Literatura Cuántica: La percepción de los fenómenos literarios o de las realidades aparentes.

O como el gato se salvó gracias a Gadamer.

Primer paso: tome usted cualquier animal, en este caso Schrödinger ha elegido un gato, consiga un dispositivo para retenerlo, otra vez Schrödinger opta por una caja, y para completar el combo, cito “una botella de gas venenoso y un dispositivo que contiene una partícula radiactiva con una probabilidad del 50% de desintegrarse en un tiempo dado, de manera que si la partícula se desintegra, el veneno se libera y el gato muere.” En una realidad lineal, la de la física newtoniana (acción, reacción), la de la cotidianeidad (el mundo tal y como sucede) y  la de la relato fáctico (lo a la mano) el gato morirá o vivirá después de haber comprobado la efectividad de nuestro dispositivo y el veneno. Triste pero cierto, el gato debe morir o vivir, pero sólo abriendo la tapa de la caja podremos comprobar si la felina criatura podrá seguir entre los vivos o se fue directamente al cielo o infierno de los gatos según su comportamiento moral. Esto sucede, claro, en una física, en un mundo, dominado por las reglas de acción-reacción, si yo hago A sucede B, por lo tanto si no activo A no pasará B. La cuántica, que es nuestro pretexto para esta plática, viene a ofrecer un intermedio entre la muerte o la vida del gato: la superposición de los estados aparentes, de las realidades móviles; de la interpretación que aparece cada vez-que-es.

En la física cuántica es, si es que mis informantes anónimos me han dado buenas referencias, la posibilidad de que nuestro gato esté vivo-diagonal-muerto. Qué viva y muera a la vez, que siga en esta realidad, la de los vivos, o que su recuerdo quedé porque su cuerpo ya habita el mundo de los muertos. «Mundo» aquí no viene a representar la totalidad de las cosas, como ya señalaremos al introducir el discurso de la hermenéutica, sino  el orden de esa totalidad de cosas que aparecen. En el mundo, como lo entendemos cotidianamente, el gato de Schrödinger vive y muere mientras no abrimos la tapa, las dos posibilidades cuánticas pueden darse efectivamente mientras estemos en esa superposición de realidades aparentes. El gato tiene la posibilidad, de vencer el A entonces B, porque de hecho está entre A, vive, B, muere, se ha creado un tercer mundo: A-B, vivo-diagonal-muerto.

¿Qué tiene que ver un gato, en este caso el de Schrödinger, con los fenómenos literarios? Especialmente dos: el de leer y el de escribir. La metáfora del gato, es como ya hemos podido esbozar, un intento de explicar la revolución cuántica. Ahora bien, no podemos dar un salto así de simple, tendríamos que buscar un medio para dejar en paz al pobre gato, que vaya que ha sufrido, y pisar en el terreno de estos dos fenómenos literarios, para ello propongo un método, disciplina, discurso, etc. Conocido como hermenéutica. Esto será nuestro salvavidas, al fin podremos dejar morir, o vivir, al gato y entablar la discusión directa entre la superposición de realidades, y el fenómeno del leer y escribir, a fin de cuentas leer es matar a otro animal y escribir es darle vida a uno nuevo, aunque a veces sea el mismo y el proceso se dé en viceversa, matamos la realidad y hacemos vivir a la ficción.

Para no hacer sufrir al auditorio, ya que a veces es mejor dejar fluir el diálogo a ser un dictador de la palabra, haré la hazaña de contar cómo surge y qué es la hermenéutica para con la literatura; hazaña entre comillas digna de una asignatura reprobatoria y de generalización economista. La hermenéutica tiene su base en la etimología griega jermeneutiké tejne que puede traducirse como “el arte de explicar, traducir, comprender e interpretar”. Se necesitaron muchos siglos para que la antigua jermeneutike griega pasase al dominio latino, y gracias a la incursión de la exegesis de la Biblia el arte de interpretar pudo tener su ejercicio efectivo; interpretar los textos sagrados era el modo en que las realidades aparentes del antiguo y nuevo testamento pudieron ser realidades efectúales consumadas en el cristianismo de la Edad Media. Siglos después, el mismo arte de interpretar, fue necesario para ser aplicado a los textos del llamado “Hermes Trimegisto”. La hermenéutica logró con el descubrimiento de que Hermes Trimegisto nunca existió como personaje histórico, sino como leyenda antigua, y que el autor de los textos herméticos, era un contemporáneo del renacimiento, un pase seguro a la siguiente edad de la humanidad: la ilustración.

         Es en la ilustración cuando la hermenéutica tiene una profunda crisis; todo es racional, todo ex explicable, la física de Newton ha triunfado, la ciencia puede resolverlo todo, la literatura se pone al servicio de la pedagogía y el arte al servició del burgués, de las ideologías políticas y ya nada tiene que ser interpretado, sino más bien explicado. Es gracias a Friedrich Schleiermacher (Siglo XVIII) que el arte de interpretar textos resurge. Retorna por tanto, gracias a la necesidad de una nueva teología, a la curiosidad romántica por re-leer a los clásicos, a los textos sagrados y fundar una nueva realidad superpuesta a la realidad existente: los mitos necesitaban ser interpretados para fundar nuevos mitos. Después de Schleiermacher, Wilhelm Dilthey (Finales del XVIII y principios del XIX) se preocupa por el fundamento teórico de las ciencias sociales, llamadas por él “del espíritu”. 

Según Dilthey, las ciencias exactas, naturales, científicas se encargan de explicar las realidades a las que dirigen sus estudios, mientras que por el otro lado, las ciencias del espíritu, esto es la sociología, la historia, la psicología social, la gramática,  la filosofía y finalmente la naciente crítica literaria, se encargan de comprender la realidad de estudio. Casi inmediatamente Martin Heidegger (Siglo XIX) funda su analítica del ser-ahí (Dasein) en el discurso hermenéutico, dotando al arte de interpretar de nuevas dimensiones aplicables no sólo al conocimiento, sino como lo indica la palabra analítica, a los diferentes aspectos del fenómeno llamado ser-ahí, el género humano y sus diversas manifestaciones, siendo la literatura una de sus múltiples formas de abrir su ser. Finalmente es Hans-George Gadamer, discípulo de Heidegger, quién recupera el origen, desarrollo y proyección de la hermenéutica a lo largo de la historia humana, para darle fundamentos, para dar cuenta de que lo que hace el conocimiento es interpretación, es Gadamer quién no sólo hace de la hermenéutica un método, sino una disciplina concreta con capacidad de incurrir en otros discursos; en este caso la literatura y la física cuántica entendidas como discusiones sobre la realidad transformada y transformadora.

La hermenéutica moderna funda sus bases en la sencilla y a la vez complicada tesis: todo es interpretación. Lo que esto nos indica es que a lo largo de siglos y siglos de historia humana, en este caso literaria, el fenómeno de la interpretación se dio a la par con la explicación, la utilización y la creación. Todo lo que ha pasado en la creación de realidades dentro de la literatura ha sido, según la hermenéutica, mera interpretación de otros textos. Entendiendo aquí a “texto” como una múltiple ordenación de las cosas, por tanto un texto puede ser desde la descripción de un sitio (crónicas geográficas) hasta una charla en la calle. El texto sólo se puede dar con un lector que le lea, una plática sin que nadie más dé cuenta de ella, no existe como tal sino que acaba siendo mero flatus vocis (soplo de voz). Así también con la lectura, una lectura para sí-mismo es una lectura plana, sin comunicación y finalmente acabará entre tanto soliloquio perecedero. Vayamos por parte para poder comprender el doble movimiento en la literatura, la cuántica entre el leer y escribir, la superposición entre un texto y su intérprete.

Cito dos ejemplos, prometo que no serán gatos ni cualquier otro ser vivo, acerca de objetos textuales a los cuales podemos aplicar el modelo hermenéutico que nos permita crear una tercera realidad aparente mientras decidimos entre leer o escribir. El Nombre de la Rosa de Umberto Eco y  Rayuela  de Julio Cortázar.

La primera dimensión hermenéutica que nos ofrece cualquiera de los dos textos es la del mundo entendido e interpretado como algo fáctico, utilizable, llamado a la mano. A la mano Rayuela es un libro de 700s y tantas páginas, que mide aproximadamente 12 centímetros de ancho por 17 de largo. Pesa un o dos kilos y está hecho de papel con olor a reciclado, lleno de letras pequeñas y si tiene buen grosor, ideal para defenderse o ser usado como proyectil eficaz. Sin ser broma esta es la realidad aparente de Rayuela, la primera de las muchas posibilidades de ser-del-ente libro titulado Rayuela. Para quien no tiene el hábito de leer, para quien no conoce ese libro y para quien no le importa un carajo saber de literatura, cuántica o hermenéutica, ese objeto no es un mundo: es un objeto, de ese tamaño, de ese peso y con utilidad práctica, aunque sea como arma blanca. La realidad primera, la que nos aparece inmediatamente es lo práctico. En ella la literatura y todo fenómeno que dependa de ella queda anulado por una sencilla razón: leemos por gusto.

Leer, según se entienda, significa al menos tres cosas: leemos por obligación, niño debes aprender que la a con la b, con la ene, con la ce y la a dice: “banca” y esto sirve para nombrar al objeto donde reposas. Segunda, leemos para saber: niño debes de leer tu libro de historia para que sepas quién fue y qué hizo Don José María Morelos y Pavón y sepas porque mañana no tienes clases y porque tu ciudad se llama Morelia. Y finalmente, la más inútil de las opciones, leemos por placer, sin utilidad práctica y sin dirección clara. Aquí en mentado niño es en realidad un niño, se tira al juego de dejarse llevar por mentiras, de creer por un rato en ficciones y aventurarse a explorar otras realidades de las que no es capaz de acceder por medios racionales. La realidad superpuesta con la teoría cuántica sólo puede aparecer cuando leemos y escribimos por el gusto de hacerlo.

Es cierto que la primera realidad que aparece ante nosotros es la facticidad de las cosas; llego a una habitación y lo primero que hago es usar la puerta, usar la cama, prender el televisor, abrir la ventana etc. Aunque, y aquí depende el mundo del que proviene el sujeto, la realidad primera dejará de ser la única en cuanto interpretemos de nueva cuenta el orden de las cosas: Rayuela ya no ha dejado de ser un “adobe” de papel y tinta, sino se convierte en un texto para ser leído. Ahora bien, depende de mí acercamiento a la lectura el que por un lado pueda considerar la realidad que narra Rayuela de una o de otra forma: para algunos podrá ser un relato confuso, lleno de saltos, un collage inconexo y un cúmulo de historias apenas enlazadas. Para otro podrá ser una novela cuya narrativa intenta ser la anti-novela, donde la lectura se deja ser como-uno-quiera-que-sea y donde las letras conectan según a dónde el lector quiera llegar. De este modo parecería que Rayuela tiene dos movimientos: elegimos leer pero el libro también nos ha leído a nosotros. De un lado el lector se enfrenta por primera vez a una realidad que sólo aparecerá en cuanto el ejercicio de lectura se dé, una vez inmerso en la lectura un sujeto debe de antagonizar sus prejuicios, transformar  su mundo, entendido como el orden de las cosas que hay dentro de él, y finalmente entablar un diálogo con doble movimiento. Primero del yo-lector al yo-ser-que-vive-en-la-realidad y después a mi yo-de-la-realidad visto a través de la experiencia de la lectura. Nadie lee y es el mismo después de leer, aunque de forma minúscula y apenas perceptible, o en algunos casos de forma profunda y con transformación explicita, la experiencia de sobreponer una realidad con otra, aunque sea la de que ofrece un texto, es experiencia de vida.

Vivencias, así han sido nombradas estas experiencias que van más allá de lo empírico, lo útil y  lo transformadamente inmediato.  Leer por gusto es adquirir experiencias inútiles para la realidad práctica, aunque para las demás realidades a las que comúnmente nos enlazamos por medio de la lectura, la escritura y el diálogo, las vivencias que adquirimos por medio de leer-escribir son de suma importancia: llenan el horizonte de comprensión e interpretación de un sujeto. Entre más nutrido es nuestro horizonte mayor es el fenómeno de la interpretación y la transformación cuántica de realidades. Entre más lecturas hagamos de la realidad, cuando tengamos más perspectivas acerca de un mismo fenómeno, mientras acumulamos  posibilidades de realidad, mayor es la probabilidad de que el gato no muera y no viva, sino que ni si quiera tenga que ser encerrado en ninguna caja con ningún gas venenoso y ni si quiera hablemos de un gato sino de otro ente. La interpretación es siempre interpretación de algo, pero no siempre desde los mismos presupuestos, prejuicios y horizontes. Leer por gusto es abrir ya una realidad que será transformada y que de regreso transformará a quién por sí mismo desea una nueva posibilidad de ver e interpretar el mundo.

El primer acontecimiento en el arte de interpretar, como ya he dicho, es el mundo a la mano. Seguido del mundo del que proviene el interprete. Después el otro mundo, al que el interprete se enfrenta, para después crear un tercero, nuevo, infinito en posibilidades y rico en simulacros: la ficción que tanto nos gusta en la literatura no es más que realidad contada de manera distinta, a veces incrementando su fuerza, a veces disminuyendo su extracto real pero siempre potencializando la capacidad de crear un tercer tipo de terreno: el de la posibilidad o no de que ocurra lo narrado. Leer y después escribir, o escribir para después leer, son dos movimientos análogos de esta potencia de la realidad, de esa forma incrementamos los simulacros de una realidad que no nos basta, que muchas veces nos oprime y que significativamente queremos descubrir con cada nuevo lenguaje que aprendemos, en este sentido cada lectura, ya sea del mismo libro o de cualquier otro, ofrece nuevos signos para interpretar nuestra estructura móvil. Interpretar es estar moviendo nuestra realidad hacía un horizonte que también, simultáneamente, se mueve con nosotros. De ahí la paradoja de querer alcanzar la línea de la circunferencia siendo el centro; si nos movemos nosotros movemos la línea. Sólo que en el transcurrir de este centro hacía el horizonte, como señalaría Eugenio Trías, teórico de la estética cuántica, lo que importa no es alcanzar el límite sino movernos entre el límite de una realidad, circulo, hacía otra realidad y encontrarnos dónde sus líneas se tocan: esto sería la tercera realidad, la que existe mientras leemos.

Por poco olvido el segundo ejemplo, donde ya podemos aterrizar algo de lo que acá se ha venido diciendo “El nombre de la Rosa”. La novela de Umberto Eco de 1980, llevada al cine seis años después, ofrece estos niveles hermenéuticos. De hecho todo texto los ofrece, con mayor razón un texto de creación literaria donde la interpretación es el hilo conductor de la pasión por leer y la comprensión –aplicar la interpretación para re-construir la realidad- es la pasión por escribir.

La novela de Umberto Eco ofrece pues varios niveles de lectura, primero se deja llevar por el relato policiaco, en cierta abadía hay recurrentes asesinatos de monjes. Después la trama también se deja leer por la reconstrucción histórica de la alta Edad Media, de un periodo por demás conflictivo y clave para el desarrollo de la modernidad. Siguiendo el creciente horizonte hermenéutico, la trama también se nutre de la densa discusión teológica-filosófica que se desarrolla entre sus páginas, podemos leer la vieja disputa entre Platón y Aristóteles, entre la pobreza de Jesús o su derecho a la propiedad, entre la herejía del naciente empirismo o la tranquilidad de la razón sierva de la fe.  Y finalmente, y no por ello más o menos importante, la trama acerca de cómo alguien se cuenta su vida al final de esta, que es quizás uno de los mayores motivos de la literatura: contarnos nuestra vida significa volver a evocar una realidad lejana en el tiempo pero viva en la memoria. Vivencia pura narrada a través del recuerdo de muchos acontecimientos. Cada lectura depende por su puesto de los presupuestos del lector, sea un adolescente ávido de novelas de crímenes, un erudito profesor preparando su programa sobre la Edad Media o un curioso lector que recibe un regalo inesperado –mi caso por su puesto- de cumpleaños.

¿Qué es la literatura cuántica? Todavía no sé, y supongo que mañana tampoco sabré. En cambio, podría decir que es para mí en este momento y qué sentido tiene ahora la literatura vista desde esta comparación con cierta teoría física y con una disciplina del filosofar contemporáneo. La literatura viene siendo ese extraño mundo dentro de este mundo, que ofrece muchos mundos esperando derrumbar mi mundo. Y construir sobre sus cenizas un distinto del que ya no es, pero podría volver a ser por medio de más literatura. Escribiendo podríamos volver a ser aquello que ya no somos, aunque sólo en el acto de leer se dé efectivamente esto que ya fue. Aquel estante de cuentos sobre Uruapan de años pasados cambiará la realidad aparente (la realidad que se le aparece sólo cuando está en el momento de aparecer) del lector que lea con ánimo y ocio los relatos de dicha ciudad. Quizás leyendo un cuento sobre el centro histórico ya no lo vuelva a ver igual, pero también él, sujeto lector podrá comprobar si su realidad, fuera del texto y fuera del motivo del cuento, es o no igual. Podríamos afirmar que hermenéuticamente no, ha expandido su horizonte de comprensión. La literatura en ése sentido viene apareciendo como una de las formas en que el gato de Schrödinger pueda salvar su pellejo: debemos escribir una historia donde el ingrato Schrödinger es arrojado con lujo de violencia hacía un ataúd, enterrado vivo y con una granada en mano. Entonces dependerá de nosotros, si es que nos importa Schrödinger, abrir de nuevo el ataúd y comprobar si el científico-mata-gatos murió adentro o milagrosamente logró vivir y arrojarnos a nosotros a otra trampa de la cual sólo podremos salir si a alguien se le pega la gana de leer, imaginar una posibilidad y concedernos la dicha de volver a vivir.

Gracias.

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