar. La vida misma. Y acá nunca esperas nada, porque todo pasa sin siquiera estar al tanto, lamentablemente este circo es barato pero muere por la industria y el perfeccionismo. Lamentablemente también las vidas llenas de improvisaciones, de hoyos y risas involuntarias mueren más pronto que las guiadas y bien aventuradas vidas artificiales.

Finalmente el circo y la vida son uno mismo y cada cual por su lado nos muestran que la vida como en la carpa se representa a sí misma, a diario, a veces sin espectadores, otras con grada y luneta llena. Unas fracasa el payaso, porque hace llorar al niño de enfrente, otras la cuerda se corta, luego el domador es comido por sus leones. Están también las veces en que el mago hace magia sin querer hacerla, en que la pierna se dobla sin ser contorsionista, cuando escupimos fuego sin haber tragado gasolina, o aquellas veces en que cobramos la entrada sin ofrecer nada a cambio. Vivir es hacer un circo, hacerlo a diario, hacerlo gratis o cobrando. Y también ir al circo muchas veces mata, otras, la mayoría, te hace desear ser niño, reír, comer porquerías, sentir miedo, oler la muerte y saborear el asombro. Y al final, ya sea después de acabada la función, o de cerrar un ciclo de la vida, el inevitable epílogo: el show debe continuar.

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