La letra indiscreta.

Para la hija del padre sureño.

“Todo cuerpo es un extracto de polvo, polvo de estrellas, polvo de la tierra, polvos de otro polvo, arena, grava, cosmos, granizo, harinas, aserrines y partículas. Eones y electrones de fugacidad, tan sólo eso constituye al cuerpo”. De pronto abandoné aquella lectura, la dejé ahí en el rincón de mi habitación junto a mi modestia y el descaro de vivir en soledad ¿Hasta cuándo tendré que soportar le pasadura de ser yo mismo mi interlocutor? No sé, habría que preguntarles a las putas que ya no son mías, a las mujeres que nunca lo fueron y a las damas que nunca lo serán. Eso era irremediable, hasta no depurar mi cabeza de aquellas ideas estúpidas sobre el amor, la vida, el concubinato y demás corrupciones del deseo y la afinidad, hasta que no eliminara de mi mente inquieta aquellas ideas podría darte aquello que quizás mereces más que yo; hamor. Hamor como el que todos creen que no debe escribirse, porque la aché va de más, y es que yo no sé amar, no quiero entregarte todo, no quiero postrarme ante ti sin nada más que yo. Tengo, debo y es lo prudente, conservar algo que todavía me até a mi realidad, por más ingenua que ésta sea. No es que no sepa amar, es que ya no quiero usar la palabra, ya no quiero evocar todo lo que no y lo que sí denota ella. Por eso me inventé a su pareja, hamar es darle vuelo al gusano sin antes verlo acapullar.  Es por eso vida mía, bidamia de mi corazón, que por medio de mi imaginación inmóvil, siempre juguetona y por demás pulsante, te voy hacer el hamor con este texto.

Respiro, todavía el cursor me atormenta con su parpadeo en el fondo blanco. Ni sé cómo, ni por dónde habría que entrar para calentar tu cabeza, no se me ocurre una apertura digna de las mejores partidas de ajedrez; pues creo que para llegar a tu reina debería comenzar por el centro, derribar a tus peones guardianes de tu sexo, digno premio a mi hazaña caballeresca. Y dime ¿cuántos centímetros de piel ganaría por escribir? Lo admito, porque sé que lo sabes, no oculto mi intención sucia, mi objetivo anunciado, hacer de tu imaginación la fuente de fluidos que me reciba para reclamar mi jaque, y después con tu corona de laurel proclamar mi mate estocando allá en el centro de tu-ser-mujer. Demasiado fuerte para las primeras seis líneas, demasiado ligero para un texto cuyo final debe estar empapado de los jugos que Venus regalo a nosotros simples mortales, jugadores del senil y perverso instante de Eros. Eternos son los caminos que llevan a la mujer, y secretos son sus pasadizos, uno de ellos me ha contando que con letras uno puede llegar a tocar su piel.

Otra vez, imagino tu postura, leyendo, jugando con mis reglas, mis atajos, mis trampas y con mis premios que son tus premios, que es tu piel. Largo, firme y directo es el veneno de mis palabras, sólo pido que en tu cabeza retumbe mi voz mi voz, mi voz en tu oído, mi voz que se confunde con mis lengüetazos, con mis dientes mascullando mis labios y el sonido de mi boca al respirar, de nuevo imagino tu reacción y tengo que admitir una cosa: yo también quiero que pongas tus reglas y tirarme al vacío de tu juego. Veo dentro de mi cabeza, dos cuerpos, ya no tienen nada sobre ellos, se han mostrado tal cuales son, ya no hay muros de tela o ladrillos de colores, ya no hay sobre su piel ninguna máscara; todo es tal como debe ser. Desnudos, él con sus imperfecciones, con sus lunares, sus pecas, vellos, sudando y transpirando húmedo, caliente, al fin que mera piel. Ella, con sus senos flotando en el aire, sus pezones como brújula apuntando hacia él, de espalda larga que muere al nacer aquellas nalgas, firmes, móviles, colmas, atestadas de vida, de sangre como la sangre que fluye hacía el miembro varonil. Los he visto, he interrumpido su festín a Venus, su banquete al deseo erótico porque ya no podrán amarse. Y no podrán porque tomaré su escenario, los eliminaré con mis renglones y los sustituiré contigo, conmigo, con nuestra escena de hamor.

La lámpara es roja, combinando con tus labios, con el carmín y el fuego de esa piel roja sobresaliente de la cara, apuntando hacía su víctima: una lengua que de forma poco sensual sobre sale de entre otra boca, calladas se dicen más que articulando cualquier palabra. Luego, como si quisieran decirse algo más allá del lenguaje, se tocan. Se abren ellas para sí mismas, una con otra bailando la danza del decir nada y decirlo todo. Las lenguas, saliendo y entrando, encadenadas como dependiendo una de la otra, como alimentándose entre ellas, intercambiando baba, palabras, vivencias y fuerzas más allá de cualquier acto de fe. Luego, claro está, la ropa. ¡Qué maravilloso espectáculo aquel! Hay una infinita destreza inimaginable después para quitar la ropa. Nadie había enseñado a aquellos dos seres a quitarla, pero ya lo sabían. Alguien dentro de ellos les susurra al oído cómo y qué hay que quitar primero. El baile de la desnudez se hace ignorando cualquier regla y dejando que el ritmo dicte sentencia: acá él ya no tiene nada sobre el pecho, apenas si consigue conservar los calzoncillos, no sin ocultar la erección que roza las piernas de su amante. Ella, en cambio, como silenciosa musa adorada, ha conservado el sostén, las bragas, mojadas eso sí, y ya ha comenzado el diabólico festín de dejarse caer los tirantes de aquel sostén que ya no puede retener más sus pezones. Son como dos burbujas a punto de explotar, es un milagro divino que esos tirantes todavía retengan esos hermosos y grandes senos. Senos que imagino, que doto de realidad y que como premio espero saborear.

Un mini-minuto después han cedido, la física no ha mentido y cumplió su parte: los tirantes ya no sostienen aquellos montes con protuberantes pezones, y como la luz roja de esa lámpara ha transformado el lugar, si aquellos pezones fueron oscuros, claros, con geografía archipiélagizada o de plana figura no podré saberlo. La luz, roja como la sangre que ya fluye entre ambos, me oscurece la figura y forma de esos pechos descubiertos, esos senos que sólo él puede disfrutar mientras yo, maldito voyeur, sólo puedo estar describiendo acá. Luego, otra vez luego, las bragas haciendo un llamado, reclamando atención de sus manos. Él, hábil sujeto en el arte de preguntar antes que hacer, comete la inmediata tarea de afinar el olfato y oler como cuando unas bragas ya no quieren seguir arriba. Poco a poco descubre un monte, el monte erigido a la diosa del amor, los vellos apenas sobresalen, delicados, quietos, como un prado para descansar. Ella, cómplice del festín contesta de igual manera, primer tocando aquel falo, comprobando que también él transpira el olor de la carne que pide ser devorada. Lo toca, lo desea pero sin explicites, apenas baja unos centímetros aquel calzoncillo y la avispada verga resaltada con sus venas, con el brillo mate de la ocasión quiere ya comunicarse con su homenaje de Afrodita.

Ella, buena en prolongar lo que habrá de venir, retiene en sus manos aquel bastón que poco después clavará entre su fémina cavidad. Mientras tanto ha obligado a su antagónico a disfrutar las mieles de sus pechos: lo sume entre la aparente nada de su media existencia. Ya en su boca, otra vez la lengua parece marcar palabras en esos pezones que bullen, se agitan entre la boca media abierta y la lengua que de manera avispada y lúcida da espirales de saliva entre uno y otro seno, mientras ella abriendo la boca y tirando la cabeza hacia atrás ofrece sus dos mamas como agradeciendo al Creador por esas dos maravillas de nervios sensibles de las cuales que es digna portadora. Toma su cabeza, del pelo, de la nuca, de donde puede y la lleva más abajo. El cunnilingus al que es obligado él resulta ser la penúltima muerte de aquella amante, entre sus gemidos, su mano tocándose y sus piernas presionando las orejas del amante el espectáculo me ha excitado. Habremos de continuar la escena.

Prosigue, él chupando, lamiendo, besando y recitando a la otra boca, a su fémina cavidad ha preparado su entrada. Antes, ella lo detiene. De nuevo desea llevar el momento hasta sus últimos desgarres; se lleva su pene a la boca, lo cubre con ella y da un pulcro y hermoso homenaje a la tradición que hiciera famosa a Gomorra. Quiere de él, de su miembro, de su sexo masculino extraer el soporte de la vida, se aferra a su suave superficie y su dura estructura. Y, como ignorando las reglas de la fecundidad y la opulencia del procrear, llena de saliva-lubricante aquel falo, y lo deja penetrar en su homenaje a la ventana de la vida: el pene ha sido invitado a entablar la jugada final dentro de aquel húmedo ambiente lleno de jugos. Mientras ella, recostada, de espalda, sentada, encima, he olvidado exactamente cómo, lo mira, lo besa, se comprime en su cuerpo y hacen de ese momento el único modo de ser-uno-solo.  Ahí están, uno encima del otro, cogiéndose, desgarrando la realidad compartida, follando como animales domesticados, torciendo el mundo para su placer. Y es que yo no puedo hacer nada, ellos me han ignorado y se pierden entre sus gritos, entre sus masturbaciones, sus fluidos y la fila de palabras sucias que se gritan. Si lo gritan cogiendo lo pensaron mientras hablaban.

Sus nalgas chocando con su abdomen, sus poemas recitados a distancia. Su vagina abriéndose paso para consentir al pene, sus fotografías firmadas para ella. Su lengua enredada con la otra: sus palabras cruzadas para expresar aquello que quieren llegar a ser. Sus senos, moviéndose por las manos largas mientras las manos de ella tocan su cadera, él escribiendo a distancia, mientras escucha música, tocándose el miembro, imaginando mientras ella hace la lectura, luego el final que ya no sabremos si acaba en masturbación privada o dejará abierta la puerta. Puedes verme si quieres, ya habré de invitarte a pasar.

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