La Jaula Oxidada.

Antonio ante Dios y el gobierno, Tony ante su madre y sus tías empalagosas y el Peleques ante los cuates de la colonia y amigos de la escuela estaba dando un excelente partido. Aquel día se levanto con una condición inigualable, en la escuela logró ganar la carrera por las tortas que sí tenían crema de verdad, luego saliendo pudo escapar al coscorrón reglamentario del Calucha, niñote de 14 años de los cuales había gastado 3 en cuarto año. Y finalmente había comido todas sus verduras, lavado el traste y termino la tarea a tiempo. Justo a tiempo para la cascarita. Por eso todo iba bien, había logrado hacerle un túnel a Paco, el impenetrable defensa  de la colonia inmediata y pudo tener al arquero contrario a su merced. Falló. Pero como en la cascarita todo era más libre, y no como en los molestos torneos escolares, Peleques pudo volver a burlar a Paco, ahora con una finta, y después sellar en la cara a Guicho, el portero oficial de “La 28”. Cuando festejaba su gol, pues no siempre se burla a Paco, se le deja mal parado y se le da un balonazo a cualquiera sin tener que corres después, cuando Peleques festejaba con su típico gusanito en la cancha escucho el terrible llamado de su nodriza “¡JOSÉ ANTONIO VEN PARA ACÁ!”. El partido siguió en un duelo de 8 contra 7, lástima por Guicho y su cara enrojecida sedienta de venganza.

 

 

Daniel recogió el último traste sucio. Limpio la mesa, se llevo a dormir a Danielito, o Dani como le decían sus amigos, y apagó el televisor. Había aguantado un maratón entero de Harry Potter, desde la primer cinta hasta la quinta cuando dani no pudo más y se quedó dormido justo antes de que Voldemort, antagonista de la saga, se entrometiera en los pensamientos de Harry –héroe de la misma-. Ahora podría usar el “te quedaste dormido” como escusa, y de esa manera no seguir viendo aquellos DVDs que compró en oferta. Al día siguiente, domingo de desayunar tarde, dani preguntó a su papá si había visto la sexta cinta. Él mintió. “Sí, en la que sigue Harry descubre su conexión con quién-tú-ya-sabes.” Dani sabía que era falso, aunque nunca le hubiese dicho a su padre que él ya había visto toda la serie de películas, sabía de antemano que su papá le mentía para quedar bien. Entonces, en un acto de valentía acepto ejecutar la apuesta de la semana: iba a ver junto a su padre las tres cintas basadas en J.R.R. Tolkien, -aunque no supiese quién era ese tal jota erre erre tolkien- desde “La continuidad del anillo” hasta “El retorno del Rey”.

 

José Antonio, en ese momento llamado así, acudió al llamado de su madre. Cuando entró a la casa, además de llevarle tierra porque todavía traía el tenis llenos de ella, recibió otro tipo de regaño. Primero limpió la tierra que trajo y después se dirigió a su cuarto. Allá lo esperaba lo peor. Abrió la puerta y ahí estaba su madre sentada. “Mira no más que desmadre tienes, te dije que recogieras si querías salir a jugar, pero veo que no hiciste caso y te valió. Pero ¿creías que no me iba a dar cuenta? Pues te falló Antonio, ahora por tratar de hacerme tonta vas a limpiar tu cuarto, lavas los trastes y vas hasta la casa de tu tía Leticia por el abono que me debe”. Tony aceptó todo aquello, oponerse era igual a perderse tres semanas de partidos callejeros y pasar las tardes en su casa o en la molesta cueva de tía Leti, llena de plantas que olían a remedios, canarios que temían cantarle a su nefasta dueña y postres desabridos con sabor a medicina. Limpió todo su desastre, aunque no lo había hecho él. Era inútil explicarle a su mamá quién era en realidad el culpable, lo mismo con su papá, pues aquel regresaba cansado del trabajo y lo último que quería escuchar era a su único hijo inventando pretextos de sus desplantes. Él único que realmente lo escuchaba era su primo, un día tenía que ir a verlo, aunque viviera del otro lado de la ciudad, custodiado por su protectora madre y asediado por los tutores privados. A él le iba a contar la nueva hazaña de Matías.

 

Aguantó las casi nueve horas de maratón. Como era sábado nadie molesto a papá por teléfono, además de que lo había apagado para la ocasión. La primera película paso de largo, apenas logro emocionarlo cuando Frodo es atravesado por un jinete. En la segunda cinta la emoción subió, al menos en esa Legolas, el elfo de la serie, tuvo una brillante campaña de muerte hacía los orcos ganándole al enano en la contienda. Ya para la tercera entrega dani estaba más que emocionado, y al final logró lo que su padre no hubiese pensado: aguantar y platicar con él hasta el final. Charlaron acerca de la saga, de la codicia del hombre por poseer el anillo, de la corrupción del poder, de la vida secreta del bosque y la magia blanca contra la negra. Dani era un niño inteligente, a sus 10 años ya había leído algunas novelas fantásticas, otras más de ciencia-ficción y una gran variedad de películas habían pasado por sus jóvenes pupilas. Todo era gracias a su padre, fiel cultivador del imaginario. En cambio su madre no estaba muy de acuerdo en que Daniel Junior leyera, viera y hablara de eso con otros niños. Desentonaba, era marginado, molestado y tachado de raro en la escuela. Prefería pasar la tarde jugando en su cuarto que ir a la cancha y patear un rato la bola. Mientras su padre le inculcaba el amor por la fantasía, su madre le imponía el amor a la seriedad, al estudio estricto y al deporte. Dani era víctima de la proyección de su padre y del experimento de su madre. Por eso cuando su papá le pregunto acerca de otras formas de vida y su creencia en ellas, Daniel afirmo con la cabeza, y agregó “pero los Elfos ni son así de feos, como en Harry Potter, ni son altos, bonitos y nobles, como Legolas”. Luego se metió a dormir.

 

Tony terminó sus labores. Luego anduvo por el cuarto buscando el calcetín extraviado, pues aquel calcetín rojo tenía su par, aunque ahora no apareciese. Sabía que era obra de él, Matías había hecho de las suyas de nuevo. Por su culpa lo castigaron, y mientras que el tenía que ir a casa de tía Leti, por un dinero que sabía de antemano no iba a rendir, y en cambio Matías se libraba de toda responsabilidad. Siendo invisible, indoloro, incoloro e imperceptible para los demás podía hacer cuantas travesuras le vinieran en gana. Como aquella vez que Tony desayunaba cereal, luego sonó el teléfono. Mamá estaba atrás lavando, él atendió y luego le gritó a su mamá que aquella llamada era para ella. Cuando se dio media vuelta vio el espectáculo: un plato volteado, las hojuelas tiradas a lo largo de la mesa y el piso, la leche escurriendo por el mantel cosido por tía Leti y chorreando en las sillas. Y el colmo había sido la cuchara doblada, esa del juego que era regalo de bodas. El castigo no se hizo esperar, y aunque Tony hubiera contando las cosas tal y como las vivió, aquella madre furiosa nunca le hubiese perdonado la mancha de leche en el mantel, la cuchara de bodas doblada y la llama que nunca fue para ella pues en cuanto llamo a la bocina colgaron. Esa había sido una de tantas, Matías, único nombre que Tony encontró para aquel travieso acompañante, ya estaba haciendo acto de ese tipo con más frecuencia. Había que pararlo o seguir sufriendo las consecuencias de sus caprichos. Salió de su casa con rumbo conocido y pidió a Santo Diego Armando Maradonna que Matías no hiciera de las suyas en su ausencia.

 

Daniel padre se fue a dormir. Apago la luz y se echo encima de sus almohadas. Al poco rato de cerrar los ojos los volvió hacía la puerta. Su mujer lo miró, y después le hizo la pregunta: “Qué tienes”. Él, dentro de sí, tenía dos respuestas. Una llevaba a la inmediata solución, un simple “insomnio y nada más” solucionaba las cosas. Y del otro lado tenía la historia con la que irremediablemente acabaría hablando de su otra historia. Aquella de la cual había jurado olvidarse, con la que ninguna otra vez iba a referir y de la que ya había creído deshacerse. Pero como sucede en realidad, las historias incontables son las que terminan contándose solas. Expuso a su mujer su preocupación, ¿qué cosa había dicho Danielito al final? ¿Cómo sabe cómo son y cómo no son los elfos? ¿Elfos? Luego vino la aplastante respuesta marital “Es por tanta cosa que lee, por tantas películas que le dejas ver, el niño necesita tener otro mundo fuera del de las hadas, elfos, duendes y otras fantasías que tú le enseñaste. Además no tiene nada que ver con lo que paso en tu vida. Olvídate de eso por favor, deberías aprender a tus tíos que ya nunca más hablaron de eso. Duérmete.” Y en su interior hubo dos reacciones: durmió aceptando esa respuesta, Daniel hijo era producto de todo ese mundo fantasioso, era lógico que creyera en elfos y hasta pudiera afirmar cómo eran. Y la segunda reacción para sí-mismo se le olvido en la mañana, nada había en Daniel, su hijo, con respecto a lo que paso hace tantos años. Nada.

 

Tony regresó a tiempo para merendar el rico pan de naranja que horneo su madre. Bebió leche y comió del panque. También trajo el dinero que Tía Leti debía a su hermana y de paso logró hacerse de otra cosa que le sería útil: una jaula vieja que había sido habitada por un canario, pero que fue abandonada cuando su inquilino logró huir de tía Leti. Luego la jaula quedo vacía, oxidándose con el tiempo y despintando sus verdes barrotitos. Antonio se la pidió a su tía, y esta se la regaló pensando que tal vez así olvidara la fuga de pintito, el canario amarrillo que escapó el muy ingrato. Tony la llevo a su cuarto ya la escondió en el clóset. Sabía que Matías en ese momento andaba del otro lado, a veces le contaba de cómo era allá.  Había más como él, muchísimos más. A veces le platicaba que había niños que voluntariamente se iban con ellos. Luego los niños comenzaron a dejar de creer en elfos, duendes y hadas. Todo era culpa de los gnomos, ellos habían comenzado con el rapto de niños. Primero se hacían sus amigos, por lo general escogían niños solitarios, con problemas familiares y sin amigos. Se ganaban su confianza, y el acto que consumía su lazo afectivo consistía en que el niño permitiera que el “amigo imaginario” fuera visto por otro niño. Sí el otro niño lograba ver al duende, elfo o hada, el lazo era fuerte. Pero los gnomos eran traicioneros. Se hacían pasar por duendes, elfos, incluso hadas haciendo un conjuro que simulaba unas alas pequeñas. Y si algún padre lograba verlo, éste jamás habría de saber qué era esa cosa. Pues la forma verdadera de los gnomos era desconocida para los humanos: eran seres de indescriptible apariencia para el ojo humano. Tony sospechaba de Matías, sabía que en un principio todo había sido bueno. Era una gran compañía, platicaban todas las noches, pero luego comenzó lo otro. La serie de maldades perpetradas, era como si Matías desease que lo vieran, como si en el fondo quisiera ser visto por los padres de Tony, y como si nunca quisiera ser visto por su primo. Había un secreto, el único detalle que pudo descubrir de Matías sin que este lo contara abiertamente. Los zapatos. Estaba casi seguro de que si Matías llevara zapatos sería visto por los otros chavales de la calle, y que usar zapatos para un duende era normal, pero para un gnomo era la condena y el tener que irse. Había decidido averiguar de una vez por todas si Matías era duende, elfo o gnomo.

 

Daniel terminó su turno. Pensó en eso todo el día. Aunque hubiese dormido toda la noche, cuando despertó ir a la habitación de su hijo fue el primer acto del día. Lo vio. Dormido, a punto de levantarse para ir a la escuela, abrazaba un almohadón de color rojo, simulando la máscara de Spider-man. Respiro tranquilo y se olvido de todo. Pero en el trabajo la duda lo abordó de nuevo. Pensaba, recordaba e imaginaba lo que en verdad había pasado. Todos esos años de angustia por parte de sus tíos. La búsqueda incansable a principio, la zozobra, el temor, luego la fatalidad. La aceptación y afirmación de las cosas. La resignación vino después, y finalmente el olvido. Se olvidaron ellos, se olvido el vecindario, se olvido la casa y finalmente se olvido él también. Año tras año se fue acumulando, y quedo como una nota en el periódico, como un titular que jamás tuvo respuestas, termino como las dudas de la infancia: más que una respuesta las mataron con el tiempo. “Niño desaparece de su dormitorio” “Extraña desaparición de un niño en su propia casa” “¿Secuestro o asesinato?” “Padres denuncian secuestro” “Padres sospechosos de vender a su propio hijo” “Disminuye el número de niños extraviados” “Se cumplen 2 años de cansada búsqueda” “Cierran caso del niño desaparecido; padres piden segunda revisión” “Revisión denegada, se trata de un caso de secuestro familiar” “Padres ofrecen recompensa a quien de informes” “Nada sobre el niño extraviado: padres piden cerrar todo el caso” “Se cumplen 10 años del caso del niño perdido” “Mueren los padres del niño perdido, nunca volvieron a saber de él” “En honor a la causa, calle de colonia popular cambia de centenario a niño perdido” “Después de 15 años, es habitada de nueva cuenta la casa del niño perdido.” “La farsa del niño perdido: una investigación”. Daniel recordó casi todos los titulares que año tras año colecciono hasta que olvido el tema. Sabía, dentro de él, que su testimonio hubiese levantado risas, más que sospechas habría sido tratado como fantasioso. Por eso nunca habló, luego recordaría esa misma tarde las últimas palabras que intercambio con Peleques “Cuando lo agarres, avísame y llevo la cámara”.

 

 

Antonio, Tony, mejor conocido como Peleques repitió el plan en su cabeza. Ignorar toda la mañana a Matías. Ir a la escuela y al salir comer en casa de Daniel. Allá, en casa de su primo, le contó de sus sospechas, de su plan para retener a Matías y descubrir si era duende o gnomo. Daniel, que apenas si creía en duendes y se interesaba por la fantasía, pues antes de que Tony le contará por primera vez aquello Daniel se burlaba de todo aquello que no fuera real. Luego su primo le planteo la duda “Y si es gnomo ¿para qué te contó sobre los gnomos que se llevan a los niños?”. Y la duda era razonable, tal vez Matías era un noble elfo cuidando de Tony, y ya cuando este creciera se iría para acompañar a otro niño. O tal vez no. Quizás sí era un gnomo que quería ganar confianza con él, para después llevarlo por la fuerza al otro lado. Lo único que sabía sobre eso era lo que Matías le contaba, y lo que una vez escuchó a Víctor, un niño que lloraba en el baño mientras hablaba con su elfo acompañante. Por él supo que del otro lado había niños que ya no tenían nada qué hacer aquí, que ellos se habían ganado el derecho de vivir allá y que sus padres apenas si los iban a extrañar acá. Pero también supo de los gnomos, porque ellos se llevaban a los niños por la fuerza, y allá del otro lado los convertían en más gnomos para poder dominar a los elfos, duendes y hadas. Todo eso le pareció ridículo, pues una especie de guerra entre criaturas mágicas era tonta ¿Para qué iban a pelear entre ellos siendo de la misma especie? Era hasta triste saber que entre las mismas criaturas, similares entre ellas, había envidias y ganas de dominio. Luego se despidió de Daniel, prometiendo invitarlo para fotografiar a Matías: el primer elfo, duende o gnomo, o lo-que-fuera retratado para que los demás lo pudieran ver.

 

Bajo del coche. Entro a la casa y lo recibió un beso tierno en la mejilla. Luego de cenar espero a que Daniel entrara de la calle. Venía, como siempre, acompañado del tutor de natación, el cuál cobró su mensualidad y se despidió diciéndole a dani que la próxima clase practicarían el nadado abierto. El agua de naranja surtió efecto y Daniel padre tuvo que ir a orinar. Cuando regreso la escena era por demás extraña: su mujer gritaba con enjundia a un pequeño Daniel con las manos manchadas de pintura azul, esa pintura con la que la alberca tomaba color. Dentro de la mochila había más pintura, roja, morada, verde. Daniel hijo intentaba explicar que él no sabía nada, pues cuando recogió sus cosas en la alberca no había botes de pintura dentro. Tampoco lograba explicar cómo habían llegado a su mochila y quién las había metido abiertas. El castigo no se hizo esperar y dani tuvo que irse a lavar las manos sin cenar, y directo a la cama. Daniel padre sospecho de todo aquello, no era la primera vez que su hijo era castigado por un acto de rebeldía inesperada. Sólo que dadas las recientes memorias Daniel llegó en hurtadillas al cuarto de su hijo y lo despertó. Luego hizo una serie de preguntas hasta confirmar que efectivamente Daniel era víctima de los desplantes de un compañero invisible. Le aconsejo que jamás dejara que alguien más lo viera, jamás intentar atraparlo y nunca revelar su nombre. Llámese como se llamase la misión de dani era conservar el secreto hasta que creciera y el acompañante tuviera que irse a molestar a otro niño, pues él ya no iba a creer en duendes, elfos, hadas y demás. Todo había sido resuelto, sabía que Daniel no iba a cometer el error que años atrás cometiera Antonio, su primo que nunca más volvió a ver. Sabía, eso lo tenía con certeza en su interior, que Daniel era un niño inteligente y que sabría entender cuándo las fantasías eran eso, meras ideas mentales. Se echo a dormir dibujando una sonrisa de alivio en su rostro y deseando las buenas noches a su mujer.

 

La jaula estaba puesta, los zapatos también. Siempre que Tony dejaba los zapatos fuera de su clóset eran cortados, mordidos, o al menos Matía intentaba destruirlos. Se negaba a usar zapatos, y si veía un par suelto en la casa los escondía, los desgarraba y deba a entender su odio hacía esos objetos. Por eso Peleques los dejo ahí, a un lado de la cama, entre el pasillo que va de su puerta a la ventana. Y escondida, entre unos trapos encimados, la jaula oxidada que había recibido de Tía Leti. Cuando Matías intentara tomar los zapatos la jaula iba caer sobre él, encerrándolo y permitiendo que de una vez por todas Tony disipara sus dudas. Cuando regreso de la escuela no podía contener la respiración; Matías estaba encerrado en la jaula. Se le podía ver, enojado, pero llorando, pero también de una forma nunca antes vista: su forma original, ya no imitaba la apariencia de un niño, o de una de las tantas caricaturas que la gente inventaba de los duendes, era él en su forma. Tony, ante aquel asombro cerró la puerta. Luego se acerco hacía él y le miro fijamente. Eran los mismos ojos, la misma boca, las mismas manos y el mismo rostro suyo. Sólo que con los tamaños proporcionales a alguien que cabe en una jaula de 80 centímetros por 50. No podría creerlo, era él, mejor dicho él en miniatura. Luego, se acerco más. Leyó en sus labios un ligero y apenas entendible “ven, vámonos, somos el mismo”. Levantó la jaula, tocó a su otro-yo y se marchó. Luego, media hora más tarde la policía ya cercaba el lugar, teniendo como única relevancia una jaula oxidada a media habitación, un niño desparecido y dos padres histéricos. Nadie supo nunca a dónde fue el mejor goleador de la cuadra, José Antonio se esfumo para siempre.

 

 

Daniel apago el despertador. Se lavo los dientes y tomó su café matutino mientras veía el noticiero. Apago la televisión cuando el comentarista iba a pasar una nota sobre niños desparecidos. Esas cosas no le importaban en lo más mínimo. El caso de su primo Tony era uno de tantos, quizás sí fue producto de la histeria de sus padres. Una mamá obsesionada por controlar a la hermana, y un padre despreocupado por su familia. Era natural que Tony hubiese escapado de ellos, además el Peleques era muy ingenioso y no ha de ver tardado en encontrar hogar. Toda esa fantasía de Matías había sido producto de su trauma familiar, la única forma de escapar a su realidad había sido inventando un niño ficticio con el cuál escapo no siendo otro que él mismo. Así de simple. Tomó el último sorbo de café y se enrollo la corbata. Encendió el coche y checó a tiempo su tarjeta de entrada. Ocho horas después checaba la salida justo a tiempo. Era noche de fútbol y esta vez no perdería detalles. Tal vez Tony ahora jugaba en algún equipo con otro nombre, pero en el fondo seguía siendo el gran Peleques. Llegó a casa pero no pudo seguir con el coche, las luces rojo-azules le impedían el paso. Salió del coche y cruzo el andador cuando vio que las luces provenían del estacionamiento próximo a su casa. Luego corrió, se quito el saco y lo aventó en el camino al ver a su mujer llorando desconsoladamente justo en su puerta. Un oficial le pidió identificarse cuando Daniel interrumpió con su “Yo vivo en esa casa, aquella es mi esposa, ¿dónde está mi hijo?”

Hubo un silencio.

Luego miro al oficial y sabía en el fondo lo que había pasado.

Entró a la casa, no había nada raro salvo la puerta del cuarto de Daniel hijo. Cuando entró reconoció el orden que su hijo daba a aquella habitación, nada raro. Luego vio todos esos libros, esas películas y los posters pegados en la pared. Nada había de inusual en aquel lugar. Regresó a donde su esposa y los policías. Y cuando Daniel iba a disponer de la palabra un oficial le entrego una bolsa.

Dentro había dos zapatos, no eran de Daniel pues la talla era un número más grande. Luego vino otro oficial, cargando una jaula oxidada, lo que había sido verde ahora estaba cubierto por ese café del oxido. Era la única evidencia. Daniel supo entonces, después de tantos años, dónde estuvo su primo, todo ese tiempo. Ahora ya tenía un acompañante.

 

 

 

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